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Posts Tagged ‘amigo’

Supongo que todos tienen uno, un vecino raro quiero decir, ¿no lo crees? Es que cuando llegas a un lugar nuevo siempre puedes esperar de todo, desde la vieja copuchenta, de esas que empiezan el día temprano y lo terminan últimas para no perderse de nada.  El tipo huraño, ese es particularmente complicado cuando eres niño, porque lo molesta todo, los juegos, las risas, los gritos, siempre está a punto de explotar.

Verás yo se mucho de estos personajes, porque solía ser siempre el chico nuevo.  Mi papá era vendedor: el encontraba cosas en los lugares más extraños para venderlas a tiendas de antigüedades, siempre fue mejor en eso, a veces yo iba con él a casas de personas que habían muerto repentinamente y sus parientes realizaban ventas de garaje para separarse de sus pertenencias. Yo personalmente encontraba que la mayoría eran baratijas, pero el veía en algunos objetos cosas que la mayoría de nosotros no ve, veía lo bello que podía ser para alguien más, y eso les diré, si que es un talento.

Era debido al empleo de mi padre que debíamos viajar mucho, a mamá y papá no les gustaba la idea de que estuviéramos separados, por lo que cada cierto tiempo, partíamos a una nueva localidad buscando nuevos tesoros y por ende, una nueva vida.

Íbamos camino al norte ese verano, mamá cumplía 8 meses de embarazo y las molestias aumentaban, por lo que papá decidió parar en alguna ciudad hasta que mi hermano naciera.  Así llegamos a un balneario pequeño que mi papá encontró adecuado.  Era como diría mamá: Encantador.

No era una gran cuidad, pero según mamá era un buen lugar para que bebé comenzara su vida.  Aunque ella no lo dijera, la vida de nómades no era precisamente lo suyo, nuevas casas todos los años, nuevos colegios, nuevos recorridos, nuevo todo. Y para ella la idea de sentar cabeza en una pequeña ciudad como esa era simplemente un sueño, y por lo menos si un hijo suyo nacía ahí, un pedacito de nosotros siempre pertenecería a ese lugar.

¿Y yo dices?, a mi en realidad me gustaba esa vida. Había algo mágico en poder empezar de nuevo una y otra vez, no era fácil claro, pero me gustaba muchísimo.

Esa mañana mamá se encontraba desempacando junto a papá, se habían despertado tarde esa mañana y siendo que yo ya había ordenado todas mis cosas, decidí salir a caminar y conocer el lugar.  Parecía como si nadie viviera allí, nadie de mi edad por lo menos, toda persona que me encontraba en la calle parecía de la edad de mis padres o incluso mayor.  Es como que hubiéramos varado en una isla de retiro para parejas, ¿A qué lugar me habían traído.  Deambule por algunas horas hasta que por fin encontré un grupo de chicos que lucían de mi edad, así que me acerque a ellos para presentarme, cuando pasas tan poco en un lugar como nosotros lo hacíamos tenías que ser rápido haciendo amigos.

–          Hola me llamo Gonzalo, llegamos recién con mi familia.

–          Siiiii… mamá andaba parloteando de una carcacha que estaba estacionada en la casa del final de la calle, ¿supongo que esa es tuya?

–          La verdad ese es un error de apreciación.  Esa “carcacha” de la que hablas es en verdad un clásico.

–          Lo que sea. Hablas raro tú. Así como viejo.

Todos rieron a carcajadas.

–          Bueno como decía llegamos anoche y estaba dando un paseo para encontrar alguien con quién poder conversar.

–          Bueno, aquí no lo encontrarás, nosotros no hablamos con “clásicos”.

Las risas explotaron nuevamente, los chicos se pusieron de pie y se alejaron.

–          Pierdes tu tiempo.

–          ¿Cómo?, disculpa no te había visto ahí.

–          No te preocupes, nadie lo hace.  Te decía que pierdes tu tiempo con ellos, les gusta lo “exclusivo”.  Esta parte del balneario está llena de gente rica que pasa sus veranos en la playa, y se podría decir que no es del tipo de gente a la que le gusta lo diferente.

–          Así veo, pero tú pareces distinto. Un gusto, yo soy Gonzalo.

–          Pablo… mi nombre es Pablo.

Pablo fue un verdadero descubrimiento, de esos que hacía mi padre.  Por primera vez era yo el que veía eso tan especial que mi papá buscaba por todo el país.

Pasamos toda esa mañana caminando por el bosque.  Pablo me mostró unos lugares geniales.  Aún recuerdo el crujido de las ramas bajo nuestros pies, y el fresco en mi frente debido al sudor por la larga caminata.

