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Hinchado de orgullo, el ordenanza Tiuquemales entró a la oficina del capitán y se cuadró sonoramente. Detrás,  feliz porque había demostrado iniciativa personal, el cabo Tiúquez.

-Orden cumplida, mi capitán, aquí le traigo a Zorzalo López y a dos prisioneros más.

-¡Que me los interroguen  ahora mismo! -Chirrió el capitán.

Pero por más que se lo preguntaran, a Zorzalo le era imposible decir qué había ocurrido con el agente secreto 00Bird.

-La última vez que lo ví iba camino de Ave de Janeiro. -Se cansaba de explicar.

Indignado, el capitán Tiuquemante hizo preparar un documento en que Zorzalo le traspasaba su jardín, su nido de cuatro habitaciones y el comedor para pájaros.

Pero a Zorzalo las alitas le temblaban tanto que no podía firmar y dio vuelta cuatro veces el frasco de Tinta de Pulpo de las Antillas.

Por otra parte, Mari Loica no paraba de lloriquear:

-¡Mis pobres polluelos, mis hijitos!

El capitán Tiuquemante perdió la calma definitivamente y le gritó con los ojos inyectados en sangre.

-¡Cállese de una vez, señora!, ¿qué hicieron con los polluelos de esta señora…cómo se llama usted?

-Mari Loica Huenumán. -Respondió ella muy enojada mientras se pescaba la pechera roja en el pecho con  cuatro broches de presión.

Capitán y ordenanza se fueron de bruces y quedaron con el pico clavado en las ramas del piso. Tiuquemante fue el primero en reponerse de la conmoción, se paró y dijo:

-¡EsunidiotauncretinoordenanzacómoseleocurretraeradoñaMariLoica!

Inmediatamente le soltaron las esposas y  le ordenaron que se retirara, pero Mari Loica se negó a dejar solos a Zorzalo y Leotordo.

-¡Exigo justicia y una reparación!

Y en ese momento caótico, cuando al Capitán ya nada peor le parecía posible, un  ave elegantemente vestida entró volando por la ventana y se plantó detrás del capitán presionándole la espalda con la punta de su ala derecha.

-¡Alas arrriba! -Ordenó- Wings up!

 En todo caso, a Tiuquemante, le pareció que le había apuntado con un arma de modo que le obedeció al instante.

00Bird los desarmó,  esposó y amordazó. Después liberó a Zorzalo y Leotordo.

-¡Creímos que había volado a Alondraterra! -dijo Zorzalo aliviado.

-Esou erra lo que mi  querienda que pensarran. Toudous. -Explicó 00Bird.

Mientras los amigos estrujaban sus cabecitas planeando cómo escapar del cuartel llevándose a sus prisioneros, antes captores, ocurrió lo más inesperado de todo.

Tatatatá, tatatá, tatatá.

Un estruendo se desató en el cuartel de la Brigada Tiuque. ¡la Guardia presidencial había llegado! Los Halcones y  los Cóndores  ocuparon raudos el cuartel, formaron a la Brigada y luego les dieron una sonora orden:

-¡Preseeenten arr!

  Y tiraron una alfombra roja por la que entró caminando  Su Excelencia, Don Lautaro Condorñir, presidente de la república de Terrandina. Su distinción y  sencillez  impactaron  a todo el pajarerío, que presentó armas de muy buena gana,  para decepción del capitán. Don Lautaro saludó a todo el mundo con un apretón de alas, preguntó, solícito, por la salud de su prima, carraspeó un poco y con la cresta roja de indignación, le espetó a Tiuquemante:

-¿Tiene usted una explicación por todo este desbarajuste, capitán?

El capitán, amordazado como estaba, sólo supo agachar la cabezota dura.

Zorzalo se dio cuenta y  le quitó la mordaza.

 -Ejem, Su Excelencia, en realidad, bueno, todo esto no ha sido más que una broma, malinterpretada por algunos…, cómo le diría, exagerados. -Explicó el Capitán con toda desvergüenza.

El presidente lo hizo callar, abrazó a Mari Loica y le pidió a Zorzalo que le presentara a James Swallow.

-My name is Swallow, James Swallow.- saludó  el agente.

Y el Presidente, que era su rendido admirador, le pidió  un autógrafo con la excusa de que era para su hijo.

El capitán Tiuquemante trató por todos los medios de convencer a Su Excelencia y a sus víctimas de que tenía un extraño sentido del humor. Todo lo ocurrido, no pasaba de ser una bromita de mal gusto, repitió hasta el cansancio. En  todo caso, al Presidente Condorñir era muy difícil engañarlo. Mandó al capitán y al ordenanza arrestados,  puso un nuevo oficial al mando y   luego pidió disculpas en nombre de todo Terrandina.

-…a los distinguidos extranjeros que nos visitan, a nuestros queridos vecinos, Zorzalo y Leotordo y todos sus amigos,  y a la prima de mi madre, la inestimable señora Mari Loica Huenumán.

