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Posts Tagged ‘ámbar’

-Seis años largos  se han ido marcando en la piel oscura de Juan Lima desde que su antiguo amo fuera asesinado por los bandoleros. Hace ya seis años que el sobrino del amo se hizo cargo de Millancura, trajo al amanuense para hacer el inventario y remató todos los bienes al mejor postor. Juan Lima era un esclavo bien considerado; servicial, limpio, discreto.  Su venta le  aportó a su nuevo amo una  buena cifra que esa misma noche triplicó  sobre la mesa de juego. ¡La coronación de una racha de fortuna!

-¿Quieres decir que no lo liberó, abuela?

-Así es. El amo murió antes de dejar en su testamento la libertad de Juan Lima.

-¡Qué feo!

-Bueno, quizás no pensó que moriría tan de repente.

-Aún así, alguien debió cumplir en su nombre.

-Sí, es cierto. Bueno, no todo es tan malo para Juan Lima, veamos…

 

El nuevo amo no es mejor ni peor que otros. Juan Lima se levanta  antes de que cante el gallo, enciende los braseros y la cocina de leña, trae la leche del establo, lustra las botas y los arreos del caballo, pule los repujados de plata, sacude el polvo de las casacas, empolva la peluca hasta que albea como la luna, mete prisa a las cocineras, trae las bandejas con el desayuno y mordisquea disimuladamente algunos bocadillos que ha levantado en la cocina. Cuando el amo sale a recorrer su hacienda, Juan Lima da un suspiro de alivio y se toma media hora de reposo  a la sombra de los gallineros, no sea cosa que lo vayan a sorprender.

 

¿Quién lo va entender como yo lo hago? Pobre Juan Lima, ninguno tuvo, como él, razones tan valederas para llorar la muerte de su amo.  ¡Cómo se tragó las lágrimas a la espera de la mañana en que volvió al mercado de esclavos…zzummm, zzummm, yo lo viví con él, a mí, nadie me cuenta cuentos!

Este amo no es ni tan malo ni tan bueno, es sólo uno más entre los amos del mundo. Por lo pronto, no hace promesas que no tiene intención de cumplir, de modo que Juan Lima sabe que morirá como esclavo.

 En esta hacienda no se pasa más hambre que el de la libertad ni se pasa más frío que el de la desesperanza. Entretanto, allá en Santiago, la capital, nuevos hechos se suceden que parecieran no  alterar para nada la vida de la gente que, como Juan Lima, es tan mínima que a nadie le importa si viven o mueren.zzummm, zzummm.

Si mi dueño, (en realidad no se si  llamarlo así, Juan Lima es más bien mi compás de espera), en fin, si él tuviera la sensibilidad para darse cuenta de lo que tiene entre sus mano (esto es más bien un decir, en realidad me tiene enterrada bajo  su camastro), si él pudiera, cada vez que me mira daría gracias a Dios por encontrarme. ¡A mí, que he vivido cinco millones de años para venir a quedar bajo su pie!

¡Qué no podría decirle yo a Juan Lima! Explicarle, por ejemplo, que en mi trompa duerme, tan fresco como aquella mañana que lo libé,  polen de plantas que hace milenios dejaron de existir, que en mi aguijón guardo una gota de sangre  -no se extrañen, soy una criatura sorprendente- de una  bestia ya extinta…A que no me creen a quién piqué una vez ¡a un dientes de sable, sí señor, yo, tan delicada, tan frágil, tan refinada!

No es necesario que lo digan, lo reconozco; soy una criatura heroica,  cuando me enfrenté a esa fiera, lo hice sin experimentar temor.

 

En los últimos doce años los vientos de fronda se han paseado por esta tierra. Los criollos se han rebelado contra el rey de España, han luchado entre ellos por el poder, han peleado  y ganado batallas memorables, han llorado derrotas desastrosas  y, en aras del americanismo, han enviado para liberar el virreinato del Perú  cuatro tablas que orgullosamente bautizaron como Escuadra Nacional.

