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Posts Tagged ‘américa’

El Chupacabras  supo que era feo la primera vez que se acercó a un pozo de agua; espantadas, las aguas,  hasta entonces calmas como un espejo,  se rizaron violentamente para impedir que su imagen se reflejara  en ellas. El Chupacabras olfateó el aire  y constató que no corría la más delicada brisa.; temiendo lo que vería, se acercó y se inclinó  hasta que su imagen fracturada se fue armando en la superficie. Las aguas se habían congelado de espanto y allí,  con lujo de detalles, pudo  descubrir la horrible imagen con que la Naturaleza lo había  castigado  para la eternidad. Si bien el reconocimiento de su fealdad fue un duro golpe, el Chupacabras  aguantó con entereza. Si de fealdad se trataba, él sería el más feo de todos.

Desde entonces, el Chupacabras vivió ocultándose de los demás seres vivos.  Aprendió de inmediato que de noche todos los gatos son pardos y que si un chupacabras pasa casualmente por un lugar es mucho más difícil que se le vea cuando lo hace rápidamente.  En cuestión de semanas ya era un avezado corredor de larga distancia. Además, siendo, como es,  un perfeccionista,  se despeinó  la  opaca, hirsuta  pelambrera que lo cubre, y se la arrojó, un poco al desgaire, sobre aquel rostro que, como el de Medusa, amenazaba con volver de piedra a la humanidad.

En esa forma inexplicable que la Tierra dispone, la noticia de su aparición trascendió y, peor aún, se esparció como una marea. Al principio, temerosamente susurrada, luego, como tópico general. El Chupacabras supo que estaba perdido cuando la prensa lo puso en letras de molde y saturó páginas web con los detalles de su horrorosa apariencia e ilimitada crueldad.

Era cosa, entonces, de mantener la reputación tan duramente ganada. El Chupacabras continuó escondiéndose entre las matas, se arrastró por madrigueras y cavernas, zigzagueó entre las rocas, se olvidó de la luz solar. Cuando quería alimentarse las cosas se le hacían fáciles: tan sólo asomaba su esperpéntica figura y la víctima moría de pánico ipso facto.

Para consentir a la prensa y demostrando así lo muy consciente que estaba de la red de fantasías que se había tejido sobre su persona, recurrió a complicados sistemas para desangrar los cadáveres de sus presas. Vivió noches de furia aniquilando gallineros completos. Un reguero de ovejas, cabras y reses jalonó su ruta a través de América y los campesinos, aterrados, trancaron sus puertas y pasaron la noche en vela a la luz de una mísera candela.

El Chupacabras se enteraba sin mayor problema de todo cuanto se especulaba sobre él, después de todo, su cabeza es una especie de parabólica que recoge cada pensamiento, cada idea, cada chispazo que ser vivo alguno imprima en su cerebro.  Así supo que se le creía extraterrestre fugitivo, creación de los laboratorios de la CIA, monstruo ancestral, engendro diabólico. Ligeramente avergonzado de que su  aspecto diera para tanto, el Chupacabras sintió que un hálito de orgullo lo esponjaba entero: ¡Quién iba a decir que un humilde recién llegado alcanzara esas cumbres de la fama!

Y allí está, agotado por el  esfuerzo requerido por tarea de tal envergadura, pero con el espíritu incólume: nadie podrá decir jamás que el Chupacabras hace las cosas a medias.

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         …Mi prolongado viaje, querido Daniel,  apenas está comenzando. Desde mi larga gestación en las entrañas de la tierra  la sorprendente vida del planeta ha desfilado ante mis ocelos como  un colorido, vibrante carnaval en que se mezclan, como en un cóctel,  grandes saurios de afiladas garras, homo sapiens  que imprimen sus manos en las paredes de las cavernas, diluvios terroríficos, glaciaciones que congelan  los bosques, ríos de lava que desbordan los cráteres de los volcanes burbujeando como champaña, patriarcas que guian a sus pueblos,  caballeros andantes que acorralan dragones,  ballenas bufantes de los siete mares y narvales de colmillo enroscado, damiselas que piden socorro desde torreones de piedra, corsarios de parche en el ojo, músicos de larga cabellera,  escritores que inventan  mundos que no envejecen, rockeros de modales desenfadados y héroes que de tan desprendidos no se han enterado de que lo son.     Zzummm, zzummm. El planeta es una caja de sorpresas inagotables y en todas partes, allí donde se necesitaba que un hecho se imprimiese en la memoria de los hombres, allí estaba un escritor.