Se sentía muy avergonzado cuando le contaron de los bombardeos y los ataques aéreos.

-No es posible que estas cosas ocurran en Terrandina sin que yo me entere,  yo tengo el deber de velar por las aves del país.

En todo caso, retó a Zorzalo por no haberlo puesto al corriente de la situación.

-El presidente es un servidor de su pueblo -explicó- y éste debe tener confianza en él para demandar sus derechos.

Sus palabras le sonaban como música a Zorzalo, Leotordo y Mari Loica. ¡Qué lindo saber que el presidente era todo un cóndor, que, pasara lo que pasara, podían confiar en él!

Ya emprendían el regreso cuando se cruzaron con Tiuquemante, que partía castigado a la Región Austral por seis meses.

-En realidad, se me pasó la mano, señores, no tengo palabras con qué pedirles perdón. – Dijo. Y siguió tratando  de convencerlos de que en realidad todo había sido una broma pesada. Definitivamente, un fresco.

Cuando  los amigos lo vieron alejarse, convenientemente escoltado por una guardia de cóndores, suspiraron aliviados.

-Quién iba a decir que el capitán Tiuquemante tenía tanto sentido de humor .-Rió Leotordo.

-En buen horra nou dedicándouse a humorristou. – Dijo James Swallow.

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Zorzalina quedó bastante sentida con Golondrisa Petrucciani. Cada vez que veía disminuir  su provisión de chocolates Hanstord un pequeño ataque estaba a punto de producírsele. Golondrisa no se daba por enterada. ¡Incluso tuvo la desvergüenza de ofrecerle una caja a precio de costo!

Zorzalo no estaba mucho mejor. Las incursiones de los Palomérez y los Gorriontínez  habían llegado a tal punto de agresividad que su habitual  timidez estaba convirtiéndose en una especie de furia depresiva, que amenazaba con hacer explosión  en el momento menos pensado.  Zorzalo era  pájaro desprendido, le encantaba que su jardín estuviera siempre tan bien provisto para que el pajarerío del barrio no sufriera privaciones, pero la falta de respeto de Palomingo Palomérez estaba llegando a un extremo insoportable para él. ¡Dos días atrás había sido capaz de picotear la cola bifurcada de Golondrisa Petrucciani, su amiga e invitada personal!  Por suerte, Palomingo cometió esta barbaridad justo cuando se acababa  el almuerzo,  por lo que salió volando de inmediato y al otro día a  Zorzalo, que tiene cabeza de pájaro, ya se le había olvidado todo lo ocurrido.  Zorzalina, en cambio, que sí tenía muy buena memoria, se sintió secretamente satisfecha. Al fin su honor había sido vengado, aunque fuera por ese cargante de Palomingo Palomérez.

Las cosas podrían haber seguido en calma, si el destino no hubiera tenido otras intenciones. Se acercaba el cumpleaños de  Zorzalo, de manera que los amigos de la calle Queltehues decidieron prepararle una fiesta sorpresa.

Los preparativos se hicieron en un secreto tan profundo que  Zorzalo anduvo toda la semana deprimido porque su amada Zorzalina había olvidado su cumpleaños. Los amigos, bueno, ellos no tenían por qué saberlo, pero su propia esposa, que ella lo olvidara era casi tan terrible como enterrarse una espina de nopal en el corazón.

Para que  Zorzalo no se percatase de lo que estaba preparándose, Zorzalina fingió estar preocupada por sus ataques, pidió hora para una consulta con el  doctor Lechuzo Chunchón  y  obligó a su marido a soportar  una hora en la sala de espera.  Zorzalo, con resignación,  soportó su pena y las aburridas quejas de Tortolita Gómez,  tía de las Tortolatti, más que conocida como una hipocondríaca exasperante.

Como si eso fuera poco, el doctor Chunchón, que no estaba al tanto de la fiesta sorpresa, se tomó muy en serio el chequeo médico de  Zorzalina; le revisó las plumas una por una,  le encontró un poco de stress y sobrepeso de diez gramos y le recomendó  practicar media hora de vuelo después de cada comida.  Así pues, cuando   Zorzalo se libró de Tortolita Gómez no tuvo más remedio que tragarse  todo el rosario de preocupaciones de su esposa.

-La Bodega va a ser mi perdición -Se lamentaba  Zorzalina-, mañana mismo me pongo a dieta. ¿Cuál será mejor, la de la luna o la de la avena? ¿Qué crees tú, Zorzalo?

Zorzalo, corroído por la melancolía, no emitía pitido.