Llegué a la hora de almuerzo a casa. Mis padres bailaban en la cocina, parecía que habían tenido una mañana tan buena como la mía.  Les conté sobre mi nuevo amigo y los lugares que había conocido y ellos parecían contentos de ver lo en casa que me sentía.  Con Pablo habíamos quedado de vernos esa tarde, ya que me llevaría a un lugar donde se podían ver peces espectaculares, así que devoré mi almuerzo y partí corriendo a su encuentro, fue cuando estaba en el umbral de la puerta que me detuve por algo que aún ahora no entiendo que fue.  ¿Un presentimiento tal vez?, pero no pude irme sin antes preguntarle a mamá que haría esa tarde:

–          Estaré aquí supongo, tu padre irá a revisar una feria en una pueblo cercano, no irás con el por lo visto, que lástima, adora que lo acompañes.

Cuando llegué al camino Pablo ya se encontraba ahí sentado junto a un árbol tomando el fresco.  El no era como los demás niños, y eso lo digo sabiendo que yo no era precisamente el chico más normal de la calle, de ninguna calle en verdad. Pablo era cómo decirlo, sereno, sí, esa es la palabra, no se agitaba con nada, incluso cuando se reía a carcajadas lo hacía con calma.  Hay algo acerca de los niños, como que siempre están ansiosos, no se cansan nunca de ver cosas nuevas y están expectantes todo el tiempo, sin embargo Pablo no era así, como si el ya no tuviera esas ansias, como si ya lo hubiera visto todo..

Luego de encontrarnos el me llevó a la costa, más lejos del pueblo de lo que esperaba.  La bajada de tierra y rocas era empinada y el sol golpeaba en nuestras espaldas como que estuviera enojado por algo aquel día, pero Pablo conocía todos los pasos y los trucos para bajar, se notaba que los habían hecho cientos de veces.  Ya se sentía humedad y debido a los roqueríos gozábamos de un poco de sombra.

–          Ese es el lugar Gonzalo, mira esos colores.

En verdad era impresionante, aquellos peces parecían frutas tropicales de tantos colores que lucían.  Pablo conocía todos sus nombres, hablaba del mar como si lo estudiara por años, esos contenidos ciertamente a mi no me los habían pasado en la escuela.  Luego nos sacamos los zapatos y nos remangamos los pantalones para adentrarnos en el mar.  El agua estaba heladísima, pero Pablo no parecía verse afectado, en cuanto a mí, los labios me tiritaban.  El simplemente se reía, debe haber pensado que era un citadino tonto, traté luego de contener el frío.  Paso el rato y decidimos tirarnos en la arena y Pablo tomo una actitud distante, se incorporo y mirando el mar apoyó sus brazos en sus rodillas flectadas.

–          ¿Pasa algo?

–          Lo he pasado muy bien esta tarde Gonzalo.  Hace mucho que no tenía tan buena compañía.

–          Si lo se… deberíamos continuar por la costa hacia el norte a ver que encontramos.

–          Creo que ya es hora de que vuelvas a casa.

–          Pero si es muy temprano, mi madre sabe que estoy aquí y no me espera hasta tarde.

–          Por eso mismo deberías volver, puede que necesite algo.

–          Mmmm… bueno si, podría ser. Podrías ir a casa mañana en la tarde, ¿Qué te parece?

–          Allí estaré.

–          ¡Genial!, te espero entonces.

Corrí a casa como nunca, me sentía lleno de vida, como si nada ni nadie pudiera contra mí.  Pero al llegar a la calle de mi casa un dolor invadió mi pecho y un sudor frío se caló por mi espalda. No se como recorrí los últimos metro, sentía como si algo me llevara a la casa.  Todo pasó tan rápido: mamá estaba tendida en el piso, cuando me acerque me estrechó la mano y con lágrimas en los ojos agradeció a Dios de verme.  Salí de la casa gritando y toqué la puerta de la casa del al lado, salió un hombre junto a su hija y al ver el estado en que estaba me siguieron a la casa.  El hombre asustado fue a hacer partir el auto mientras su hija y yo nos quedamos junto a mamá.

–          ¿Cuántos meses tiene?

–          Esta finalizando el 7° mes.

El hombre nos condujo hasta el hospital y su hija llamo a alguien para que trajera una camilla, ella junto con un doctor se llevaron a mi madre.

–          Chico, ¿dónde está tu padre?

–          En una feria en otro pueblo.  ¿Y si llega a casa y no nos encuentra?

