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Posts Tagged ‘animales’

Zorzalina quedó bastante sentida con Golondrisa Petrucciani. Cada vez que veía disminuir  su provisión de chocolates Hanstord un pequeño ataque estaba a punto de producírsele. Golondrisa no se daba por enterada. ¡Incluso tuvo la desvergüenza de ofrecerle una caja a precio de costo!

Zorzalo no estaba mucho mejor. Las incursiones de los Palomérez y los Gorriontínez  habían llegado a tal punto de agresividad que su habitual  timidez estaba convirtiéndose en una especie de furia depresiva, que amenazaba con hacer explosión  en el momento menos pensado.  Zorzalo era  pájaro desprendido, le encantaba que su jardín estuviera siempre tan bien provisto para que el pajarerío del barrio no sufriera privaciones, pero la falta de respeto de Palomingo Palomérez estaba llegando a un extremo insoportable para él. ¡Dos días atrás había sido capaz de picotear la cola bifurcada de Golondrisa Petrucciani, su amiga e invitada personal!  Por suerte, Palomingo cometió esta barbaridad justo cuando se acababa  el almuerzo,  por lo que salió volando de inmediato y al otro día a  Zorzalo, que tiene cabeza de pájaro, ya se le había olvidado todo lo ocurrido.  Zorzalina, en cambio, que sí tenía muy buena memoria, se sintió secretamente satisfecha. Al fin su honor había sido vengado, aunque fuera por ese cargante de Palomingo Palomérez.

Las cosas podrían haber seguido en calma, si el destino no hubiera tenido otras intenciones. Se acercaba el cumpleaños de  Zorzalo, de manera que los amigos de la calle Queltehues decidieron prepararle una fiesta sorpresa.

Los preparativos se hicieron en un secreto tan profundo que  Zorzalo anduvo toda la semana deprimido porque su amada Zorzalina había olvidado su cumpleaños. Los amigos, bueno, ellos no tenían por qué saberlo, pero su propia esposa, que ella lo olvidara era casi tan terrible como enterrarse una espina de nopal en el corazón.

Para que  Zorzalo no se percatase de lo que estaba preparándose, Zorzalina fingió estar preocupada por sus ataques, pidió hora para una consulta con el  doctor Lechuzo Chunchón  y  obligó a su marido a soportar  una hora en la sala de espera.  Zorzalo, con resignación,  soportó su pena y las aburridas quejas de Tortolita Gómez,  tía de las Tortolatti, más que conocida como una hipocondríaca exasperante.

Como si eso fuera poco, el doctor Chunchón, que no estaba al tanto de la fiesta sorpresa, se tomó muy en serio el chequeo médico de  Zorzalina; le revisó las plumas una por una,  le encontró un poco de stress y sobrepeso de diez gramos y le recomendó  practicar media hora de vuelo después de cada comida.  Así pues, cuando   Zorzalo se libró de Tortolita Gómez no tuvo más remedio que tragarse  todo el rosario de preocupaciones de su esposa.

-La Bodega va a ser mi perdición -Se lamentaba  Zorzalina-, mañana mismo me pongo a dieta. ¿Cuál será mejor, la de la luna o la de la avena? ¿Qué crees tú, Zorzalo?

Zorzalo, corroído por la melancolía, no emitía pitido.

Pasaban de las dos cuando se posaron sobre el balcón de su nido. Zorzalina  explicó que le dolía la cabeza y se iría a reposar y lo dejó solo. No había un alma en el jardín.  Zorzalo decidió preparar las cosas para cuando la vecina llenara el plato  otra vez,  de manera que bajó la escalera de hiedra con sus ágiles saltitos. Ya estaba llegando al césped cuando de entre las ramas aparecieron sus amigos batiendo alas y gritando como  locos:

-¡Sorpresa, sorpresa, feliz cumpleaños  Zorzalo!

