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libros

 

Estaba sola atendiendo la cafetería y la clientela brillaba por su ausencia, de manera que aproveché de lee; ahora mis amigas me prestan todo los libros que quiero,  así que yo   aprovecho todo mi tiempo libre para lectura. Estaba tan absorta que llegué a dar un salto cuando una voz  vino a interrumpirme.

-Hola, me das un jugo de naranja, porfa.

Quién hablaba era un chico como de mi edad, delgado y más alto.  Tenía la cabeza coronada por una mata crespa de pelo castaño y en un segundo vistazo, me di cuenta de que era algo pecoso.

-¿Perdón? –respondí.

-Un jugo de naranja, porfa. Disculpa si te quito tiempo de la lectura.

-Claro que no, discúlpame tú –saqué el jugo de la heladera y se lo pasé-. Son trescientos cincuenta.

-¿Tienes sándwiches?

-De queso, aliado y de pollo con mayonesa.

-¿Qué es un aliado?-preguntó.

-Queso y jamón, si quieres puede ser caliente.

-Ya, eso quiero.

Se había instalado en el mesón y pidiendo permiso se puso a revisar mi libro, “El extraño incidente del perro a medianoche”, de Haddon, que no es un préstamo, me lo regaló Penélope. Los clientes del local no venden libros tan modernos.

-Parece bueno –continuó.

Y ahí me largué. Le conté lo bueno que es, que nunca me habría imaginado que hicieran libros tan buenos para chicos y que estaba segura de que a él también le gustaría.  Y  entonces se me ocurrió que estaba hablando demasiado, que iba a pensar quién sabe qué cosas de mí y me callé.

-Me encantaría leerlo –dijo.

-Vale la pena, te lo aseguro – y luego pregunté-. ¿Eres de aquí de la galería?

-Si, mi papá es dueño de un local que queda en el pasillo siete, Antigüedades Leonora Latorre.

-Parece que tu papá es admirador de Adiós al 7° de Línea, eh.

-Cierto, los ha leído un millón de veces y después nos los cuenta.

Le pasé el sándwich y conversamos mientras comía. Es un año mayor que yo y  quiere cambiarse al Nacional, así que estudia, estudia y estudia.

-Quiero ser médico – afirmó.

Le deseé suerte de corazón. No sólo es una carrera difícil, también es cara. En todo caso, yo creo que cuando uno quiere realmente algo y se esfuerza por conseguirlo, lo logra, y él se ve muy convencido. A mí me gustaría ser diseñadora de modas o profesora de castellano. Amo los libros y la ropa linda.

 Sucedió que Sebastián –ése es su nombre- se había fijado en mi cuando empecé a visitar a las anticuarias. Me contó que todo el mundo habla de ellas y sus gatas  en la galería, qué dicen que son brujas  y  las encuentran raras.

-No tienen nada de raras –me enojé-, sólo porque son solteras y se visten algo anticuadas. Además, no tienen nada de brujas, son las mejores personas que conozco y las quiero mucho.

-Lo siento, no es que yo piense así, sólo quería conversar. Eso de vestirse a la antigua debe ser por su trabajo –comentó.

Yo pienso lo mismo, de manera que le conté algunas cosas, nada importante porque no soy chismosa (¡ni una palabra de don Miguel!),  cosas como lo del notebook y del inventario, de cómo Penélope había descubierto  a los ladrones de la pinacoteca.

-¡Vaya, es súper, nunca me lo hubiera imaginado! –Sebastián estaba admirado por lo que oía.

-Además –terminé- me invitaron a su fiesta de Halloween.

-¿Y vas a ir?

¡Por supuesto que iría, en qué mundo vive este chico, cree que porque es guapo y ya cumplió trece lo sabe todo! Uno puede perfectamente tener amigas viejitas, yo las tengo y nos queremos mucho.

Había terminado de comer, así que pagó la cuenta y antes de irse me aseguró que vendría a verme todos los días. No le creí mucho, pero lo cierto es que tal como dijo, cumplió. Todos los días ha venido a almorzar algo en la cafetería y nos estamos haciendo muy amigos. Es una pena que vivamos en comunas tan alejadas, pero aquí podemos vernos bastante seguido. Sebastián es el primer amigo que tengo y es una suerte que nos guste hacer las mismas cosas; bueno, tanto como hacer, no, poco es lo que yo puedo hacer, pero tenemos gustos parecidos. Tanto que mamá se ha puesto bien pesadita, lo mira feo y me anda inventando cosas para hacer cuando Seba viene a almorzar, de modo que en cuanto él se va, me arranco a ver a Penélope.

