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Tres días después,  antes de que los integrantes de su familia abrieran los ojos, Pancho se levantó, se colgó las zapatillas al cuello y  salió sigiloso en dirección a la cabaña de las herramientas. Aún estaba oscuro, era sábado, por lo que estaba seguro de que sus padres no se  despertarían  antes de las nueve de la mañana.  Despejó la superficie de la caja y ante él, soñoliento, apareció el Capitán Z*Quq con el tentáculo superior levemente maltrecho por las incómodas noches pasadas.

Con el extraterrestre acomodado en una mochila,  Pancho llevó su bici hasta llegar a la esquina;  recién ahí se montó en ella y partió velozmente hacia los suburbios. Junto a su oreja derecha asomaba  la cabezota anaranjada de Z*Quq, que trataba de  descubrir el camino dándole las instrucciones más contradictorias que fuera posible.  Eso, hasta que Pancho se detuvo abruptamente.

-Mira, tú me dijiste que llegaste por la carretera.

-Sí.

-Y que entraste por el acceso norte.

-Sí.

-Bueno, quédate callado y yo te llevo allá.

-¡Pero tengo que encontrar el vehículo de superficie!

-¿Y dónde lo dejaste?

-En  el parque, junto a unas estatuas.

-Esta bien, vamos allá.

Media hora después, luego de afanosa búsqueda, el Capitán Z*Quq  logró dar con elvehículo de superficie, que estaba  medio sepultado por los matojos y la tierra. El vehículo de superficie tenía el capot feamente averiado y  tan mal aspecto que el Capitán dio el contacto con preocupación, pero el motor ronroneó suavemente. ¡Funcionaba!

A Pancho le costó bastante introducirse en el vehículo de superficie, es más, nunca habría imaginado que se pudieran  hacer autos tan chicos. Pero a fin de cuentas, su tío Luis era dueño de un Austin Mini del año de la  pera, así que ya tenía un poco de práctica en esas lides.  Para hacerle más espacio, el Capitán se deshizo de las raciones de emergencia,  que Pancho escondió junto a su bici y la mochila vacía.

  Pocos minutos después, enfilaban por la Carretera Panamericana Norte en busca de la Nefertil I.

 

-¡Aquí, aquí fue! Mi nave debe estar hacia el este.

¿Cómo podía estar tan seguro el Capitán? A Pancho todo el desierto le parecía igual.

-De ninguna manera -explicó el Capitán Z*Quq-, toda la información del aterrizaje quedó  registrada en Nefertil I y los instrumentos del vehículo de superficie están conectados directamente con el cerebro de la nave.

Y obedeciendo las instrucciones de su pantalla,  se encaminó directamente hacia las montañas.

Contra todo lo que Pancho pudiera pensar, el vehículo de superficie era bastante eficiente. Sin ningún problema superaba dunas, colinas, pedregales y  bajadas. El niño iba totalmente doblado y encogido, pero el todo terreno del Capitán Z*Quq no se achicaba con el peso extra. Cuando las cuestas se hacían muy pesadas, el Capitán presionaba un nuevo botón de marcha, entonces el ronquido del motor se hacía más profundo y en pocos minutos superaba la subida.

 La  incómoda posición, sumada a la poca costumbre de madrugar,  terminaron por cansar al niño. Sus ojos se fueron cerrando hasta que finalmente se durmió del todo.

 

-Ahí está, hemos llegado!

            El grito del Capitán Z*Quq despertó al niño. Con las extremidades adormecidas y el cuello maltrecho, Pancho trató de ver la nave en  la ventanilla del todo terreno, pero delante de él sólo se divisaba una gran extensión de desierto bañada por el sol.

            -Yo no veo nada -se quejó.

-No te preocupes, terrestre -repuso el zédico*-, ya podrás verla.

Reduciendo la velocidad al mínimo, el Capitán Z*Quq se adelantó con decisión  hacia una pila de rocas, Pancho abrió la boca para gritar ¡Cuidado!, pero no alcanzó a hacerlo. Todo lo que los rodeaba desapareció y repentinamente, las rocas se convirtieron en una gran pasarela plateada por la que el vehículo de superficie trepó sin dificultades hasta llegar al corazón de la nave interplanetaria.

-¡Guau! ¿Cómo hiciste eso?

-Dejé la nave protegida con un camuflador de imagen, aunque estábamos delante de ella, no podías verla. -Explicó Z*Quq.

El Capitán  saltó ágilmente hacia el interior de la nave. Pancho hubiera querido hacer lo mismo, pero sus piernas entumecidas no se lo permitieron. No pudo  evitar un par de ayes de dolor a medida que entre cabezazos y  estirones lograba salir del pequeño   vehículo.