Zorzalo pasó del tremendo susto a  la más absoluta felicidad. ¡No se habían olvidado de él! Su amada Zorzalina le puso al cuello una bufanda de flores de madreselva y le susurró lo mucho que lo amaba, Juanito Chincólez le regaló las Obras Completas de Sir  Arthur Chercan  Bird; Golondrisa Petrucciani,   las Cuatro Estaciones de Píovaldi interpretadas por la  Orquesta de Cámara de los Ruiseñores;  Leotordo,  una caja  de tintos Santa Tordoliana de Lontué envejecidos en barricas de palo de rosa y Martín Escolibrí, seis botellas de su reserva de mieles escogidas. Vinieron tantos vecinos que Zorzalina no hallaba dónde guardar tanto chanchito y tanto pulgón. Todos sus amigos estaban allí. Hubo abrazos,  cantos y una que otra fuga masiva cuando la humana del número cinco trajo, por tres veces consecutivas, un surtido de semillas finas para reponer  la Bodega. La tarde no podía ser más feliz.

Pero el destino había decidido otra cosa.  Aunque ellos lo ignoraban, los alegres  festejantes  estaban siendo espiados desde la copa del maitén. Unos ojos negros, brillantes como ascuas, seguían sus bailes y planeos, y si don Zorzalo hubiera sabido a quién pertenecían esas pupilas  frías y crueles, habría volado a refugiarse en el rincón más oculto de su nido de cuatro habitaciones.

Demasiada felicidad. ¿Qué se creían esos pájaros de mala muerte? Mañana, pasado, ahora mismo podía él salir de caza y acabar con media docena de ellos, si quisiera. Dónde se había visto que los pájarillos tuvieran bodega de alimentos, que ya no tuvieran que exponerse buscando sus granos por  el vecindario. ¡Las avecillas miserables con la panza a reventar mientras él  tenía que conformarse con lagartijas y ratones!

A esto había que ponerle coto. Primero  que nada,  desunirlos. Nada más débil que un puñado de pajarillos que andan cada uno por su cuenta. Segundo, quitarles la comida, muertos de hambre no tendrían ánimo para nada. Tercero, atacarlos con todo. y para eso, nadie mejor que él,   el Capitán Tiuquemante. Qué se había creído,  ese Zorzalo López. En este barrio,  nadie más podía  piar fuerte.

El   Capitán   Tiuquemante desplegó su alas y planeó sobre la alegre reunión. Su sombra desató uno que otro movimiento inquieto, pero eso fue todo.  Los  invitados siguieron bailando y  picoteando alpiste.  Indignado por esa manifestación de independencia, el Capitán enrumbó directamente hacia los tejados de la calle Caiquenes.  Si se trataba de hambrear al vecindario,  Palomingo Palomérez y Volantín Gorriontínez eran los más indicados.

El Capitán  Tiuquemante  no necesitó decir mucho con su voz sibilina para que   Palomingo  montase en cólera.

-Los escuché perfectamente, Palomingo, viejo amigo. ¿No vé que yo vivo al frente?  Zorzalo López  lo dijo a voz en cuello: “En este jardín, desde hoy en adelante, sólo comen mis amigos”.

Palomingo estaba rojo de indignación. ¡Qué avaricia, qué iniquidad, habiendo tanta paloma hambrienta en este mundo y tan pocas plazas con jubilados… a dónde  íbamos a parar las aves  si los jubilados ya no quieren actuar como es debido alimentando palomas en las plazas y unos pocos privilegiados se apropian  los comedores para aves en  beneficio propio!

-…No se olvide de contarle a Volantín Gorriontínez.- Deslizó el capitán.

-¡Por supuesto que le voy a contar, ahora mismo, ya verá ese engreído de Zorzalo López, ya verá!

Palomingo partió hecho un cohete, seguido de toda la familia Palomérez.  Contemplar la alegre algarabía de los pájaros en la Bodega lo había puesto de un humor terrible.

Entre tanto, nuevas visitas se sumaban al festejo. Don Federico Chercanmán y su familia, los Diucamingo, la familia Chirihuez.  Zorzalina no se daba abasto para guardar tantos regalos en la despensa. Y su marido,  pobre Zorzalo López,  estaba muy lejos de imaginar que su hermosa fiesta de cumpleaños sería mucho más sorpresiva y absolutamente más ingrata de lo esperado.