El Director Supremo   tiene treinta y cinco años de edad, es un hombre honrado que de política sabe poco, en realidad, pocos son los que saben algo de ella en estos tiempos, es muy probable que prefiriese seguir dedicado a sus labores de general.

Encerrado como está en la hacienda de su amo, Juan Lima sabe mucho menos. Ignora  que el Director Supremo ha dejado las leyes a cargo de sus hombres de confianza y que éstos se debaten entre la moderación y las ideas liberales. Los liberales han ido ganando terreno, la actual constitución está a punto de ser reemplazada por otra que tampoco durará mucho, pero que tiene entre sus acápites uno que ha de cambiar la vida de Juan Lima y de los casi cuatro mil esclavos que existen en el país.

 

¡Gloria al cielo, gloria a Dios, a mi dueño el pellejo se le hace poco para contener la alegría! ¡Libertad para los esclavos, libertad para los esclavos,  nadie lo puede creer, nadie se lo esperaba! Toda la noche cantaron los esclavos junto al fuego que encendieron debajo del nogal más grande. Zzummm, zzummm.

No se trata de que sus vidas vayan a cambiar mucho, ni pensarlo, todos se quedarán al servicio de los que fueron sus amos, sólo que ahora los llamarán patrones y serán libres de tomar el polvo del camino en busca de otros destinos. Zzummm, zzummm, me sorprendería mucho que todos lo hicieran, el hambre, caballeros, es poderoso consejero.

Juan Lima es diferente, él tiene un tesoro enterrado bajo su camastro y ahora que el sueño imposible se le ha hecho realidad cuenta los minutos que faltan para que pueda convertirlo en una pequeña tierra. Zzummm, zzummm. Es un hecho, muy pronto nos separaremos y es lo mejor que me podría ocurrir. ¡Se me han hecho tan largos estos años de esclavitud y pobreza!

Decir que me he aburrido sería poco…para Mayube yo era el infinito envuelto en hojas de banano, para qué les cuento lo bien que me hacía sentir con eso. A veces hasta me daba vergüenza no poder sacarlo de su error. Para  Juan Lima, en cambio, soy apenas un montoncito de dinero enterrado.  Para mí, estos fueron años oscuros, húmedos  y solitarios. Y mentiría si dijese que lo echaré de menos.  En  todo caso, magnánima como soy,  no puedo desearle nada menos que  lo mejor. Buena  suerte, Juan Lima, que la tierra te sea productiva, que tus brazos sean fuertes, que construyas una larga familia y, sobre todo, que el techo de tu casa no tenga agujeros. ¡Cómo nos han hecho sufrir las goteras estos últimos años! Zzummm, zzummm.

 

Apenas llega al primer altozano del camino, Juan Lima se detiene,  se vuelve para mirar por última vez la hacienda del que fuera su amo y se llena los pulmones de aire fresco. Por una vez en su vida se siente tan liviano que podría volar como los cóndores que planean sobre las cumbres  lejanas. Tiene mucho camino por delante,  sin embargo,  la perspectiva no le parece cansadora. En algún lugar de la ruta se encuentra la capital, en algún lugar de la capital hay algún joyero que comprará el broche de ámbar y  en otro sitio, esperándolo, hay una pequeña tierra que necesita ser cultivada. 

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-Muchos años atrás, cuando fray Joaquín   entregó su alma  al Señor, las tierras que alguna vez fueron conocidas como las Indias Occidentales   se abrían lentamente a la cultura hispánica. Uno tras otro, los navíos procedentes de Europa desembarcaban  en sus costas a aquellos que traían el último ingrediente necesario para constituir  la nueva raza criolla: la sangre española.

Esta noche la abuela parece algo melancólica.  A veces mira por la ventana hacia el rojo manchón del ocaso y suspira bajito. Como si comprendieran que algo ocurre, los niños no la presionan, se han adaptado al lento ritmo de sus palabras.

