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Posts Tagged ‘amor’

Rana 1

Recordaba la imagen  que había visto tantas veces reflejada  en el agua, enamorado de ella,  pasaba las  noches lanzando suspiros. Desde su escondite, al verla pasar, le obsequiaba piropos cada vez más tiernos.

Cuca se preguntaba quién le prodigaba palabras tan bellas y atraída por las galanterías comenzó a sentir curiosidad.

— ¿Acaso no tienes valor para decirme de frente lo que sientes? —preguntó un día,  pero el silencio la  hizo alejarse. Hasta que en la siguiente ocasión él se hinchó y saltó.

— Soy yo, mi reina   —contestó en un arrullo, y haciendo reverencia, repitió las palabras que tantas veces había dicho.

— ¿Por qué no me hablaste de frente? ¡Me has cautivado!

La miró con los ojos desorbitados  en los que se reflejaba el correr de las aguas.

— ¿Acaso no te das cuenta por qué?

—No.

—Por mi rostro.

—No me importa el rostro, sino los sentimientos.

Torpemente la ciega rana se acercó al sapo. El croar inundó el río hasta levantar a los pájaros del bosque, que en su aletear desgranaron la noche. Solo un instante bastó, para escuchar el sonido de un beso.

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bebé

 

Dedicado a HIJO, pequeño sacrificado a los dos días de vida por un grupo de imbéciles asesinos. Ojalá hubieras sido hijo mío y de cada una de las madres que hoy día lloraron por ti.

HIJO

me llamó

y me tendió sus brazos cálidos, olía a rosas.

Las llamas mordían mi carne, la venda

que cubría mis labios callaba mi llanto.

Con sus manos de piel de durazno

calmó mi dolor.

HIJO,

repitió.

Que importa que no te hayan bautizado,

que nadie te llamara por tu nombre,

que intentaran ofenderte diciéndote Adefesio.

Tendí mis manitas,

aguardé sus besos ,

nadie sabrá de mí, pensé,

nadie sentirá mi miedo,

mi dolor, mi abandono.

HIJO,

volvió a decirme.

No temas,

aquí estoy yo, para ti, yo soy tu madre.

¿Ves? Ya no duele.

Ven aquí, acurrúcate en mis brazos.

Me cubrió con pétalos blancos, me besó la frente.

Ahora me explicó, eres mío para siempre.

Y mi alma inocente se acomodó en los brazos de María.

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Queridos lectores, cada día el mundo que nos rodea es más complejo, si bien, aparentemente, es más pequeño y lleno de progresos que debieran facilitarnos la vida,  la rutina diaria es tan compleja que muchos deben afirmarse en drogas o medicamentos para seguir adelante. Antes nuestro mundo personal era más reducido, nuestras ambiciones, mínimas, nuestras opciones, escasas. Nadie soñaba con el éxito, término muy poco usado y entendido, nadie quería la fama. No importaba si éramos pobres, porque después de todo, éramos bienaventurados, teníamos Fe.

Por eso, con cariño, les digo gracias por detenerse a leer mis pensamientos, por darse un tiempo para meditar en algunas cosas, por  compartir mi amor y gratitud por la vida, por  proteger el regalo maravilloso que es el planeta, por amar a los animales que comparten con nosotros este enorme paraíso, por disfrutar con poemas simples, por reír de historias graciosas que no contienen ni maldad ni ira. Gracias por mantener  vuestros corazones sanos, puros como los de los niños. Si esta Navidad todavía hay muchos hombres y mujeres así, después de todo, las cosas no están tan mal. Todavía tenemos tiempo de cambiar lo errado, de acabar con las injusticias, de llenarnos de más amor todavía.

Feliz Navidad, amigos lectores, puede que algunos de ustedes ni siquiera crean en Jesús, que sientan molestia con tanta parafernalia comercial seudo navideña, y en eso, considérenme una más del grupo.  Pero, piénsenlo, aún si no fuera el hijo de Dios, Jesús sólo trajo cosas buenas al hombre. ¿Acaso no fue él quién nos invitó a amar, a ser generosos, humildes, sinceros y desinteresados? De no haber  existido, no cabe duda que deberíamos estar esperando por él.

