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Después de ser acogido como el nuevo integrante, Nacho descubrió que la familia de Fernando  vivía en  tres  pequeñas habitaciones  que daban a la cocina  de miss Rachel, lugar que misiá Panchita mantenía inmaculadamente limpio. En una de ellas dormían  los niños, Raquel de seis, carente de toda importancia para él por su dedicación total a las muñecas y a  la ronda,   y Fernando. El pequeño Ignacio, de dos, dormía con sus padres porque estaba enfermo y pasaba gran parte de la noche tosiendo.  Misiá Panchita estaba muy preocupada por él, pero ¿qué podía hacer? El pequeño Ignacio ya había sido visto por el médico de la compañía y ella seguía todas sus indicaciones al pie de la letra. Más no se podía hacer; la ciudad más próxima –Puerto Seguro-  quedaba a más de cincuenta kilómetros por el desierto y  allí tenían el único hospital de la provincia.  

Fernando, su nuevo gran amigo,  tenía diez años,  casi dos menos que Nacho,  y era el amigo perfecto, o lo sería si pudiera entender el sentido de  las palabras agujero de gusano o si al menos hubiera escuchado hablar de  La Estrella de Puerto Seguro.  Eso sí, era un hecho que Fernando había  leído bastante más que Nacho.  Lo primero que hizo al despuntar el día, fue mostrarle a Nacho la pequeña montaña de libros que atesoraba junto a su cama. Tal como le había dicho, sus favoritos eran La máquina del tiempo y El Mundo Perdido, de ese tal Señor Wells.  A Fernando le costó mucho aceptar que Nacho había llegado sin necesidad de una máquina del tiempo hasta Oficina Nebraska y muy en secreto,  estaba convencido de que esa tal 4X4  era el medio que había utilizado su amigo. 

– Por eso fueron a buscar a los dinosaurios en ella, Nacho, no sé cómo no te diste cuenta.

¿Cómo explicarle a Fernando que en 2006 las 4X4 eran tan cotidianas como el pan con mantequilla y el Play Station? Nacho ni siquiera lo intentó. No había manera, Fernando ni siquiera podía aceptar que existía algo llamado Internet donde todo el planeta estaba comunicado.

En eso, Nacho tuvo una idea genial:

– En las últimas elecciones presidenciales, se eligió a la primera Presidenta de Chile –dijo.

Fernando se indignó.

-¡Eres demasiado mentiroso!- gritó.

Lo dejó más botado que bolsón escolar en vacaciones.

Estuvieron todo el día enojados el uno con el otro. Nacho, porque lo habían ofendido y Fernando, porque lo habían tomado por tonto.

Se reconciliaron al día siguiente, pero, para no recaer, prometieron no hablar nunca más del tema.  Lo más extraño de todo, era que a Fernando no le costaba nada creer en las granjas de avestruces, después de todo, habían aparecido en la Estrella de Puerto Seguro, pero eso de que Ignacio inventara una presidenta estaba fuera de todo límite.

 

Oficina Nebraska era un lugar tranquilo,  tanto que llegaba a ser aburrido.  Sus habitantes trabajaban de sol a sol y al parecer jamás habían oído hablar de la jornada de ocho horas.  Al anochecer, después de cenar y contar  historias de terror junto al fuego de la cocina,  estaban tan cansados que apagaban las velas y  se dormían profundamente hasta  que amanecía otra vez. ¡Qué madrugadoras eran estas personas, a las cinco de la mañana ya estaban tomando desayuno y partiendo a trabajar!

Nacho  no dejaba de sorprenderse con su sistema de vida. ¡Era todo tan diferente!  Recordó que el Tata  solía contar historias de su infancia en la pampa y lamentó no haberle puesto atención. Siempre le había parecido tan  latoso, el Tata, que cuando se ponía a hablar de sus viejos tiempos todo el mundo se escabullía.