A mí las letras no se me dan muy bien, lo mío es el escenario. No soy ni tan frívola ni tan vanidosa como parezco. Finjo muy bien, tengo pasta de actriz,  y de las grandes. La  abuela solía decir que yo habría sido tan buena como la divina Sara o la trágica  Eleonora.  También he sido siempre una avispa curiosa. Yo hubiera querido estar con todos ellos…no te imaginas cómo me habría gustado  escuchar la tos cascada del hidalgo de La Mancha o sentir la caricia de las manos de Mona Lisa del Giocondo…(¡me muero de ganas de saber por qué sonreía con esa gracia atemporal!) ¡Daría mi engaste de oro por volver atrás  el tiempo y poder centellear en el jubón  de Leonardo, por embarcarme en la Santa María a descubrir  Indias que no son tales  o por  surcar el espacio en la Apolo XI para escuchar el silencio infinito de la noche universal!

           

En mi modesta opinión, lo mejor de todos esos hombres, aún de los peores, residió en la audacia, el desenfado y  la curiosidad que los empujó al otro lado del globo y la valentía que los sostuvo hasta que dieron el último suspiro. ¡Ojalá hubieras estado tú allí para documentar sus pasos, Daniel, lo habrías pasado de maravillas.

Al acompañarlos, yo puse un toque de belleza en sus periplos, ese no sé qué de elegancia que sólo una verdadera avispa de ámbar puede dar. Zzummm, zzummm. (Recuerden que hay muchos mosquitos que en vano han querido imitarme, qué frescura) 

Por el momento, me acarician las manos de esta dama encantadora que me cuida como hueso santo. Zzummm.  No está nada de mal, pero tampoco  pierdo las esperanzas de ser raptada por un extraterrestre que me lleve a conocer los anillos de Saturno. Hace mucho tiempo que me enteré de que las estrellas fugaces no están hechas de diamantes fundidos, de manera que me encantaría visitar esos anillos de hielos  más eternos que cualquiera que haya conocido la Antártida. Quizás me toque en suerte un ladrón internacional de joyas; por si acaso, siempre reluzco lo más posible para deslumbrarlos…pero esta es una ciudad demasiado tranquila.

Zzummm, zzummm. No importa, Daniel, la puerta del mañana siempre está abierta, ni siquiera mi prisión ha impedido que vuele de un lado a otro…quién sabe con qué cosas me encontraré a la vuelta de la próxima página.

            En todo caso, suceda lo que suceda. ..no sé cómo pedírtelo y por favor, no se lo digas a nadie, me da un poco de pudor, pero, cuando tú escribas, ¿crees tú que sería mucha frescura pedirte que yo sea uno de tus protagonistas?

Cariñosamente

Mignon

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-Seis años largos  se han ido marcando en la piel oscura de Juan Lima desde que su antiguo amo fuera asesinado por los bandoleros. Hace ya seis años que el sobrino del amo se hizo cargo de Millancura, trajo al amanuense para hacer el inventario y remató todos los bienes al mejor postor. Juan Lima era un esclavo bien considerado; servicial, limpio, discreto.  Su venta le  aportó a su nuevo amo una  buena cifra que esa misma noche triplicó  sobre la mesa de juego. ¡La coronación de una racha de fortuna!

-¿Quieres decir que no lo liberó, abuela?

-Así es. El amo murió antes de dejar en su testamento la libertad de Juan Lima.

-¡Qué feo!

-Bueno, quizás no pensó que moriría tan de repente.

-Aún así, alguien debió cumplir en su nombre.