A propósito, Penélope anda tan salidora, casi todos los días va al centro de compras y no me queda más remedio que quedarme con Gertrudis, porque Lisístrata, ya lo saben, siempre está ocupada con el negocio. Después llega muy misteriosa, callada,  con mirada soñadora. Nunca trae los manos vacías: una caja de bombones, un ramito de rosas o un remolino brillante.  Gertrudis suspira y Lisístrata  sufre violentos  ataques de tos y todo el mundo se revoluciona para darle Agüita del Carmen azucarada y ponerle pañuelos húmedos en la cabeza, que según ella se queja, le duele, le duele, le duele, tanto que parece que le va a reventar..

Con todas estas novedades voy a impactar a Juana, una de las dos amigas que tengo en mi curso. Mis compañeras me ven como una gansa porque no tengo permiso para salir sola, pero de todas maneras logré hacerme un amigo, mucho más guapo que los que tienen ellas y además simpático y educado. Olvidaba contarles que Seba me trajo un chocolate ayer, de menta, mi favorito. Me encanta tener un amigo. Yo le presté el “Incidente” y lo está leyendo, quedamos que cuando termine lo vamos a comentar juntos. Me encanta ese libro, en cuanto me lo devuelva lo leo otra vez.

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gatos

Cierto que yo ayudaba  en tareas menores de la cafetería, pero eso no me quitó tiempo para ir estableciendo relaciones de amistad con las señoritas Pereira de Olivar. También allí me ganaba la simpatía de las propietarias sacudiendo el polvo de los muebles con un plumero alopécico o poniendo en orden las pilas de libros viejos que siempre estaban creciendo por los lugares más inesperados. Las señoritas no eran tacañas, me premiaban con barras de chocolate, bolsas de papas fritas y a menudo con alguna muñeca despeinada o un libro ilustrado. A mi me gustaba acompañarlas. Eran simpáticas, tranquilas hasta el bostezo y olían a perfumes antiguos, como violetas, rosas o jazmines. Aunque notoriamente anticuadas, las ancianas eran muy elegantes y llevaban trajes bien cortados, de terciopelo o seda, cuellos y puños  de encaje y coquetos prendedores  sobre el pecho. Yo  tenía claro que el ropero de las hermanas tenía más años que yo,  mi madre y mi abuela  juntas, pero estaba feliz de ver telas finas, joyas llenas de volutas y sombreros emplumados, tanto que le comenté a mamá que, cuando sea grande, me gustaría ser diseñadora de vestuario. ¡Amo la ropa y sueño con vestir elegante!

Gran parte del día las señoritas Pereira de Olivar lo pasaban peinando a sus gatas, a las que consentían  con los mejores bocados y  un espacio en los sillones más elegantes. Las gatas eran prácticamente reinas del local y disponían, incluso, de un viejo sillón de terciopelo raído donde afilar sus garras. Se paseaban ágilmente por arriba de los libreros y parecían tener poderes especiales; aparecían y desparecían cuando yo menos lo esperaba. Desde el primer día, me llamó la atención que, a pesar del evidente amor que se tenían,  nunca estuvieran todas juntas y un día le pregunté a Lisístrata:

-¿Y su gata, dónde está?

-Debe andar dando un paseo por ahí -respondió la anciana.

-¿Y no le da miedo el gato techero?

A la señorita Lisístrata casi le da un ataque. Habló airadamente en defensa de la reputación de su querida Lisi y se mostró ofendidísima porque me había atrevido a lanzar un comentario tan  insensible. Trágame tierra, pensaba yo.

Pero lo cierto fue que Lisi no apareció el resto de la tarde y eso lo pude saber  porque después de arrancar de la indignación de la gorda anticuaria arranqué a mil por hora y me pasé la tarde espiando a mis nuevas viejas  amigas desde la cafetería. La señorita Lisístrata, por su parte, se arrebató de tanta furia y pasó la tarde dormida en el sillón favorito de su gata. A mí, desde lejos, me parecía que ronroneaba.