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Diez días después, mientras leía el diario,  Zorzalo escuchó la campanilla de su nido, dejó el Correo Alado  sobre su poltrona y fue a abrir la puerta. Allí, con una caja forrada en papel de estraza bajo el ala derecha se encontraba Leotordo Trillo.

-Dónde está doña Zorzalina.-Preguntó.

Y cuando ella vino a saludarlo le entregó con toda clase de ceremonias y zalemas la caja, que estaba timbrada por  Golondrina Courier.

-¡Mis chocolates, Leotordo, es usted tan encantador! -pió doña Zorzalina.

Todos estaban felices, abrieron la caja y se dieron un banquete de chocolates suizos sin dejar de agradecerle a Leotordo su última gentileza. Éste, que era un genuino caballero, estaba más que acholado con tanto halago.  Cuando a doña Zorzalina le pareció que ya había comido suficiente, guardó la caja bajo siete llaves y trajo jugo de rosamiel y   galletas de semilla de amapolas.  ¡No fuera a ser cosa que se devoraran sus bienamados chocolates suizos del primo Hanstord!

Al día siguiente, cuando terminaron el almuerzo, Mari Loica Huenumán se llevó a   Zorzalina con todo secreto hacia el lado de las azucenas y le susurró:

-Mira qué cosa más deliciosa tengo para que comamos.

Y le ofreció una barra de chocolate suizo marca Hanstord.

-¿Cómo lo conseguiste? -preguntó doña Zorzalina.

-Una ganga, niña, ayer pasó  Golondrisa por mi nido y se lo compré. Seguramente también va a venir a ofrecerte.

Zorzalina terminó por enterarse de que todo el vecindario estaba comiendo chocolates Hanstord y que Golondrisa Petrucciani había conseguido la representación de la marca para toda Terrandina.

-En seis meses recupero la inversión y de ahí en adelante, puras ganancias.- Le explicó la Petrucciani con todo descaro.

Zorzalina consideró una ventaja poder comprar los chocolates, pero cuando le preguntó a la Petrucciani el precio de la barra estuvo a un tris de atacarse nuevamente. Decidió entonces que los conseguiría más baratos por intermedio de Leotordo; él era tan amable que seguramente le daría la dirección de su primo para encargarlos.

Leotordo le explicó que el primo Hanstord le había cedido los derechos de venta a Golondrisa de manera que ya no podía traerlos por su cuenta. Al parecer su primo Hanstord estaba muy contento de haber podido abrir este nuevo mercado.

-Pero para qué se molesta, querida Zorzalina, llame a Golondrisa, que está haciendo reparto gratis  a domicilio. ¡Ah, también me pidió la dirección del primo Eustordo, parece que quiere la representación de la viña Santa Tordoliana de Lontué.

Estamos fritos -dijo  Zorzalo cuando su mujer le explicó lo sucedido-, nunca más vamos a tomar esos tintos tan buenos.

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Querido lector,  desde hace casi un año, más de veinte mil personas han  leído nuestros zoocuentos haciendo de ellos  su lectura favorita en este blog. El más leído, lejos, es el que cuenta la historia del Panda Mayor, y le siguen sin dar tregua el Rinoceronte, el Quirquincho, el Hipopótamo, el Salmón, el Dromedario e incluso el Demonio de Tasmania. Tejón y Topo no se quedan atrás.

Les agradecemos una vez más su lealtad como lectores. Salvo  dos comentario ingratos a todos les gustan los relatos sobre la fauna y esperamos  continuar  entregándoles lectura placentera. Pero tenemos algo que proponerles:

¿Qué tal si ustedes eligen el animal que deberá ser investigado? Después de estudiarlo,  escribiremos un cuento para ustedes. Ese es el trato. Esperamos sus propuestas  para trabajar en ellas. Amamos la vida silvestre, queremos que el hombre la trate con respeto y estos cuentos van en esa dirección.  De paso, agradecemos a las personas que ceden sus imágenes generosamente a través de flickr y nos permiten entregarles un blog mucho más atractivo. Nos vemos.  

