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Devorado por la desesperación, el capitán Z*Quq tenía un aspecto deplorable. Iba de un lado a otro de la nave tratando de arrancarse el tentáculo superior  sin parar de gemir:

-Mi amada X*Klimi, mis adorados padres, mis maestros queridos…

Tanto dolor no podía quedar sin respuesta. Pancho se le acercó, le tocó el hombro derecho y le dijo con voz temblorosa.

-Bueno, no todo está perdido, Capitán…podrían venirse a vivir acá.

La idea era descabellada, pero la situación era tan desesperada que el Capitán se agarró de ella como un náufrago de un salvavidas.

-¿Tú crees que el Mariscal de Tierra aceptará, terrestre Pancho?

No fue sencillo explicarle al Capitán y al Mariscal Z*Yaiq que la Tierra carecía de un Mariscal único. La idea de algunos centenares de mandatarios, de los cuales sólo unos pocos tenían verdadera importancia en las decisiones que involucraban al planeta, les era difícil de asumir.

En todo caso, más sabe un Mariscal por viejo que por otra cosa. Como todo político avezado, el Mariscal resolvió el asunto designando a Pancho como  Embajador Plenipotenciario de Zdn ante las Naciones Unidas. Pancho, por su parte, decidió que ocultaría esos honores cuidadosamente por razones de seguridad personal  y  enseguida elaboró un plan perfecto para que la colonización de los zédicos* pasase inadvertida.

El Mariscal, bien aleccionado por algunos reportes secretos del Capitán Z*Quq, estuvo de acuerdo. Casi simultáneamente, los zédicos* comenzaron a embarcarse. Las naves que aguardaban en las plataformas de lanzamiento se llenaban,  cerraban sus escotillas y emprendían el vuelo. El Mariscal Z*Yaiq estaba contento: la evacuación de Zdn se efectuaba con precisión y calma, tal como fuera planificada.

En las últimas naves se embarcó toda la fauna de Zdn. Los últimos en subir fueron los nefertiles, que habían sido a su vez los últimos en buscar refugio bajo la superficie.  Tenían tal bullicio dentro de sus jaulas que casi enloquecían a los pilotos de sus naves. Incluso, se corrió la voz de que unos esklemtiles, que son unos animales bastante tímidos,  habían intentado suicidarse arrojándose desde lo alto de la torre. Los nefertiles provocan pasiones encontradas.

-O se les ama o se les odia -decía de ellos el profesor Z*Asmuq.

Los últimos en subir fueron doscientos ejemplares de canfini spola (que han sido llevados al borde  de la extinción a causa de sus bellas plumas nacaradas) y cincuenta y dos parejas de tamuks  con los que se esperaba iniciar crianza tan pronto como fuera  posible.

 

Mantener la seguridad fue la razón de que los primeros zédicos* que pisaron la Tierra lo hicieran fingiendo ser juguetes de plástico. Poco tiempo después, cuando los zédicos  vieron el tamaño de los terrestres y apreciaron algunas de  sus más famosas  seriales de televisión, estuvieron totalmente de acuerdo con los sacrificios que les había impuesto la llegada secreta. ¡Quién habría dicho que los Azules eran tan peligrosos!

Las últimas instrucciones que recibió el Capitán Z*Quq se referían al terrestre  llamado Pancho. Amablemente, el Mariscal Z*Yaiq  deploraba tener que ordenarle que la memoria del niño memoria debía ser borrada en cuanto terminara el desembarco de los zédicos*.

 

Los extraterrestres de plástico anaranjado coparon el mercado con extraordinaria rapidez. Después de que un comerciante declaró que tenían  tan buen sistema de animación que parecían vivos, se convirtieron en la sensación de la temporada. Todo el mundo quería llevarlos a sus casas y era de pésimo gusto no contar con uno de ellos, por lo menos, entre los adornos de la casa. Algunas personas tenían familias completas de las que no podían explicar cómo  habían llegado a poseer. Parecía que se reproducían solos.