Por eso, esta Nochebuena, cuando mi hija menor ponga la figura de Jesús en el pesebre, mientras todos nos abrazamos y besamos y rogamos a Dios por el futuro de nuestra familia, mi pensamiento estará con ustedes, pidiendo para que tengáis muchas Navidades más bajo la protección del Señor. Un abrazo

Alida y equipo del blog.

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A María, Jesús siempre le había parecido algo despistado. Era indudable que eso de ser hijo de Dios lo había afectado más de la cuenta.  María lo entendía perfectamente,  vívidos estaban, en su memoria, los terribles sentimientos de inseguridad, de pavor a lo desconocido, que la habían asaltado durante su  encuentro con el Ángel. ¿Cómo iba a enfrentar algo tan inconmensurable, tan difícil? ¿Sería capaz una simple mujer, como ella, de sacar adelante el proyecto divino? ¿No se habría equivocado Dios? Ella misma conocía varias mujeres con mucha más personalidad, de mayor belleza, inclus, de mejor cuna, que habrían  cumplido mucho mejor con ese papel. María había intentado hacerle entender sus razones al Ángel, pero él había descartado de plano todas sus dudas.

Y después, María recordaba claramente la sensación de plenitud y calma que Dios, por intermedio de su emisario, había hecho descender sobre  ella.  De pronto ya nada la preocupaba, ya se encargaría Dios Padre de José cuando llegara el momento de que supiera la verdad.  Y eso ocurriría en pocos meses, María sólo tenía que esperar, en calma, en silencio, orando. ¿Qué más podía hacer?  Ella era apenas una mujer, no habría argumentos válidos que pudiera esgrimir. Y si Dios Padre se equivocaba, bueno, aceptaría la muerte en su nombre. Y luego, tal como el Ángel se lo asegurara, todo había salido según el plan divino.

Con Jesús, por supuesto, las cosas eran muy distintas. María no tenía claro que su hijo hubiese recibido directamente la decisión de su Padre, aunque estaba claro que no era un  niño cualquiera. Recordó, algo avergonzada, la soltura con que su hijo había enfrentado a los rabinos en el templo, la dureza con que la había rechazado diciéndole que tenía que ocuparse de los designios de su Padre. ¿Cómo se había enterado?nunca había visto nada especial, ninguna situación diferente.  Imposible saberlo. Jesús era un niño  normal: ayudaba a José, su padre adoptivo,  en el taller de carpintería, cuando pequeño jugaba con otros niños, la ayudaba trayendo el agua, acarreando el grano. ¿Cómo había podido aprender todas esas cosas tan difíciles, cuándo, en qué momento?

Jesús cepillaba  unas tablas sobre el banco de carpintero, José le había dejado una gran cantidad de trabajo para hacer. Y allí estaba, con la mirada perdida en la lejanía. María podía ver que sus labios se movían apenas, como de costumbre, oraba. Los ojos de María se humedecieron. Pronto, ya su hijo se lo había advertido, debería  pasar un largo período de meditación. ¿Quién sabe qué le esperaba por delante, qué peligros iba a correr en el desierto, asediado por los chacales y las víboras, expuesto a los ladrones, que si no tenías nada que te pudieran arrebatar era casi seguro que acarrearían con él para obligarlo a integrar la banda!

María notó que su barbilla temblaba, que sus manos estaban engarfiadas. Mi hijo, pensó, mi hijo, no quiero que le suceda nada, yo quiero que sea feliz, que viva largos años, que me llene de nietos. ¿Qué futuro le aguarda a mi  Jesús?

