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Posts Tagged ‘cajón’

Pocas  cosas  pueden ser más aburridas que pasar  la noche de Halloween en casa de los abuelos, o al menos eso le parecía a  David. Su abuela  ni siquiera necesitaba  maquillaje para asemejarse a una bruja,  andaba por la casa chancleteando en sus pantuflas como una  locomotora descompuesta, despeinada,  con la ropa  tan  arrugada como su cara.  Además, era avara. Es casi seguro que esa  noche no tendría dulces para los niños que llamarían a la puerta y por la  mañana todo estaría manchado de pasta dental, huevos y frutas avinagradas. Peor  aún, era casi seguro que a David le tocaría limpiar las evidencias y los mismos  niños que las arrojaran le verían allí, haciendo el ridículo, confesando ante  todo el mundo que era nieto de la peor abuela del  mundo.

Tampoco le gustaba su habitación. La  casa de la abuela, de por sí, era terrible. Demasiado grande, demasiado oscura, demasiado vieja.  La abuela siempre había usado las bujías  de menos amperaje para ahorrar electricidad, a causa de ello era usual  que uno se tropezara en la escalera o se diera de bruces contra alguna puerta  mal cerrada, pero la habitación que le había tocado era la peor de todas, porque  era la habitación de la tía Silvia.

Tía Silvia era una mujer  esquelética, de ojos grandes y oscuros,  vestido negro y sombrero con pluma que  aparecía en todas las fotografías familiares  muy anteriores a su nacimiento. A David no le  gustaba. Además, tía Silvia era La pariente que había desaparecido un día
cualquiera sin que nunca jamás se hubiese vuelto a tener noticias de ella. La  abuela decía que se había fugado  con su  novio, pero a David le costaba creer que las tías Silvias de cualquier niño  fueran capaces de conseguir novio.  Era  cosa de mirar las fotografías.

Por fortuna, su madre se había  acordado de traer  un disfraz. Apenas  oscureciese David tenía programado salir a la calle. Hasta se había traído una  gran bolsa para recoger dulces. Ojalá fuera un buen disfraz, su madre no era  muy creativa que digamos. Quizás sería mejor que lo revisara temprano, de esa  manera, si necesitaba arreglos,   había  tiempo para ello.

Y  tal como él había imaginado, nada peor que pasar Halloween casa de la abuela.  Tan malo era que su madre le había traído un traje de hombre araña, qué lata,  como si él fuera un niñato tonto.  David  reclamó, alegó, pataleó, pero no hubo caso. Su madre no estaba dispuesta a
procurarle otro disfraz. Furioso, David corrió al cuarto de tía Silvia y se  encerró con llave. Esta vez, no iba a perdonárselo a su madre.  Ah, y de paso, aunque no comiera un caramelo,  no saldría de allí, no usando el traje de hombre araña.

Largo  rato estuvo tendido en la cama rumiando su desventura. Este iba a ser el peor  Halloween de su vida, eso estaba claro. Seguramente se quedó dormido sin darse  cuenta porque de pronto despertó y la habitación estaba casi a oscuras.

Se  levantó y fue por allí revisando los rincones del closet, atiborrado de  vestidos viejos, cartas amarillentas y retazos de tela. Por si acaso, revisó
concienzudamente, pero no  encontró nada  que pudiera servirle.

Los  veladores sólo tenían libros desportillados, botones y cosas por el estilo,  pero lo peor era la cómoda, vieja, grande y pesada. Los cajones se habían  hinchado por la humedad y costaba un mundo abrirlos. David debió hacer uso de  toda su fuerza para revisar sus contenidos

El  último cajón resultó el más duro de todos.  David estuvo largos minutos tratando en vano de abrirlo, hasta que  finalmente, con un chirrido espeluznante, el cajón se abrió. El esfuerzo no  parecía haber valido la pena, porque el cajón estaba vacío. No, un momento. David
se agachó y manoteó dentro del cajón hasta que sus manos agarraron algo. Una  tela. David tiró de ella, que parecía estar atrapada en una esquina,  hasta que finalmente, con un chasquido, la  tela cedió y David cayó de espaldas sosteniéndola.

David  se puso de pie. Era un gran pedazo de tela blanca, parecía, no,  era una sábana. Una sábana, eso podría ser un  disfraz de fantasma estupendo. David la estiró sobre la cama y vio que la  sábana tenía dos agujeros. Justo lo que necesitaba, los ojos. Se echó la sábana
encima y de inmediato le calzó a la perfección, cierto que era un poquito  larga, pero ni le molestaba, caminaba muy bien dentro de ella, como si flotara.
Qué divertido, quizás la tía Silvia, con  su cara de fantasma, se había disfrazado con esa misma sábana. David  estaba exultante de felicidad. Ya no tendría que hacer el ridículo con el traje  de hombre araña. Se acercó al espejo del tocador y se observó en él. ¡Qué onda,  estaba genial! Los ojos parecían dos agujeros negros en la sábana, nunca había  visto algo así. David pensó que en poco rato comenzarían a salir los primeros  niños, se sacó la sábana, fue hasta la ventana y la abrió. Nada, era demasiado  temprano.

En  espera del momento indicado, descorrió el pestillo de la puerta. Volvió a  vestirse con la sábana y tomó la bolsa con que saldría a pedir dulces. El  disfraz  le quedaba tan bien que parecía  haber sido cortado para su tamaño y le permitía caminar y sentirse tan liviano  como si flotara. David notó que la noche ya había caído, estaba cansado y  aburrido y sólo quería que dieran las diez para salir. Se tumbó en la cama a  esperar. Abajo, en la sala, el reloj de la abuela tocó las nueve. David dormía.

-¿David,  David, dónde estás?

Su  madre  abrió la puerta descubriendo,  sorprendida, que David no estaba en el cuarto de tía Silvia. Disgustada, vio  que su hijo tenía todo el cuarto en desorden. No había caso con este niñito,  qué desconsiderado. Cerró las puertas del closet, metió los cachureos en los  cajones y luego pensó que debía estirar la cama. David había dejado encima su  bolsa para dulces, que puso en el velador. Había algo más: estirada como una
persona sobre la cama, David había dejado  una sábana blanca, con dos agujeros negros para  los ojos. La  madre de David la estiró,  la dobló en dos, en cuatro y en ocho partes, la metió en el último cajón de la  cómoda y lo cerró con dificultad. Ahora ya todo estaba en orden.

Antes  de salir, apagó la luz.

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