Para evitar nuevos enojos,  no volví a preguntar por las gatas ausentes, lo que no quitaba que estuviera pendiente de sus idas y venidas. A veces desaparecía Penny, otras Gertie y en ocasiones cualquiera de ellas se esfumaba en compañía de alguna de las damas. Lo cierto era que ya estaba segura de algo: nunca se las podía ver a las seis juntas.

A medida que avanzaba el verano, me convertí en la lectora principal de obituarios. Si alguno parecía especialmente interesante debía marcarlos con un scripto rojo. Todo era interesante y misterioso y yo me sentía muy importante colaborando en una misión tan delicada.

La lectura se suspendía de inmediato con el ingreso de un cliente, especialmente,  si se trataba de una persona mayor. Cierto que los clientes de las anticuarias eran como sus artículos, tan viejos que parecían arrancados directamente de una pirámide. Algunos parecían centenarios, como el Sr. Avellaneda o don José de las Mercedes, o la señora viuda de Larrazabal.   Noté  también que las señoritas Pereira de Olivar consideraban de la mayor inconveniencia que sus  clientes importantes las sorprendieran con la página de obituarios en las manos. Yo no lo creía así,  hasta que un día descubrí la razón.

-…Comunicamos –leí- el triste fallecimiento de nuestro querido tío, hermano, primo, tío abuelo, etc, etc,  don Casiano Alonso Avellaneda de Artiagabeitía…

-¡Se nos fue Avellaneda! –dijo Penélope saltando con la agilidad de un gato  en su sillón tapizado de rojo.

-Y tú que apenas la semana pasada lo fuiste a ver – prosiguió Gertrudis.

Lisístrata las taladró con su mirada azul haciendo que se sentaran muy serias y contritas.

-Hace tiempo que estaba mal, el pobre –comentó luego.

La Srta. Penélope agarró su bolso y se marchó precipitadamente mientras decía:

-Tengo que  estar presente en ese velorio.

Yo recordaba perfectamente que el señor Avellaneda las había visitado un día de la semana pasada, vestido de punta en blanco con un traje de lino  y una camisa de listas rosadas. Era imposible olvidarse de su corbata de mariposa y su clavel en la solapa. ¡En toda mi vida nunca había visto algo así! Además, recordaba perfectamente que él estaba muy animado y antes de marcharse con el mejor florero de cristal de Bohemia en una mano, había estirado la otra para agarrar y besar la mano de Lisístrata,  recordándole que la estaría esperando al día siguiente.  Visitar a las señoritas Pereira era como estar en una película histórica y siempre con un ligero aroma a naftalina de fondo.

-Es cierto que se veía muy bien –comenté.

Las ancianas, muy apenadas, permanecieron en silencio sepulcral, que al rato interrumpieron para entablar una encendida discusión sobre un tema de vital importancia: quién de ellas se encargaría de visitar a los herederos.

-¡Alguien ha visto el  abanico de marfil que le compré a la Tilita? –preguntó Penélope. Escarbaba en un cajón echando todo al suelo sin dar con lo que necesitaba.

-No me digas que se perdió también –dijo, enojada, Gertrudis.

-Ya van siendo  demasiadas las cosas que se pierden, los duendes nos tienen de caseras –retrucó Lisístrata.

-Pues vamos a tener que hacer algo. Ese abanico lo compré hace  siglos, es mi regalón y no lo voy a dar por perdido –rabió Penélope, que ahora echaba todo dentro del cajón en el más perfecto desorden. Tenemos que arreglar esto, ya no podemos seguir con este problema.

Yo podría hacerles un inventario si tuvieran un computador –propuse-, usados salen baratos.

Hace tiempo que tomo clases en el cole y me encanta la computación. Además, si ellas tuvieran un PC yo podría practicar mientras les ayudo.

-Esos aparatos son como las armas, Toni querida –dijo Lisístrata, los carga el diablo.

-Nada de eso, todo es mucho más fácil con uno de ellos, mi profe de computación dice que son la mejor herramienta del mundo moderno – defendí mi idea lo mejor que pude, pero me sabía derrotada antes de empezar.