Y entonces, como si la estuviera escuchando, Jesús detuvo  su tarea. El cepillo descansó sobre el banco y sus ojos inteligentes se volvieron hacia ella. Jesús sonrió. Su rostro noble  se llenó de luz y María sintió que una  oleada de paz llenaba su alma. Sus músculos se distendieron, sintió el aire más liviano, el tórrido sol refrescó y una suave brisa atravesó la casa haciendo sonar las cañas del techo.  Contenta, María devolvió la sonrisa  mientras pensaba que su hijo, su Jesús, era igual que su Padre, capaz de llenar de paz y amor el corazón de su madre con sólo desearlo.

Jesús se secó el sudor de la frente y retomó su tarea mientras pensaba:

-Pobre mamá, va a ser tan difícil para ella. Es lo único malo de todo.

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Me dicen Pepín, tengo poquitos años y no sé muchas cosas. Eso sí, tengo claro que a mis papás tengo que obedecerles, su palabra es sagrada y siempre hacen lo que dicen.

En estos días hay mucho alboroto en la casa, todo el mundo habla de la Navidad y no estoy my seguro si se trata de una señora que ayudará a mi mamá a ordenar la casa o si esa señora la va a acompañar a hacer las compras.

También he pensado que puede ser una nueva Nana para que me cuide, yo estoy queriendo que así sea, porque la Domitila no me gusta nada.  Demasiado gritona, cuando vamos a la plaza, ella se dedica a conversar con todas las personas que están allí y  justo cuando yo tengo ganas de subirme al columpio, ella me pega un grito para que no lo haga y también, cuando corro súper contento detrás de las palomas.

Cuando hago algo que a ella no lo gusta, me dice que  la  Navidad no me va a traer nada.  Yo no entiendo, porque si la Navidad es una buena persona, me va a tratar mejor que ella.  Lo que pasa es que no siempre entiendo muy bien a los grandes.  La Domitila es una pesada conmigo.

Todos en la casa cuchichean y me miran, se sonríen y no los comprendo, pero  estoy seguro que llegará pronto la famosa Navidad y que todo cambiará.

Como mi abuelita me enseño a rezar un poquito, hablé con el Niño Jesús y el ángel de la guarda, y les pedí, que no se olviden de mí y me envíen cuanto antes a la  Navidad y que se lleven a la Domitila. No es que no la quiera, pero estoy seguro que me va a gustar más la señora Navidad.

Hace unos días comenzaron a hablar del Viejo Pascuero en mi casa, en la tele, en las tiendas, y cuando apareció un abuelito vestido de rojo, mi mamá me dijo que él era el Viejo Pascuero.  Yo lo encuentro bien ridículo porque mi abuelito no se pone esos colores, además de eso usa un gorro que termina en una bolita blanca. Ah! Y también se ríe muy raro. Dice Jo! Jo! Jo!, ¡pero es divertido!

Siempre me repiten que el Viejo Pascuero no me va a traer regalos, especialmente la Domi cuando no me porto muy bien con ella.  No sé qué quiere decirme con eso de los regalos.

Mi papá alega que el famoso Viejo Pascuero, que todo el mundo lo conocía menos yo, dice que es muy interesado y que hay que pagarle para que traiga regalos y como él no tiene mucho dinero, me dice que a lo mejor no me va a poder traer nada, pero mi mamá me dijo que le escriba a ese abuelito de rojo para pedirle lo que me gustaría tener, igual en una de esas me lo trae.

Como yo no sé escribir, yo le dicté a mi mamá lo que le ponga en la carta : “que yo quiero a la Navidad en la casa”.  Ella me miró raro y finalmente me dijo que era una muy buena idea pedirle eso al Viejo Pascuero o al abuelito de rojo.

En las noches, como me cuesta quedarme dormido un poquito,  pienso en la señora Navidad.  Mi mamá dijo que iba a comprar un nacimiento con la Virgen, san José, el buey y el burro y que compraría un Niño Jesús muy lindo y eso me gustó mucho.