-Fray Joaquín se fue en paz, en esa misma paz que lo había acompañado  desde que abandonara el ejército de Su Majestad  para convertirse en un miembro más del ejército de Cristo. Poco y nada tenía  el fraile para legar a sus familiares, puesto que hacía ya muchos años que había hecho voto de pobreza. Cuando  fray Joaquín Martínez del Pedregal  se despidió del mundo sólo pudo dejar el recuerdo de su bondad y un hermoso broche de ámbar engastado en oro; en el centro del mismo, tan flamante y tan perfecta como aquella mañana que una gota de resina  la atrapó, se destacaba una  avispa de chaqueta anaranjada, que  de tan  real parecía a punto de dar un zumbido.

 

Zzummm, zzummm. ¿Qué otra cosa podía hacer aparte de zumbar y observar a esos  seres extravagantes?   Mi buen fraile se marchó con esa elegancia y bondad  que siempre le caracterizaron en vida. Nunca se desprendió de mí, pero si lo hizo no fue por contrariar sus votos de pobreza, sino para no olvidar el dolor y la gratitud en los ojos de aquel indio que me pusiera en sus manos. ¿Cómo se llamaba? Mucho   temo que lo he olvidado…ah, ya sé, Mayube. Nunca más supe de él

A la muerte de mi querido fraile  viví dieciocho años  en compañía de la señorita Augusta Mercedes  Martínez, su sobrina. Poco y nada recuerdo de ella, zzummm, zzummm, salvo  su capacidad para hacer una tormenta en  medio vaso de agua. Los arrebatos de mi ama eran famosos en Antigua Guatemala y debo admitir que cuando la señorita Augusta Mercedes  pasó a mejor vida la ciudad entera emitió un profundo suspiro de alivio. Zzummm, zzummm.

De una mano en otra fui pasando, no siempre de la mejor manera. Para mi sorpresa, con el correr del tiempo los caballeros ya no parecían interesarse en mí de la misma manera que antes, ahora eran las damas quiénes  se morían por prenderme en su escote. Ellos me buscaban para complacerlas, por ver asomarse una sonrisa a los labios de sus amadas. Más de una vez, alguno no pudo pagar mi precio y se apoderó de mí de forma que prefiero no  recordar. ¡Qué falta de decoro! Zzummm, zzummm.

El  año de 1811, yo vivía en Guayaquil, en casa de la distinguida familia  Ribera y Castro,  y eran las fiestas de carnaval cuando mi ama, la señorita Lucía, y yo,  nos  asomamos  casualmente a la ventana  en el preciso momento  que pasaba por allí un hacendado venido de Chile, llamado Francisco de Eyzaguirre. Bastó  que él posara sus ojos sobre nosotras para que se enamorara con locura, lo que cualquiera puede entender, en especial mis admiradores.

 Todo lo demás pasó como en un sueño: el romántico noviazgo, el compromiso,  los esponsales y el largo viaje por mar que nos llevó hasta las costas de ese lejano país. Zzummm, zzummm. Ni que decir tengo que por donde quiera me llevase  doña Lucía  todo el mundo quedaba deslumbrada de sólo vernos. Entre ellos, el famoso maestro Gil de Castro, quien me inmortalizó sobre el pecho de mi señora  en un hermoso retrato que, por desgracia, se destruyó en un  terremoto el año de 1905, muchos años después.

Doña Lucía se trasladó  al campo de su enamorado y vivió  los siguientes veinte años penando por ver el mar otra vez.  Una vez al año, en el mes de febrero, su marido, para consolarla, cargaba varios carros con todas las vituallas e implementos necesarios y recorría los largos ochenta  kilómetros que separaban la hacienda de la costa, donde se habían construido una casa de verano.

En esos tiempos,  cuando se iba de vacaciones  no se podía contar con el almacén, de manera que se arreaba con todo: las gallinas ponedoras, una vaca para la leche, corderos, pollos  y cerdos  para echar a la cazuela, legumbres y harina para amasar el pan, criadas y esclavos, aceite para las lámparas, mesas, sillas, catres y cobijas. No es necesario que me lo digan. ¡Qué incomodidad!  ¡Qué algarabía de bestias y hombres! En buena hora se viajaba poco o los atascamientos en los caminos  hubieran sido tremendos. 