Los extraterrestres terminaron  por saturar casas, jugueterías y supermercados. Aunque nunca llegó a saberse quiénes fueron los fabricantes  originales, después  aparecieron en circulación las típicas copias hechas en Taiwan, que distaban mucho de tener la misma calidad de las primeras.  Los  primeros extraterrestres animados sólo tenían un defecto:  tarde o temprano, desaparecían y no había  manera de  recuperarlos.

 

Después, quién sabe de dónde,  surgió el mito urbano de los invasores extraterrestres,  que explicaba  la existencia de los juguetes anaranjados como una invasión pacífica que tarde o temprano se apoderaría de la Tierra. Al desaparecer, se decía, los extraterrestres se marchaban a unas colonias submarinas que habían construido frente a las costas del norte de Chile.

No faltó quien los buscó con ayuda de un submarino y el verano siguiente la mitad de los adolescentes de La Serena  perdió el tiempo mirando debajo del agua para encontrar alguna evidencia. Lógicamente, no se encontró nada.

Al año siguiente nadie hablaba de ellos. Habían pasado de moda. 

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Tres días después,  antes de que los integrantes de su familia abrieran los ojos, Pancho se levantó, se colgó las zapatillas al cuello y  salió sigiloso en dirección a la cabaña de las herramientas. Aún estaba oscuro, era sábado, por lo que estaba seguro de que sus padres no se  despertarían  antes de las nueve de la mañana.  Despejó la superficie de la caja y ante él, soñoliento, apareció el Capitán Z*Quq con el tentáculo superior levemente maltrecho por las incómodas noches pasadas.

Con el extraterrestre acomodado en una mochila,  Pancho llevó su bici hasta llegar a la esquina;  recién ahí se montó en ella y partió velozmente hacia los suburbios. Junto a su oreja derecha asomaba  la cabezota anaranjada de Z*Quq, que trataba de  descubrir el camino dándole las instrucciones más contradictorias que fuera posible.  Eso, hasta que Pancho se detuvo abruptamente.

-Mira, tú me dijiste que llegaste por la carretera.

-Sí.

-Y que entraste por el acceso norte.

-Sí.

-Bueno, quédate callado y yo te llevo allá.

-¡Pero tengo que encontrar el vehículo de superficie!

-¿Y dónde lo dejaste?

-En  el parque, junto a unas estatuas.

-Esta bien, vamos allá.

Media hora después, luego de afanosa búsqueda, el Capitán Z*Quq  logró dar con elvehículo de superficie, que estaba  medio sepultado por los matojos y la tierra. El vehículo de superficie tenía el capot feamente averiado y  tan mal aspecto que el Capitán dio el contacto con preocupación, pero el motor ronroneó suavemente. ¡Funcionaba!

A Pancho le costó bastante introducirse en el vehículo de superficie, es más, nunca habría imaginado que se pudieran  hacer autos tan chicos. Pero a fin de cuentas, su tío Luis era dueño de un Austin Mini del año de la  pera, así que ya tenía un poco de práctica en esas lides.  Para hacerle más espacio, el Capitán se deshizo de las raciones de emergencia,  que Pancho escondió junto a su bici y la mochila vacía.

  Pocos minutos después, enfilaban por la Carretera Panamericana Norte en busca de la Nefertil I.

 

-¡Aquí, aquí fue! Mi nave debe estar hacia el este.

¿Cómo podía estar tan seguro el Capitán? A Pancho todo el desierto le parecía igual.

-De ninguna manera -explicó el Capitán Z*Quq-, toda la información del aterrizaje quedó  registrada en Nefertil I y los instrumentos del vehículo de superficie están conectados directamente con el cerebro de la nave.

Y obedeciendo las instrucciones de su pantalla,  se encaminó directamente hacia las montañas.

Contra todo lo que Pancho pudiera pensar, el vehículo de superficie era bastante eficiente. Sin ningún problema superaba dunas, colinas, pedregales y  bajadas. El niño iba totalmente doblado y encogido, pero el todo terreno del Capitán Z*Quq no se achicaba con el peso extra. Cuando las cuestas se hacían muy pesadas, el Capitán presionaba un nuevo botón de marcha, entonces el ronquido del motor se hacía más profundo y en pocos minutos superaba la subida.