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181486931_b360f7dc3fOficialmente, ningún funcionario del Creador o La Naturaleza ha reconocido  su responsabilidad en el asunto; además, los Babuinos son sumamente desmemoriados, de manera que nadie recuerda  quién fue el desconsiderado que les hizo probar la goma de mascar de fresa por  primera vez.

-Esto es algo que el Hombre ideará por allá por el siglo XX –dijo el culpable-,  me parece muy rica…¿Quieren probarla?

Nada más probarla los Babuinos, una terrible adicción a la goma de mascar de fresa  corrió entre ellos como un reguero de pólvora. Donde uno mirase, allí había un babuino comiendo goma de mascar de fresa. Para  qué contarles las proezas que hacían para conseguirla, considerando que todavía no se había inventado.

Al principio fue divertido.  Nadie que masque goma de mascar  podrá evitar verse un poco ridículo y si  uno tiene los colmillos del tamaño de los de  un Babuino,  ya pueden imaginar la escena. Hilarante, eso dijeron  de ellos los Leones y en menos que canta un gallo,  eran la comidilla de toda la fauna africana.

Los Babuinos son animales muy sociables, pero su vida social se reduce estrictamente a…los demás Babuinos. Por esa razón, tardaron bastante en hacerse cargo de  que los demás animales los consideraban ridículos y aún después de que todos se reían de ellos,  a decir verdad, les importó bien poco. ¡Es que las gomas de mascar de fresa  compensaban  cualquier mal rato, tan deliciosas como eran!

De modo que iban por allí  haciendo  globos color rosa y encontrando muy divertido cuando estos se reventaban y quedaban adheridos a su nariz, sus orejas, el árbol más cercano o algún desdichado animal que tuviese la mala suerte de ir pasando en ese mismo momento.  No había quien no estuviese  furioso con ellos, pero los Babuinos arrojaban su  goma de mascar ya sin sabor al suelo y sacaban otra que empezaban a masticar de inmediato. 

Cuando adquirieron esta pésima costumbre (porque antes tenían otra igual de mala, pegarlos a las rocas o los troncos de los árboles) el malestar  de la fauna salvaje alcanzó ribetes insospechados: ¿Cómo podía  León  conservar su majestuosidad con la  melena  pegoteada? ¿Qué gracia  tenía el caminar de la Jirafa cuando  una  pata  pegajosa la forzaba a cojear? ¿Cómo podía una Gacela conservar su vida cuando, apenas  ponía patas en polvorosa,  pisaba una goma de mascar y se iba de bruces  delante de las Hienas o los Licaones?

Y ya saben como es la burocracia: tanto El Creador como La Naturaleza estaban conscientes del problema, pero  ninguno quería resolverlo para no ser acusado de ser el causante del problema.

Lo peor es que, en esos tiempos primigenios, los Babuinos vivían en los mejores terrenos de la sabana y ocupaban los mejores bosques de acacias.  La contaminación por goma de mascar de fresa amenazaba con la destrucción del hábitat y ponía en jaque la industria turística. ¿Quién querría pasear  por  el Ngorongoro a riesgo de pisar, o peor aún, sentarse, en una goma blanducha y ennegrecida por el sol?

Toda clase de quejas se presentaron en las respectivas oficinas de partes, sin embargo,conscientes de lo  demorosas que suelen ser estas apelaciones,  los animales salvajes prefirieron esperar con calma. Ya llegaría tiempo, en un par de millones de años, de recibir la anhelada solución.

Entretanto, la vida en la selva seguía su curso normal. Aparecían nuevas especies, los antepasados del Hombre se paseaban por las canteras de Olduvai y a las sequías les sobrevenían  copiosas lluvias.  Los Babuinos incluso tenían ahora  nuevos sistemas para conseguir su bocado favorito, de manera que la mitad de África estaba cubierta de  goma de mascar pegajosa a la espera de nuevas víctimas.

Por desgracia, ese año los aguaceros que sucedieron a la sequía fueron tan abundantes que numerosos animales murieron ahogados. Consciente del error y preocupado por  los estragos, El Creador  decidió ver la situación con sus propios ojos. 

