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BRUJA

Cerré la puerta de un golpe, eché el pestillo y me metí a la cama de un salto; temblaba como una hoja. De pronto la casa de las señoritas Pereira de Olivar me parecía terrorífica, las ramas que el viento movía afuera dibujaban cosas horrorosas en el cielo, el apagado sonido de la música ya no era alegre, sino melancólico, todo en la casa crujía y casi podía ver como  extraños seres salían de cada rincón para  recorrerla de puntillas.  Por todos lados se escuchaba el chirrido de puertas que se abrían tratando de no ser notadas. ¿Qué estaba pasando fuera de mi refugio?

Una de las gatas, quién sabe cuál de ellas, comenzó a gemir tristemente en el segundo piso. De pronto tuve la certeza de que se trataba de Lisi, su herida le estaba causando  dolor…pero, ¿y si en vez de Lisi fuera Lisístrata la que gemía? La había visto claramente, tenía una herida horrible en la pierna y no podía quitarme de la mente su deplorable aspecto. Repentinamente, una espantosa idea cruzó mi mente: ¡Ellas se transformaban en sus gatas, eso era, mis amigas viejas eran en verdad unas brujas, unos monstruos que me habían invitado con quién sabe qué funestos propósitos!

Los minutos comenzaban a eternizarse y a convertirse en horas que se arrastraban como caracoles  moribundos  dejando detrás, en vez de una huella plateada,  un terrible rastro de desconfianza. Decidí que, pasara lo que pasara,  no iba a dormir. Si lo hacía estaría indefensa ante cualquier maniobra malvada que pudieran intentar.

Lentamente, algunas invitadas comenzaban a despedirse, los ecos de la fiesta iban muriendo. En algún lugar de la casa, la gata continuaba lloriqueando tristemente y yo aguantaba el sueño con todas mis fuerzas. Debo decir que no era tan difícil,  el miedo me impedía dormir.

Cuando todo quedó en silencio, escuché pasos en el corredor que  se fueron aproximando lentamente hasta detenerse ante mi puerta. Aterrada, descubrí que la perilla de la puerta intentaba girar.

-Toni ¿duermes? –Era la voz de Penélope. Apagué la lámpara y me sumergí bajo la cubrecama.

-Buenas noches, Toni, que duermas bien – la escuché decir. Luego escuché sus pasos alejándose y subiendo la escalera.

Me quedé allí, muerta de miedo, prendí la luz otra vez porque no era capaz de estar en la oscuridad. Me quedé allí tratando de no pensar en todas esas cosas absurdas que había visto, hasta que sin darme cuenta pasé de la vigilia al sueño y tuve las peores pesadillas de mi vida. En ellas, una gata de ojos amarillos me perseguía por la parcela tratando de matarme en medio de unas tinieblas espesas que se podrían haber cortado con cuchillo. Y yo, que no podía saber por dónde andaba, terminaba cayendo a la piscina y ahí, ahogado, ¡flotaba el cuerpo de don Miguel!

Yo gritaba desesperada llamando a papá y entonces una mano agarraba la mía. ¡Alguien me iba a salvar al fin!, mas, cuando me acercaba hasta mi salvador, lo que veía era el rostro arrugado de Penélope, con una sonrisa  siniestra bailándole en los labios y un chispazo diabólico en sus ojos amarillos.

Toc, toc, toc.

Desperté bruscamente al escuchar los golpes y me senté despacio, tratando de que nadie se diera cuenta de mis movimientos. Descubrí que todavía llevaba el vestido de Alicia y comencé a sacarme el tonto disfraz velozmente, rabiando con los innumerables botones, cierres y broches. Los golpecitos en la puerta cesaron y yo todavía no era capaz de sacarme el vestido de Alicia en el País de las Maravillas. ¿Qué maravilla, no? Cualquiera querría pasar una noche tan maravillosa como la anterior.

-Toni, el desayuno está listo, te esperamos en la cocina –anunció Penélope.-, arriba, pronto llegarán tus padres.

Sus palabras terminaron de darme alas. ¡Papá venía a rescatarme al fin! Me quité las medias y los zapatos y me puse mi ropa. Ahora, de regreso en mi piel, mis jeans y mi polerón me sentía más segura, estaba usando un par de buenas zapatillas, algo viejitas, excelentes  para echar a correr de ser necesario y las hermanas, yo estaba segura de eso al menos, estaban demasiado viejas para alcanzarme.

Pero debajo de cada pensamiento de alivio se abría otro de horror: ¿Y si las que me perseguían eran las gatas? Ya sé que son tan viejas como sus amas, pero los animales son mucho más rápidos que nosotros, no me quedaría otra que buscar una escoba para defenderme. ¡Un momento, yo sabía dónde estaban, justo a la salida de la cocina había visto una la noche anterior! Si tenía que escapar por los jardines la pescaría y la usaría para defenderme.