 La  incómoda posición, sumada a la poca costumbre de madrugar,  terminaron por cansar al niño. Sus ojos se fueron cerrando hasta que finalmente se durmió del todo.

 

-Ahí está, hemos llegado!

            El grito del Capitán Z*Quq despertó al niño. Con las extremidades adormecidas y el cuello maltrecho, Pancho trató de ver la nave en  la ventanilla del todo terreno, pero delante de él sólo se divisaba una gran extensión de desierto bañada por el sol.

            -Yo no veo nada -se quejó.

-No te preocupes, terrestre -repuso el zédico*-, ya podrás verla.

Reduciendo la velocidad al mínimo, el Capitán Z*Quq se adelantó con decisión  hacia una pila de rocas, Pancho abrió la boca para gritar ¡Cuidado!, pero no alcanzó a hacerlo. Todo lo que los rodeaba desapareció y repentinamente, las rocas se convirtieron en una gran pasarela plateada por la que el vehículo de superficie trepó sin dificultades hasta llegar al corazón de la nave interplanetaria.

-¡Guau! ¿Cómo hiciste eso?

-Dejé la nave protegida con un camuflador de imagen, aunque estábamos delante de ella, no podías verla. -Explicó Z*Quq.

El Capitán  saltó ágilmente hacia el interior de la nave. Pancho hubiera querido hacer lo mismo, pero sus piernas entumecidas no se lo permitieron. No pudo  evitar un par de ayes de dolor a medida que entre cabezazos y  estirones lograba salir del pequeño   vehículo.

-Bienvenido a mi nave,  terrestre.

Pancho estaba maravillado. La Nefertil I  era bastante grande si se consideraban las dimensiones de los zédicos*. Todo relucía brillante e impecable a bordo; después de todo, uno de los motivos por el que se le asignara la misión a Z*Quq habían sido sus  excelentes calificaciones en la Escuela Interplanetaria de Vuelo y Exploración.  Asombrado, el niño iba de un lado a otro revisando los aparatos, el tablero de vuelo, la ventanilla salpicada  de desechos de nefertil  de brillante color rojo y el vistoso traje de astronauta  con  el que Z*Quq se apresuró a reemplazar el vestido de la  muñeca de  Mari.

Inmediatamente después, el Capitán se instaló en el asiento de mando y  encendió el intercomunicador.

-Nefertil I a Base Zdn, Nefertil I a Base Zdn, este es el Capitán Z*Quq, Nefertil I llamando…

La respuesta vino emocionada desde el otro lado del universo:

-¡Base Zdn a  nave Nefertil, creímos que habría muerto, Capitán! ¡Este es un gran día para Zdn!

-Tengo tantas cosas que contarle, Mariscal Z*Yaiq, que no sé por dónde empezar, pero, antes que nada, debo decirle lo peor: el Planeta Azul no está deshabitado. No podremos instalarnos aquí.

Un largo silencio se alzó a través del cosmos. El Capitán Z*Quq pensó que había pasado una eternidad  cuando la voz del Mariscal Z*Yaiq volvió a escucharse  por el intercomunicador.

– También nosotros tenemos algo que decirle, capitán. El proceso de supernova de nuestra  vieja y querida Estrella Madre se ha salido de los márgenes normales. Sólo contamos con treinta mags para evacuar a nuestro pueblo hacia algún punto de la galaxia  donde no nos alcance su poder destructivo. 

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Lo primero que hizo Pancho fue devolverle el triciclo a Matías e interrogarlo minuciosamente sobre lo sucedido el día del robo. El proceso de obtener información se produjo sin dificultades, pero para su sorpresa, cuando intentó dejar el triciclo el niño se negó a recibirlo.

-No do quiedo, ahoda teno una biciqueta.-

Matías estaba aterrado. ¿Qué tal si a papá se le ocurría devolver su preciosa bicicleta nueva ahora que el triciclo estaba de vuelta?

En todo caso, Pancho  insistió tanto que  todos los demás aparecieron -así son las cosas en la  familia de Matías, todo es asunto de estado-, se enteraron del asunto  y quedaron convencidos de que  el pequeño había escondido el triciclo para que le compraran una bicicleta.