-Bienvenido a mi nave,  terrestre.

Pancho estaba maravillado. La Nefertil I  era bastante grande si se consideraban las dimensiones de los zédicos*. Todo relucía brillante e impecable a bordo; después de todo, uno de los motivos por el que se le asignara la misión a Z*Quq habían sido sus  excelentes calificaciones en la Escuela Interplanetaria de Vuelo y Exploración.  Asombrado, el niño iba de un lado a otro revisando los aparatos, el tablero de vuelo, la ventanilla salpicada  de desechos de nefertil  de brillante color rojo y el vistoso traje de astronauta  con  el que Z*Quq se apresuró a reemplazar el vestido de la  muñeca de  Mari.

Inmediatamente después, el Capitán se instaló en el asiento de mando y  encendió el intercomunicador.

-Nefertil I a Base Zdn, Nefertil I a Base Zdn, este es el Capitán Z*Quq, Nefertil I llamando…

La respuesta vino emocionada desde el otro lado del universo:

-¡Base Zdn a  nave Nefertil, creímos que habría muerto, Capitán! ¡Este es un gran día para Zdn!

-Tengo tantas cosas que contarle, Mariscal Z*Yaiq, que no sé por dónde empezar, pero, antes que nada, debo decirle lo peor: el Planeta Azul no está deshabitado. No podremos instalarnos aquí.

Un largo silencio se alzó a través del cosmos. El Capitán Z*Quq pensó que había pasado una eternidad  cuando la voz del Mariscal Z*Yaiq volvió a escucharse  por el intercomunicador.

– También nosotros tenemos algo que decirle, capitán. El proceso de supernova de nuestra  vieja y querida Estrella Madre se ha salido de los márgenes normales. Sólo contamos con treinta mags para evacuar a nuestro pueblo hacia algún punto de la galaxia  donde no nos alcance su poder destructivo. 

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Algunas semanas después,  el Capitán Z*Quq podía explorar la casa con bastante tranquilidad,  siempre escoltado   por Bobby, que mostraba gran curiosidad por sus actividades,  pero   se quedaba tranquilo con un sencillo soborno, ya fuera  éste una lonja de jamón o una goma de borrar que devoraba con avidez.

El capitán consideraba que ya tenía suficientes provisiones para emprender el regreso, incluso había escondido algunos implementos para disimular el gran tentáculo superior y los  ágiles tentáculos dorsales. Lo único que  lo ponía nervioso  era la ruta. ¿Cómo llegaría hasta  su vehículo de superficie? El ideal habría sido conducir el vehículo de Azul Papá, pero eso estaba descartado, demasiado grande y demasiado vigilado por su propietario. Durante un tiempo pensó seriamente en  fugarse en  el vehículo de dos ruedas de Azul Pancho, pero sus piernecillas regordetas nunca podrían alcanzar los pedales.

 Nuevos reconocimientos le permitieron descubrir dos excelentes vehículos. Uno de tres ruedas perteneciente al  hijo menor de los vecinos y la plataforma rodante de  Azul Mari. La plataforma rodante  estaba mucho más a mano, pero un par de paseos en ella,  a los que fue  sometido por la niña,  terminaron por descorazonarlo. ¡Qué velocidad, Z*Amustaq;  algo  para perder el aliento!

Finalmente, el valiente oficial decidió confiscar el  vehículo  del pequeño Matías y una tarde  que los dueños de casa habían partido a la playa   le pareció el momento más apropiado.

El Capitán Z*Quq  oteó  cuidadosamente los alrededores y cuando estuvo seguro de que no había moros en la costa se encaminó resueltamente hacia el vehículo abandonado en el antejardín. ¡Estupendo,  qué maravilla, era justo lo que necesitaba! Hasta se subió en el aparato para probar el tamaño. Los pedales quedaban  perfectos para el largo de sus extremidades, casi como si los hubieran diseñado para un zédico*.

Un leve chasquido a su espalda lo sobresaltó, el Capitán  giró tan rápido como un relámpago. Allí, de pie, estaba el pequeño Matías:

-Name mi ticiclo.- exigió el niño.

Aterrado, el Capitán Z*Quq  hizo exactamente todo lo contrario, pedaleó rápidamente para alejarse de él.  Todo  lo veloz, claro, que puede ser el  triciclo de un niño de cuatro años. Finalmente, optó por echar el vehículo sobre su espalda y correr a todo lo que le permitieran sus piernecitas. Matías, desesperado al verlo marcharse con su triciclo empezó a gritar y a lloriquear.