Todo un día recorrió la zona, llegando a la conclusión de que los reportes eran un tanto exagerados,  las aguas estaban alcanzando niveles normales y todos estaban felices porque las nuevas pasturas proporcionaban  comida a todas las especies,  engordando a la vez las presas de los carnívoros.

Sucedió  que, cansado de tanta caminata, El Creador tuvo la  mala idea de sentarse a descansar bajo la sombra de unos árboles; corría una deliciosa brisa y aprovechó de  descabezar una siesta.

 Cuando fue a levantarse,  descubrió sorprendido que estaba pegado  al suelo. ¡Se había  dormido sobre un botadero de goma de mascar!

Tratando de quitársela de su mejor  túnica, terminó por esparcirla en sus sandalias y su báculo y, como si fuera poco,  en  la larga cabellera de la que siempre ha  estado tan orgulloso (si no me creen, vean la Capilla Sixtina)

  Para qué les digo el trabajo que tuvieron allá arriba tratando de dejarlo presentable otra vez. Lástima que parte de su pelo debió ser cortado, porque no hubo manera de quitar la goma de mascar. Ya de regreso en sus funciones, El Creador ni siquiera alcanzó a redactar un decreto, estaba tan furioso que lanzó su condena  con un vozarrón que se escuchó en todas las esquinas del universo conocido:

-¡PARA QUE NUNCA OLVIDEN LAS CONSECUENCIAS DE SU DESACATO Y FALTA DE CONSIDERACION, LOS CONDENO A LLEVAR  LA GOMA DE MASCAR EN SUS TRASEROS HASTA EL FIN DE LOS DIAS! – explotó.

Inmediatamente, los traseros de los Babuinos comenzaron a crecer y a tomar un  vistoso color fucsia, adquiriendo la apariencia de una gran goma de mascar húmeda,  pegoteada e inflada.

Lo que al principio fue una tragedia, se vio aminorado por el hecho de que las hembras  lo consideraron muy atractivo y comenzaron a elegir a sus parejas  en razón de lo muy rosada y vistosa que tenía su zona posterior.  Eso les sirvió de consuelo a los machos, pero  tanto rieron los animales salvajes a costa de ellos, que terminaron por mudarse a los más empinados roqueríos y allí, lejos de los demás, se olvidaron totalmente de la goma de mascar de fresa. Ni siquiera  quieren oír hablar de ella.

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116521611_00f2d8507cDesde los primeros tiempos de su existencia, los hipocampos  mostraron una veta romántica que no los abandonaría jamás.

Al comienzo, ese romanticismo se traducía en una serie interminable de amoríos. Los  machos de la especie eran unos  rompecorazones e iban por  los mares de Dios enamorando  a sus pequeñas congéneres  como si el mundo se fuera a acabar al día siguiente. Las chicas sufrían en silencio  su vocación de Casanovas y criaban a sus pequeñuelos sin una queja…pero solas.  Valientemente, ellas salían adelante, pero las crías resultaban cada día más rebeldes y no pocas veces, tomaban el mal camino causándoles muchos sufrimientos a sus madres.

Pero un día cualquiera, en el comienzo de los tiempos,  un hipocampo más romántico que lo usual, se enamoró locamente de una bella hembrita de colita coquetona.  Tanta era su pasión, que  la persiguió por los siete mares rogándole que le concediera su colita; ella, que había visto los sufrimientos  de su madre, estaba decidida a seguir soltera y se le escurría entre las algas, rechazaba los deliciosos copépodos que el apasionado galán le regalaba y  finalmente, cansada de tanta persecusión, le escribió una  fría carta:

“Cansada de  esconderme, estimado señor hipocampo, le informo que he decidido permanecer soltera para evitarme los dolores de un corazón destrozado por otro amante fugaz. No insista.”

Apenas leídas estas gélidas letras, nuestro héroe rompió en llanto.  ¡Justo a él, que amaba sin límites, le tocaba en suerte esta  caballita de mar tan  orgullosa y tan  decidida a evitarse sufrimientos!

Pasaban  los días y la bella  de esta historia recibía toda clase de tristes recados: “Está tan delgado,  parece que quisiera morirse de hambre”, decía un amigo, “Ay, pero si parece alma en pena”, comentaba otro.