Oh, no, no podía ser yo la que estaba pensando todas esas  tonteras. Penélope me había llamado a desayunar, ya era día claro, papá estaba por llegar. Me repetía una y otra vez que todo era nada más que mi imaginación, pero no tenía muy buena llegada conmigo misma, porque al segundo siguiente ni yo me creía.

Apenas estuve lista, fui hacia la puerta, corrí el pasador y la abrí lentamente, tratando de no hacer ruido. El pasillo estaba vacío y no se escuchaba nada en las cercanías.  De  la cocina,  sin embargo, llegaba sonido de platos y el escurrir del agua en el fregadero. Tomé mi bolso y salí paso a paso. Las ventanas de la sala estaban abiertas y una brisa fresca entraba desde los jardines; tal como el día anterior, los pájaros cantaban y algunos insectos madrugadores comenzaban a zumbar sobre los arriates de flores. Armándome de valor, entré en la cocina.

Gertrudis estaba bebiendo en una gran taza desayunera y Penélope lavaba algunos platos con sus manos enguantadas. Ni luces de Lisístrata. Ambas hermanas se dieron vuelta a mirarme y con una sonrisa acogedora me dieron los buenos días. El aroma del pan tostado y los huevos con jamón me asaltaron haciéndome descubrir que estaba muerta de hambre.

-Ven, Toni, ya te serví chocolate –dijo Penélope.

Comí despacio, me moría de hambre, pero estaba tan nerviosa que apenas podía tragar. Era un desayuno muy bueno; jugo de naranja, huevos, dulces surtidos y tostadas crujientes rebosantes de mantequilla. Hubiera querido decir que no quería y salir volando, pero mi barriga gruñía peor que la de Tito cuando espera sus pellets.

-¿Y Lisístrata? –Tenía qué preguntar, no podía seguir en la ignorancia.

-No sabes nada, Toni; anoche salió corriendo detrás de las gatas y se cayó en el jardín, se hizo un rasguño horrible y está toda adolorida. Además que su vestido quedó para la historia y era su disfraz favorito.

-Conseguir esas telas hoy es imposible, no quedará otra que mandarlo a reparar al Zurcidor Japonés-comentó Gertrudis con voz de ultratumba. Había olvidado cuánta importancia le dan a su vestimenta  las hermanas Pereira.

-¿Existe todavía? Lo dudo mucho. No importa, yo buscaré alguien que lo deje como nuevo- Penélope estaba muy seria.

En eso sonó el teléfono. Penélope salió a contestar y volvió  casi al instante.

-Han llegado tus padres, están esperando afuera, Toni. Les dije que en cuanto terminaras salíamos.

-Ya terminé, gracias –respondí. Y me paré de un salto, tomé mi mochila y salí de la cocina.  No quería quedarme un segundo más en esa casa. Ya sé que hasta ayer apenas pensaba que ellas eran mis mejores amigas, pero ahora no podía mirarlas a la cara sin pensar que me estaban engañando. Hasta olvidé despedirme de Gertrudis.

Papá y mamá aguardaban por mí en el gran portón de entrada. Los abracé y subí al utilitario de un salto, cerrando la puerta tras de mí.

-Antonia –dijo mamá-, no te has despedido de la señorita Penélope.

Debo haberla mirado con ojos suplicantes, de manera que la propia Penélope se acercó a la ventanilla y me hizo señas cariñosas, que correspondí lo mejor que pude. Lo único que quería era salir de ahí lo antes posible y no quedé tranquila hasta que  nuestro  fiel cacharrito empezó a dejar atrás las calles sombreadas por inmensos árboles. Sólo cuando alcanzamos las primeras  calles transitadas  me pude relajar.

-No hallaba las horas de volver a casa –suspiré.

Y mamá, sorprendida, se dio vuelta a verme.

-Antonia, qué es eso, parece que no lo hubieras pasado muy bien.

-Claro que no, mamá, todo estuvo bien, pero me asusté un poco. Después de todo, era la noche de Halloween.

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libros

 

Estaba sola atendiendo la cafetería y la clientela brillaba por su ausencia, de manera que aproveché de lee; ahora mis amigas me prestan todo los libros que quiero,  así que yo   aprovecho todo mi tiempo libre para lectura. Estaba tan absorta que llegué a dar un salto cuando una voz  vino a interrumpirme.

-Hola, me das un jugo de naranja, porfa.