-¡Name mi ticiclo, name mi ticiclo, mamá, mamá, en ñiño se lleva mi ticiclo!

            Unos pocos minutos después toda la familia estaba allí. El  padre salió a la calle en busca del ladrón. Ni un alma. Los hermanos mayores recorrieron el patio, nada. Matías continuaba llorando.

-En ñiñito se dobó mi ticiclo.

Los interrogatorios de la madre no dieron mucho resultado. Matías se empecinaba en repetir que un niño se había robado su triciclo.

-¿Cómo era el niño? -Preguntó el padre.

La respuesta los dejó intrigados. Según Matías, el niño tenía la cabeza muy grande, un  sólo pelo largo sobre ella,  era de color anaranjado  y  estaba  vestido de mujer.

 -Debe haber soñado, mami -dijo Tere-, Mari tiene un extraterrestre de juguete  que es así,  y seguramente  Matías  lo vio el otro día.

 La madre recordó al pequeño lo importante que era decir la verdad. Se  lo recordó tanto que finalmente Matías terminó por creer que lo había inventado todo  y no paraba de llorar a gritos su arrepentimiento. Para consolarlo, el padre prometió que al día siguiente le compraría un nuevo triciclo, no, mejor una bicicleta con ruedas auxiliares. Matías se sintió feliz de ser considerado grande, paró sus lágrimas y  se fue a la cocina a consolarse con un plato de cereales con leche.

 

Z*Quq, que ya había escondido el vehículo  bajo la colección de desechos de Papá Azul, contempló toda la escena desde la ventana de Mari. Cuando regresó la tranquilidad, se acomodó entre los cojines, se comió la nueva crema  facial antiarrugas con retinol-c de Azul Mamá untándola en las páginas del Manual de Historia de Chile de Mari  y,  después de deshacerse de las evidencias,  se dispuso a dormir una larga siesta. Los zédicos*, como ya habrán notado, son, además de golosos,  una especie bastante  remolona.

 

Por el momento, Tere  olvidó el incidente, pero al día siguiente, mientras veía televisión con  Mari y Pancho,  sus ojos se clavaron en el extraterrestre de juguete y las palabras llegaron sin esfuerzo:

-Tu muñeca extraterrestre se robó el triciclo de Matías.

Mari, que frente al televisor  pierde la mitad de sus facultades mentales, ni siquiera le puso atención, pero Pancho, como era de esperar, pescó el asunto al vuelo.

-¿El mono feo ése, qué quieres decir?

Tere explicó el asunto con pelos y señales; ya para entonces Mari había salido un poco  del trance televisivo, de manera que intercedió en defensa de su juguete favorito.

-Siempre me echan la culpa de las cosas que hace Pancho, pero que se la echen a Klik, me parece demasiado.

-¿Tu hermano había visto el mono antes?-preguntó Pancho.

-¡Claro que sí! -saltó Mari- Si no, de dónde iba a inventar esa tontera, además, deja de decirle mono, se llama Klik.

La conversación quedó allí, si bien  cada cierto rato Pancho  hacía preguntas a Mari sobre el nuevo juguete. Después de repetirlas tres veces, lograba que su hermana las respondiera y se quedaba tranquilo hasta que, un rato después, volvía a la carga:

-¿Dónde encontraste el bicho ése?

-¿Cómo diste con él?

-¿Y lo sacaste de la basura? ¡Guácala!

-¿Ladraba mucho?

-¿Dónde quedó el uniforme?

Mari terminó por aburrirse  y estaba por echarlo de su dormitorio cuando, aparentemente, Pancho  se dio por satisfecho  y se dedicó a observar al Capitán con lujo de detalles. Le abría y cerraba los ojos, le movía  el tentáculo superior de un lado para otro, le hacía  cosquillas en la panza, le levantaba los tentáculos  dorsales, le inspeccionaba los ocho dedos de las manos. El pobre Z*Quq estaba desesperado  por la situación y se aguantaba cómo podía los pellizcos y cosquilleos. Las cosas sin embargo, iban de mal en peor y cuando Pancho le jaló fuertemente el tentáculo superior,  el Capitán no pudo evitar un leve rictus de dolor  que,  por supuesto, Pancho captó inmediatamente.

Estaba a punto de  repetir la operación  cuando Mari le arrebató el juguete de las manos.

-¡Termina de hacerle  cosas a Klik, le voy a decir a mi mamá que ya estás tratando de rompérmela también!

