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Nunca faltan las voces malintencionadas que se esfuerzan por manchar la figura del Cóndor:

-¿Por qué llamarlo cóndor –cuestionan? Si no es otra cosa que un buitre, un carroñero más?

¡Cómo si la delicada labor de un animal carroñero no fuese tan necesaria para nuestra Naturaleza maltratada! El Cóndor, siempre orgulloso y amante del silencio de los desfiladeros andinos, continúa sus evoluciones aéreas sin prestar atención a estos comentarios tan venenosos como insignificantes.

-Al menos –se dicen los cóndores mientras ejecutan su majestuoso vuelo-,  hubo alguno que reconoció el valor de nuestra presencia y nos coronó junto al Huemul!

-¿Qué suerte,  no? Muchos se oponían a que fuéramos el símbolo de esta tierra –retrucan otros.

Y a continuación, melancólicos, hacen memoria de aquellos buenos tiempos en que todavía era posible disfrutar la sabrosa carne de un huemul sin que nadie pusiese el grito en el cielo. ¡Cada día son más escasas las presas, no queda más remedio que conformarse con los duros conejos silvestres o la desabrida carne de una vaca o una oveja desbarrancada!

-¡Quién pudiera picotear un pudú jugoso, salpicado de aquellos deliciosos gusanos que tan bien lo sazonan! – razonan mientras observan los valles desde las alturas de su patrullaje diario.

Tristemente  reflexionan los cóndores sobre  el tiempo perdido. Se duelen de la presencia invasiva del hombre, que cada día trepa más arriba obligando a pumas, zorros, roedores y aves de rapiña a refugiarse en lo más alto de la Cordillera.

Porque antes, cuando la tierra era joven e inocente, los Cóndores, majestades de los aires, volaban sobre toda la franja que se asoma al Pacífico. La luz de cada amanecer los sorprendía en sus grandes nidos y  los empujaba de inmediato a surcar el cielo. Iban de norte a sur, de este a oeste, respirando el aire helado de Los Andes y disfrutando el frufrú de sus alas  henchidas por el viento. No dejaban de observar hasta que de algún lugar de la campiña llegaba el aroma penetrante de la carne descomponiéndose, sólo entonces, avisados ya todos los componentes de la bandada, se acercaban rasgando el viento con un silbido a llenarse la barriga hasta que, de tan pesados, no podían emprender el regreso. No les quedaba entonces sino dormitar con la cabeza oculta bajo sus grandes alas mientras hacían la digestión.

Pero, poco a poco, las  imágenes que se imprimían en sus agudos ojos fueron cambiando. Los hombres cultivaban la tierra y poblaban los campos con nuevas bestias ajenas al entorno. Los primeros caminos que se dibujaron sobre la tierra eran ásperos e intrincados y las carretas quedaban atrapadas en el barro después de las lluvias, las luces que se encendían eran débiles y titilaban delatando la presencia de las casas de adobe, pero, casi sin que ellos se dieran cuenta, el paisaje comenzó a cambiar.

Un día, un cóndor divisó una mancha que olía diferente: tenía la marca del hombre. Cuando bajaron a comer el extraño animal que yacía sobre la tierra lo hicieron desconfiados, temerosos. Sin embargo, aquello que los hombres llamaban “res” llenó la panza de muchos animales y después de que el Puma comiese hasta hartarse siguieron los culpeos y los cóndores y no pararon hasta dejar los huesos limpios. Todos los animales libres supieron entonces que el hombre tenía algo bueno: podía proporcionar comida, y no hay nada más importante que la comida para la vida de aquellos que están a la buena de Dios.

Muchos soles desaparecieron tras el horizonte hasta que un día el Cóndor vio a los hombres elevando torres a través de los campos. Los observó divertido, vaya qué trabajo se daban esos hombres. ¿Para qué construir torres si ya existían árboles tan altos por todo el valle?

Con el correr del tiempo las torres, que estaban unidas una a otra con pesados cables de cobre, abarcaron todo lo largo y ancho de la comarca y comenzaron a trepar por los taludes cordilleranos. Sin embargo, para ellos la presencia de las torres no tenía relación con el hecho de que las casas se iluminaran brillantemente y mucho menos con los nuevos caminos, que como cintas grises, eran recorridos velozmente por extraños vehículos.

Para entonces, la mayor parte de los animales se había replegado lejos de la presencia del hombre. Algunos, no pocos, fueron menguando hasta que no se les volvió a ver más. Ningún cóndor supo qué había pasado con ellos. Ahora a cualquiera le resultaba difícil encontrarse con los antiguos habitantes de la tierra y hasta al mismo cóndor le costaba divisarlos desde la privilegiada posición de sus patrullajes celestes.