Quién hablaba era un chico como de mi edad, delgado y más alto.  Tenía la cabeza coronada por una mata crespa de pelo castaño y en un segundo vistazo, me di cuenta de que era algo pecoso.

-¿Perdón? –respondí.

-Un jugo de naranja, porfa. Disculpa si te quito tiempo de la lectura.

-Claro que no, discúlpame tú –saqué el jugo de la heladera y se lo pasé-. Son trescientos cincuenta.

-¿Tienes sándwiches?

-De queso, aliado y de pollo con mayonesa.

-¿Qué es un aliado?-preguntó.

-Queso y jamón, si quieres puede ser caliente.

-Ya, eso quiero.

Se había instalado en el mesón y pidiendo permiso se puso a revisar mi libro, “El extraño incidente del perro a medianoche”, de Haddon, que no es un préstamo, me lo regaló Penélope. Los clientes del local no venden libros tan modernos.

-Parece bueno –continuó.

Y ahí me largué. Le conté lo bueno que es, que nunca me habría imaginado que hicieran libros tan buenos para chicos y que estaba segura de que a él también le gustaría.  Y  entonces se me ocurrió que estaba hablando demasiado, que iba a pensar quién sabe qué cosas de mí y me callé.

-Me encantaría leerlo –dijo.

-Vale la pena, te lo aseguro – y luego pregunté-. ¿Eres de aquí de la galería?

-Si, mi papá es dueño de un local que queda en el pasillo siete, Antigüedades Leonora Latorre.

-Parece que tu papá es admirador de Adiós al 7° de Línea, eh.

-Cierto, los ha leído un millón de veces y después nos los cuenta.

Le pasé el sándwich y conversamos mientras comía. Es un año mayor que yo y  quiere cambiarse al Nacional, así que estudia, estudia y estudia.

-Quiero ser médico – afirmó.

Le deseé suerte de corazón. No sólo es una carrera difícil, también es cara. En todo caso, yo creo que cuando uno quiere realmente algo y se esfuerza por conseguirlo, lo logra, y él se ve muy convencido. A mí me gustaría ser diseñadora de modas o profesora de castellano. Amo los libros y la ropa linda.

 Sucedió que Sebastián –ése es su nombre- se había fijado en mi cuando empecé a visitar a las anticuarias. Me contó que todo el mundo habla de ellas y sus gatas  en la galería, qué dicen que son brujas  y  las encuentran raras.

-No tienen nada de raras –me enojé-, sólo porque son solteras y se visten algo anticuadas. Además, no tienen nada de brujas, son las mejores personas que conozco y las quiero mucho.

-Lo siento, no es que yo piense así, sólo quería conversar. Eso de vestirse a la antigua debe ser por su trabajo –comentó.

Yo pienso lo mismo, de manera que le conté algunas cosas, nada importante porque no soy chismosa (¡ni una palabra de don Miguel!),  cosas como lo del notebook y del inventario, de cómo Penélope había descubierto  a los ladrones de la pinacoteca.

-¡Vaya, es súper, nunca me lo hubiera imaginado! –Sebastián estaba admirado por lo que oía.

-Además –terminé- me invitaron a su fiesta de Halloween.

-¿Y vas a ir?

¡Por supuesto que iría, en qué mundo vive este chico, cree que porque es guapo y ya cumplió trece lo sabe todo! Uno puede perfectamente tener amigas viejitas, yo las tengo y nos queremos mucho.

Había terminado de comer, así que pagó la cuenta y antes de irse me aseguró que vendría a verme todos los días. No le creí mucho, pero lo cierto es que tal como dijo, cumplió. Todos los días ha venido a almorzar algo en la cafetería y nos estamos haciendo muy amigos. Es una pena que vivamos en comunas tan alejadas, pero aquí podemos vernos bastante seguido. Sebastián es el primer amigo que tengo y es una suerte que nos guste hacer las mismas cosas; bueno, tanto como hacer, no, poco es lo que yo puedo hacer, pero tenemos gustos parecidos. Tanto que mamá se ha puesto bien pesadita, lo mira feo y me anda inventando cosas para hacer cuando Seba viene a almorzar, de modo que en cuanto él se va, me arranco a ver a Penélope.

A propósito, Penélope anda tan salidora, casi todos los días va al centro de compras y no me queda más remedio que quedarme con Gertrudis, porque Lisístrata, ya lo saben, siempre está ocupada con el negocio. Después llega muy misteriosa, callada,  con mirada soñadora. Nunca trae los manos vacías: una caja de bombones, un ramito de rosas o un remolino brillante.  Gertrudis suspira y Lisístrata  sufre violentos  ataques de tos y todo el mundo se revoluciona para darle Agüita del Carmen azucarada y ponerle pañuelos húmedos en la cabeza, que según ella se queja, le duele, le duele, le duele, tanto que parece que le va a reventar..