Pasaban de las dos cuando se posaron sobre el balcón de su nido. Zorzalina  explicó que le dolía la cabeza y se iría a reposar y lo dejó solo. No había un alma en el jardín.  Zorzalo decidió preparar las cosas para cuando la vecina llenara el plato  otra vez,  de manera que bajó la escalera de hiedra con sus ágiles saltitos. Ya estaba llegando al césped cuando de entre las ramas aparecieron sus amigos batiendo alas y gritando como  locos:

-¡Sorpresa, sorpresa, feliz cumpleaños  Zorzalo!

Zorzalo pasó del tremendo susto a  la más absoluta felicidad. ¡No se habían olvidado de él! Su amada Zorzalina le puso al cuello una bufanda de flores de madreselva y le susurró lo mucho que lo amaba, Juanito Chincólez le regaló las Obras Completas de Sir  Arthur Chercan  Bird; Golondrisa Petrucciani,   las Cuatro Estaciones de Píovaldi interpretadas por la  Orquesta de Cámara de los Ruiseñores;  Leotordo,  una caja  de tintos Santa Tordoliana de Lontué envejecidos en barricas de palo de rosa y Martín Escolibrí, seis botellas de su reserva de mieles escogidas. Vinieron tantos vecinos que Zorzalina no hallaba dónde guardar tanto chanchito y tanto pulgón. Todos sus amigos estaban allí. Hubo abrazos,  cantos y una que otra fuga masiva cuando la humana del número cinco trajo, por tres veces consecutivas, un surtido de semillas finas para reponer  la Bodega. La tarde no podía ser más feliz.

Pero el destino había decidido otra cosa.  Aunque ellos lo ignoraban, los alegres  festejantes  estaban siendo espiados desde la copa del maitén. Unos ojos negros, brillantes como ascuas, seguían sus bailes y planeos, y si don Zorzalo hubiera sabido a quién pertenecían esas pupilas  frías y crueles, habría volado a refugiarse en el rincón más oculto de su nido de cuatro habitaciones.

Demasiada felicidad. ¿Qué se creían esos pájaros de mala muerte? Mañana, pasado, ahora mismo podía él salir de caza y acabar con media docena de ellos, si quisiera. Dónde se había visto que los pájarillos tuvieran bodega de alimentos, que ya no tuvieran que exponerse buscando sus granos por  el vecindario. ¡Las avecillas miserables con la panza a reventar mientras él  tenía que conformarse con lagartijas y ratones!

A esto había que ponerle coto. Primero  que nada,  desunirlos. Nada más débil que un puñado de pajarillos que andan cada uno por su cuenta. Segundo, quitarles la comida, muertos de hambre no tendrían ánimo para nada. Tercero, atacarlos con todo. y para eso, nadie mejor que él,   el Capitán Tiuquemante. Qué se había creído,  ese Zorzalo López. En este barrio,  nadie más podía  piar fuerte.

El   Capitán   Tiuquemante desplegó su alas y planeó sobre la alegre reunión. Su sombra desató uno que otro movimiento inquieto, pero eso fue todo.  Los  invitados siguieron bailando y  picoteando alpiste.  Indignado por esa manifestación de independencia, el Capitán enrumbó directamente hacia los tejados de la calle Caiquenes.  Si se trataba de hambrear al vecindario,  Palomingo Palomérez y Volantín Gorriontínez eran los más indicados.

El Capitán  Tiuquemante  no necesitó decir mucho con su voz sibilina para que   Palomingo  montase en cólera.

-Los escuché perfectamente, Palomingo, viejo amigo. ¿No vé que yo vivo al frente?  Zorzalo López  lo dijo a voz en cuello: “En este jardín, desde hoy en adelante, sólo comen mis amigos”.

Palomingo estaba rojo de indignación. ¡Qué avaricia, qué iniquidad, habiendo tanta paloma hambrienta en este mundo y tan pocas plazas con jubilados… a dónde  íbamos a parar las aves  si los jubilados ya no quieren actuar como es debido alimentando palomas en las plazas y unos pocos privilegiados se apropian  los comedores para aves en  beneficio propio!

-…No se olvide de contarle a Volantín Gorriontínez.- Deslizó el capitán.

-¡Por supuesto que le voy a contar, ahora mismo, ya verá ese engreído de Zorzalo López, ya verá!

Palomingo partió hecho un cohete, seguido de toda la familia Palomérez.  Contemplar la alegre algarabía de los pájaros en la Bodega lo había puesto de un humor terrible.

Entre tanto, nuevas visitas se sumaban al festejo. Don Federico Chercanmán y su familia, los Diucamingo, la familia Chirihuez.  Zorzalina no se daba abasto para guardar tantos regalos en la despensa. Y su marido,  pobre Zorzalo López,  estaba muy lejos de imaginar que su hermosa fiesta de cumpleaños sería mucho más sorpresiva y absolutamente más ingrata de lo esperado.

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Diez días después, mientras leía el diario,  Zorzalo escuchó la campanilla de su nido, dejó el Correo Alado  sobre su poltrona y fue a abrir la puerta. Allí, con una caja forrada en papel de estraza bajo el ala derecha se encontraba Leotordo Trillo.