–          No te preocupes, yo volveré y esperaré a tu padre.

Cuando papá llegó al hospital parecía estar fuera de si, me estrechó entre sus brazos y corrió a la recepción para saber de mamá.  Pasaron un par de horas antes de tener noticias.  Entonces salió a nuestro encuentro la hija del hombre de al lado, resultó ser que ella era enfermera en el hospital.

–          Su esposa está bien, debimos adelantar el parto debido a unas complicaciones, pero no se preocupe, todo salió bien.

Tomó a papá del brazo y nos guío hasta un ventanal que daba a una sala, allí dentro de una incubadora se encontraba un pequeño bebé, el más pequeño que hubiera visto nunca. Por fin mi papá soltó un suspiro largo y me tomo con fuerza de la mano.

–          Ahí esta tu hermano, Gonzalo.

Paso una semana antes de que mamá y mi hermano pudieran volver a casa.  Papá estaba muy ansioso y cuando la vio bajar del auto del vecino estalló en risa.  Ambos corrimos a su encuentro y la abrazamos fuerte al llegar a ella; Se veía hermosa, brillaba como nunca esa mañana y el pequeñito en sus brazos dormitaba con calma al ritmo de su respiración.

Entramos a casa acompañados del vecino y su hija que habían traído a mamá desde el hospital.  Todos hablaban y reían, nos sentamos a comer y la alegría nos siguió a la mesa.

–          Es afortunada, si Gonzalo no hubiera llegado a esa hora,  no estaríamos celebrando ahora.

–          Fue mi amigo… o no lo creo, lo olvidé por completo, el vino y no estuve aquí, todos esos días en el hospital.

–          Gonzalo,  hijo, qué es lo que murmuras.

–          Que yo estaba con Pablo abajo en los roqueríos donde termina el camino, lo pasábamos tan bien y el de repente me dijo que volviera a casa, que mamá podía necesitar algo, sólo por eso volví antes.

–          ¿Disculpa, Pablo dijiste?

–          Si mi amigo.

Pasaron los días y Pablo no aparecía por ningún lado, así que decidí bajar a los roqueríos para ver si lo encontraba allí, ya que no sabía donde vivía. Caminé el largo trecho y baje la empinada bajada hasta el lugar donde mi amigo me había mostrado su pequeño mundo marino.  Fue una sorpresa cuando en vez de encontrar a mi amigo, encontré sentada en la orilla, a la hija del vecino, la enfermera.

–          Gonzalo, que alegría verte.

–          Si, no esperaba… es que creí que encontraría a alguien aquí

–          Si, yo también pensé que podría encontrar a alguien aquí.  Ese amigo tuyo, Pablo era su nombre ¿no?

–          ¡Si!, a él esperaba, es que le dije que lo vería al día siguiente de lo ocurrido a mamá, pero lo olvidé, creo que está enojado.

–          Es extraño, pero yo tenía un hermano que se llamaba Pablo. Era un chico como de tu edad cuando solía venir para acá, nunca creímos… no sé, hay cosas que uno no se espera.

–          ¿En serio?, y donde está el ahora, no lo hemos conocido desde que llegamos.

–          Bueno, paso que… el murió cuando niño. Era un niño tan bueno, así como tú.  El se resbalo en unas rocas un poco más allá.  Se suponía que yo vendría con el ese día, pero decidí salir con unas amigas

–          Lo siento tanto.  Pero estuviste ahí cuando mamá te necesitó.

–          Si, tienes razón

Creo que la niñez no me dejó ver entonces, puede que haya sido nada más que una coincidencia, pero gracias a mi amigo, es que aquella chica estuvo ahí para salvar a mi hermanito y es gracias a él que yo estuve ahí para encontrarla.

Paso el verano de forma agitada, el bebé, una nueva mudanza, todo paso tan rápido.

Nunca más supe de mi amigo, pero lo recuerdo todos los días cuando veo a mi hermano menor, Pablo.

Por: Miranda Mayne-Nicholls Verdi

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Queridos amigos,

he tenido el gusto de recibir una carta de Yenney Sosa  Álvarez, de Las Minas,  Jíquima de Pélaez, Cabaiguán.  me dice  que  disfrutó  Por qué los cirrípedos viajan en ballena  -que compró en la Feria de La Habana- y algunos interesantes detalles sobre  ella y su familia. Vaya un cariñoso saludo para Yenney y Brian, su hijo. Les  aviso que le estoy enviando un cuento por correo en caso de que no tengan  acceso a internet.

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