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397839362_ed5956244e–  Nos veremos en la plaza… mañana… ¡a las 4!

A Mauricio le daba vueltas la cabeza, de pronto se encontraba frente a quién era posiblemente el peor matón de colegio de había conocido en su vida.  Pero claro eso no era todo, no sería nada que estuviese frente a él, sino que Mauricio, sin estar muy seguro de cómo había llegado a ese punto, estaba siendo retado a la pelea del año.

–    ¿Y tú le has pegado a alguien?, porque te informo que eso es como lo principal de una pelea.

–  ¡Estás loco!, mis padres me matarían, si no fuera porque no creen en la violencia.

Hay algo que tienen que entender acerca de Mauricio y su familia, ellos no son de lo más “tradicionales”, de hecho todo lo contrario, los padres de Mauricio son parte de una raza casi extinta: Son hippies.

Lo que la mayoría de la gente ve como muchas flores y colores, para Mauricio era una verdadera pesadilla. Es que no es fácil ser el chico nuevo en el colegio, más aún con costumbres familiares que rayan en la psicodelia.

Ya hacía un año que Mauricio, por primera vez en su vida, había emitido un juicio totalmente contrario a lo que sus padres esperaban de él y frente a todas las aprensiones que ellos podían tener, había decidido dejar el alma mater de papá y mamá, “El Instituto Kimeltu de las artes y la ecología”, para emprender un futuro sumamente corriente en el Liceo más cercano.

–  ¡Tanto potencial desperdiciado!, ¿y qué es eso tan especial que enseñan en ese liceo para que quieras cambiarte Mauricio?

–  Bueno… Matemáticas, Física, Gimnasia… No se, lo típico supongo.

–  Y todos los valores que te hemos inculcado, el amor a la naturaleza, el misticismo…

–  Si papá, eso es todo muy lindo, pero tú sabes que con misticismo no se llega a la universidad.

–  ¡¿Universidad?! Tú crees que la inspiración del pintor, la pasión del poeta, ¿tú crees que eso se enseña en una Universidad?

–  No, creo que no, pero Ingeniería…

En ese instante la respiración del padre de Mauricio se detuvo por exactamente 10 segundos, tiempo suficiente para que sus chacras terminaran por desalinearse.

–  Esto es el fin, ¡Quiere ser ingeniero!

Luego de mucho debatir – porque sus padres nunca discutían, ellos debatían, lo que significa un intercambio libre de ideas – por fin dieron su brazo a torcer, dando así paso a una larga lista de eventos que culminarían el día de la gran pelea.

–  ¿Yo soy o no soy tu amigo?

–  Claro que lo eres.

–  Pues como tal te recomiendo lo más sensato: ¡Escapa!, escapa lo más lejos posible, porque  te digo que Molina te va a pulverizar.

Por mucho que la opinión del Seba fuera por lejos la más pesimista del planeta, Mauricio no podía dejar de pensar que tenía toda la razón.  El no estaba listo para enfrentarse a un peleador profesional, si para algo no había sido preparado en su vida era para pelear; sobrevivir de la naturaleza en caso de perderse en el bosque o  clasificar las variedades de té de hierbas que se producen artesanalmente en Chile, para eso sí que estaba preparado.

Camino a casa repasaba el día tratando de evitar al menos en su mente el fatídico instante en que él mismo se había sentenciado a muerte.  Desde su primer día de clases en el Liceo, Mauricio supo que se le haría difícil encajar, y no era sólo esa estela de olor a aromaterapia que lo seguía a todas partes, es que a cada momento le salía lo “hippie” de adentro.  Si no era el pan integral con tortilla de berro al almuerzo, era el chaleco tejido a mano con lana de alpaca.

– Chicos, hoy hablaremos de los ‘60. Una década repleta de eventos trascendentales…

Con esas palabras comenzó el final de los días de Mauricio.  La verdad al principio todo iba bien, el profesor habló de montones de temas relacionados con la década del ’60: Les contó a los chicos sobre las primeras exploraciones del espacio e incluso del surgimiento del feminismo – tema que para el porcentaje masculino de la asistencia, no resulto tan atractivo como el primero.  Mauricio estaba interesadísimo, le encantaba la historia y el profesor Rodríguez hacía las clases entretenidísimas representando los temas a manera de teatro.