-Dónde está doña Zorzalina.-Preguntó.

Y cuando ella vino a saludarlo le entregó con toda clase de ceremonias y zalemas la caja, que estaba timbrada por  Golondrina Courier.

-¡Mis chocolates, Leotordo, es usted tan encantador! -pió doña Zorzalina.

Todos estaban felices, abrieron la caja y se dieron un banquete de chocolates suizos sin dejar de agradecerle a Leotordo su última gentileza. Éste, que era un genuino caballero, estaba más que acholado con tanto halago.  Cuando a doña Zorzalina le pareció que ya había comido suficiente, guardó la caja bajo siete llaves y trajo jugo de rosamiel y   galletas de semilla de amapolas.  ¡No fuera a ser cosa que se devoraran sus bienamados chocolates suizos del primo Hanstord!

Al día siguiente, cuando terminaron el almuerzo, Mari Loica Huenumán se llevó a   Zorzalina con todo secreto hacia el lado de las azucenas y le susurró:

-Mira qué cosa más deliciosa tengo para que comamos.

Y le ofreció una barra de chocolate suizo marca Hanstord.

-¿Cómo lo conseguiste? -preguntó doña Zorzalina.

-Una ganga, niña, ayer pasó  Golondrisa por mi nido y se lo compré. Seguramente también va a venir a ofrecerte.

Zorzalina terminó por enterarse de que todo el vecindario estaba comiendo chocolates Hanstord y que Golondrisa Petrucciani había conseguido la representación de la marca para toda Terrandina.

-En seis meses recupero la inversión y de ahí en adelante, puras ganancias.- Le explicó la Petrucciani con todo descaro.

Zorzalina consideró una ventaja poder comprar los chocolates, pero cuando le preguntó a la Petrucciani el precio de la barra estuvo a un tris de atacarse nuevamente. Decidió entonces que los conseguiría más baratos por intermedio de Leotordo; él era tan amable que seguramente le daría la dirección de su primo para encargarlos.

Leotordo le explicó que el primo Hanstord le había cedido los derechos de venta a Golondrisa de manera que ya no podía traerlos por su cuenta. Al parecer su primo Hanstord estaba muy contento de haber podido abrir este nuevo mercado.

-Pero para qué se molesta, querida Zorzalina, llame a Golondrisa, que está haciendo reparto gratis  a domicilio. ¡Ah, también me pidió la dirección del primo Eustordo, parece que quiere la representación de la viña Santa Tordoliana de Lontué.

Estamos fritos -dijo  Zorzalo cuando su mujer le explicó lo sucedido-, nunca más vamos a tomar esos tintos tan buenos.

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-Nacho, ayúdame a  cortar el pasto –dijo el bisabuelo Fernando asomándose por la  ventana.

-Claro, Tata –dijo el niño con una mueca de desagrado.

No había caso con el Tata, qué pesado era. ¿Por qué no le pedía ayuda al flojo de Javier?

Después de que Nacho  le había arreglado el pastel con mamá  echándose la culpa de lo sucedido  Javier no había cambiado su actitud; en cuanto le levantaron  el castigo se echó a volar otra vez y apenas si se le veía a la hora de cenar. Era,  lejos, el peor hermano del mundo.

Nacho se levantó  de mala gana,  apagó el televisor decimonónico y  salió  por la ventana hacia el patio.

Muy mala idea. Su abuelo ya estaba allí con la podadora  y las tijeras.

-Nacho, me vienes de perlas: allí tienes el rastrillo, recoge el pasto cortado y las hojas secas y lo echas en esa bolsa – ordenó don Fernando.

¡Oh no, no terminaría nunca de pagar las culpas de su escapada… qué injusta era la vida!

Resignado, hizo lo que le pidiera el tata Fernando.

Para ser tan anciano, el abuelo de  su madre todavía era una persona bastante fuerte, pensó Nacho.  Algo flaco, claro. Se veía divertido con camiseta. Pensándolo bien, era la primera vez que lo  veía sin  corbata. ¡Qué decir  sin  camisa,  don Fernando era un caballero muy formal! Sin embargo, ahora que se la había quitado, don Fernando trabajaba con habilidad,  podando los arbustos con  rapidez.

-¡Ay!

El anciano tropezó y cayó cuan largo era.

De un salto, Nacho estuvo junto a él.   El   bisabuelo no estaba tan bien como él había pensado. Nacho lo tomó del brazo izquierdo para ayudarlo y el anciano se  levantó con grandes dificultades. Nacho pensó que  el Tata  se veía muy divertido en camiseta. Tenía los delgados brazos  muy blancos,  cubiertos de pecas y manchas anaranjadas  y a lo largo del antebrazo… ¡Un momento! Nacho nunca  se había fijado en esto. A lo largo del antebrazo, el bisabuelo Fernando   ¡tenía una larga cicatriz blanca, borroneada por el tiempo!