Con todas estas novedades voy a impactar a Juana, una de las dos amigas que tengo en mi curso. Mis compañeras me ven como una gansa porque no tengo permiso para salir sola, pero de todas maneras logré hacerme un amigo, mucho más guapo que los que tienen ellas y además simpático y educado. Olvidaba contarles que Seba me trajo un chocolate ayer, de menta, mi favorito. Me encanta tener un amigo. Yo le presté el “Incidente” y lo está leyendo, quedamos que cuando termine lo vamos a comentar juntos. Me encanta ese libro, en cuanto me lo devuelva lo leo otra vez.

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tren 

Don Miguel había irrumpido en  nuestra rutina como un huracán y con la clara intención de quedarse en ella; toda la semana anterior a Halloween apareció  en los momentos más inesperados, con una sola condición: eran los momentos en que Penélope se encontraba en el local.

Don Miguel puso todo de cabeza y el terrible resultado fue que  Lisístrata y Penélope estuvieron sin hablarse por un día entero. Ustedes no pueden tener idea de lo que eso significa, las hermanas Pereira de Olivar nunca paran de conversar, salvo cuando duermen, creo yo, y escucharlas mandándose recaditos y acusaciones vía Gertrudis era una visión aterradora para cualquiera.

Lisístrata le reprochaba a su hermana que no le hubiera contado nada acerca de sus nuevas “amistades”, palabra que decía como si fuera altamente contaminante y Penélope, como si tuviera apenas quince años, se quejaba de que su hermana le quitaba libertad. Gertrudis no  se abanderizó por ninguna, pero su fría actitud con Don Miguel dejaba muy en claro lo que opinaba de su persona. La pobre debía estar agotada con el pimponeo al que la tenían sometida, de modo que no fue sorpresa para mí cuando se levantó de golpe y arrojando lejos su tejido lanzó unos quejidos desesperados:

-Ya basta, esto es insoportable, si quieren decirse cosas, háganlo solas, porque yo me voy.

Y dicho y hecho, no volvió en el resto del día. Al rato apareció Gertie lanzándoles miradas feas y con el lomo engrifado. Penélope y Lisístrata se abalanzaron sobre ella para regalonearla, pero se detuvieron a medio metro de distancia para no tener que dirigirse la palabra. Revoloteaban alrededor de la gata, le ofrecían bocadillos y la acariciaban cada vez que la otra se descuidaba. Gertie no les hacía el menor caso;  ronroneaba con expresión de disgusto en el sillón favorito de su ama y al rato se quedó dormida.

Para mí, todo esto, más que un drama,   era una soberana  lata. Por varias razones, Penélope ha sido siempre mi favorita: es más joven –si se puede decir eso de una persona de 77 años-, más simpática y divertida, está más al día con el mundo y se puede conversar de todo con ella. Son razones de peso. ¿No creen? Aunque si uno lo piensa bien, Lisístrata es lejos la razón de más peso en esta ecuación, fácilmente supera los ciento veinte.

Después de lo que había pasado todo el mundo estaba enojado con todo el mundo; las tres se escondían detrás de un libro para emerger de su refugio solamente cuando Don Miguel llegaba y se ponía a conversar en voz baja y a intercambiar risitas y sonrisitas con Penélope.  Y  mientras eso pasaba, la cara de Lisístrata, la pobre, se iba poniendo de un rojo subido y ya veía que iba a hacer explosión en el momento menos pensado.

-Quién iba a imaginar que todavía le quedara un tren –comentó mamá mirando a Penélope y don Miguel, ensimismados en su charla de la tarde.

-¿Un tren, qué quieres decir con eso, mamá –pregunté intrigada.

Mamá me explicó que antes, cuando te quedabas solterona –así se les decía a las que no se casaban-, todos decían que te había dejado el tren. Qué tonto, imagínense que de cada mujer que no se casa, hoy, dijeran que la ha dejado el Metro, no tiene el menor sentido.

-Me alegro por ella -continuó diciendo-, alguien que le de ilusión a sus  últimos años.

¿Últimos años? Yo no sería tan pesimista; si conozco a mis  viejitas las tres van a pasar  el siglo, así que ojalá les queden trenes a todas, para que lo pasen chancho. Para que vayan  a bailar tango los viernes por la noche, para que lean muchas novelas románticas y policiales, para que escriban notas sobre gatos de todas las razas, incluidas aquellas que ni siquiera existen y  para que tomen un crucero por Europa todos los años, que es el sueño de cada una de ellas.