Para Fernando, en cambio, Nacho era  el niño más interesante del mundo. Venía del futuro, había viajado al pasado en una 4X4 y  le había  ratificado todo lo que siempre creyera a pie juntillas: el hombre llegaría a la luna, viajaría veinte mil leguas bajo el mar en algo llamado submarino atómico y  todas las familias tendrían automóvil y teléfono. ¡Qué maravilla de futuro, lástima que faltaba tanto tiempo para que se hiciera realidad, tanto que él difícilmente podría llegar a verlo!

A  Nacho también le gustaba Fernando.  Lo  mejor de Fernando era que  estaba  completamente decidido a acompañarle a buscar  a esos dinosaurios  que con toda seguridad debían vivir en una de las quebradas próximas.  En cuanto Fernando, por otra parte,  se dio cuenta de que Nacho no tenía  idea de donde estaba parado, le contó que el desierto era enorme, casi inexplorado,  y que los mineros del salitre contaban cada historia que la de los dinosaurios quedaba pequeñita al lado de ellas.

–         Podemos ir en bus  y nos bajamos en las Presencias Tutelares – propuso Nacho.

-¿Qué es eso?

– No sé, salía en la Estrella, pero es un nombre súper, ¿no crees?

Los niños averiguaron entre los adultos, pero ni siquiera don Pedro, que todo lo sabía, supo decirles qué eran las Presencias tutelares. Por complicado, el tema se archivó temporalmente.  Mientras seguían planificando su aventura, Fernando  advirtió  que Nacho andaba un poco despistado. A   toda costa,  quería tomar un bus para ir a Pampa del Lagarto. A Fernando le  costó un mundo convencerlo de que no existían.  Mucho menos  un tren.

Muy deprimidos, los niños evaluaron la posibilidad de una caminata, pero eso era casi suicidio. Fernando lo expuso claramente. ¿De dónde sacarían agua? ¿Cómo   encontrarían el camino?  Ni siquiera un adulto podría caminar tanto.  Los niños  pasaron los  tres próximos días tratando de descubrir una manera de llegar a la  Pampa del Lagarto.

            El cuarto día, desesperados,  prepararon lo que  Fernando llamó un cocaví y partieron rumbo al norte. A mediodía ya habían acabado con la mitad del agua y el total de los huevos duros. A las cuatro de la tarde, no tenían idea de dónde estaban parados y a las seis,  ya imaginaban el próximo  titular de La Estrella:

“DOS NIÑOS DESAPARECEN EN LA PAMPA”

Entonces el destino les  puso justo frente a la solución.

-¡Tuuut, tuuut!

El bocinazo fue lo primero, después, rugiendo y rezongando, subiendo y bajando por las lomas resecas, un camión cacharriento  y  oxidado apareció frente a ellos.

-¡Don Dámaso, cómo no se me había ocurrido!- dijo Fernando.

El camión avanzó hasta llegar junto a ellos y se detuvo  con rechinar de frenos y un solo de batería,  producto del millón de latas sueltas  que lo integraban.

            Una vaharada de olor a podrido estremeció a Nacho, el camión olía apestosamente.  Para rematar, un hombre gordo y sudoroso sacó la cabeza por la ventanilla carente de vidrios y preguntó:

-¿Para dónde van niños?

-¡Vamos para Oficina Nebraska!- respondieron simultáneamente.

-¡Suban, los llevo!

Los niños treparon  al camión. Ya allí, el olor era todavía peor, pero Nacho terminó acostumbrándose, tanto que se le pasaron las ganas de vomitar. El cacharro  resultó ser un  Chevrolet  y el conductor un hombre parlanchín,  divertido y muy curioso,  que los interrogó a fondo:

Aquí debería escucharse grabación N°3, resumida

¿Qué andaban haciendo por allí, acaso no era Fernando el hijo de don José, el capataz,  por casualidad, a alguien se le había ocurrido pedir permiso?

 

Eran demasiadas preguntas. Con mucha cautela, Fernando respondió todas sus consultas sin informarle en absoluto.   Al rato, el tiempo parecía haberse detenido, satisfecha su curiosidad inicial,  Don Dámaso hablaba y hablaba y su tema favorito era él mismo.