-No para nosotras, Antonia, lo importante es ordenar y buscar lo que se ha extraviado en el caos –dijo Penélope. No voy  a parar hasta que aparezca mi abanico.

Y se puso a dar vuelta el contenido del ropero con la luna cuarteada. Casi de inmediato se tocó la cabeza con las manos y se puso de pie saliendo a toda prisa del local.

La Srta Lisístrata intervino para  volver atrás la conversación. ¿Acaso nadie se acordaba del pobre Avellaneda? El pobre, todavía no lo habían sepultado y ya estaban olvidándolo por un computador. Lisístrata decía computador como si escupiera la palabra, parecía que hablaba de un monstruo mitológico o una serpiente venenosa. Debían recordar, añadió, que Avellaneda sólo había dejado una heredera: su ya anciana sobrina, Eduvigis.

Entretanto, la gata Penny había llegado y se subió al sofá. Gertrudis  cloqueó como gallina vieja de puro placer, sería estupendo hacer negocios con una dama.

-…Una dama viuda, con hijos codiciosos –especificó Gertrudis-. Avellaneda no podía soportarlos porque siempre le estaban enviando a su sobrina con intención de conseguir piezas de la   herencia por adelantado.

-¡Imperdonable, qué fea es la avaricia! –Comentó Lisístrata acariciando el lomo erizado de Penny, que había aparecido sin que yo me diera cuenta cómo. . Indignada por alguna razón que yo no podía entender, Penny  lanzó unos maullidos tan agudos que herían los oídos.

Y entonces, para mi sorpresa, la Srta. Gertrudis le palmeó el lomo afectuosamente y dijo.

-Claro, por supuesto, tienes toda la razón, querida.

Yo debo haberla mirado como quién se topa con un extraterrestre.

-¿Está hablando con Penny, Srta. Getrudis? -pregunté

La anciana me miró como si me viera por primera vez y luego, con expresión de disgusto, respondió:

-¿Acaso tú no hablas con tu perro, Antonia?

Había algo frío y metálico en su voz, de manera que yo, que estaba a punto de decir que no, por supuesto, preferí quedarme callada; sin duda fue lo mejor que pude haber hecho, porque se había hecho un silencio tan espeso como para ser cortado con cuchillo. Incluso Penny, como si hubiera entendido el punto, saltó al suelo y se puso a buscar un rincón para dormir la siesta en el ropero. Las cosas se relajaron al rato y media hora después, terminada la lectura de obituarios, la Srta. Gertrudis se marchó sin despedirse.

-Creo que es mejor que vayas a ver a tu madre, querida –recomendó Lisístrata.- parece que tiene mucho trabajo.

No era cierto, pero opté por obedecerla, era evidente que estaba sentida conmigo aunque yo no podía entender por qué. Ya en la cafetería, me instalé frente a la caja mientras mamá leía el diario. De pronto, sentí un roce sedoso en las piernas. ¡Era Penny, que se restregaba suavemente junto a mi!   La  acaricié y la subí sobre mis rodillas. Penny me miró con sus ojos amarillos, muy seria, como si también estuviese enojada conmigo, maullaba suavemente con los ojos clavados en los míos, después saltó al piso y se marchó.

-Sabes mamá. Creo que Penny quería decirme algo, estaba muy extraña –dije

-Creo que tienes que ver menos a esas viejitas, Antonia, si no, vas a terminar más rara que ellas, lo que es mucho – rió mamá.

-Qué pesada eres, mamá- yo estaba indignada, cómo se le ocurre decirme algo así.

Y  luego salí a dar una vuelta por la galería. No quería ver a  mamá burlándose de mis amigas viejas, pero tampoco quería pasar por el local de las ancianas. Necesitaba pensar en lo que había sucedido con Penny. ¿Qué era la que quería la minina? Estaba preocupada, eso era evidente, por algo había ido a buscarme. Algo muy serio debía estar sucediendo a las tres hermanas. Y tarde o temprano, yo iba a saberlo, porque desde ese día en adelante,  estaba decidida a comenzar una nueva etapa en mi relación con las hermanas Pereira de Olivar. Una etapa en la que todos los secretos deberían ser revelados. Porque la amistad es sinceridad ¿o no?

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