Mamá pensó que su bebé era muy listo y lo había planeado todo, pero que habría que reforzar su honradez. Matías no podía ir por la vida mintiendo con esa soltura.

Tere pensó que su hermanito era un fresco, pero ¡qué bacán!

Matías lloró con auténtica desesperación porque nadie le creía y perdería su bicicleta nueva.

Y  papá, conmovido,  prometió que no devolvería la bicicleta, pero le hizo prometer a su pequeñín que nunca más inventaría cosas. El niño aceptó entre sollozos, Mamá consideró la posibilidad de una visita al sicólogo, el triciclo fue asignado al primito Benjamín y  Matías conservó para siempre  la desagradable  reputación de un niño mentiroso, que le acarrearía serios problemas en su adolescencia.  

Las cosas parecían haber quedado claras para todos, menos para Pancho. Su febril imaginación de niño era perfectamente capaz de todo. En otras palabras, Pancho  creía  la más fantástica de las versiones del asunto: el extraterrestre de su hermana era en realidad un invasor, había robado el triciclo y quién sabe qué otras cosas  y estaba esperando el mejor momento para llenar la Tierra de otros invasores enanos y anaranjados que se harían pasar por juguetes hasta apoderarse del mundo.

Sólo necesitaba una cosa: pruebas.

Porque una cosa es suponer una verdad  y otra muy distinta es probarlo ante el mundo. Para  eso, Pancho necesitaba un detalle muy importante: el juguete de su hermana.

En todo caso, Pancho ya tiene diez años  y conoce bien el mundo exterior. Temiendo que le ocurriera lo mismo que a Matías, se guardó muy bien de contar a su familia lo que había descubierto. En vez de eso, fingió absoluta inocencia, se desentendió totalmente del dormitorio de su hermana y tres días después se robó la llave del armario.  Para que Mari  se mudara de ropas, Mamá debió llamar un maestro  que rompiera la cerradura  e instalara una nueva. La  niña recibió un buen reto por  las molestias que había provocado y Pancho disfrutó la oportunidad de ver como la hermana perfecta cometía un error.

Ahora que ni siquiera necesitaba la llave, Pancho, que ha visto bastantes series policiales,  se deshizo de las evidencias incriminatorias arrojando la llave a la basura y esperó pacientemente  que llegara el sábado. Ese día, mientras la familia hacía preparativos para el cine, sufrió repentinamente un dolor de estómago  que estuvo a punto de hacer que  Mamá llamara al médico. Notando que sobreactuaba, Pancho moderó sus gemidos, concedió que se sentía mejor, pero que prefería quedarse acostado y cuando todos salieron, se dio un margen de seguridad de cinco minutos y luego saltó como un resorte en dirección al closet de su hermana.

 El Capitán Z*Quq ya había acabado con los diarios de vida y atacaba ahora la colección de  fotografías de los astros favoritos  de Mari  cuando la puerta se abrió bruscamente y Azul Pancho lo atrapó en el proceso de engullir al teniente Horacio Hornblower con tricornio y todo.

-¡Te tengo!

Pancho levantó al Capitán, que se atragantó de terror, y le apretó la panza anaranjada hasta que los restos del uniforme de Hornblower saltaron  por el aire. Z*Quq habría preferido desmayarse, pero  no tuvo más remedio que fingir que era un juguete. Por supuesto, a esas alturas era bien difícil que Pancho le creyera;  simplemente lo pescó del tentáculo superior y se lo llevó a  rastras hacia su laboratorio secreto, es decir, lo metió debajo de la mesa de su computador,  donde  le ató las extremidades a las patas del  mueble para  tenerlo asegurado mientras encontraba las herramientas adecuadas.

 ¡El Capitán Z*Quq estaba en manos del peor de sus enemigos! Aterrado, el valiente explorador  empalideció hasta  un enfermizo tono amarillo mayonesa. Azul Pancho no dejaba de observarle y cada cierto rato arrojaba a su alrededor toda clase de herramientas de apariencia diabólica: alicates, cortaplumas, agujas de coser  lana,  tornillos, pinzas. Cuando finalmente apareció esgrimiendo  un gran cuchillo cartonero en la mano derecha, el Capitán  no necesitó seguir actuando y se desmayó de veras.