Los cóndores podían ver claramente el cansancio de la tierra. Los hombres desviaban ríos, encerraban las aguas con altas murallas de concreto, abrían la tierra con enormes máquinas y arrancaban de ella todo lo que tuviera algún valor dejando tras sí un reguero de escoria y desechos y la tierra arrasada. Aquí y allá se levantaban las viviendas en que habitaban y no lejos de ellas se amontonaban los  basurales que producían sus moradores.

Una triste mañana de invierno, fría y gris, el cóndor despertó en su nido de la montaña. Estiró perezosamente las poderosas alas, revolvió la cabeza calva en su cuello de albo y suave plumaje y finalmente se incorporó sobre sus patas. Una ráfaga de viento lo azotó sin piedad, el cóndor pensó que era una mañana perfecta para alzar el vuelo y así pensando se arrojó en las corrientes de aire que se perdían en los desfiladeros de Los Andes. Primero planeó en círculos -¡cómo le gusta al cóndor planear en círculos! -, después enfiló hacia el valle de la gran ciudad.

La ruta estaba cruzada por largas columnas de humo tóxico que el cóndor evitó cuidadosamente y  aunque desde esas alturas el cóndor no podía escuchar el rugido proveniente de las carreteras estaba claro para él que todo allá abajo era agitación y prisas.

Pero ¿dónde estaba la ciudad? ¡Todo había desaparecido como borrado por una mano colosal! En el lugar donde se levantaba la ciudad había ahora una niebla oscura y sucia que no dejaba ver nada, ni siquiera a la poderosa vista de un cóndor. El cóndor  penetró en la nube y mientras respiraba sintió el cansancio que esa nube espesa y sucia producía en sus pulmones.  Aterrado, aleteó con fuerza  para arrancar de esa masa monstruosa. Se alejó sin mirar atrás hacia su nido en la montaña.

Esa tarde, mientras la luz se esfumaba lentamente, descansando en su nido, el cóndor supo que nunca más un cóndor querría volver a las tierras bajas. ¡Ya no había allí nada digno de verse ni de ser  disfrutado por un cóndor, hasta el aire mismo lo habían cambiado por esa mezcla extraña,  sucia y desagradable!

Por un momento, antes de cerrar los ojos, el cóndor pensó que le gustaría haber sido capaz de soñar para recordar en sueños la tierra tal como había sido, pensamiento que fue descartado por la razón de que los cóndores nunca podrán soñar.

Pero antes de dormir recordó al hombre que vivía en esas casas apiñadas, respirando ese aire sucio, atrapado entre el estruendo de las carreteras y la urgencia de la vida diaria y por un instante apenas se compadeció de él. Arrepentido, desechó ese pensamiento que lo traicionaba.  ¡El hombre, por ningún motivo, merecía la compasión, después de todo, la culpa del desastre era toda suya!

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El Huemul sacudió sus orejas, se plantó firme y orgulloso sobre sus patas y fijó la vista en el horizonte. Sin duda alguna, hacía una estupenda figura recortado contra el imponente cerco gris de Los Andes.

-Cada día me veo mejor – se dijo -, es una pena que no haya nadie que pueda advertirlo.

Esperanzado, oteó el cielo translúcido para ver si al menos los cóndores que planeaban aburridos sobre los contrafuertes cordilleranos se habían dado cuenta de su presencia.

Pero los cóndores habrían estado mucho más interesados si Huemul fuera ya una pieza de carroña. Así, vivito, coleando y presto para dar una de sus afamadas carreras el Huemul les servía de bien poco. Decepcionado por la ausencia de público, Huemul bajó de la colina y ramoneó la hierba dulce y fresca sin gran entusiasmo.

En ese preciso  momento, un Zorro chilla asomó su hocico curioso por entre unos arbustos; el Huemul, esperanzado, preguntó:

-¿Vienes a verme, Culpeo? Precisamente estaba por adoptar una postura más estatuaria…

-¿A verte? ¡Claro que no, Huemul, yo soy un Zorro respetuoso de la privacidad ajena, pero, dime ¿no habrás visto pasar un Cururo por aquí? Justo acabo de perderlo de vista.

¿Cururo? ¡Qué se había creído el Culpeo, bien podía darse por satisfecho de haber sido visto él mismo! ¡Cururos, dónde se ha visto un Huemul interesado en las evoluciones de un ratón!

Sumamente ofendido, el Huemul continuó bajando hacia el valle;  a cada paso, la hierba se veía más jugosa y su bello color verde pintaba gloriosamente la tierra. Con la barriga llena, Huemul sintió que su ánimo mejoraba.

– Ejem – tosió alguien a sus pies- ¿No habrás visto al pesado del Culpeo de casualidad?