Mari tiene fundadas sospechas de que los juguetes que desaparecen de su  habitación pasan por las manos de Pancho antes de  acabar destrozados en la cama de Bobby. Si no, ¿cómo es que Bobby nunca rompe los juguetes favoritos de Pancho? Además, que ella sepa, Bobby nunca se ha interesado en sus cosas cuando se queda a dormir con ella. Ah, casualmente, los juguetes destrozados nunca muestran marcas de dientes, sino de serruchos o martillos.

Pancho evaluó la situación y consideró oportuna una rápida desaparición.  Las  niñas se quedaron tranquilas frente al televisor. El Capitán Z*Quq  suspiró casi sin que se notara. Al  fin se había marchado el monstruo.  Se  interesó en la película y  se relajó un poco, es decir, lo poco que puede relajarse un zédico* que  contempla las horribles imágenes de una invasión extraterrestre sufrida antes por  el Planeta Azul, ocasión  en la que la mitad de las cabezas  de los Azules parecían haber volado por los aires en un terrible baño de sangre.

-Me encanta esta película- comentó Tere

-A mí también -dijo Mari atacando las ramitas de queso.

El Capitán, que se moría por la bolsa de las ramitas de queso,  mantuvo su silencio, pero para sus adentros,  reafirmó su convicción de que los Azules estaban locos. ¿Cómo, si no,  podían disfrutar con el espectáculo del  brutal exterminio de la especie Azul? 

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Mag  tok:

He vivido siete mags eternos bajo el poder de la niña Azul. Su nombre es Mari y para ser un Azul, no está tan mal. No puedo negar que me tiene sincero afecto, pero su amor me está volviendo loco. Todos los días me baña,  me pulveriza lociones aromáticas y me unta una cosa pegajosa en el tentáculo superior. Ya no lo soporto, tanto baño me tiene algo resfriado -¿nadie le ha dicho lo antihigiénico que es?- y me cuesta un mundo aguantar los estornudos cuando está conmigo. ¡Odio esa loción! Por lo demás, tantos mimos no me parecen correctos, me hace sentir como si fuera un  zédico*-objeto. ¡Cuándo se va a dar cuenta de que está tratando con un profesional serio, el Primer Explorador  Oficial para la Supervivencia de la Raza Zédica*,  y no con un juguete!

            ¡Odio este vestido que me obliga a llevar! ¡Me parezco a Mamá Azul con él! ¿Qué habrá hecho con mi uniforme? ¡Tanto que me había costado ganarme esas plumas de ortopliski y tan bien que se me veían!  Ya verá cuando recupere mis documentos, cuando sepa con quién está tratando. Se le va a  caer la cara de vergüenza. Claro que eso va a tener que esperar un poco, ya conozco bastante de los Azules, así que cumplo a la perfección con mi papel de juguete exótico.

Todas las tardes, la niña Azul observa en su pantalla  oscura los acontecimientos del mundo exterior y yo, sentado junto a ella,  aprendo cosas terribles sobre el planeta. No quiero ni pensar lo que sería de los zédicos* si  lo compartiéramos con los Azules.

Todos los mags, y a cada miltar, los Azules pelean. Pelean a patadas, pelean a gritos, pelean con armas espantosas, se asaltan, se quitan la vida -¡y viven poquitísimo, en Zdn nunca llegarían a la adolescencia!- se estrellan en sus vehículos de superficie,  se estrellan y se hunden en sus vehículos oceánicos y se estrellan y estallan  en sus vehículos aéreos, porque tienen algunos, bastante primitivos, pero los poseen. La  vida de los Azules es la violencia.

Sin embargo, no todo es tan malo,  los Azules tienen sus puntos altos, sólo que yo no he tenido ocasión de apreciarlos todavía.

Por ejemplo, me encanta que los Azules se levanten temprano, se disputen el baño -¡tienen una verdadera manía por el baño!-,  suban al vehículo de superficie y se marchen como un bólido a pasar  gran parte del día fuera de casa. Cuando ellos salen, dejan  fuera  al Azul que dice guau y la casa es muy agradable. Creo que podría acostumbrarme perfectamente a esta rutina.

He descubierto también que los humanos sintetizan una gran cantidad de cosas deliciosas: las velas, las pilas, las flores, los chicles, las cremas faciales y los papeles; entre estos últimos, mis favoritos son unos rectangulares llamados libros. ¡Qué deliciosos sabores tienen! El Quijote de la Mancha me pareció particularmente sabroso.

Esas son las cosas que más me agradan de ellos, cierto que no es mucho, pero quizás con el tiempo pueda descubrirles otras cualidades atractivas. 

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