Al volver  en sí, una luz cegadora  bloqueó sus ojos  y   lo dejó  a un tris de desvanecerse otra vez: ¡un horrible ojo gigantesco lo observaba! El Capitán Z*Quq estaba a punto de conocer la peor cara de los Azules.

-¡Z*Amustaq  -rogó al Dios de Zdn-, apiádate de mí!

Contra su voluntad, el Capitán  no pudo evitar preguntarse si el poder de Z*Amustaq  llegaría hasta el otro lado del Universo o sólo alcanzaría para el planeta Zdn.  Tembló como poseído.

-¡Ah, yo sabía que estabas vivo, invasor! -Rugió Pancho apartando la lupa de Papá de su ojo derecho – ¡Confiesa cuáles son tus planes!

-¡Soy inocente! -Gimió Z*Quq tal y cómo había visto que decían los prisioneros en la pantalla oscura.

El Capitán no podía entender qué  le estaba sucediendo. ¡Estaba echando líquido por los ojos, igual que Azul Mamá y Azul Matías! Por si acaso, repitió todas las frases que había escuchado al prisionero  de “El regreso de los Mutantes III”

– ¡Está bien, te daré todo el dinero!

-¡Confesaré todo, pero no me hagas daño, Azul Pancho!

– ¡ Yo no fuí, soy inocente!

Como era de esperar y tal cual ocurría en la película, Azul Pancho sólo se interesó en el dinero.

-¡Lo tengo escondido en una caja debajo de los zapatos de Azul Mari! -confesó el Capitán.

Pancho fue a buscarlo y regresó con una caja repleta de desodorantes, lápices labiales, esquelas arrugadas, pilas y velas decorativas a medio comer.

-Aquí sólo hay basura -dijo-,  o  confiesas todo, o….

Azul Pancho se inclinó sobre  la barriga  anaranjada con el cuchillo cartonero en  ristre. La punta brilló peligrosamente en la oscuridad acercándose hacia la piel del Capitán, que a estas alturas se veía amarillo pato.

– ¡Yo sólo quería volver a casa, junté ese dinero para comer  hasta que encuentre mi nave! – explicó el extraterrestre mientras derramaba  lágrimas en cantidades que a él mismo le habrían parecido asombrosas si hubiera estado en condiciones de pensarlo.

-Eso no es dinero -dijo Pancho-,  no  me interesa, lo único que yo quiero es que confieses la verdad.

-Esta bien -concedió el Capitán-, te diré todo.

 Para un zédico*, la palabra todo significa exactamente éso: todo.  El Capitán Z*Quq contó  con pelos y señales los motivos que lo habían hecho atravesar el Universo, el triste futuro que aguardaba a  Zdn y los pormenores de la misión que se le había encomendado.  Recordando lo ocurrido al protagonista de “Prisionero de guerra, la película”,  entregó  los nombres de toda su familia, sus superiores, maestros y  amigos más próximos y estaba listo para  dar una visión somera de todos los animales del planeta Zdn cuando Pancho no soportó más tanta cháchara y lo hizo callar.

-Bueno, ya está bien. Basta con eso.

A continuación, para sorpresa del Capitán, cortó sus ligaduras con el cuchillo cartonero y le ayudó a ponerse de pie. Z*Quq le llegaba exactamente a la cintura.

-¿En verdad se va a acabar tu planeta? -preguntó.

Una  nueva andanada de explicaciones científicas fue interrumpida con rapidez.

-No te preocupes, te creo.

E inmediatamente atacó con otra pregunta.

-¿Y qué era lo que pensabas hacer ahora?

El Capitán Z*Quq se tomó media hora para contar las  aventuras vividas al llegar y explicarle a Pancho que debía llegar hasta su nave para contactarse con el Mariscal Z*Yaiq y abortar  el despegue de las naves zédicas* hacia el Planeta Azul.

-Tierra -explicó Pancho-, se llama Tierra.

 A Z*Quq todavía le quedaba una pregunta que hacer.

