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A Carlos le llamó la atención lo que parecía un gran lagarto que le pasó por delante con rapidez asombrosa. Fue tras él y lo encontró asechando a otro lagarto más pequeño, al que le mostró amenazadoramente los dientes, después brincó sobre este de una manera increíble y lo mordió, a continuación lanzó un chillido, se sacudió varias veces, dio unos cuantos saltos y nuevamente se puso en guardia.

Su próxima víctima fue una lagartija, pero esta vez, cuando finalizó la pelea, no chilló ni se zarandeó, solo se estiró en el suelo y al rato quedó dormido. Al despertarse caminó torpe y lentamente, se encaramó en un árbol y miró al descuido un nido de pájaro. Trató de coger un huevo, sin embargo, cambió de intención al interponerse otra lagartija a la que se comió al instante. Bajó a la tierra y volvió a dormitar.

—¡Qué dormilón es! —dijo Carlos—. Parece que solo hace comer y…

—Dormir, pues te equivocas, también sé hacer juegos de habilidad.

El niño dio un salto parecido al que daba el animal y ya se iba a echar a correr cuando este se le plantó delante y con una destreza increíble hizo todo tipo de cabriolas dejándolo boquiabierto. Una especie de sonrisa afloró a los labios de Carlos, aunque despareció al momento cuando lo vio lanzar por la boca un chorro de agua. El niño trató de correr, pero tenía paralizadas las piernas, como si algo se las estuviera sujetando. Una risa socarrona se oyó y el animal habló:

—Son tan pequeñas las lagartijas que no saciaron mi apetito —y miró con picardía a Carlos que, perplejo, abrió los ojos temiendo que fuera a embestirlo. No obstante, el lagarto con mimo lo invitó a jugar haciendo piruetas como para que también las hiciera.

Aterrado, Carlos intentó de nuevo echarse a correr, pero tampoco lo consiguió y no le quedó más alternativa que quedarse a mirar las contorsiones del lagarto y, al rato, reírse de ellas.

—Ríe, cantaré para ti —y cantó canciones tan lindas que Carlos se distrajo, después quiso que el niño se montara en su lomo espinoso.

—Me pincharía —dijo con desconfianza.

—No. Tócalas, son suaves como cabellos.

Carlos, con manos temblorosas, lo hizo y se percató que era cierto.

—Móntate en mi lomo, te llevaré a pasear.

El niño titubeó, pero impulsado no sabe por qué, se subió y al animal le brotaron unas alas enormes. Salió volando y lo llevó a una pradera donde había un río.

—Báñate en sus aguas, son apacibles, sé que te gusta nadar, te espero aquí —dijo el lagarto y se acomodó en la hierba.

Carlos no vaciló y se arrojó al agua. Nadó un rato hasta que el fantástico animal le dijo que era hora de ir a otro lado y lo transportó hasta la cima de una montaña en la que había pájaros de plumajes hermosos.

—Puedes llevarte el que más te guste, con la condición de que lo cuides siempre.

—¿De verdad?

—Sí, para alimentarlo, tienes que llevarte esas semillas que hay en ese árbol, solo comen de ellas.

—Por mucho que recoja no me alcanzarán.

—Cuando llegues al patio de tu casa, sembrarás algunas de ellas y nacerán árboles que crecerán enseguida.

Carlos recolectó algunas y se las echó al bolsillo, miró a los pájaros y escogió al de llamativo color verde en el cuello, amarillo intenso en el pecho, de cola y alas, azul intenso. Trató de asirlo, pero el pájaro se apartó y lanzó un estridente trino.

—No. Espera que le hable —dijo el lagarto, se le acercó y le susurró algo. El pájaro vino apresuradamente hasta donde estaba el niño y se le posó en el hombro.

—Ahora vamos al río de la risa —y fueron a la ladera de la montaña donde un río reía a carcajadas y Carlos, contagiado por ella, lo hizo también.

—¿Te atreverías a lanzarte en sus aguas y coger un pez color pardusco con una raya azulada en el lomo y algunas verdosas brillantes en las aletas y traérmelo? ¡Necesito tenerlo!

—¿Para qué? ¿Es grande el pez? ¿No me lastimará?

—No hagas preguntas, ya me he convertido en tu amigo, nada malo querré que te suceda. Es pequeño y nada te hará si lo agarras cuando esté distraído; espera un descuido de él. Solo tienes que decir tres palabras para que puedas cogerlo —dijo y se las musitó.

El niño las repitió varias veces pues eran muy enredadas, después se lanzó al agua. Regresó con el pez y se lo entregó, este lo acarició y dijo las mismas tres palabras que le había dicho a Carlos y el pez se esfumó. El lagarto se transformó en un niño de estatura pero con la cara arrugada. Luego le dijo a Carlos:

—Me quitaste el hechizo que ese pez precioso me hizo hace mucho tiempo por haber querido atraparlo. Me dijo que me permitiría poder hablar y que solo si alguien lo cogía diciendo las mismas tres palabras con que me hechizó y lo traía donde yo estaba y también yo las decía, se rompería el encantamiento.

