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Posts Tagged ‘bisabuelo’

Felices vacaciones para Nacho, las está necesitando. Mis mejores deseos, porque para este chico inteligente y simpático llamado Nacho  Aguirre, estas vacaciones no podrían ser peores:

Después de largos meses buscando trabajo, el padre, Daniel, ingeniero de minas,  encontró uno …en la Patagonia, que cómo es lógico, aceptó de inmediato y se embarcó en un avión  dejándolos solos y casi sin dinero.  Los tres miembros restantes de la familia, la madre y sus dos hijos; están tranquilos, porque las cosas van a mejorar, pero no contentos, porque el bolsillo familiar está vacío.     Dos años estuvo  el padre de Nacho sin empleo,  dos largos, no, eternos años.  Hasta hace un  par de semanas, la  madre de Nacho ya no sabía a qué santo  encenderle una vela. 

Como glorioso remate, buscando la solución a estos  problemas, la pobre mujer  sufrió un ataque  de locura temporal  y los ha traído, a  Nacho y a  su  insoportable  hermano mayor,  Javier, al norte de Chile a visitar a sus abuelos   (qué conste,  SUS ABUELOS,   conocidos como los BISABUELOS de Nacho,  esto de estar en la inopia es terrible).  Felices vacaciones, Nacho. 

Esto no es todo, calma:  Javier,  el cargante, se ha hecho íntimo de un grupo de pesos pesados  integrado por dos enormes futbolistas de pacotilla conocidos como los gemelos Rojas  y su amigo y rey de los pelmazos, Luis Astudillo.  Los cuatro se han potenciado al reunirse;  van y vienen rugiendo y bocineando en una 4×4 cubierta de polvo,  acordándose de la casa  de los abuelos-bisabuelos sólo para devorar el contenido del refrigerador y exasperar aún más a don Fernando,  el bisabuelo, más conocido como el Tata,  quien, era que no,  anda de un humor de los mil demonios y no ha encontrado nada mejor que descargarse con  el único bisnieto que sigue circulando por allí,  léase Nacho.

 

Eso, claro, no tendría la menor importancia si no fuera porque Nacho Aguirre, chico cool  y encantador, cuando quiere,  no tiene más hermano que ése y porque gracias al inútil de  Javier,   Nacho   es, hoy por hoy, el personaje más popular de la casa.

Escúchese grabación N°1

-¡Nacho, levántate!

-¡Nacho, ve a comprar el pan!

-¡Nacho, que ya es hora de sacar la basura!

-¡Nacho, una hora de descanso antes de irte a la playa!

-¡Nacho, anda a comprarle el diario al Tata!

-¡Nacho, se escapó  la  Felisa!

(Casi me olvidaba de este personaje,  la Felisa, perra loca y malcriada, fugitiva crónica que le hace correr diariamente por el barrio para entretención de todos los viejos latosos que toman el fresco en la vereda.  Nacho odia a la Felisa, al menos, cada vez que se escapa, que es bastante seguido, porque a todos les encanta dejarle la puerta abierta)

 

Regreso al relato de penurias nachísticas.

Después de la diaria charla sobre los calambres que acechan en la playa a  los incautos que nadan recién almorzados,  nuestro héroe se  refugia en  su cuarto. Su mirada saltimbanquea entre las pilas de poleras sucias y zapatillas fétidas  con que su hermano aporta a la decoración  y termina, como siempre, en el anacrónico y diminuto televisor   que alguien olvidó en la habitación de huéspedes  durante  el transcurso de  la era pleistocénica.  Lo enciende. ¿Qué tenemos aquí?  ¡Qué suerte!  ¿Acaso no es esta la típica programación de verano, sin cable y, lo que es peor, sin control remoto,  de modo que  ni siquiera se puede hacer zapping durante comerciales sin pararse  cada cinco minutos de la cama donde uno  tira su  amargura?   

Nota: (Eso no es todo, en blanco y negro, ¿cabía alguna duda?)

Nacho se  levantó a girar la perilla. Recocidos de los últimos cinco años  en materia de shows  para  tercera edad,  romances lacrimosos  y  latosas discusiones sobre temas más aburridos aún se atropellaron ante sus ojos.  Daban ganas de llorar, pero se las guardó; al menos, papá tiene trabajo, regresará en marzo,  recibirá su primer sueldo en 24 meses, volverán  a casa, enfrentarán  a los acreedores y puede que hasta alcance el  dinero para  pagar el colegio y  un par de zapatillas sin agujeros. Dos años  sin ingresos  son cosa seria para cualquier familia.

Hoy,  eso sí, no  logra pensar en las maravillas de papá con sueldo otra vez.  La dura,  hoy Nacho odia todo:  las vacaciones, el norte desértico y aburrido que se ha visto obligado a visitar, las telenovelas cebollentas,  los problemas laborales que aún afectan a  su  viejo desde la  última crisis asiática (¡eso fue en 1998, Nacho  era chico todavía, casi ni se acuerda!),  la vieja casona de los bisabuelos, tenebrosa y comida de polillas y a Javier.

Sí, a Javier especialmente.  A Javier, que  al primer bocinazo de la 4×4  de los gorilones futbolistas,  ha saltado de la mesa con la boca llena de pescado frito a medio  tragar  y se ha largado  con sus amigotes  sin que nadie le recuerde siquiera que no debe bañarse hasta las cuatro so riesgo de todos los males del mundo. Javier que se ha marchado  haciéndose el sordo cuando  mamá le decía  por qué no llevaba a Nacho, a su pobre, aburrido y  solitario hermano menor,  con él.

Javier,  su  desleal hermano, que esta semana debía recoger la mesa y se ha escapado de ello cinco días seguidos para que el Tata  redistribuya  tareas inmediatamente y allá  vamos  a la cocina con los restos de la ensalada, media tonelada de  servilletas de papel  arrugadas y  torres de platos y vasos sucios,  otra vez.

Esta semana,  Nacho ha odiado a Javier  casi tanto como a la Felisa, lo que no es poco.

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Mi tatara tatarabuela

Horneaba pan en Italia,

Almidonaba camisas,

Perfumaba las toallas.

Mi tatarabuelo recogió el ancla

De su flamante balandra,

Dio la vuelta al Cabo de Hornos

Y se estableció en Pisagua.

Por otro lado, mi bisabuelo,

Vistió de huaso y segó trigo.

Montó a caballo, tuvo diez hijos

Y se murió sin pedir permiso.

Su mujer, mi bisabuela,

Hacía empanadas, tejía calcetas.

Tenía un chivo consentido

Que no hay cosa que no se haya comido.

Otro más vino en un barco

De grandes velas desplegadas

Al viento de los sietes mares

Que de su Inglaterra lo alejaban.

Otra lejana pariente

Del bisabuelo paterno

Vino desde el Ecuador

En un carguero a vapor.

De todos ellos yo guardo

Un detalle, algún recuerdo,

Pecas, ojos o el cabello,

O un poco de tinte negro.

Los hombres somos así,

Tan mezclados como el viento,

Cuando éste llega silbando

Sobre los techos del puerto

Yo me asomo a la ventana

Y todas sus voces siento.

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