 -¿Por qué me vas a ayudar, Azul Pancho?

Pancho no supo qué responder. Él no lo tenía muy claro del todo; los ojos de Z*Quq, por algún motivo,  le recordaban los de Tomás, uno de sus mejores amigos. La familia de Tomás ocupaba la casa de la esquina hasta que un día el padre  se quedó sin trabajo. Habían vivido con dificultades varios meses, pero   finalmente no les había quedado más remedio que vender la casa y mudarse. Pancho tenía grabados los ojos de Tomás el día que se despidieron: grandes, sin brillo, con una llama de tristeza parpadeando en el fondo, exactamente como los del  extraterrestre anaranjado.

En todo caso, admitir una debilidad como ésa delante de un invasor extraterrestre o de cualquier chico del barrio era algo que ni siquiera se podía plantear.

-Por nada -dijo-, quiero que  vuelvas a tu planeta y nos dejen tranquilos. Y no me digas Azul.  Pancho, sólo Pancho.

 Finalmente, llegaron a un acuerdo. Pancho le ayudaba a recobrar su vehículo y el Capitán prometía que  los zédicos* nunca invadirían la Tierra. Z*Quq no pudo evitar un suspiro  melancólico  al pensar en los desodorantes con mermelada de frambuesa. ¡Qué pérdida! Pancho, por su parte, paladeó mentalmente las delicias de verse en la televisión como “el heroico niño que libró a la Tierra de una invasión extraterrestre”. De paso, recordó que tendría que tomar muchas fotografías para que le creyeran.

El Capitán Z*Quq se tranquilizaba. Después de todo, Pancho no era tan monstruoso como había pensado, hasta podría pensarse que los Azules, perdón, los humanos,  eran buenas personas. Algo brutos no más. El resto de la tarde  lo pasaron compartiendo  información sobre Zdn y la Tierra. Al zédico* le costó convencerse de que la información trasmitida por la pantalla oscura era mayormente ficción para entretener a esa desconcertante especie de vida que eran los Hombres.  A Pancho le encantaron los planos de la Nefertil I y  los mapas interestelares del Capitán, que copió lo mejor que pudo con la loca idea de un viaje interespacial  germinando allá en el fondo de su cerebro.

Antes de que la familia regresara del cine todo estaba programado: en tres días partirían a buscar la nave en la bicicleta de Pancho. Por el momento, el niño consideraba que era mejor que el Capitán se escondiera; podría ocurrir que la actitud de  Mari no fuese tan tolerante con los invasores extraterrestres, por más  pacíficos que fuesen.

El Capitán estuvo de acuerdo y se  metió sin titubear en el cajón de las herramientas del jardín, acompañado de una buena cantidad de  tubos de pasta dental,  textos de historia y biología, un frasco de miel de abejas y una  botella  del  lavalozas favorito de   Mamá.

– Esto está un poco oscuro -se quejó Z*Quq cuando la tapa se cerraba sobre su cabeza-.  ¿Me  vas a venir a ver, terrestre Pancho?  

 -¿Se te ocurre? Se ve que no conoces a mi hermana; cuando descubra que  no estás  en el clóset me voy a ver en aprietos -explicó Pancho antes de tapar  la caja y cubrirla con toda clase de  cosas en desuso.

Por si acaso, añadió una ligera capita de polvo, así parecería que nada se había movido por allí en mucho, mucho tiempo. 

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 Nadie que perciba un atisbo de reacción al dolor en  lo que parece un feo juguete de plástico se va a quedar tranquilo,  menos Pancho. Pacientemente, el niño  esperó que Mari se descuidara para poner sus manos sobre el Capitán.

Mari parecía  darse cuenta de sus intenciones. Cada vez que su hermano se  escurría dentro de su dormitorio llegaba a él en menos de  un segundo, lo justo para pillarlo con las manos en la masa, es decir, sobre  Klik.  Preocupada por su insistencia, optó por guardarla  bajo llave en el clóset y para quedarse tranquila, andaba con la llave en el bolsillo de sus jeans.

El capitán estuvo esa semana aburrido como ostra en el clóset. Aprovechó de darle el bajo a la colección de diarios de vida de Mari, previamente untados en una deliciosa crema bloqueadora solar.