Y cumplió, bueno ella siempre cumple, hasta cuando me ofrece castigos. Hizo un hermoso pesebre, pero sin Niño Jesús.  Me explicó muchas veces, porque yo no podía entenderlo bien,  algo como que iba a aparecer  con la Navidad  y entonces me imaginé a mi nueva Nana con el niño Jesús en los brazos. Después de eso, me dormí profundamente.

Además del pesebre, yo le ayudé a mi papá a  armar un arbolito con luces y todo.  Me retó un poco porque me tropecé y rompí un montón de bolitas de colores. Yo creo que se rompían solas, pues casi, casi ni las toqué.  Igual todo quedó muy lindo.

Pasaron unos días y una tarde nos íbamos a quedar todos despiertos hasta que llegara el abuelito de rojo, pero se hizo de noche y no llegaba nunca, no aguanté más y me dormí, hasta que sentí que me zarandeaban y abrí los ojos.  Había un montón de regalos debajo del arbolito que había adornado con mi papá y mi mamá dijo que mientras yo dormía, el Viejo Pascuero o sea el abuelo de rojo, ese que se ríe Jo! Jo! Jo!, había colocado todo allí. ¡No lo podría creer!  Esperé tanto y al final ni pude ver al famoso caballero viejito.

Todos estaban muy contentos, me besaban, me abrazaban y hasta la Domitila me tomó y me apretaba como para estrujarme y me besaba la cabeza.  Parece que después de todo me quiere algo.  No terminaba de entender qué pasaba, toda la familia estaba re contenta.

Como mi mamá se puso muy comilona y está muy gorda  la Domi le ayuda a moverse.  Fue justo en ese momento en que me fijé que el Niño Dios estaba en el pesebre.  Corrí a verlo.  Fue en verdad como me dijo mi mamá, que aparecería de repente, ¡como magia!

Quería tocarlo y ya que él había aparecido así, como así, estaba seguro que me traería mi Nana.

Corrí donde mi mamá ella hizo un gran esfuerzo para tomarme en sus brazos y yo le dí un gran abrazo y un beso.

¿Saben lo que me dijo?  Pon tu mano en mi guatita y yo le obedecí y algo se movió en sus tripas.

Entonces me dijo, va a llegar una hermana, y eso me puso más que contento. ¿Sabes como se llamará? Pero era una pregunta muy complicada y no supe qué decirle.

María Natividad, lo soltó así no más y entonces yo creo que me confundí.

Me acordé de lo que le pedí al Niño Dios, quiere decir que él no me entendió,  estoy más que seguro que le pedí una Nana y no una hermana.

Pero es casi mejor. ¿Y si la Domi se pone más buena conmigo y mi hermanita  Navidad? Estoy muy feliz.  Ahora voy a tener con quién jugar.  Qué rico ¡estoy tan contento!

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Abuela está muy bien vestida esta tarde. Lleva puesto su traje de seda de la China  con estampado de rosas, una puntilla de hilo tejida a crochet y su broche de oro y ámbar. Se ve hermosa la abuela. Quizás sean los mágicos ocelos de Mignon los que le dan  a los de la anciana un especial brillo mientras  relata con acento misterioso: 

 

-La culpa de todo, la tiene mi madre. Mire que dejarme ir por la vida sin una advertencia siquiera, sin un  ¡cuidado!  Qué va, me ha dejado ir de fiestas, de pic nic, de playas y de excursiones sin decir agua va. Me levanta temprano, me da el desayuno en la cocina, me peina las trenzas y me envía al colegio con un bolsoncito de cuero del que estoy  muy orgullosa. Mi uniforme es una maravilla, usamos unos hermosos uniformes azules con cuello marinero y una gorrita de tripulante que todos los otros colegios nos envidian. A medida que uno crece puede ganar méritos y eso significa tener hermosos cordones dorados o jinetas de seda que se ven la mar de bien. Mi colegio es siempre el que mejor luce en los desfiles patrióticos.