Ah, y se preguntarán qué era, a todo esto,  de las gatas. Bueno, ellas tampoco se lo estaban tomando mejor. Lisi y Penny se mostraban garras y dientes a cada momento y Gertie andaba como alma en pena por los rincones. Pero, en todo caso, todas, absolutamente todas, se morían por restregar sus colas contra los bien cortados pantalones de  Don Miguel.

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lapsang souchong

La tarde que Don Miguel hizo su primera aparición en el local sólo Lisístrata y yo estábamos allí. Yo revisaba el inventario y descontaba los artículos vendidos, ella se dedicaba a revisar altos de boletas y facturas.

Como todos los clientes, el señor que llegó se puso a observar en silencio  los muebles, los títulos de los libros, las mesas cubiertas de cachureos de todo tipo. Lisístrata lo dejó hacer, la mayor parte de las personas sólo están mirando y uno atiende a los que preguntan por algo. Para nosotras, el caballero recién llegado no superaba la categoría de mirón. Sólo dejó de serlo cuando, señalando una vitrina, preguntó por el precio de las fichas salitreras. Lisístrata dejó su tarea en la que parecía tan absorta, sin embargo, estoy segura de que, como a todos los que llegan, le observaba por el rabillo del ojo sin perder el menor detalle de sus actividades.

Fue hacia él,  abrió la vitrina y comenzaron a ver las fichas. Lisístrata es una experta y le informaba de todo. Le recomendó algunas de las más escasas y más caras, claro, negocios son negocios. Él escogió algunas y se las pasó  para que sacara la cuenta, y en ese momento, cuando lo enfrentó por primera vez,  debió ser cuando Lisístrata se quedó atrapada en los ojos azules de su nuevo cliente.

Ya sé que hablo de un señor muuuuy mayor, pero  qué duda cabe, don Miguel, además de  elegante y caballero,  debió ser muy guapo cuando joven; todavía se mueve con cierta agilidad, sabe perfectamente que la ropa debe ser actualizada a medida que pasa el tiempo y distribuye sonrisas seductoras con la soltura de un  actor de teleseries. Fisícamente no está nada mal, para su edad; su piel tostada es como un delgado pergamino, pero sus rasgos siguen siendo tan perfectos como debieron serlo unos cincuenta años atrás, cuando sin duda alguna rompía todos los corazones femeninos que tenían la mala suerte de cruzarse en su camino.

¡Yo no podía creer lo que estaba viendo! Lisístrata estaba como una adolescente, su enorme corpachón parecía flotar en el aire, derrochaba sonrisas, hacía comentarios graciosos, mostraba aquí, mostraba allá, hacía gala de sus conocimientos de antigüedades e historia. Y bueno, estamos hablando de Lisístrata Pereira, al mismo tiempo, le hacía víctima del más despiadado interrogatorio del que yo tenga memoria.

“¿Del norte, qué bien, dónde? ¡Me encanta Iquique, linda época, y su señora…ah, viudo. Lo siento mucho. Ah, pero tanto tiempo, ya estará acostumbrado!  Lisístrata Pereira de Olivar, don Miguel, encantada, pase por acá, tengo los mejores libros en este sector. Mire, aquí tengo este escritorio inglés, típico de ese tiempo, una joya. ¿Viene a menudo por acá? ¡Primera vez, no puedo creerlo, aunque sí, de haber venido antes, yo lo recordaría. ¿Una tacita de te? ¿No, claro que no es molestia”.

La vieja dama estaba irreconocible. Se las arregló perfectamente para averiguar que don Miguel descendía de ingleses, que había vivido largo tiempo en el norte y casi diez años en el extranjero, que no tenía hijos y que por supuesto estaría encantado de tomar una taza de te con ella, lapsang souchong, le encantaba el té fuerte, gracias.

Ese es un horrible té que a Lisístrata le encanta usar para que espante el olor a viejo de la mercadería, lo malo es que después de abrir la lata que lo mantiene fresco nada arranca del local el olor del lapsang souchong.

Tomaron asiento en la mesa reina Ana, la silla de Lisístrata desapareció prácticamente debajo de ella;  sin dejar de conversar, bebieron té en tanto yo  me refrescaba con una soda y los tres comimos los deliciosos bizcochos que hornea Gertrudis. Se veían  como dos viejos amigos que vuelven a encontrarse después de tanto tiempo que no se reconocen hasta que empiezan a conversar, pero no. Era la primera vez que se veían.