Carlos, sorprendido, retrocedió e intentó huir; el otro niño le dijo que cómo iba a hacerlo si no sabía el camino de regreso. Además, si se había atrevido a ir de paseo en un animal espantoso, cómo era posible que ahora que era una persona como él, le temiera.

Carlos razonó y se quedó quieto, luego dijo:

—Es que han pasado cosas tan increíbles y en tan poco tiempo que me asusté. ¿Cómo te llamas? ¿Cuántos años tienes?

—Arnaldo. Ya he perdido la cuenta de los años que tengo, debe ser más de cien.

—Tienes estatura de niño, aunque por la edad, y el rostro ya eres un anciano. En todo ese tiempo, ¿permaneciste en silencio? ¿Dónde vives?

—Los viejos nos vamos encogiendo. ¿Acaso no lo sabes? Antes conversaba con una persona, se hizo anciano y dejó de venir por aquí —aclaró y caminó torpemente—. Ahora que me hiciste esa pregunta, recuerdo lo que me dijo la última vez que lo vi, habló de unos parientes, a lo mejor se fue a vivir con ellos y por eso no volvió. Vivo muy lejos, para poder regresar con los míos debes zambullirte en el agua nuevamente y atrapar otro pez pardo con unas manchas amarillas, se diferencia de los demás de ese mismo color porque tiene una mancha más grande que los otros en la cabeza, dile que Arnaldo te mandó a buscarlo, después suéltalo.

— ¿Y cómo regreso yo para mi casa?

—Luego te lo diré, ahora anda por el pez.

Carlos se zambulló en el agua y vio al pez y cuando le dijo que Arnaldo lo había mandado a buscar, titubeó, pero luego salió a la superficie.

—Arnaldo, ¿quién te ayudó a quitarte el hechizo?

—Luego te cuento. Donde está Carlos…

— ¿Quién es Carlos?

—Con quien te mandé a buscar.

—Lo dejé allí mirando a otros peces…

—Ve a buscarlo no vaya a ser…

—Es cierto, puede que le hagan daño —y enseguida se marchó. Al rato regresó con el niño.

—Arnaldo, ¿quieres que te lleve a casa? —le preguntó el pez.

—Sí, pero primero llevarás a mi amigo Carlos —se acercó al niño y le agradeció su valentía. Luego le dijo que cuando quisiera encontrarlo, solo tenía que pedírselo al pájaro que había escogido y él lo llevaría hasta él pues podía aumentar de tamaño. Le contó de su amigo, el pez, que a veces se convertía en pájaro y que fue quien le había enseñado esos lugares y dado el don de hablar con los pájaros y a adiestrarlos.

El pez lanzó una carcajada, pero luego les dijo que debían irse antes de que el otro pez hechicero, que también a veces se convertía en pájaro, llegara, y le pidió a Carlos que se subiera encima de él con el otro pájaro. Así lo hizo el niño y el pez se convirtió en un hermoso pájaro, alzó el vuelo y en el trayecto le fue contando a Carlos cómo conoció a Arnaldo y del otro pez que gustaba de hacer maldades a los niños.

Cuando Carlos llegó cerca de su casa, el pez-pájaro le pidió que sembrara enseguida las semillas, que cuidara del pájaro, que este lo ayudaría si se encontraba en aprietos y se marchó. El niño con el pájaro a cuestas llegó al patio de su casa y sembró las semillas. Al momento, vio cómo surgían retoños que poco a poco fueron creciendo. El pájaro le pidió al niño que no lo enjaulara, pues nunca se iría de su lado.

Sorprendido una vez más, lo acarició y lo dejó libre. Entró a su casa, les mostró a sus padres el pájaro y señaló a las plantas y les relató. Estos no se asombraron, dijeron que ya un anciano les había contado que conocía a un lagarto que estaba embrujado desde hacía tiempo y que conocía el lenguaje de los pájaros.

—Se llama Arnaldo y ya no es un lagarto, es un anciano, por eso su andar es lento —dijo Carlos.

—Sí, un anciano con porte de niño. ¡Fue embrujado hace tanto tiempo! —dijo la madre y lo acarició.

Carlos pensó:

“Y yo que pensé que no me iban a creer”.

Luego el niño corrió al patio a jugar con su pájaro y se maravilló al oírlo hablar con tanta fluidez. Miró a los árboles que ya comenzaban a brotarles las vainas de las semillas. Abrió la boca y los ojos tan grandes que el pájaro entre risas le dijo:

— ¡Cuidado, que por la boca puede entrarte el pez hechicero!

Carlos cerró la boca y hasta los ojos, lanzó una carcajada y sus padres vinieron a ver de qué se reía. Cuando lo supieron, también rieron del chiste del pájaro

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Un caso para las agentes Korokokó3063364001_f1cb9c0c39

Por Alida Mayne-Nicholls

Uno no esperaría encontrarse con un altamente entrenado y perfeccionista grupo de agentes como las Korokokó. De hecho, las gallinas no suelen ser vistas como un animal que sepa defenderse, aunque si alguna vez te has atrevido a tomar un pollito en presencia de su madre, te habrás dado cuenta de que la gallina no escatima fuerzas y picotazos en defender lo que es suyo. Esa es la tendencia natural de las gallinas, pero no las convierte en forma automática en una agente Korokokó, eso sería demasiado simple.