Cada tarde, después de almuerzo y todavía con el uniforme del colegio puesto, parto yo a casa de la señorita Soto   a lidiar con el piano. No es que me guste mucho, pero mi madre siempre dice que una señorita no es tal si no puede acompañarse al piano cuando canta y yo soy una hija obediente, aunque corra por allí el ingrato rumor de que  atraigo las calamidades.

            Sea como sea, ya lo dije, no es mi culpa. Yo sólo hago lo que me dicen  y si mamá me hubiera aclarado el origen de mi nombre no tendríamos nada que lamentar. ¡Armida! Llama mamá,  y yo cruzo toda la casa para satisfacer sus deseos. Todo el día mamá siempre está  llamándome, hasta que terminé dándome cuenta de que lo que más le gusta de mí a mamá es el sonido de mi nombre: ¡Armida, Armida!

            Siempre fuí, como ya dije, una niña  buena y complaciente. No es culpa mía que las figuras de porcelana se tiren de bruces a mi paso o que las copas de Baccarat se suiciden lanzándose desde el último piso del buffet. ¡Ni siquiera las toco, apenas paso por allí!  Yo no hago nada para que las sillas del comedor se desbaraten cuando papá se sienta en ellas  y me declaro absolutamente inocente de que las polillas hayan devorado el tapiz de Bayona que la abuela heredó de su tía Beatriz.

 

            Es un azote esta niñita, el apocalipsis en persona. Zzummm, zzummmm. Por lo menos una vez a la semana se sala la sopa o se queman los bizcochos. De doce huevos que ponen las gallinas, tres al menos están hueros. La leche se corta día por medio y apenas recién comprada,  la harina ya está llena de gorgojos. Por su culpa, en esta casa nada sale bien.

Momentito, no estoy exagerando, díganme si en alguna otra casa han caído los niños enfermos de paperas, alfombrilla y tos ferina todos los años. Si acaso hay otra familia a cuya abuela se le suelten los tornillos una vez a la semana y le dé por practicar la cuerda floja en el tendedero, especialmente cuando esta abuela ya cumplió los ochenta y dos. Zzummm, zzummm. Díganme, a ver.

           

            La señorita Soto siempre me recibe de mala cara. No es lo que se llama una persona sutil. Desde mi segunda clase tiene todos los muebles cubiertos con sábanas blancas y vaya uno a saber dónde guarda esos bibelots y copas de plata  que divisé la primera vez. ¡Cómo si fuera culpa mía que el gato hubiera tenido su cola en mi camino y que en cuanto se la pisé haya salido saltando y maullando como si le hubiera dado el mal de San Vito!

¡Gato loco! Se  paseó dando brincos enloquecidos  por los estantes, las sillas tapizadas de felpa y  la mesa de comedor. Las  pastorcillas y los flautistas de porcelana volaban de aquí para allá.   Cuando  el  minino llegó al piano, a la señorita Soto ya le había dado un soponcio y estaba desmayada en el piso, así que por suerte no vio la poza que la bestezuela dejó sobre la cubierta. Su madre, muy diligente, ya la había secado cuando ella se recuperó del  desmayo, pero quedó para siempre una aureola ligeramente más clara. No hay clase en que la señorita Soto no pase su mano por allí con aire de melancolía. Después me da una mirada fea y me regaña:

            -¡Cuidado con esos arpegios, Armida!

-¡Cómo si yo hubiera tenido la culpa de algo!

            Mi vida no es cosa de risa. ¡Un mundo le costó a mi madre que la señorita Soto accediera a continuar con las lecciones!  Mi padre zanjó el asunto con una bonificación generosa. Vale la pena pagar por unas horas de calma, dijo el traidor. Cómo si yo hubiera sido responsable, como si no fuera mamá la que…

            Mis relaciones con la señorita Soto mejoraron en forma radical a partir  del día que el piano terminó por desafinarse  del todo. Las clases se suspendieron por dos semanas y entonces mi padre, desesperado, anduvo la ciudad de arriba abajo hasta que dio con un afinador. El día que el señor López  logró por fin dejar el piano perfectamente afinado, cosa que le tomó  una semana más,  la señorita Soto se olvidó totalmente de nuestras dificultades.