-¡Tata!

– No te asustes, Nacho, sólo fue una caídita;  estoy bien.

Don Fernando terminó de incorporarse

– Sí, pero Tata, esa cicatriz, ¿cómo te la hiciste?

El anciano se miró el brazo. Sus dedos recorrieron la cicatriz  como haciendo memoria.

– Hace muchos años. Yo era un niño todavía.

-¿Y cómo fue?

– Me caí en un cementerio.

-¿En un cementerio, de veras?

– Claro,  por qué iba a mentir. Me caí en el cementerio  de Malpaso  y me corté con unas hojas de latón.

-¡Increíble! ¿Qué andabas haciendo ahí, Tata, te acuerdas todavía?

Don Fernando se sentó.  Se acarició la cicatriz con  expresión  pensativa.

– Cómo no me voy a acordar. Fue el mismo día que se murió mi hermanito menor. Nachito se llamaba. Igual que tú. Te pusieron así en su memoria. 

-¡Tata!

– Vivíamos en la Oficina Nebraska, donde mi padre era capataz.  Me fui a Pampa del Lagarto  con un amigo – continuó el abuelo con mirada distraída-, nos escondimos en la cachurreta  que llevaba la comida de los chanchos y  llegamos  a la  quebrada de Malpaso. Andábamos buscando algo con   mi amigo Ignacio. Mi amigo también se llamaba así…

Ignacio tenía la lengua pegada al paladar. El asombro le atenazaba  la barriga.

– Y qué andaban buscando, Tata, qué encontraron Nacho y tú –preguntó con voz temblorosa.

Don Fernando se volvió hacia él  bruscamente.  Los ojos del anciano lo  taladraron   lenta, minuciosamente, desconfiados. Luego, volvió la cabeza y volvió a acariciar su brazo  con la vista perdida en la nada.

– Nada. No encontramos nada.

Nacho se sentó junto al anciano, su pequeña  mano descansando en el antebrazo  arrugado como  el cogote de una tortuga.  En   el cerebro de Nacho, todas las piezas del rompecabezas caían en su lugar, encajando una con otra  hasta que no quedó espacio vacío.

– ¿Te acuerdas del otro día, Tata,  de esa noticia de los dinosaurios que salía en  la Estrella de Puerto Seguro?

– Sí, claro, cómo  lo iba a olvidar. 

-¿Nunca viste un dinosaurio, Tata, estás seguro?

Esta vez, la mirada de don Fernando se clavó en él  como la de un águila en su presa. Nacho se sintió pequeño,  pequeño,  asustado ante este señor tan alto  y serio y su cicatriz  casi borrada por los años.

–         ¿Un  verdadero dinosaurio? –Preguntó el anciano.

–         ¡Claro, uno real!

–         ¿Un Tiranosaurio Rex todo acorazado, con enormes colmillos y un terrible mal aliento que estaba parado en medio del camino? –especificó luego.

–         ¡Sí, Tata, ese mismo!

Nacho tenía la lengua seca y   la barriga hecha un nudo. La respuesta del tata vino como un balde de agua fría.

– Claro que nunca vi a un dinosaurio, chiquillo tonto. ¿Acaso tú viste alguno, cuando te perdiste en   Oficina  Nebraska, Nacho?

Esta vez, Nacho no supo qué responder. Tan sólo se quedó allí, en silencio, por primera vez en mucho tiempo, mudo.

Don Fernando, en cambio, lanzó una carcajada ronca y  larga. Parecía que nunca iba a parar de reír. Sus ojos brillaban por lágrimas de risa  reprimida y de pronto sin saber por qué a Nacho le dio también tanta risa que   no pudo aguantarse y los dos se quedaron allí apretándose la panza de tanto reír mientras gotas de sudor resbalaban por sus caras dibujando pequeños mapas en sendas  capas de tierra que el trabajo en el jardín había depositado  en sus mejillas.

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Amigos, el próximo lunes y con una revelación sorprendente, termina Operación Ti-Rex. No se lo pierdan  y  sigan con nosotros  leyendo muy pronto un nuevo libro.

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Persiguiendo al niño que llamaban Fernando, Nacho salió al exterior y dos  cosas sorprendentes   lo dejaron pasmado.

La primera era el sol, un sol fuerte y  brillante que lo golpeó como una cachetada y que parecía iba a devorarse todo.

La segunda  fue  una plaza  reseca y polvorienta salpicada por frondosos árboles de pimiento,  por la cual,    una gran cantidad  de obreros y señoras de vestidos largos  circulaban  lentamente de un lado a otro. En las veredas  se sentaban otras señoras, diferentes.  Señoras con amplias faldas multicolores y sombreros de fieltro;   rodeadas por  sacos de  naranjas olorosas, especias, charqui y cereales inflados que ofrecían a grito pelado.