–  Y como muchos de ustedes deben saber, a finales de los ’60 se realizó en EEUU un concierto que marca la manifestación más grande de un movimiento nacido en durante esta década.  “Woodstock” reunió a algunos de los artistas más importantes en torno a la congregación más grande de hippies que el mundo hubiera visto.

Mauricio había escuchado miles de veces del concierto del ’69, tanto que a veces sentía como si hubiese estado ahí y pese a que él, por susto, NUNCA hablaba en clases, no podía evitar en su cabeza interrumpir al profesor con correcciones y acotaciones al tema que hubiesen completado la narración de su maestro, mas de repente se alzó una mano a la mitad del relato interrumpiendo al profesor:

–  Profesor, disculpe, pero qué es ser “hippie”

Mauricio no pudo evitar ahogar una pequeña risa al escuchar la pregunta de su compañera.

–  Bueno Camila, de hecho iba para allá.  Este es un movimiento surgido durante la década del sesenta que postulaba la libre expresión y el amor por sobre la guerra entre otras cosas como…

–  ¡Vagos!

Todo el salón de clases quedó en absoluto silencio ante la categórica sentencia del Pancho – también conocido como el matón Molina.

–  ¿Qué dijiste Mauricio?  Dijo un profesor bastante desorientado.

–  Lo que escuchó.  Mi padre me ha hablado de esos tipos y dice que son todos unos vagos.

Algo apretó el pecho de Mauricio, el tenía claro que sus padres podían ser un poco locos y que esa locura lo exasperaba de tanto en tanto, pero ¡nadie los llamaba vagos sólo por ser diferentes! Fue entonces que Mauricio se dio cuenta que estaba de pie junto a su puesto con un ardor que le llenaba el pecho.  Nadie había visto nunca a Mauricio de pie frente a la clase. Su  mejor amigo, el Seba, ni siquiera se acordaba de la última vez que lo había escuchado dar una opinión en voz alta en alguna de sus clases, pero ahí estaba, fijando la mirada sobre el matón Molina, que se la devolvía sin temor.

–  ¿Se te perdió algo?

–  N…no deberías hablar a…a…así de gente que no conoces.  No tienen por qué ser vagos sólo porque tu papá lo dice, ¿qué sabe él?

El matón Molina se puso de pie sin dudarlo y se le paró delante con la nariz pegada a la de Mauricio, o por lo menos 20 centímetros por sobre la suya, es que era el más grande la clase.  Mauricio tiritaba completo al darse cuenta de lo que le había causado su gran bocota y ahora no quedaba nada más que aguantar como hombre.

–  Nos veremos en la plaza… mañana… ¡a las 4!

Y con esa sentencia comenzó el calvario de 26 horas de Mauricio.

La noche previa al encuentro fue terrible, no había como pegar un ojo y de sólo pensar en lo que podría hacerle el matón Molina se le aceleraba la respiración.  Incluso sus padres lo habían notado extraño a la hora de cena, pero habían atribuido su comportamiento a una gripe y determinado que lo mejor para esos casos era  un jugo de naranjas con jengibre.

–  ¡Buena suerte hoy, Mauricio!

–  Fue lindo conocerte, compadre.

Todos tenían algo que decirle a Mauricio esa mañana, pero él no hallaba que responder de vuelta. 2 horas después de la hora de salida de clases Mauricio tenía una cita con el destino y no estaba para nada seguro de que hacer al respecto.

Tal vez era el destino siéndole cruel, o tan sólo la ansiedad ante su encuentro con el matón Molina, pero parecía que las horas estaban pasando demasiado rápido ese día, hasta la clase de matemáticas, que solía ser eterna, pasó como si nada.  A la hora de almuerzo se sentó junto al Seba como todos los días, en una mesa junto a la ventana, todos en el comedor se le quedaron mirando con lástima, es que hasta los alumnos de los cursos mayores le temían a Molina y ver al chico nuevo horas antes de su enfrentamiento era como ver a un hombre muerto caminando.