-Sí, es cierto. Bueno, no todo es tan malo para Juan Lima, veamos…

 

El nuevo amo no es mejor ni peor que otros. Juan Lima se levanta  antes de que cante el gallo, enciende los braseros y la cocina de leña, trae la leche del establo, lustra las botas y los arreos del caballo, pule los repujados de plata, sacude el polvo de las casacas, empolva la peluca hasta que albea como la luna, mete prisa a las cocineras, trae las bandejas con el desayuno y mordisquea disimuladamente algunos bocadillos que ha levantado en la cocina. Cuando el amo sale a recorrer su hacienda, Juan Lima da un suspiro de alivio y se toma media hora de reposo  a la sombra de los gallineros, no sea cosa que lo vayan a sorprender.

 

¿Quién lo va entender como yo lo hago? Pobre Juan Lima, ninguno tuvo, como él, razones tan valederas para llorar la muerte de su amo.  ¡Cómo se tragó las lágrimas a la espera de la mañana en que volvió al mercado de esclavos…zzummm, zzummm, yo lo viví con él, a mí, nadie me cuenta cuentos!

Este amo no es ni tan malo ni tan bueno, es sólo uno más entre los amos del mundo. Por lo pronto, no hace promesas que no tiene intención de cumplir, de modo que Juan Lima sabe que morirá como esclavo.

 En esta hacienda no se pasa más hambre que el de la libertad ni se pasa más frío que el de la desesperanza. Entretanto, allá en Santiago, la capital, nuevos hechos se suceden que parecieran no  alterar para nada la vida de la gente que, como Juan Lima, es tan mínima que a nadie le importa si viven o mueren.zzummm, zzummm.

Si mi dueño, (en realidad no se si  llamarlo así, Juan Lima es más bien mi compás de espera), en fin, si él tuviera la sensibilidad para darse cuenta de lo que tiene entre sus mano (esto es más bien un decir, en realidad me tiene enterrada bajo  su camastro), si él pudiera, cada vez que me mira daría gracias a Dios por encontrarme. ¡A mí, que he vivido cinco millones de años para venir a quedar bajo su pie!

¡Qué no podría decirle yo a Juan Lima! Explicarle, por ejemplo, que en mi trompa duerme, tan fresco como aquella mañana que lo libé,  polen de plantas que hace milenios dejaron de existir, que en mi aguijón guardo una gota de sangre  -no se extrañen, soy una criatura sorprendente- de una  bestia ya extinta…A que no me creen a quién piqué una vez ¡a un dientes de sable, sí señor, yo, tan delicada, tan frágil, tan refinada!

No es necesario que lo digan, lo reconozco; soy una criatura heroica,  cuando me enfrenté a esa fiera, lo hice sin experimentar temor.

 

En los últimos doce años los vientos de fronda se han paseado por esta tierra. Los criollos se han rebelado contra el rey de España, han luchado entre ellos por el poder, han peleado  y ganado batallas memorables, han llorado derrotas desastrosas  y, en aras del americanismo, han enviado para liberar el virreinato del Perú  cuatro tablas que orgullosamente bautizaron como Escuadra Nacional.

El Director Supremo   tiene treinta y cinco años de edad, es un hombre honrado que de política sabe poco, en realidad, pocos son los que saben algo de ella en estos tiempos, es muy probable que prefiriese seguir dedicado a sus labores de general.

Encerrado como está en la hacienda de su amo, Juan Lima sabe mucho menos. Ignora  que el Director Supremo ha dejado las leyes a cargo de sus hombres de confianza y que éstos se debaten entre la moderación y las ideas liberales. Los liberales han ido ganando terreno, la actual constitución está a punto de ser reemplazada por otra que tampoco durará mucho, pero que tiene entre sus acápites uno que ha de cambiar la vida de Juan Lima y de los casi cuatro mil esclavos que existen en el país.

 

¡Gloria al cielo, gloria a Dios, a mi dueño el pellejo se le hace poco para contener la alegría! ¡Libertad para los esclavos, libertad para los esclavos,  nadie lo puede creer, nadie se lo esperaba! Toda la noche cantaron los esclavos junto al fuego que encendieron debajo del nogal más grande. Zzummm, zzummm.