-Ya se le pasará –decía la causante de tanto dolor- , apenas conozca a otra, se olvidará de mí.

Pero  el tiempo pasaba y la tan esperada hipocampo que habría de reemplazarla en el corazón del dolido caballito de mar, no apareció. Peor aún,  nuestro hipocampo,   loco de amor, decidió entregarse en brazos de la muerte y, escribiendo una bella carta de adiós  en un pétalo de anémona marina, se despidió de su amada y partió al encuentro de unos  pescadores chinos, enemigos mortales de los hipocampos que tienen en peligro su población  con su grosera insistencia de envasarlos como medicamento exótico.

Por fortuna, el mensajero, sabedor de sus intenciones, galopó por las aguas y entregó rápidamente el mensaje. La bella hipocampo, desesperada y con su corazón conmovido por la tenacidad de su amante,  partió a salvarlo.

-¡Detente –le gritó cuando ya estaba a punto de ser atrapado-, si tú estás dispuesto a morir por mi amor,  yo no puedo menos que vivir para el tuyo!

Dichoso, y sin pensarlo mucho, él le juró amor eterno, y  fidelidad absoluta y  como no le pareció suficiente, se comprometió a compartir los dolores de la paternidad haciéndose cargo de la incubación de sus futuros  hijos.

Al día siguiente, en romántica ceremonia, prometieron ante Neptuno que se amarían  hasta el último día de sus vidas.

Y, como ya les dije, los hipocampos  tenían  vocación romántica. Apenas su historia se conoció,  todos querían imitarlos.  Los romances de un día  comenzaron a ser de mal tono y en poco tiempo la monogamia era la única  regla aceptable para ellos.  Además, ahora que los machos se encargaban de la incubación de las crías, consideraron que una esposa era más que suficiente para ellos.

Tan bellas historias de amor se dieron  entre los hipocampos que el Creador y la Naturaleza solían ponerlos como ejemplo en sus  mensajes y manuales, y ellos,  orgullosos, añadieron una nueva condición a sus  amores: cada vez que un hipocampo perdiera su pareja, el otro moriría de amor.

Por eso, cuando estés nadando y te topes con uno, no cometas el error de  capturarlo o llevarás dos muertes en tu conciencia, una,  la del hipocampo que te llevaste y otra, la del que se murió de amor.

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Querido lector, esta es la sorpresa que te teníamos para el viernes: Por qué las hienas ríen sin motivo. Muchas teorías se han esbozado al respecto, pero si tú querías saber la verdad,  sólo  tienes una oportunidad. Y está en nuestras páginas.

Nos vemos.

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El rastreador observó atentamente las huellas y un relámpago de satisfacción cruzó sus ojos.  El rastreador se puso de pie e hizo señas con su lanza.  A lo lejos se veía un grupo de figuras empequeñecidas por la distancia y cuando  estas cambiaron de rumbo  acercándose hacia él, el rastreador saltó de alegría.

Pronto estuvieron a su lado.  Se trataba de un grupo de cazadores armados de lanzas y macanas, que se arrodilló a oler las huellas y a palparlas  para determinar su frescura. Después todos se incorporaron y hablaron a un tiempo, contentos como niños por lo que acababan de ver con sus propios ojos.  Ahora  el clan sabe que una manada de mastodontes se dirige hacia el sur del Valle Verde, una manada que hace menos de dos lunas pasó por aquí.  La  manada de Ranú.                  Ranú, la mastodonte alfa,   ignora la presencia de los cazadores, ni siquiera imagina lo importante que es su manada para  que los pequeños sobrevivan,  pequeños, porque así llaman  los mastodontes a esos peligrosos demonios desnudos. 

Kuma, el rastreador y jefe del Clan, sabe que sólo la carne de un mastodonte puede asegurar la vida de todos durante el invierno que se aproxima.  El  rastreador    miró  las huellas que las patas de los mastodontes habían impreso en el terreno y mostró  sus dedos velludos y  sucios al grupo para hacerles saber que había  tantas  presas  como  dedos de una mano.  La codicia brilló en los ojos del Clan.