Y entonces,   parloteando como dos cotorras, llegaron Gertrudis  y Penélope. Habían ido al supermercado por la comida del fin de semana y estaban muy contentas. Los bebedores de   té se volvieron a verlas y de pronto, ante nuestros ojos asombrados, don Miguel se levantó y, poniendo cara de sorpresa,  fue hacia Penélope  con los brazos abiertos y una sonrisa llena de dientes –que vaya uno a saber si todavía eran suyos, mis abuelos los perdieron hace como mil años- iluminando su cara.

-¡PenélopeO32@gmail.com!

 Las mejillas de Penélope enrojecieron como las de una adolescente.

-Sí, claro. Don Miguel, no?

-MiguelJessop@gmail.com – respondió él dando cuenta de una siutiquería ilimitada. Al fin sabía yo con quién intercambiaba e-mails la señorita Penélope, vale decir, nos enterábamos las tres al mismo tiempo, pero los efectos eran muy diferentes en cada una de nosotras. A mi me divertía enterarme del secretillo de Penélope, pero la revelación había dejado con la boca abierta a Lisístrata y Gertrudis.

Me dio pena por Lisístrata, tantos esfuerzos dedicados al caballero de los ojos azules, tantas sonrisas, todo para nada, resultaba evidente que don Miguel había venido con el propósito de conocer  a Penélope. Sus ojos, los de Lisístrata, azules también, recuerdan, estaban fríos como el mármol.

-¿Se conocían entonces? –preguntó secamente mientras recogía tetera, y tazas de porcelana inglesa. Con  un golpe seco de su palma cerró la latita de te y  luego de guardar los implementos, dijo permiso y se retiró.

No era fácil que don Miguel perdiera una jugada, le sonrió cálidamente y la despidió moviendo la mano  mientras  le contaba a Gertrudis que había conocido a Penélope por internet, sí, claro, en el blog de los amantes de los gatos, se podía contactar gente estupenda ahí, qué sabía de lo que hablaba y realmente amaba a los gatos; su Terry, un persa legítimo,  era el mejor compañero de su vida. Sorprendentemente, la había reconocido de inmediato por la fotografía que  Penélope había subido a la página -¡hay qué ver cómo mi alumna  ha aprendido a navegar!-  y  nunca se habría imaginado que ellas se conocieran. ¿Hermanas? ¿Increíble! Debió haberse imaginado, después de todo, eran las tres encantadoras.

A todo esto, Penélope estaba en éxtasis. Gertrudis  era la única que conservaba todavía sus cinco sentidos y no mostró señales de haber escuchado el halago.

Y en ese preciso instante me di cuenta de que mamá estaba haciéndome señas como loca para llamarme de regreso a la cafetería. No me quedó más remedio que despedirme y salir corriendo. ¡Me iba a perder todo el resto de la teleserie! La vida de las señoritas Pereira de Olivar se estaba poniendo muy interesante de un tiempo a esta parte, quizás, demasiado interesante, a juzgar por la cara de Lisístrata, con quién me tropecé en el pasillo. Para tratarse de una amante de los gatos era lo más similar a un bulldog furioso que yo hubiera visto en mis doce años de existencia.

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alice 

Como era de suponer, las ancianas estaban equivocadas y el notebook  resultó de gran utilidad para el negocio. En dos semanas ya estaba todo bien organizado y cuando yo las visitaba, actualizaba en el notebook  la información de la mercadería vendida. Otro que fue favorecido fue mi padre, que ahora acarreaba en el utilitario las antigüedades de las Pereira de Olivar y pronto se encontró con nuevos clientes interesados en sus servicios; incluso comentó que, de seguir las cosas en ese ritmo, pronto se vería obligado a cambiar el utilitario por una camioneta. ¡Obligado, si le brillaban los ojos cuando lo dijo!

También en mi casa  las cosas mejoraban y mamá no necesitaba sacrificarse tanto como antes.

-Cuando recupere la inversión puedo pedirle a tu tía Lucy que me ayude –dijo-, hace tiempo que quiere trabajar.

Yo estuve de acuerdo, mamá ha trabajado demasiado duro, apenas pone la cabeza en la almohada se queda dormida y me da pena verla  toda acalorada  cocinando y friendo para atender a la clientela sin demoras.

Pero lo más sorprendente de todo lo que sucedió, fue que Penélope empezó a observar mis actividades de  en el computador y a hacerme toda clase de preguntas. Qué cómo se hace esto, qué apretaste ahí, y dónde haces tal cosa. Estaba intrigada por el compu y me contó que siempre había querido escribir, poesía, por supuesto, aunque  jamás se había entendido con las máquinas de escribir.

-Nunca me quedaban los márgenes iguales y además a cada rato cometía errores de tecleo. No podía soportarlo, las cosas enmendadas y parchadas me cargan.