            ¡Es que era una locura! ¡Fortissimo, Armida, me ordenaba, fortissimo! Y yo,  que apenas podía hacerlo con mis manos tan pequeñas,  le atizaba a las teclas hasta que me dolían las puntas de los dedos. Cada dos por tres el piano que se desafinaba otra vez y vuelta a llamar al señor López.   Parecía ser  lo que papá llama un círculo vicioso. Fortissimo, señor López, clases, y así una y otra vez. 

Con el tiempo casi era como que el señor López se hubiera mudado allí. Yo me afanaba tocando mis escalas y ellos aprovechaban de intercambiar   miradas de carnero degollado a mis espaldas. No puedo decir que no comprendía a la señorita Soto, el señor López era bastante guapo. Para  ser un afinador de pianos, claro.

            Infortunadamente, las cosas no podían seguir así. En  una familia normal habrían estado felices de que la señorita Soto hubiera encontrado novio (según Norita, que es bastante chismosa, ella casi estaba como para decir que la dejaba el tren),  es cierto, si bien esta familia no era tan normal como parecía. Cualquier  familia habría celebrado  la aparición del señor López,  pero la  maestra de piano tenía madre, madre de las que dicen hay una sola, pero es que la de la señorita Soto, ésa, valía por diez.

            Comenzó por sentarse en el comedor, desde donde les arrojaba a los tortolitos  unas miradas que eran como dardos envenenados. Hay que reconocer que ellos resistían imperturbables, actitud que fue poniendo cada vez más nerviosa a la madre de la señorita López.

Poco a poco se fue acercando y al final estaba en medio de ellos como una estaca. El señor López, que era un cobarde, se comía las uñas y tiritaba entero. Antes de marcharse, le daba a la señorita Soto una mirada febril que le incendiaba hasta las horquillas del moño. Y ella, la pobrecita, ¿cómo explicarlo? Si  los suspiros fueran música, la señorita Soto habría sido Adelina Patti.

 

            Es una pena tener que contar estas intimidades, pero la señorita Soto no era tan angelical como la muestra Armida. Yo diría, más bien, que la procesión la llevaba por dentro. Zzummm, zzummm.  Tan sensible como soy, lo supe en el primer instante que nos conocimos, ese día de la presentación anual en el salón de la parroquia. Armidita, tan llena de mañas como de costumbre, si no más,  insistió en llevarme consigo:  que me trae buena suerte, que es tan linda (para qué lo vamos a discutir),  que todas van a ir elegantes, que si no me lo prestas, mamá, yo no me atrevo a  presentarme.

Ante esas amenazas,  ¿qué podía decir doña Hermelinda? Partí a la presentación sobre la blusa de muselina de Armida y debo reconocer que me veía más bella que en otras ocasiones, lo que no es poco decir. Verme la señorita Soto y caer en trance por mí, fue todo uno.

            Con la función ocurrió lo que era de esperar, todo salió mal, excepto Armida. El chiquitín de los Rodríguez  se puso a llorar en medio del proscenio, a la vecinita de enfrente se le cortó el elástico de la enagua justo cuando agradecía al público y el florero con rosas se volcó sobre las partituras, cosa que quedó  de manifiesto cuando  nadie entendía qué era lo que estaba tocando la pequeña Emita  Rosales.

Armida estuvo muy bien, el piano casi no llegó a desafinarse, aunque el señor López estaba allí mismo, lanzándose miradas incandescentes con la maestra por detrás del decorado.    Zzummm, zzummm.

 

Esta vez no nos puedes dejar a medias, abuela, tienes que contarnos el final o muchos se quedarán sin saberlo.

Daniel está determinado a lograr su objetivo. ¡No será él quien se quede sin el final de la loca historia de Hermelinda y Armida!