–  ¿Y qué pretendes hacer?, no me digas que te vas a presentar a la pelea.

–  Y que quieres que haga, todos esperan que el chico nuevo se acobarde y no puedo darles en el gusto, estoy cansado de que me llamen cobarde y aunque me cueste un puñetazo en la cara, estoy dispuesto a aguantarlo.

–   Me alegra escuchar eso amigo, porque si algo te espera esta tarde es un puñetazo en la cara.

–  Gracias Seba, tú siempre sabes que decir.

–  Cuando quieras.

Sonó la campana de salida y todos en el salón de clases se dieron vuelta para ver a Mauricio, todos excepto a Molina, que tan sólo se puso de pie, se arremangó las mangas de la camisa y salió por la puerta.

Las 2 horas previas al encuentro pasaron aprisa, Mauricio se encontraba en cierto trance que anticipaba su final y el camino a la plaza lo caminó casi por inercia.

Al llegar se encontró con más concurrencia de la que esperaba, todos en círculo entorno a un Molina borracho de adrenalina, actuando como un animal salvaje, completamente irracional.  Al ver que Mauricio había llegado, los asistentes empezaron a empujarlo hacia el centro del circulo, sin que él pusiera demasiada resistencia, si había que terminar con esto, mejor que fuera rápido.

Al aparecer de entre la gente, el matón Molina lo miró con ojos desorbitados, como un león hambriento, pero carente de la astucia de aquel animal y Mauricio sintió como un soplo le hinchaba el pecho y los tiritones de sus manos se tensaban hasta hacer de toda la inseguridad corporal que le había acompañado durante el día, una cosa del pasado.

–  ¿Y “Mauricio”, estás listo para tu fin?

–  No.

–  Perdón

La respuesta descompuso a Molina, lo último que  esperaba escuchar era una negativa, esperaba llantos y súplicas como siempre, pero esta respuesta era nueva.

–  ¿Sabes que, Francisco?

Nadie llamaba a Molina por su nombre de pila, estaba fuera de discusión.

–  Tú no quieres hacer esto.

Nadie entendía nada, hasta que la presión había llevado al hippie a la locura.  El Seba miraba desconcertado a Molina que no hallaba qué hacer del camino que habían tomado los eventos.  Lo que nadie sabía, es que Mauricio, luego de meses de ocultar lo que era, se había dado cuenta que su única salida a este entuerto, era enfrentarlo de frente con todo su poder hippie: Paz y amor.

–  ¿De que me hablas tú, chico naturista?

–  No tienes que seguir haciéndote el fuerte, eso no te llevará a nada.  Y qué si me pegas, ¿acaso hará más verdad lo que dijiste ayer en clases?, no, para nada, lo único que hará es que todos los que están aquí te odien aún más de lo que ya te odian.

Esto era cómo Davis y Goliat, versión hippie, Mauricio le estaba dando con todo lo que tenía a Molina y eso era con la razón, no sabía si funcionaría, pero aunque no sirviera de nada, se iría con todos los honores del que pelea de vuelta.  Molina lo miraba con cara de quién no entiende nada, y aunque Molina ciertamente no era el chico más brillante, muchos de los que estuvieron ese día, tampoco entendían nada.

–  Es que mira a tu alrededor, me tienes aquí porque eres simplemente un intolerante y eso no va a cambiar nunca.  Tienes suerte de que aquí nadie es más grande que tú y por eso dejamos que nos asustes, ¿pero, acaso pretendes responder así a todo lo que no entiendes, aportillándolo?

La multitud se estaba aleonando, el discurso del hippie estaba funcionando y por fin su público estaba respondiendo a la matonería de Molina.  Pero cuando Mauricio ya se estaba dando por vencedor con su discurso pacifista Molina respondió con todo lo bruto que podía ser.

–  A ver si de una vez te callas.

Las luces se apagaron y lo siguiente que Mauricio supo, fue que se encontraba tendido mirando al cielo con una multitud a su alrededor, a su lado se encontraba su amigo.