-¡De Bolivia son, de Bolivia son!

Y en la esquina, ¡oh prodigio!,  sus ojos descubrieron un letrero azul algo desteñido, en que, escrito con grandes letras blancas,  decía:

OFICINA SALITRERA NEBRASKA

POBLACIÓN : 1203  HABITANTES

Todo esto lo vio Nacho mientras corría detrás del  hijo de misiá Panchita.  Recién muchos metros más allá,  cuando Nacho ya estaba sin aliento y lo perseguía a duras penas, Fernando se detuvo bruscamente, esperó que el recién llegado lo alcanzara  y apuntando con su mano derecha, dijo:

– Bienvenido a oficina Nebraska.

– ¿Nebraska?  ¿Estás seguro? – Preguntó Nacho.

– ¡Cómo no voy a estarlo, nací aquí!

Nacho lo miró con toda la compasión que esa triste confesión justificaba. ¡Era increíble que algunas personas pudieran nacer en la punta del cerro y, peor aún, fueran capaces de reconocerlo públicamente.  Luego  lo pensó mejor y recordó un pequeño detalle que le estaba molestando desde que abriera los ojos en el salón de miss Rachel.

– Oye, esta Nebraska, ¿es la misma que queda cerca de Pozo Empinado?

-Claro, qué otra va a ser. No  es el estado de Nebraska, capital Omaha.

¿Y eso qué quería decir? ¡Qué niño más loco!

(No queda más que reconocerlo: Nacho es pésimo en geografía y otras cosas  que considera sin importancia como la matemática, el inglés y el lenguaje)

– Es que no puede ser, yo estuve allí esta mañana y eran puras ruinas.

Esta vez, el turno de ser compasivo correspondía a Fernando. Ya está, al pobre afuerino, de tanto asolearse en la Pampa, se le habían secado los sesos.

– Bueno, ¿y ahora cómo  ves  a Nebraska,  muy ruinosa?

– No, pero…

– Pero qué, mi papá pintó la casa de miss Rachel el mes pasado y  hace sólo  unas semanas terminaron de  reparar los bancos de la plaza.

¡Quién lo hubiera dicho! De creerle a Fernando, la Oficina Nebraska estaba casi recién inaugurada. De pronto, Nacho tuvo una magnífica idea.

-¿Cuándo?

– Hace  tres semanas.

– Sí, pero cuándo, dime la fecha.

Esas eran palabras mayores, Fernando no tenía muy claro aquello de las fechas.  Trató de contar con los dedos, pero no le eran suficientes.

– No me acuerdo.

-¿Y qué fecha es hoy?

– Martes 7 de  enero.

-¡Sí, pero de qué año! – gritó Nacho, perdida ya la paciencia.

Y Fernando, con toda tranquilidad, lanzó la bomba que trastornaría todo:

-¡De 1935, de cuál otro!

Su respuesta golpeó a Nacho como un rayo.  Todavía aturdido, el niño se sentó en una piedra y se tomó la cabeza a dos manos.

-¡No puede ser!

– Claro que puede ser, qué es lo que te pasa.

Nacho guardó silencio.  Pensó largo rato mascullando para sí.

Escúchese Grabación N° 3

-¿Y si le digo? ¡Jamás me… pensará que estoy… claro, yo también lo creo, es imposible… pero si es verdad, ¿cómo voy a regresar? ¡Mi mamá va a matarme si tardo demasiado!  Además, imposible… no puede ser cierto,  son cómo setenta años, eso sí que es demasiado demorarse… a menos que, claro, un agujero de gusano, un portal en el tiempo,  estaba en la casa, de ahí mismo salieron, claro… ¡DE AHÍ MISMO SALIERON LOS DINOSAURIOS!

Cuando Nacho gritó esa barbaridad, a Fernando casi se le cayó el pelo. El niño raro  estaba más loco  de lo que había creído. Nacho se dio cuenta y entonces le tomó la mano y lo hizo sentarse a su lado.

– No te asustes, no estoy loco, pero tengo algo que mostrarte.

Se metió la mano en el bolsillo y sacó de allí un  atado  de papeles que empezó a estirar con mucho cuidado.

– Mira;  tienes que leer esto.

Fernando  tomó uno y las palabras saltaron  ante su vista

EXTRAÑOS SERES SERIAN AVESTRUCES FUGITIVOS

Fernando  devoró todos y cada uno de los recortes; cuando terminó, estaba casi sin aliento.

-¡Fantástico, ¿de dónde sacaste esto? ¿Es de H.G Wells?

– No  creo, ahí dice que el reportero se llama  Fructuoso Barrera.

– Es un escritor buenísimo, a mí me encanta leer libros de misterio. Miss Rachel me regala uno todos los años. Tengo “Viaje al Centro de la Tierra”, “De la Tierra a la Luna” y  “La Guerra de los Mundos, ése es de H.G. Wells.