Eso lo entendía perfectamente. A Penélope y a sus hermanas no se les mueve un pelo fuera de su lugar y jamás he visto una hilacha asomando de sus vestidos, por supuesto que una página llena de erratas le iba a causar un soponcio. . Ya me parecía raro a mí  que siempre comprara tantas máquinas de escribir  para el negocio, pero sin ocupar ninguna.

-Yo te enseñaré a usar el notebook –decidí-, no es difícil aprender lo básico.

Aparentemente, Penélope se había sorprendido, pero algo en el fondo de su mirada me dijo que eso era lo que había estado esperando oír.

Estaba decidida a que Penélope no podía seguir sin aprender algo de computación y durante un tiempo nos sentamos juntas, cabeza con cabeza, para que la anciana fuera descubriendo este nuevo mundo que se abría ante sus ojos. Debo  decir que no fue tan duro como me temía. De repente le daba terror apretar algunas teclas, como si fuera a echar a perder todo con un dedo, pero lentamente empezó a usar el procesador de texto. Y estaba feliz, el mundo de la lírica le abría sus puertas.

-¡Siempre quise seguir los pasos de Gabriela Mistral y Delia Domínguez! –me confesó.

Al poco tiempo, la señorita Penélope escribía poesías en el procesador de texto, revisaba la prensa y hasta se hizo de un e-mail con el que nos comunicábamos.  Por desgracia, yo era su único link, la  única persona con conocimientos de computación que conocía. La verdad, hasta el momento, ninguno de los clientes del local de antigüedades había manifestado interés por la comunicación virtual. Lo de ellos eran el teléfono y las visitas personales con tacita de te incluida.

Penélope estaba tan entusiasmada que todos los días me enviaba largos correos con novedades tan poco novedosas que, debo ser sincera, por un tiempo  estuve arrepentidísima de haberla  ayudado a ingresar en el mundo virtual, hasta que un día tuve la idea de buscar algunos blogs de personas mayores para que Penélope visitara sus páginas. Encantada, Penélope se convirtió rápidamente en activa comentadora e incluso contactó a algunos por correo, con quiénes intercambiaba recetas de cocina, noticias de medicinas naturales y testimonios de amor por los gatos. ¡Parecía que la mitad de los ancianos de la web se morían por los gatos, qué onda!

Lo bueno fue que gané un buen poco de libertad, pero resultaba difícil sacar a Penélope del computador.  La veía siempre en el mail, escribiéndose quién sabe con quién. Por suerte yo me llevaba el notebook a casa después y ahí no tenía competencia, pero tenía que andarla persiguiendo para trabajar el inventario. Cierto día le pregunté a boca de jarro:

-¿Por qué no se compra un notebook para usted? Le hace una falta.

-¡Ay no, m’hijita, cómo se te ocurre, esto no es para viejas!

-Yo creo que usted lo hace muy bien –insistí, sospechando que ella habría preferido que le dijera que no estaba vieja.

Sin darme yo cuenta, Lisístrata debe habernos escuchado, porque una semana más tarde Penélope llegó feliz a contarme que sus hermanas le habían regalado también a ella un notebook. Ahora, al fin, se podía dedicar a la poesía.

Eran excelentes noticias para ella y para mí, que ya no tendría que estarla esperando mientras se comunicaba con sus contactos ultra secretos. Lisístrata también estaba satisfecha ahora que veía a su hermana menor tan animada, sólo Gertrudis se mostraba incómoda.  Todos los horrores del mundo posmoderno estaban colgando como espada de Damocles sobre el cuello de su pequeña –como solía decirle-;  Gertrudis era puntillosa lectora de la prensa escrita, revisaba todos los diarios de pe a pa, y estaba al tanto del lado oscuro de la web.

-¡Todos esos estafadores buscando incautos y además esos malvados pedófilos!

De acuerdo, los embaucadores puede que sí, pero no entendía de qué manera podía Penélope ser amenazada por pedófilos. Más peligrosa podía resultar ella para éstos, porque los odia y es un azote con un paraguas en la mano.

Las cosas en el negocio iban cada día mejor, en los negocios, debiera decir. Mamá me regaló una impresora y tanto ella como papá estaban mucho más tranquilos ahora que lo laboral estaba resultando. Ella y las ancianas se habían hecho amigas –nunca como yo, claro- y  les mandaba fuentes con almuerzo de la cafetería que las viejitas encontraban riquísimo.

Todo iba a la perfección hasta que un día ocurrió lo más inesperado del mundo:

-Antonia –dijo Lisístrata-, no se si sabes que el primero de noviembre es día de todos los santos.