No se trata de que sus vidas vayan a cambiar mucho, ni pensarlo, todos se quedarán al servicio de los que fueron sus amos, sólo que ahora los llamarán patrones y serán libres de tomar el polvo del camino en busca de otros destinos. Zzummm, zzummm, me sorprendería mucho que todos lo hicieran, el hambre, caballeros, es poderoso consejero.

Juan Lima es diferente, él tiene un tesoro enterrado bajo su camastro y ahora que el sueño imposible se le ha hecho realidad cuenta los minutos que faltan para que pueda convertirlo en una pequeña tierra. Zzummm, zzummm. Es un hecho, muy pronto nos separaremos y es lo mejor que me podría ocurrir. ¡Se me han hecho tan largos estos años de esclavitud y pobreza!

Decir que me he aburrido sería poco…para Mayube yo era el infinito envuelto en hojas de banano, para qué les cuento lo bien que me hacía sentir con eso. A veces hasta me daba vergüenza no poder sacarlo de su error. Para  Juan Lima, en cambio, soy apenas un montoncito de dinero enterrado.  Para mí, estos fueron años oscuros, húmedos  y solitarios. Y mentiría si dijese que lo echaré de menos.  En  todo caso, magnánima como soy,  no puedo desearle nada menos que  lo mejor. Buena  suerte, Juan Lima, que la tierra te sea productiva, que tus brazos sean fuertes, que construyas una larga familia y, sobre todo, que el techo de tu casa no tenga agujeros. ¡Cómo nos han hecho sufrir las goteras estos últimos años! Zzummm, zzummm.

 

Apenas llega al primer altozano del camino, Juan Lima se detiene,  se vuelve para mirar por última vez la hacienda del que fuera su amo y se llena los pulmones de aire fresco. Por una vez en su vida se siente tan liviano que podría volar como los cóndores que planean sobre las cumbres  lejanas. Tiene mucho camino por delante,  sin embargo,  la perspectiva no le parece cansadora. En algún lugar de la ruta se encuentra la capital, en algún lugar de la capital hay algún joyero que comprará el broche de ámbar y  en otro sitio, esperándolo, hay una pequeña tierra que necesita ser cultivada. 

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-Muchos años atrás, cuando fray Joaquín   entregó su alma  al Señor, las tierras que alguna vez fueron conocidas como las Indias Occidentales   se abrían lentamente a la cultura hispánica. Uno tras otro, los navíos procedentes de Europa desembarcaban  en sus costas a aquellos que traían el último ingrediente necesario para constituir  la nueva raza criolla: la sangre española.

Esta noche la abuela parece algo melancólica.  A veces mira por la ventana hacia el rojo manchón del ocaso y suspira bajito. Como si comprendieran que algo ocurre, los niños no la presionan, se han adaptado al lento ritmo de sus palabras.

-Fray Joaquín se fue en paz, en esa misma paz que lo había acompañado  desde que abandonara el ejército de Su Majestad  para convertirse en un miembro más del ejército de Cristo. Poco y nada tenía  el fraile para legar a sus familiares, puesto que hacía ya muchos años que había hecho voto de pobreza. Cuando  fray Joaquín Martínez del Pedregal  se despidió del mundo sólo pudo dejar el recuerdo de su bondad y un hermoso broche de ámbar engastado en oro; en el centro del mismo, tan flamante y tan perfecta como aquella mañana que una gota de resina  la atrapó, se destacaba una  avispa de chaqueta anaranjada, que  de tan  real parecía a punto de dar un zumbido.