– Esto no es de un libro, salió en el diario, en la Estrella de Puerto Seguro- dijo Nacho con toda la seriedad que la prensa portosegurana merecía-, y  salió después de que yo llegué ahí, mira, hay uno que tiene fecha.

Este era su momento,  puso el recorte casi en la nariz de Fernando y el niño, asombrado, leyó “Puerto Seguro, martes 7 de enero de 2006”

-¡Imposible!

-¡Claro que es posible, yo lo leí allí esta mañana!

 

Es muy difícil que dos niños de diez años se pongan de acuerdo  en  lo que quieren hacer para no aburrirse, así que ya se pueden imaginar ustedes  cuán difícil resultó que Nacho y Fernando se pusieran de acuerdo en el hecho increíble de que ambos  habían nacido con  setenta años de diferencia, pero,  pequeño detalle, estaban juntos  conversando como si nada.

También ocurre que las cosas más increíbles son las que un niño cree con más facilidad. Cuando Nacho terminó de explicarse,  por supuesto, todo marchó sobre ruedas.  Fernando estaba feliz  viviendo su propia novela de Julio Verne y  Nacho se sentía el protagonista de la próxima  película de  Steven Spielberg.  Y si consideramos lo entretenido que resultaba todo eso, el compartir  tan  tremendo secreto terminó por hermanarlos. 

 

            De tan sencilla que era,  Fernando  le contó a  Nacho  en muy pocas palabras la historia de su vida,  pero como   Nacho le puso  al día  sobre los sorprendentes cambios que había sufrido el planeta,  el resto del día se fue volando.  Los niños regresaron a la casa, cenaron y  se fueron a la cama sin ver televisión, porque ni siquiera había sido inventada.  Nacho no podía creerlo;  trató de explicarle a Fernando todo lo que se estaba perdiendo con la ausencia del televisor, pero su nuevo amigo   apenas tenía una vaga idea de  lo que era el cinematógrafo.

– El año próximo, cuando  bajemos a Puerto Seguro, mi papá me llevará a  conocer el Biógrafo- aseguró.

Nacho quedó  marcando ocupado, no tenía idea de qué había querido decir su nuevo amigo, pero como a este le ocurría lo mismo con lo de la televisión, quedaron empatados.

Los niños parecían no tener tiempo suficiente para contarse las maravillas de sus respectivos mundos.  Hablaron hasta que fue hora de acostarse y en cuanto misiá Panchita apagó la vela del dormitorio, se  quedaron con los ojos muy abiertos en la negrura de la noche y siguieron conversando hasta que el papá de Fernando les llamó la atención.

-¡Hora de dormirse!

Tan  obedientes como todos los niños, Nacho y Fernando  continuaron la charla informativa en susurros, pero algo de soporífico había en esas tres palabras; pronto los ojos les pesaban como piedras y finalmente, casi al mismo tiempo, se quedaron dormidos. 

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– Despierta, niño, despierta.

Nacho abrió los ojos.  Estaba  en una  habitación grande, muy bonita y arreglada.   Lugar un poco oscuro, pero elegante. Las cortinas eran gruesas y lujosas y  casi no hacía calor. Había un piano, unas sillas de lo más ridículas y un sillón de tapiz floreado  con los brazos cubiertos con pañitos tejidos. Era como una casa de película. Y eso no era nada,   lo más increíble era la gente. Un montón de cabezas inclinadas sobre él, lo que no era raro, porque Nacho, vaya uno a saber por qué,  estaba tirado en el piso.    El   círculo  de gente le rodeaba  con cara de  preocupados. Gente  extraña, vestida  y peinada de formas más extrañas aún.  Las señoras con faldas negras y blusas blancas llenas de vuelos y los hombres de corbata  y pantalón a rayas. Caballeros serios que  usaban unos    bigotones de lo más ridículos. 

Un momento, la habitación le parecía conocida… claro, si ésa era la puerta… la puerta de la habitación abandonada donde él había entrado recién.    Se veía muy diferente ahora.  La habitación se había  llenado de muebles, hasta había un jarrón con flores sobre la  mesa.  ¿De dónde había salido todo esto?

De pronto, a Nacho  le dio un susto terrible. Sudaba frío. Le  aterraban todas esas señoras  con   vestidos largos, mangas y cuellos  de encaje, criadas con moño y delantal hasta las rodillas, si es que las tenían  debajo de  esos  largos pollerones. 

Los extraños, además, estaban tan intrigados como él y no tenían ni la más mínima consideración por su presencia,  hablaban de Nacho como si se hubiera muerto:

 
Escúchese Grabación N°2

-¿Quién es este niño?

-¿Qué hace  tirado en medio del salón?

-¿Estará  perdido, entró a robar,  alguien lo conoce?

(Las preguntas quedaban sin respuestas y lo que es peor, aparecían otras)

-¿Por qué  no habla?