– Todos los días vengo desde la Quebrada de Malpaso, –explicó- allá tengo mi criadero de chanchos, cerquita de la Pampa del Lagarto.  Vengo a recoger los restos de comida que me guardan en Nebraska y se los llevo a mis animalitos. Cuando mato un chancho,  traigo carne y les vendo  barato.

Bueno, eso sin duda que explicaba lo del olor.  Lástima que el Chevrolet, si es que lo era, no andaba mucho más veloz que ellos,  porque lo tendrían que soportar más tiempo;  tan lento era que, gracias a eso, ya casi eran las nueve cuando los viajeros hicieron su entrada en  Nebraska, pero a Nacho no le quedó otra que reconocer que, al menos, no estaban cansados,  salvo de tanto zangolotear por esos pedregales de la pampa que allá por 1935 se llamaban caminos.

            Esa misma noche, después de lavar los platos y fregar el piso de la cocina en castigo por irse sin permiso,  Nacho y Fernando se fueron a la cama sin cenar por la misma razón y en cuanto pusieron la cabeza en la almohada comenzó el   aluvión de secreteos con que los conspiradores planificaron paso a paso la escapada del día siguiente. Elaboraron un plan detallado que comenzaba por el punto más importante:

            Nacho sería el comandante de la operación secreta.

Resuelto este punto, lo demás era  papaya.

– Tiene que tener un nombre – sentenció el  comandante-, todas las operaciones secretas tienen nombre.

A Nacho le encantaban las películas de ciencia-ficción y agentes secretos.

-¿Qué te parece Operación  Héroes de la Pampa? – preguntó Fernando, fanático de los Episodios Nacionales.

Nacho lo quedó mirando como si fuera extraterrestre. Qué nerd y pasado de moda  podía  ser Fernando. Mucho más de lo que cualquiera se habría imaginado.

-¡Jamás! –respondió lapidario-, para que salga en los diarios tiene que tener un nombre bacán,  con onda, como de película.

Las proposiciones iban y venían:

Operación  Ciberespacio

Operación  Norte Grande

Operación  Amigos en el Tiempo

Operación Oficina Nebraska

Operación Nacho y Fernando

(Esa casi estuvo a punto de satisfacer el ego de ambos exploradores, pero fue rechazada por ser  demasiado larga)

            De  pronto Nacho tuvo una ocurrencia genial:

-¡Ya sé, se llamará Operación Ti-Rex!

Explicarle el nombre a Fernando resultó casi tan largo y complicado como planear la operación completa. Nacho casi se había dado por vencido cuando Fernando entendió lo que había querido decir  con el nombre. El hecho de saber que en esas fantásticas historias llamadas Parque Jurásico el Tiranosaurio Rex era llamado así,  terminó por convencerlo. 

            Ahora que lo más difícil había sido resuelto, lo demás era pan comido.   Esta vez se irían en el camión de don Dámaso y no tendrían ningún problema.

El día D sería el jueves. Regresarían al día siguiente,  lo que les daría  tiempo suficiente  para encontrar los dinosaurios.  A Fernando le pareció  que incluso sobraría,  de modo que quería aprovechar la ocasión para conocer  las granjas de  avestruces.  Después  de todo, si se viajaba al pasado ¿por qué no se podía también ir al futuro?   A Nacho su razonamiento le pareció  de lo más lógico, si viajaban al futuro él   podría volver a su casa a enfrentar el castigo que su propia madre le impondría por llevar perdido más de una semana.

-¿Tú crees que   si voy contigo me castigará también? – preguntó  Fernando.

Nacho  lo dio por  descontado, su madre no iba a perder esa ocasión por nada del mundo.  Además, le parecía totalmente justo. ¿Acaso no había lavado él, bajo pena de azotes,  los platos de misiá Panchita y, además,  fregado el piso,  a pesar de venir del futuro? Lo menos que podía hacer Fernando, si era tan buen amigo como decía, era compartir la pena.

            En fin, también en esa materia hubo acuerdo y los niños se durmieron  tan compinches como el primer día.

Toda la noche soñaron con dinosaurios. Con pequeñas diferencias, claro. Nacho los perseguía en una nave espacial y Fernando,  en una cuatro por cuatro.  

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