–  Eso fue increíble, creo que un record, te noqueó en menos de 10 segundos.

–  ¿Qué? ¿Que no sirvió de nada?

–  ¡Estás loco, eres un héroe! Luego del embarazoso detalle del puñetazo que te dio Molina pasó lo inesperado…

Y Sebastián tenía razón.  El discurso de Mauricio había surgido efecto, sólo que no exactamente en la persona que él esperaba.  Mientras el bruto de Molina había respondido con lo único que sabía, con violencia, el resto de los espectadores habían caído en cuenta de que la presión que ejercía Molina sobre ellos no era nada más que fuerza bruta, y que por muy fuerte que fuera Molina, no había como le diera una golpiza a todos ellos juntos.

–  Todos te defendieron, y ninguno tuvo que levantarle un brazo, le dijeron exactamente lo que era y que nadie aguantaría más sus abusos, fue increíble Mauricio, tú, de todos nosotros el que menos nos esperábamos… ¡Tú te enfrentaste a Molina en tus propios términos!

Luego de ese día, el matón Molina pasó a ser un mito en el Liceo, ya nadie estaba dispuesto a tener miedo y de hecho al ver a un hippie enfrentarse a Molina, ya nadie parecía encontrar razones para tener miedo en absoluto.  Sin embargo mientras Molina pasó a ser un distante mito, Mauricio se convirtió en una leyenda, fue el hippie que se enfrentó al más terrible de los matones, y esto a Mauricio lo llenaba de orgullo.

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Queridos amigos

Esta semana, mi amada Georgie, mi wire hair de dieciséis años y medio, ha estado peleando duramente contra los achaques de la edad, eso me ha tenido tan  involucrada que no  tuve tiempo de actualizar el capítulo correspondiente al día de hoy ni el cuento del viernes,  cosa que haré mañana. Les ofrezco mil disculpas, pero todas las cosas tienen su  escala de prioridades, y los miembros de la familia están primero. Georgie siempre lo ha sido, desde el día que llegó a casa en una cajita de zapatos y apenas estacionado el auto  en el jardín, sacó su cabecita fuera y vomitó por el mareo.  Es nuestra amiga, nuestra hermanita que no creció, nuestra hijita pelucona y todos  nos esforzamos con ella; para qué les digo lo preocupada que está su hijita, Muffin, una lolita de sólo trece y medio.  Gracias y nos vemos.

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Debieron suceder muchas cosas para que yo me diera cuenta de que Esteban no es muy diferente a mí, cosas terribles que no  hubiera querido vivir, pero hasta de las cosas malas pueden surgir otras que no lo son.

2917572409_143efc7072Esteban es muy flaco y  desgarbado; frunce un poco las cejas para mirar porque  también es miope. Si a eso le sumamos la chaqueta con los puños gastados y el pantalón que le está quedando corto,  cualquiera podría entender que  no nos hiciéramos amigos en cuanto llegó al colegio gracias a una beca.

Siempre fue  buen alumno, pero de tan tímido que era casi no hablaba y se pasaba todo el recreo en la biblioteca.  Apenas el guatón Ledesma se dio cuenta  de eso  supo como  bautizarlo  y Esteban  se convirtió en el Ratón.

El Ratón  soportó pacientemente el primer semestre; supongo que lo veíamos como un alien al que dejábamos circular por ahí. No  recuerdo haberlo visto  nunca en un cumpleaños, ni siquiera esa vez que Andrés invitó a todo el curso y nos  fuimos a su casa en  caravana en los autos de  varias mamás.  Cuando pasamos por el paradero  de buses pude ver al Ratón  con su mochila gris y su pantalón a los tobillos  esperando el expreso de Puente Alto.

Séptimo era casi el año más feliz que yo había pasado en el colegio. Mis mejores amigos  estaban allí,  era defensa titular en el equipo de fútbol y mi  papá me había regalado una bici genial que era la envidia de todos. Cada día, apenas regresaba a  casa,  la limpiaba entera con un trapo emparafinado y después salía a dar una vuelta por las calles del barrio. A veces me encontraba con Mazzoni, que vive cerca, y nos pasábamos toda la tarde  cicleteando.