-Lo sé, Daniel, no te preocupes, esta noche nos quedaremos un rato más, porque a todos nos gusta que  cuando dos personas se amen ocurra una cosa. ¿Qué será?

            -¿Que se casen? – Pregunta la prima Rosita.

            -Sí, el matrimonio es parte de ello, pero lo que nos gusta es algo  que tiene muchas aristas, lo que todos queremos es que triunfe…

            -¡El amor!

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-Cosas inesperadas ocurren a menudo cuando los progenitores  bautizan a sus hijos sin tomar en cuenta que éstos deberán ir cargando esos nombres por todo lo largo y ancho de sus vidas. A Hermelinda yo no  la conozco muy bien, -dijo la abuela- pero la comprendo. Piensen ustedes que a la abuela paterna la pobre Hermelinda no la conoció jamás, peor, sepan ustedes que la anterior Hermelinda murió mucho antes que don Adalberto pensase siquiera en casarse con doña Isabel, y, lo que es realmente imperdonable: la abuela paterna de Hermelinda siempre detestó su nombre y no creo que hubiese tenido el menor interés en que se lo plantasen a su nieta así como así.

Por eso,  cuando terminó el terremoto, se hizo el recuento de víctimas y el inventario de pérdidas navales y terrestres y se inició la  reconstrucción de  la ciudad,  no resultó nada extraño que la desdichada Hermelinda se enamorase de los restos del Armida que se iban desguazando lentamente sobre los arrecifes en que encallaran.

-Armida, Armida.- musitaba la muchacha  con los ojos fijos en la decena de ojos de buey que todavía  quedaban pegados al  casco.

Desde su observatorio en las rocas, Hermelinda soñaba despierta: Mi nombre es Armida, algún día, un hombre maravilloso llegará a buscarme desde el otro lado del oceáno navegando en un gran vapor, y en cuanto me conozca, se enamorará de mí, nos casaremos y seremos felices para siempre.

 

Porque han de saber ustedes que ese es  el típico sueño de las muchachas algo tontas, especialmente los de aquellas pobres que tienen que cargar  con  alguna cosa que detestan en sus vidas. Y si alguien tiene derecho a estar cansada de cargar con algo, esa es Hermelinda Montoya, la hija de mi señora. Zzummm.

No es lo único que carga Hermelinda; desde la trágica noche del terremoto y maremoto de 1887, mi señora, doña Isabel, ha ido perdiendo lentamente la razón.  A veces quiere ser malabarista, otras, dedicarse al trapecio. No falta la ocasión en que se dedica a ser domadora de los gatos de la casa. Un poquito más trastornada cada día y algo más que de costumbre en el mes de mayo. Algunas crisis especialmente fuertes han tenido lugar a las ocho y media de la noche, después de cenar. Es lamentable, pero ¿quién podría lanzar la primera piedra sobre la pobre doña Isabel? Nadie sabe lo que es pasar por algo así. Zzummm, zzummm.

En todo caso, Hermelinda resultó ser una muchacha afortunada por muchas razones: primera, su madre, en uno de sus raptos de locura, le regaló su broche de oro y ámbar dándole la  más grata sorpresa de su vida. Segunda, el año de 1895 un barco de la Armada fondeó en la ciudad y se organizó en la gobernación un gran baile donde Hermelinda conoció al que sería su amante esposo. Y tercera, zzummm, zzummm, cinco años después, dio a luz a una hija a la que llamó con el maravilloso nombre que siempre había querido tener: Armida.

Hay una cuarta razón, pero sería muy raro que ella pudiera conocerla; la cuarta razón es que yo llegué a sus manos en plena madurez, sintiéndome  feliz de disfrutar este espectáculo espléndido que resulta ser la vida; si eso no es maravilloso, francamente, me resulta difícil pensar qué puede serlo. Zzummm, zzummm.

-Esa avispa tuya es una presuntuosa, abuela -Daniel, lapidario.

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