– Habrá comida y pieles en abundancia-  repitieron unos a otros.

Kuma  no mostró las dos manos. Hace mucho tiempo que Kuma no detecta manadas de dos manos. Cada mañana, cuando el sol aparece,  menos presas  asoman  sobre la tierra. Kuma sospecha  que las grandes presas se han marchado lejos.  Quizás  cruzaron el camino de los hielos y  regresaron a las tierras de los ancestros, quizás sirvieron de alimento a otros  clanes, quizás se  quedaron dormidos para siempre. Kuma sabe que pequeños y bestias se duermen para siempre  cuando ya están muy cansados de caminar sobre la tierra y no quiere que le ocurra eso a él, a su mujer, o a su hijo;  por eso, Kuma duerme con un ojo y conserva el otro alerta a los ruidos de la noche. 

Kuma olfatea el viento. Mil  olores se atropellan en su nariz. La hierba fresca, la hierba seca, la tierra mojada y el agua descompuesta del pantano. Emplumados, muchos emplumados, algunos de buen tamaño, que suelen cazar para alimento. No hay ciervos del pantano, no hay eohippos, no hay  mastodontes, pero Kuma  huele su boñiga reciente. Inmediatamente se ponen en su busca y dan con ella no lejos de allí. Kuma sigue tratando de encontrar sus rastros. Nada. Los mastodontes ya están demasiado lejos para olerlos, pero no lo suficiente para que sus excrementos estén resecos.

–         Pronto los alcanzaremos –dice Kuma-,  hay que estar preparados.

El Clan confía en Kuma y obedece sus órdenes sin chistar. Regresan esperanzados al campamento. Allí se percibe fácilmente la falta de alimento. Los Cazadores afilan lanzas y  cuchillos y las mujeres  pasan el día de rodillas  escarbando la tierra en busca de raíces e insectos para matar el hambre.  Hoy, sin embargo, el clan presiente que las dificultades están por terminar; ahora que Kuma está sobre las huellas de los mastodontes, pronto  habrá carne para todos.

 La manada de Ranú lo ignora, pero su destino ya está trazado en las estrellas: una luna, dos quizás, y el Clan estará sobre  ellos. Hace  muchas  lunas que el Clan  no prueba el dulce sabor de la sangre fresca, muchas  lunas que el clan araña la tierra en busca de raíces o roe pacientemente las últimas tiras de carne seca. Maimai, la hembra joven,  casi no puede alimentar a su cría, porque el hambre y el frío le han secado los pechos. La cría gime suavemente, ya no tiene fuerzas. Maimai muerde las raíces dulces que arrancó de la tierra helada  y hace con ellas una papilla, que luego va introduciendo con la lengua en la boca de su cría.  Ambas tienen hambre. Maimai sabe que las criaturas mueren cuando llegan el frío y el hambre. Ella ya ha perdido suficientes crías, esta vez, la cría debe resistir. Especialmente porque la nueva cría es un macho y, si vive, será cazador y proveerá a Maimai cuando ésta ya no tenga dientes para preparar los cueros con que se abriga el clan  o para moler las raíces y granos.

El Viejo de las Palabras tampoco tiene fuerzas para abrir la boca. La comida es, primero,  para los cazadores, después para las hembras que crían y los niños. Sólo  al final se alimentan los viejos. Todas las noches, junto al fuego, el Clan se calienta los huesos y ahuyenta sus temores escuchando las historias del viejo de las palabras. Ya nadie recuerda su nombre, quizás hasta él lo ha olvidado también. Hace  muchas lunas que  el viejo  dejó de  ser un cazador y muchas más lunas aún desde que murieron los que lo amaban; sin embargo, todos conocen sus historias y de tanto escucharlas podrían repetir algunas, palabra por palabra. Cuando el viejo de las palabras pinta de magia la noche, los  cazadores, satisfechos,  le dan trozos de su carne seca  para que llene la tripa.  Todos duermen   guarecidos en  alguna cueva y los cazadores se alternan para cuidar del fuego y el grupo. De ambos depende la vida de todos.  Un cazador  que se encuentre solo no sobreviviría,  sin fuego, tampoco.

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