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Posts Tagged ‘cascabel’

Mucho antes de que el hombre plantara su pie en las praderas de América del Norte, ya vivían allí, en gran número y muy confortablemente; bisontes, lobos, hurones, coyotes y …perritos de la pradera. Claro que en ese tiempo ninguno de ellos habría aceptado los nombres que posteriormente le endilgó el invasor que se paraba en dos patas.  Es más, sus relaciones con él nunca fueron fluidas, si bien los primeros hombres,  miembros de las innumerables tribus de  pieles rojas,  sentían por ellos mucho respeto y  jamás intentaron, como el hombre blanco, erradicarlos de una vez y para siempre. 

Pero la Historia es una dama  muy vieja y por lo tanto, llevada de sus ideas. Cuando decide que algo ha de suceder no hay quien la haga cambiar de opinión. Así, cuando el hombre de piel blanca desembarcó del Mayflower  no tardó muchó en expandirse por las nuevas tierras  e  implantar a continuación su cultura, sus medios de vida, sus cultivos y sus animales de cría. El ganado vacuno sería el desencadenante de la tragedia de los animales originarios.

Al hombre, gran comedor de carne y no menor como bebedor de leche, no le gustaba compartir sus placeres con los animales autóctonos, de manera que puso precio a la cabeza de lobos, coyotes y hurones, ningún hombre estaba dispuesto a alimentar gratuitamente a los legítimos herederos de la tierra.

-Nosotros somos herbívoros –informaron los bisontes, convencidos de que se les dejaría en paz por tal motivo.

El Hombre no se iba a molestar en responderle a una bestia cuadrúpeda, pero  se dijo para sus adentros:

–          Hmm, eso quiere decir que están robándole el alimento al ganado que hará mi riqueza.

También la cabeza del bisonte tuvo precio y montañas de cadáveres se elevaron en la pradera.

 Pronto, la mayor parte de los desdichados animales de la pradera pasaron a integrar  la larga lista de especies en peligro de extinción.  El perrillo de la pradera temía por su vida, pero  algo había escuchado de la larga relación del Hombre con el Perro, de modo que redobló esfuerzos en perfeccionar su ladrido y se escondió bien al fondo de sus laberínticas madrigueras.

-Por milenios –se dijeron-, hemos alimentado al lobo, el coyote, el hurón y el águila, bueno  sería que Manitú  nos libre de la antipatía de este nuevo habitante.

Pero el Hombre veía con preocupación que sus cornilargos  podían quebrarse la pata en los agujeros cavados por los perrillos de la pradera  y, aviesamente, decidió que tampoco  ellos eran dignos de  habitar la tierra que el Gran Manitú les concediera  originalmente.

-Además- se preguntó- , ¿qué valor tiene este Gran Manitú? Nuestro Creador es el único auténtico y genuino.

El Creador, que espiaba refugiado en las estrellas,  movió la cabeza con  pena y disgusto. ¿Es que ignoraba el Hombre que suyos eran todos los nombres  con que alguna vez uno de ellos  lo llamó?  Pero, ya que había cometido el error de garantizar su libre albedrío, guardó silencio y lloró por sus  víctimas silvestres.

El hombre, en tanto, se entretuvo  cazando. Nada le parecía más divertido que pasar sus tardes haciendo puntería sobre los delgados cuerpecillos de los perritos y la población de estos pobres  animales decreció peligrosamente.  Ahora, cuando miraban la pradera, los sobrevivientes sólo divisaban  los rebaños del ganado del hombre y apenas  retumbaban en la tierra  los cascos de sus caballos,  huían a perderse.

Lo único que consolaba a los perritos de las praderas era que un hombre los había encontrado tan lindos que hasta había creado una historieta  protagonizada por uno de ellos, al que llamaron Perry. La historia de Perry era muy popular y exaltaba su simpatía y unión familiar.

– Como nosotros somos una variedad de perro, el hombre terminará reconociendo que nos ama  –se consolaron.

Pero, por si acaso, construyeron sus madrigueras más intrincadas todavía, para que ningún hombre pudiera llegar a ellos.

Pobre consuelo, algunos zoólogos habían estado investigando  las magras poblaciones  de la pradera y llegaron a una triste conclusión:

-Estos animalitos no pueden ser llamado “perrito” de ninguna manera, porque lo que son, verdaderamente, es una variedad de ardillas.

Y los rebautizaron como Ardillas de la Pradera. ¡Qué decepción,   ya nunca podrían ser mascotas, ni vivir junto  al hombre. Su destino sería dormir con un ojo  y velar con el otro.

Casi estaba  la pradera desierta de sus habitantes originarios, apenas  el ganado paseaba de aquí para allá  ramoneando la hierba.  Por fortuna,  algunos hombres recordaron lo muy distinta que había sido cuando apenas se elevaban unos palmos del suelo y comenzaron a preocuparse. ¿Qué había sido de  todos esos bellos animales que solían verse  en las llanuras? ¿Dónde estaban los bisontes, los hurones, los lobos, los coyotes…qué había sucedido con el familión de los perritos…, perdón, las ardillas de la pradera?

Poco tardaron en comprender que el mismo hombre estaba acabando con la vida silvestre y sus corazones se crisparon de pena. ¡Esto no podía continuar!  ¿Habría alguna manera de revertir la situación?

Lentamente, hombres de buena voluntad fueron uniendo sus fuerzas. Protegieron a los bisontes y pelearon para garantizar su espacio en la pradera.   Se  cuidaron de los lobos, al constatar que no eran  los asesinos que todos temían. Recogieron  los escasos hurones, que padecían una peste fatal,  y los curaron para reintroducirlos. Defendieron las águilas protegiendo sus nidos  y treparon las montañas para cuidar de los osos, los muflones,  el puma y el gato montés

El Creador,  que  apenas ayer estuviera tan decepcionado de los hombres, meneó su bella cabeza con aprobación. Este sí era el hombre que había creído digno de conducir los destinos de la Tierra.

Y las Ardillas de la Pradera, que por si acaso habían presentado una solicitud para  asignarse legalmente los atributos caninos, decidieron  aguardar la respuesta  con paciencia. Total, ellos saben que allá arriba siempre se toman su tiempo para todo,  y si las cosas mejoran un poquito…hasta podrían aceptar  este nuevo nombre. Claro, que por si acaso, ladran un  poquito más fuerte y piensan:

– ¿Ven que somos igualitos a sus perros?

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