También andábamos juntos la tarde que  una camioneta verde se me echó encima a toda velocidad.  Con la boca abierta, Mazzoni me vio saltar por el aire y seguir rodando  hasta  que me estrellé  en la cuneta,. Mi linda bici roja era un  amasijo de  latas  aplastadas  bajo las ruedas de la camioneta que me acababa de atropellar.

Los primeros días, todos mis amigos fueron a verme a la Clínica.  Me llevaron revistas, chocolates y un libro de aventuras espaciales y seguramente habrían seguido visitándome si no me hubiera quedado tanto tiempo internado allí. Pasaban los días y  las semanas, ya nadie  iba a verme, pero me mandaban  e-mails  y  hasta chateábamos. De todas maneras, el tiempo se me hacía eterno;  cuando ya creía que me volvería loco de aburrimiento  por fin me dieron de alta y me  dejaron ir a casa.

Ahora tenía que hacer rehabilitación, lo que  quiere decir que  todavía no caminaba y  cuando iba a clases tenía que hacerlo en silla de ruedas. Al principio todos mis amigos  querían andar conmigo en la silla, pero poco a poco se fueron  aburriendo y  volvieron a las pichangas en el patio y se olvidaron de mí.

Yo me sentaba  cerca de la sala, para que no me costase regresar,  y uno de tantos días que estaba solo esperando  que se acabara el recreo,  Esteban salió de la biblioteca y  se fue a esperar que abrieran la sala de clases.  La bibliotecaria había tenido que cerrar porque estaba enferma.

Pasó cerca de mí y se quedó mirando, después se fue a sentar  en  la escalera. Como siempre, llevaba un libro que abrió y se puso a leer.  Qué latero este  Ratón, pensé.

Yo estaba muy cansado, la rehabilitación lo deja a uno  todo adolorido y me sentía cansado, casi a punto de dormirme. De pronto, sentí que alguien llegaba junto a mí. Era el Ratón.

-¿Quieres  echarle un vistazo a este libro? –preguntó-. Es muy  entretenido.

Cierto que lo era; se trataba de un libro de parques  zoológicos  y tenía unas láminas a todo color con los animales más extraños que uno pueda imaginar. Estuvimos revisándolo y después me  ofreció prestármelo.

-Yo lo leo después –dijo-,  por suerte pedí dos.

Poco a poco, nos fuimos  haciendo amigos. El Ratón  pedía los libros y  traía siempre uno  para mí. Después se encargaba de devolverlos.  Siempre los comentábamos y  el tiempo se nos  iba cada vez más rápido.  Casi era octubre la primera vez que lo invité a mi casa. Trajo su saco de dormir  para quedarse hasta el sábado y nos pasamos toda la tarde jugando y viendo devedés.

Ya estaba terminando el año  cuando  pude pararme de nuevo. Me costaba caminar y  andaba muy lento para todos lados, pero para mí era  maravilloso ser libre de nuevo. Me acuerdo que mi  mamá nos llevó al cine y  después fuimos a dejar a  Esteban a su casa en Puente Alto. Era  tan lejos que no podría llegar allá solo, pero su mamá nos recibió muy contenta y tomamos té con  galletas.

-Chao, Esteban –me despedí esa tarde, y supe que el Ratón ya no existía más.

Este año todo parece muy lejano;  ya puedo jugar fútbol de nuevo,  el profe me ofreció ser reserva.

-Sabe, profesor, mejor  que no –le respondí.

-¿Por qué, si eso era lo que tú querías?

-Porque  Esteban no está en el equipo,  señor,  cuando  él juegue,  volveré  yo también, pero no lo dejaré solo.

Vamos a esperar juntos que el profe lo llame al equipo. A fin de cuentas, no éramos tan diferentes. Yo  hice  lo mismo  que Esteban había hecho cuando me vio solo en el patio. Me quedé con él y supe que éramos los mejores amigos del mundo.

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