¡Quién no iba a saberlo! Todas mis compañeras salen a pedir dulces ese día, pero mamá jamás me ha dado permiso. Halloween es mi más total frustración.

-Nosotras lo festejamos todos los años en la parcela. ¿Te gustaría venir?

¡Sí, si, si, lo único que quería en el mundo era ir a una fiesta de Halloween, aunque fuera de la tercera edad! Es una lata mirar todo desde la ventana, sabiendo que allá afuera todo el mundo lo pasa súper mientras yo veo películas de miedo en el televisor.

Pero ahora se me presentaba lo más difícil de todo: convencer a mamá. Corrí a contarle y lo único que  conseguí fue que se quedara mirándome como si yo fuera un extraterrestre.

-¿Fiesta de Halloween, con las señoras?

-Señoritas, mamá, acuérdate, o se pueden enojar.

-Ya, señoritas, pero qué clase de fiesta es ésa, con invitados de más de ochenta años que quieren compartir con una niñita de doce. No, y estoy segura de que tu papá tampoco estará de acuerdo.

Yo no podía estar más en desacuerdo con eso. Apenas papá apareció por la cafetería, corrí a pedirle permiso antes de que mamá se opusiera y le mostrara todos los puntos malos del tema.

-¿Con las viejitas? Bueno, ¿pero no te irás a aburrir?

Rogué y rogué en vano, porque mamá estaba decidida a mantenerme lo más alejada posible de cualquier celebración. Ella opina que estas son cosas inventadas en el hemisferio norte y no tienen nada que ver con nuestra cultura.

Y entonces ocurrió algo inesperado. De alguna manera, las hermanas se habían enterado de mis dificultades.

-Buenas tardes –saludó alguien  desde el mesón-, ¿puedo pasar?

¡Era la propia Lisístrata! Habló y habló  hasta que convenció a papá –que no estaba tan en contra como yo creía- y luego atacó con mamá,  pidió y consiguió el permiso, contó maravillas de las tradiciones europeas, de lo que ella y sus hermanas solían hacer cuando eran jóvenes y al parecer vivían en Madrid.

De  pronto vi a mis papás interesados en el tema; Lisístrata continuaba explicando qué clase de gente asistiría –en general viejitas locas que se disfrazaban con sus mejores galas-, lo que se serviría -¡delicias, créanme!- y haría –algo de jugar al fantasma.

Luego  dijo que papá y mamá  podían ir a dejarme para que ambos vieran de qué se trataba y recogerme al día siguiente para no tener que salir tarde. Lo único que evitó, cuidadosamente, fue extender la invitación a mis padres. ¡Suerte para mi, ya veía que estaban muertos de ganas de ir!

Ahora sólo restaba un problema: ¿Qué ponerme? Tengo dos disfraces, uno lo usé para bailar cueca el año pasado. El otro es un traje de hada que me hicieron para una obra hace tres años, imposible ponérmelo. Cierto que voy a estar con unas ancianitas, pero ni así quiero ir con mi vestido de china, no se cómo puede habérsele ocurrido a mamá.

-Te queda precioso –me insiste.

Y yo, cómo le digo que sería ridículo, es Halloween, no es Fiestas Patrias. Ya sé que no podemos gastar en algo así, pero no puedo ir de china a una fiesta en casa de las viejitas más estilosas que existen. Es que ustedes no pueden imaginárselas siquiera. Con sus moños altos, sus peinetas de carey legítimo –eso es caparazón auténtica de tortugas marinas, algo muy poco o nada ecológico, pero ellas son tan antiguas como sus peines y no se han enterado de eso-, sus abanicos de marfil –oh no, eso también es un pecado porque incluye matar elefantes- sus trajes de seda natural que hacen frú frú cuando caminan por los pasillos polvorientos de la galería y sus mantones de Manila de esplendoroso colorido.  ¡Cómo será haber vivido en una época tan elegante? Seguramente Lisístrata  fue muy guapa antes de engordar tanto.

Estábamos en eso cuando apareció Penélope  a la carrera y casi sin aliento.

-¡Antonia, Antonia, Lisístrata se olvidó de un detalle. No te preocupes por tu disfraz, porque nosotras tenemos un montón para que elijas. Ah –y bajito, en secreto- y yo guardo uno precioso de  Alicia en el País de las maravillas, igual a los dibujos de la edición original. Te va a encantar.

¡Bacán! Mi problema había desaparecido. Tan rápida como llegó, Penélope se marchó y me dejó en la caja de la cafetería soñando despierta con el vestido que iba a usar. Si ella dice que es precioso es porque es mucho más que eso. Penélope es la más elegante de las tres. ¡No iba a estar tranquila hasta no verlo!

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