 

Zzummm, zzummm. ¿Qué otra cosa podía hacer aparte de zumbar y observar a esos  seres extravagantes?   Mi buen fraile se marchó con esa elegancia y bondad  que siempre le caracterizaron en vida. Nunca se desprendió de mí, pero si lo hizo no fue por contrariar sus votos de pobreza, sino para no olvidar el dolor y la gratitud en los ojos de aquel indio que me pusiera en sus manos. ¿Cómo se llamaba? Mucho   temo que lo he olvidado…ah, ya sé, Mayube. Nunca más supe de él

A la muerte de mi querido fraile  viví dieciocho años  en compañía de la señorita Augusta Mercedes  Martínez, su sobrina. Poco y nada recuerdo de ella, zzummm, zzummm, salvo  su capacidad para hacer una tormenta en  medio vaso de agua. Los arrebatos de mi ama eran famosos en Antigua Guatemala y debo admitir que cuando la señorita Augusta Mercedes  pasó a mejor vida la ciudad entera emitió un profundo suspiro de alivio. Zzummm, zzummm.

De una mano en otra fui pasando, no siempre de la mejor manera. Para mi sorpresa, con el correr del tiempo los caballeros ya no parecían interesarse en mí de la misma manera que antes, ahora eran las damas quiénes  se morían por prenderme en su escote. Ellos me buscaban para complacerlas, por ver asomarse una sonrisa a los labios de sus amadas. Más de una vez, alguno no pudo pagar mi precio y se apoderó de mí de forma que prefiero no  recordar. ¡Qué falta de decoro! Zzummm, zzummm.

El  año de 1811, yo vivía en Guayaquil, en casa de la distinguida familia  Ribera y Castro,  y eran las fiestas de carnaval cuando mi ama, la señorita Lucía, y yo,  nos  asomamos  casualmente a la ventana  en el preciso momento  que pasaba por allí un hacendado venido de Chile, llamado Francisco de Eyzaguirre. Bastó  que él posara sus ojos sobre nosotras para que se enamorara con locura, lo que cualquiera puede entender, en especial mis admiradores.

 Todo lo demás pasó como en un sueño: el romántico noviazgo, el compromiso,  los esponsales y el largo viaje por mar que nos llevó hasta las costas de ese lejano país. Zzummm, zzummm. Ni que decir tengo que por donde quiera me llevase  doña Lucía  todo el mundo quedaba deslumbrada de sólo vernos. Entre ellos, el famoso maestro Gil de Castro, quien me inmortalizó sobre el pecho de mi señora  en un hermoso retrato que, por desgracia, se destruyó en un  terremoto el año de 1905, muchos años después.

Doña Lucía se trasladó  al campo de su enamorado y vivió  los siguientes veinte años penando por ver el mar otra vez.  Una vez al año, en el mes de febrero, su marido, para consolarla, cargaba varios carros con todas las vituallas e implementos necesarios y recorría los largos ochenta  kilómetros que separaban la hacienda de la costa, donde se habían construido una casa de verano.

En esos tiempos,  cuando se iba de vacaciones  no se podía contar con el almacén, de manera que se arreaba con todo: las gallinas ponedoras, una vaca para la leche, corderos, pollos  y cerdos  para echar a la cazuela, legumbres y harina para amasar el pan, criadas y esclavos, aceite para las lámparas, mesas, sillas, catres y cobijas. No es necesario que me lo digan. ¡Qué incomodidad!  ¡Qué algarabía de bestias y hombres! En buena hora se viajaba poco o los atascamientos en los caminos  hubieran sido tremendos. 

Doña Lucía, como es lógico, sólo se preocupaba de verse bella y subir al  carro con mi personita luciéndose en su pecho. Zzummm, zzummm. ¡Qué bien nos veíamos una junto a la  otra; sin duda alguna fue su belleza la que mejor marco constituyó a mi perfección!

Fuimos tan felices las dos…el día que nos separamos, a doña Lucía se le rompió el corazón. Y eso que nunca más supo de mí, porque si hubiera tenido noticias de los terribles dos años que pasé enterrada en las arenas de la playa seguro que se habría culpado de ello. Aunque en realidad no fue responsable, mi querida ama, fue Etelvina, la criada, quién me dejó mal prendida en su corsé…qué dañina puede ser la envidia.