-¿Será necesario que llamemos  al médico?

-Yo que usted, miss Rachel,  llamaría  a la policía de la ciudad más cercana o  al sacerdote  de  Malpaso.  Esto no puede ser normal, mírele la ropa, qué clase de zapatos son ésos.

 

La mujer llamada miss Rachel   era la más elegante de todas y estaba  inclinada sobre Nacho. Era una señora bastante bonita,  era rubia, crespa y tenía los ojos azules como bolitas de vidrio.

– No poder hacer nada con niño en este estadou –dijo la señora-, misiá Panchita, llevelou a  coucina y dar  algo de comer, please.  Don Pedrou ayudar you.

Don Pedro salió de la nada y  tomó a Nacho en sus brazos como si fuera una pluma.   Le llevó por la casa  detrás de misiá Panchita hasta que llegaron a la cocina, lugar también oscuro, tibio y perfumado. El olor era delicioso  y sobre la mesa   estaba la fuente de emisión, como dice su padre:  una gran fuente de galletas.

 Misiá Panchita  puso unas en un plato y sacó un  tazón  de lata,  un paquete de algo café y  el azucarero. Puso tres cucharadas  de polvo en el   tazón,  luego tres de azúcar y después le volcó agua caliente de la tetera, que estaba puesta sobre el fuego de la cocina.  Para qué decirlo, pero claro,  la cocina era extrañísima, salía fuego de adentro y producía un calor de los mil demonios.

 

Pronto,  el lugar ya no le parecía tibio sino terriblemente caluroso.  Nacho lo comprendió todo cuando misiá Panchita echó unos trozos de carbón en  donde debió estar el horno.

-Tómate el ulpo calientito,  m’hijito – dijo misiá Panchita.

Nacho tenía tanto hambre que hubiera podido comerse  media docena de hamburguesas, pero tomarse el ulpo no era nada fácil. No  era malo, en realidad;  era dulce,  una papilla espesa y caliente que  quizás le hubiera encantado cuando aún no le aparecían los dientes. También comió galletas, que estaban de primera, pero no tenía ningún interés en la papilla y la apartó a un lado.

-¡A ver niñito,  primero el ulpo, después las galletas!

Misiá Panchita estaba frente a él con las manos en las caderas y  cara seria. Se veía realmente  poderosa y ningún niño se  avergonzaría  de decir que le hizo  caso al tiro, Nacho no tenía por qué ser diferente, no fuera cosa que se enojara con él. Después de todo, el ulpo no era tan malo y  cuando lo hubo acabado, se sintió mucho mejor.    

Seguramente la señora Panchita no estaba al tanto de que Nacho no solía ser tan obediente, porque su actitud le pareció de lo más natural. Puso otras galletas en el plato y  con un vozarrón digno de relator deportivo, llamó:

-¡Fernandooo!

Fernando debió estar con el  grupo que espiaba por la ventana porque apareció  al segundo.

-Diga, mamita.

Se trataba de un niño delgado y moreno, vestido con pantalones cortos y camisa blanca.

-Llévate al niño a jugar un rato y a ver si te cuenta de dónde viene, su madre lo debe andar buscando –ordenó su madre.

Don Pedro rompió su silencio:

-Este niño, misiá Panchita, debe haber andado con los gitanos que pasaron el otro día, yo no lo he visto por aquí antes.

Sus palabras detuvieron la acción momentáneamente. Fernando se puso a comer galletas,  misiá Panchita se puso a  amasar el pan y la gente que espiaba por la ventana se aburrió y se marchó. 

-¿Usté cree, Don Pedro?

-Claro, pues, no ve que se fueron  de un día para otro.

Misiá Panchita volvió sus ojos hacia Nacho.

-¿Cómo te llamas, niño?

– Ignacio –respondió  nuestro héroe con un hilo de voz.

-¡Ignacio, igual que mi niño! ¿Sabes que mi hijo menor está enfermito?

– No,  señora.

La señora pareció querer decirle algo, pero luego lo olvidó totalmente y continuó:

– Tiene razón, don Pedro, como siempre. Este pobre niño está un poco lelo, mejor le armamos un lugar donde dormir, le voy a poner un  catre en la pieza de Fernandito.

– Yo que usté, misiá Panchita, lo mandaba a la escuela con la señorita  Eduvige.

-¡Qué buena idea, don Pedro! Mañana mismito, pero por ahora, anda, llévalo  para que conozca la oficina,  Fernando.

Nacho y Fernando se miraron. Eran casi de la misma estatura y aunque Fernando estaba  quemado por el sol de la pampa, se podría decir que eran muy parecidos. Quizás tenían la misma edad.

-¿Vamos? – Preguntó el niño.

Y Nacho ni siquiera alcanzó a contestar, porque cuando Fernando salió corriendo no le quedó otra que hacer lo mismo. 

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