Las agentes Korokokó son elegidas desde que apenas son unos polluelos de dos semanas de vida, de manera que hayan completado su entrenamiento la misma semana que estrenan en sociedad su plumaje de adultas. Para el ojo humano es prácticamente imposible distinguir cuáles fueron las cualidades que los reclutadores vieron en esos polluelos, pero lo cierto es que nunca se equivocan. Cuando escogen un polluelo ten por seguro que se convertirá en una agente perfecta y que su plumaje no solo las protegerá del frío y el calor excesivos y de los picotazos de las gallinas que quieren mostrar su superioridad,  sino de los peligros más extremos a los que se ven expuestas gallinas como las Korokokó.

La gallina Marla se había convertido en agente hacía un par de días. Se había emocionado mucho con la ceremonia de graduación, ya que había sido la mejor de la clase y su madre, una gallina ponedora que le había dado un sinnúmero de hermanas, no cabía en sí de orgullo.

La ceremonia de graduación siempre era un gran evento y teniendo como invitadas a gallinas de diferentes granjas y en grandes cantidades, no se trataba de un acontecimiento muy silencioso. Por el contrario, no había forma que las gallinas dejaran de cacarear todo el rato, comentando quién se veía mejor, quién tenía más invitados o cuál de las agentes se veía más perfecta y marcial.

Por supuesto, todos concordaron en que era la agente Marla la que mejor se veía, con su pecho bien expuesto y la cola y la cabeza bien en alto. Durante su entrenamiento había sacado las más altas notas siempre. En los combates no había zorro ni gallo que hubiera salido libre de la humillación de la paliza que Marla les había dado. Y además se había convertido en una experta en código morse y en desciframiento de mensajes secretos.

Ahora se encontraba en la oficina del mayor Tricho lista para recibir su primera asignación. El mayor, un gallo de pocas palabras y un kikirikí que era famoso en toda la región, le extendió un sobre lacrado y le pidió que saliera de su despacho. Marla sabía que debía abrir el sobre estando sola. Estaba ansiosa, pero lo disimuló bien mientras pasaba junto a las otras agentes y se encerraba en uno de los cuartos seguros. Cerró la puerta con pestillo y abrió el sobre. Leyó el mensaje bien unas cinco veces, para asegurarse de que no estaba malentendiendo nada, y después agarró el papel a picotazos. En pocos segundos había convertido el mensaje en un confeti diminuto, no habría forma de recuperarlo.

Lo que no era un secreto era la inundación que el huerto de la granja venía sufriendo cada semana desde los últimos dos meses. Había habido otras agentes investigando el caso, pero no habían logrado averiguar nada al respecto. Marla comenzó de inmediato. Primero revisó la zona del huerto en busca de pistas, y estableció puestos de vigilancia; ella misma encabezó el turno de noche.

De ambas actividades reunió las siguientes pistas: tres plumas de color café dorado, dos pelos rojizos, una huella parcial posiblemente de un animal, un grano de maíz y una botella de plástico con un poco de agua dentro. Analizó las pistas obtenidas en el laboratorio y decidió mantener su puesto de vigilancia durante una noche más y luego dedicarse a observar el movimiento de la casa grande, donde vivían los humanos de la granja. Concluidos cinco días de investigación, análisis y tanta reflexión que hizo que se le pararan dos plumitas rebeldes de su cabeza, redactó su informe y se lo llevó al mayor Tricho: el caso estaba resuelto.

El mayor Tricho leyó el reporte con seriedad extrema, revisó las pruebas, los resultados de laboratorio y las conclusiones de la agente Marla y sonrió. Esa noche él, Marla y el grupo de detención de las Korokokó esperarían en el huerto la llegada del culpable. Tal como lo había previsto Marla, cuando ya no había luces en la casa grande, se abrió la puerta y vieron una sombra salir. Era una persona que iba descalza y arrastraba los pies. Llevaba una botella de plástico en la mano derecha. La oscuridad de la noche protegía su identidad, pero ya todos sabían de quién se trataba. El mayor dio la orden y todas las agentes Korokokó se abalanzaron sobre la persona. Desde atrás Marla veía una nube de humo y plumas.

Al día siguiente, el capataz de la granja se asomó al huerto y se sorprendió al encontrar al hijo mayor de la casa grande, un adolescente colorín, atado en el medio de la vega, con la botella en la boca y un papel pescado en la chaqueta del pijama. El capataz tomó el papel y supo que tenía entre sus manos al culpable, aunque no se explicaba cómo había quedado atado de pies y manos. Pronto todos en la granja se enteraron que el hijo mayor salía de la casa sonámbulo en busca de agua para llenar su botella de plástico, la llenaba afuera y olvidaba cerrar la llave, por lo cual el huerto amanecía completamente inundado.

La agente Marla recibió su primera condecoración y otra vez su madre, la gallina ponedora, no cabía en sí de orgullo. Marla también estaba radiante de felicidad.

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