Dos días con sus noches estuvieron los hombres harneando la arena de la playa y registrando las rocas de la orilla. Todo en vano, porque mi señora, pajarito de cabeza hueca, nunca pudo recordar en qué momento trágico me había visto por última vez.

Ni siquiera habría sido  difícil dar conmigo, después de todo, sólo dos años después, al esclavo Juan Lima le bastó  con caminar descalzo  detrás de su dueño para sentir la punta de mi aguja en su talón. Cuando se agachó a ver su herida me encontró allí; bella, incólume, más tentadora que nunca. 

Un esclavo es más listo por viejo que por otra cosa, Juan Lima calló  inmediatamente sus  ayes de dolor. En el mayor de los secretos, me metió en su bolsillo y se marchó cojeando detrás de la comitiva, no fuera cosa que alguien se diese cuenta de lo que había ocurrido.

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Desde su prolongada estadía en la sede episcopal de Chiapas – comienza la abuela esta noche-, el teniente Joaquín Martínez del Pedregal ya  no es el mismo. Eso,  cualquiera podría decirlo. Él, que era tan valiente, tan audaz, tan arrojado, se la pasa ahora protestando por el trato que reciben los indios.  Sus superiores ya no saben qué hacer con él. Apenas hace unos meses   atrás fueron llamadas las tropas para pacificar a los indios de Comayagua; qué más podría pedir un oficial que esa tremenda oportunidad de demostrar lo que vale,  pero el teniente ha cubierto de vergüenza a su regimiento al permitir que los indios se marcharan sin que se les tocase un pelo.

-Son los malos tratos los que les han hecho rebelarse. -Ha explicado a su regreso.

Dos años atrás, el teniente Martínez del Pedregal habría sido el primero en pasar a sangre y fuego sobre los indios, hasta forzarlos a volver a su trabajo en las minas.  Dos años atrás su espada hubiera impuesto la paz a rajatabla, dos años atrás se habría ganado fácilmente las jinetas de Capitán, en cambio, Joaquín Martínez sigue allí, pegado en su grado de teniente, aislado por sus superiores y la tropa que comanda. Nadie confía en él y nadie espera nada bueno de él.

¿Qué es lo que ha pasado?

Podríamos decir que el pobre muchacho no es del todo culpable. En un combate contra los indios  quedó  tan malherido que, dándosele por  acabado se le envió  a bien morir en la misión de fray Bartolomé de Las Casas. Los frailes hicieron un milagro al devolverle  la vida, pero también provocaron irreparable estropicio al sorberle el seso con las prédicas de ese  fraile retorcido, revolucionario y traidor que insiste en proclamar la igualdad de los cristianos con esas criaturas salvajes y a quien en malahora le han nombrado Protector de las Indias.

 

  Cada mañana, apenas amanece, parte el teniente a recorrer las labores mineras. ¡Ay de aquellos que tengan algún indio metido en el cepo o amarrado al poste con la espalda cubierta de sangre! Basta que el teniente les ponga un ojo encima para que se le nuble la vista y se le suba la sangre a las mejillas.

-¡Suéltenlo de inmediato! -Ordena.

En las minas de plata de Juvencio Esquerra,  por lo menos una vez por semana, el teniente encuentra en el cepo a un indio flaco que lleva la espalda toda cruzada con las cicatrices de los latigazos que ha recibido y la cara ennegrecida por los verdugones. El teniente no puede saberlo, pero hace seis meses que el capataz de Juvencio Esquerra intenta arrancarle del pellejo las señas del lugar donde encontró las pepitas de oro con que se había hecho un collar. El indio insiste en que lo rescató de los restos de un naufragio, que no sabe dónde  encontrar  más lágrimas del sol.

Se llama Mayube.

Hoy está la noche  especialmente grata, un airecillo fresco ha bajado de las montañas dando un respiro a la ciudad. Hace ya diez minutos que los niños esperan, la abuela se ha tardado disponiendo el menú de la semana y la impaciencia comienza a hacer estragos.

Alguno propone salir a jugar en la huerta y no faltan los que se entusiasman.