Y claro, allí estaba el Cururo, bien agazapado debajo de unas piedras. Indignado, el Huemul intentó ignorarlo, pero el Cururo se adelantó un poco y, mientras observaba nervioso de un lado a otro,  continuó:

-Es que no nos deja almorzar tranquilos, últimamente el barrio se ha llenado de ellos, así como vamos, la plus valía del sector se va a ir al diablo. ¡Ya ningún cururo quiere vivir por aquí!

Ya Huemul había dejado de escucharlo y continuaba bajando hacia el poniente. Lo último que escuchó fue el sonido de las ramas y el “tump” producido por las cuatro patas del Culpeo golpeando violentamente el suelo. Bueno, de seguro ese cururo ya no le daría la lata a nadie.

Fue casi al llegar a los primeros árboles que Huemul descubrió al primer observador de su vida. ¡Esta vez, estaba claro, el observador estaba pendiente de él, no perdía de vista el menor de sus movimientos y se le veía claramente deslumbrado por su apostura!

Haciéndose el desentendido, el Huemul se fue acercando lentamente a su admirador. Ya de cerca pudo ver que se trataba de un personaje bastante extraño. ¡Dos patas, a quién se le había ocurrido algo tan feo! Cierto que además tenía un par de manos, bastante raras, por cierto, terminadas en un largo palo con punta…no, no, un momento, el palo no formaba parte de las manos, aunque se notaba que el observador lo manejaba con soltura.

Demostrando mucha práctica en el uso del palo aguzado, el observador se irguió lentamente. ¡Listo, ahora lo tenía justo en el blanco! El observador se levantó de un salto y con un solo movimiento de su brazo echó a volar el palo aguzado por el aire. ¡Swish! El palo aguzado tardó sólo segundos en dar con su objetivo.

Huemul todavía boqueaba cuando el cazador llegó hasta él. Sin ninguna consideración, recuperó la lanza. Un chorro de sangre roja y humeante resbaló por el lomo del Huemul. ¡Magnífico animal! Daría carne para varios días. ¡Qué apostura, lástima que el clan  llevaba varios días sin comer, le habría gustado que lo vieran de pie antes de cazarlo! Ese animal de seguro llegaría lejos, era cosa de imaginárselo de pie sobre sus patas traseras, apoyado en, bueno, en cualquier cosa. Hasta habría merecido usar una corona.

Y así pensando, el hombre se cargó el huemul al hombro y emprendió el regreso a casa.

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De tan monótono el mundo

Estaba en su andar andar

Que un día sus habitantes

Todo quisieron cambiar.

Las cerezas trasladaron

Sus  dulzuras  al zarzal

Y las sandías maduras

Al árbol van a trepar.

Los leones bostezaron

Y se fueron a tumbar

Sobre las rocas saladas

A esperar la pleamar.

Así fue que prosperaron

Los osos en el trigal,

Las ballenas en la campiña

Y las ovejas en altamar.

Los lobos corrieron a clases

Locos de curiosidad

Y los niños se escaparon,

Ríos y mares a navegar.

Los lenguados y las percas

Retozaron en la cubierta

Mientras quiénes los pescaban

En las redes chapoteaban.

Las mamás jugaron fútbol

Y persiguieron bandidos,

Los papás limpiaron la casa

Y se durmieron rendidos.

Sobre las altas montañas

Se quisieron instalar

Un millón de mariposas,

Los salmones y el faisán.

Pero el cóndor aburrido

De  pasar frío y volar

Se refugió en una cueva

En medio del Turquestán.

Con tanto pez en la arena

Y tanta rosa en el mar

Ocurrió que toda la Tierra

Se empezó a  desbaratar.

Las cerezas se podrían

Y nadie quería estar

Durmiendo una breve siesta

Debajo del sandial.

Los niños echaban de menos

El chocolate y el mazapán

Y los tiburones se hastiaban

De tomar té y comer pan.

Las niñitas se morían

Por poder abandonar

Los trompos y las pelotas

Y volver a costurear.

Encerrado allá en su cueva

Del lejano Turquestán

El cóndor lloró de pena

Impedido de volar.

Allá  muy alto en el cielo

Oí a Tata Dios reclamar:

Yo sabía que estos cambios

Poco iban a durar.

Y  cabizbajos los hombres

Regresaron  a la ciudad,

Todos  los pájaros a los bosques

Y los pingüinos al círculo polar.

Sobre la tierra dormida

Todos quieren  descansar,

Vuelven los topos  a sus madrigueras

Y los elefantes al platanar.

Que nunca más en la  tierra

Reine la inconformidad

Porque Dios Padre ha querido

Que todo esté como debe estar.

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