Doña Lucía, como es lógico, sólo se preocupaba de verse bella y subir al  carro con mi personita luciéndose en su pecho. Zzummm, zzummm. ¡Qué bien nos veíamos una junto a la  otra; sin duda alguna fue su belleza la que mejor marco constituyó a mi perfección!

Fuimos tan felices las dos…el día que nos separamos, a doña Lucía se le rompió el corazón. Y eso que nunca más supo de mí, porque si hubiera tenido noticias de los terribles dos años que pasé enterrada en las arenas de la playa seguro que se habría culpado de ello. Aunque en realidad no fue responsable, mi querida ama, fue Etelvina, la criada, quién me dejó mal prendida en su corsé…qué dañina puede ser la envidia.

Dos días con sus noches estuvieron los hombres harneando la arena de la playa y registrando las rocas de la orilla. Todo en vano, porque mi señora, pajarito de cabeza hueca, nunca pudo recordar en qué momento trágico me había visto por última vez.

Ni siquiera habría sido  difícil dar conmigo, después de todo, sólo dos años después, al esclavo Juan Lima le bastó  con caminar descalzo  detrás de su dueño para sentir la punta de mi aguja en su talón. Cuando se agachó a ver su herida me encontró allí; bella, incólume, más tentadora que nunca. 

Un esclavo es más listo por viejo que por otra cosa, Juan Lima calló  inmediatamente sus  ayes de dolor. En el mayor de los secretos, me metió en su bolsillo y se marchó cojeando detrás de la comitiva, no fuera cosa que alguien se diese cuenta de lo que había ocurrido.

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La ciudad dormita la siesta bajo un velo de polvo; encaramado en un árbol, Daniel se lleva la mano a la frente y espía  la huerta vecina. No hay moros en la costa. El niño se escurre por las ramas del árbol  y, antes de dejarse caer del otro lado de la muralla,  para la oreja, tratando de asegurarse de que también los perros duermen. Las tres de la tarde; en la propiedad de don Nacho Bautista las vacas espantan mosquitos con su cola perezosa y el cerdo que se ceba para las navidades ronca desenfadadamente en la pocilga. En silencio, Daniel se deja caer y se mete en la huerta agazapado, escondiéndose detrás de los troncos de los mangos y los guayabos.

Como el  niño lo imaginaba, los mangos están maduros. Daniel corta los mejores frutos y los apretuja en sus bolsillos  hasta que ya no pueden más, entonces desabotona la camisa y los acomoda allí, entre el faldón y la pretina del pantalón corto;  las ramas del árbol han dibujado en sus piernas delgadas el mapa del universo. El último mango es tan grande y perfumado que el niño no puede resistirse y arranca un trozo de piel para chupar la carne dorada y jugosa.

-¡Daniel, que vienen, se despertó el perro!

El niño deja caer la fruta, vuela más que corre hacia la muralla y arroja del otro lado la caña mientras se cuelga del cordel que han lanzado sus compañeros. El temor imprime con fuerza en sus oídos el ladrido de los perros que se acercan y el portazo que ha dado el dueño de la huerta al salir medio dormido a averiguar qué está pasando.

-¡Apúrate, tonto, que ya están aquí!

Un último empeño y sus manos se agarran del borde de la muralla en el instante mismo que  los dos  perrazos asoman corriendo y ladrando como energúmenos. Casi sin aliento, Daniel se monta sobre la muralla y se burla de los guardianes. Justo a tiempo decide dejarse caer del otro lado, pues apenas ha desparecido su cabeza rizada asoma a pocos metros la cara congestionada y furiosa del propietario. Batiendo un palo de escoba, el hombre  llega hasta la muralla  con la lengua afuera.

-Ya verán lo que les pasará  si llego a pescarlos; del pellejo les voy a sacar los mangos.- Vocifera indignado por la fruta  robada y la siesta interrumpida.

Pero ya los niños están lejos, Don Nacho  puede patalear todo lo que quiera, ríe Daniel  mientras reparte los mangos entre sus amigos. Diez minutos después, cuando los perros del vecino llegan al lugar, los niños han desaparecido y sólo quedan en su lugar algunas pieles de mango y un viejo tarro oxidado.

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