-Yo no voy. -Dice Daniel.

-No seas pesado.

-Quiero saber qué pasa hoy.- Se queja el aludido.

En ese preciso instante llega la abuela, que es recibida con entusiasmo por la parvada de chicos. Casi no la dejan respirar, apresurándola para que retome la historia. ¿Cómo se llamaba el indio? ¡Ya, ya recuerda!

 

Mayube es lo que podríamos llamar ingenuo, pero no tonto. Casi como un niño, el pobrecillo. Me echa encima el vapor de su boca y me frota delicadamente con hojas tiernas hasta que estoy bien abrillantada; después, me esconde bajo su taparrabos en el mayor de los secretos. Zzummmm. Mayube tiene miedo de que le ocurra conmigo lo mismo que con su bello collar de piedras amarillas.

Cuando Mayube regresó a la aldea con el valioso tesoro  regaló al cacique Campeya la mitad de las piedras doradas y el cacique, generosamente, le dio a su hija Tipa  como esposa. Mayube y Tipa tienen cinco hijos, pero hace mucho tiempo que Mayube no ha vuelto a ver a Tipa y a sus hijos, no desde que los  soldados blancos arrasaron la aldea provocando la estampida de los que pudieron; que fueron pocos, porque los demás, Mayube entre ellos, fueron amarrados como fieras y traídos hasta las minas de plata de Comayagua, donde son obligados a trabajar  entre latigazos hasta el día en que caerán muertos.

El mismo soldado que arrebató a Mayube su collar de lágrimas del sol arrancó del cuello del cacique los restos ensangrentados del que usaba. El soldado se los vendió a Juvencio Esquerra y desde ese momento, zzummm, zzummm, a Mayube  no han dejado de apremiarle en el cepo para qué diga de dónde sacó las pepitas de oro.

 Pobre Mayube, dentro de lo que podía, siempre me  trató con gran delicadeza. Dice que soy la diosa de los enjambres y me pide agua y alimentos, sombra y descanso, me duele en el alma no poder complacerle. Cuando podía, me traía deliciosas ofrendas: bananos maduros, orquídeas selectas, aguacates cremosos.  Tan bueno es, que no ha querido culparme por sus sufrimientos actuales, cree que hizo algo malo y debe ser castigado, sólo que todavía no sabe qué es lo que hizo.

 

¡Cómo le gustaría a Mayube que los extranjeros de piel blanca se dieran cuenta de que él no les está engañando! Todos los días, Mayube le pide a la Diosa de los Enjambres que le revele el lugar donde  nacen las  Lágrimas del Sol, pero ella está tan disgustada con Mayube que no quiere saber nada con él. Es cierto que hace mucho tiempo que Mayube no la agasaja con los mejores frutos de la selva, que hace muchas lunas que la obligó a acompañarle hasta estas montañas resecas y crueles, pero también es verdad que Mayube vino aquí contra su voluntad, que fueron ellos, los guerreros de piel blanca,  los que le forzaron a venir como esclavo.

No importa, Mayube es fuerte, un valiente cazador que ha luchado con serpientes y jaguares, puede soportarlo todo por más largos que sean su prisión y su destierro. Mayube puede soportarlo todo si la Diosa de los Enjambres protege a Tipa y a sus hijos. No hay día que Mayube no ruegue  para que su familia haya podido escapar de los crueles extranjeros. Algún día, cuando Mayube sea libre otra vez, podrá traerle a la Diosa de los Enjambres los más bellos y deliciosos regalos, entonces, ella le perdonará y todo volverá a ser como antes.

Con todo, las cosas no están tan mal, porque Mayube tiene un amigo entre los guerreros de piel blanca. Mayube no entiende una palabra de lo que él dice, pero sabe que cuando él viene hasta las minas  hace correr a los blancos malvados con sus órdenes y todavía no muere el eco de sus palabras cuando  Mayube y los demás esclavos son liberados y se les da agua y algo de comer.  Mayube está seguro de que el guerrero de piel blanca que les ayuda es un enviado de la Diosa de los Enjambres.

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