Pancho, que tiene memoria de corto plazo,  podría haber olvidado el asunto sin dificultad. Pero el sábado por la mañana  su padre tuvo la mala idea de descubrir  los restos del suplemento deportivo en un estado tan ilegible que después de buscar inútilmente a Bobby para demostrarle  lo que pensaba de él,  sufrió un ataque de actividad.  Echó mano entonces, de  la podadora de césped y las herramientas para arreglar la luz del jardín, que llevaba seis meses sin encender. Finalmente,  atrapó  a   su hijo en el preciso momento que  ejecutaba una acción evasiva, vale decir, haciéndose  humo en compañía de su patineta. A Pancho no le gustan para nada las mañanas hiperactivas de los sábados.

-¡Momento, jovencito!

Pancho le tiene terror a estas palabras, sabe muy bien lo que viene detrás.

-Hace dos semanas que le ordené que llevara diarios y botellas al supermercado. Y adivine que es lo que acabo de ver en el patio…

Porque  el padre de Pancho tiene la manía del reciclaje. Diarios, botellas, envases de leche, metales. Cada cosa  en receptáculos separados. Todo ello estaría muy bien  de no mediar el hecho de que Pancho es el encargado de completar el proceso y acarrear todo a los envases de reciclaje del supermercado. Papá queda feliz sabiendo que ha cumplido con su deber, pero Pancho todavía no tiene muy claras sus responsabilidades como habitante del planeta. Es que él se ha quedado en la primera fase del proceso de  tratamiento de los desperdicios, o sea, en la de la producción.

Pancho se metió  de cabeza entre diarios y botellas con el entusiasmo que era de suponer. Llenaba su carrito de diarios, partía al supermercado y se tardaba una hora en regresar. Volvía  a llenar el carrito, esta vez con botellas, y allá vamos, media hora.

El niño estaba aburridísimo y  sopesaba ya la posibilidad de solicitarle a su mamá algo para el dolor de cabeza entre gimoteos y  suspiros de hijo sacrificado por el padre,  cuando,  al levantar una pila de periódicos, apareció algo que lo hizo cambiar totalmente de actitud.

Se trataba, por supuesto, del triciclo de Matías.

Lleno de curiosidad, Pancho terminó su tarea en menos  de lo que tarda Bobby en comer su almuerzo.  Fue,  incluso, lo bastante inconsciente como para decirle a su padre que todo estaba listo sin aplicarle anestesia antes. Por fortuna, la vida ha preparado a Papá  para toda clase de golpes bajos, de manera que se repuso de la sorpresa, le  premió con dinero para el cine  y lo liberó de todo trabajo posterior. Estaba tan emocionado que no pudo evitar comentar a su esposa lo mucho que había cambiado Pancho.

-Yo estaba seguro de que iba a inventar otra vez aquello del dolor de cabeza- remató.

Y  la buena señora, que se especializa en creer las mentiras de su nene, se sintió de lo más ofendida.

-Pancho es un niño delicado, siempre ha sufrido con el sol de mediodía. Lo que ocurre es que tú  le exiges demasiado.

-No creo, porque pudo hacer todo sin problemas -repuso él.

Y se quedó con la absoluta convicción de que a los niños no había que mimarlos tanto, y no me van a decir que no tenía razón.

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Algunas semanas después,  el Capitán Z*Quq podía explorar la casa con bastante tranquilidad,  siempre escoltado   por Bobby, que mostraba gran curiosidad por sus actividades,  pero   se quedaba tranquilo con un sencillo soborno, ya fuera  éste una lonja de jamón o una goma de borrar que devoraba con avidez.

El capitán consideraba que ya tenía suficientes provisiones para emprender el regreso, incluso había escondido algunos implementos para disimular el gran tentáculo superior y los  ágiles tentáculos dorsales. Lo único que  lo ponía nervioso  era la ruta. ¿Cómo llegaría hasta  su vehículo de superficie? El ideal habría sido conducir el vehículo de Azul Papá, pero eso estaba descartado, demasiado grande y demasiado vigilado por su propietario. Durante un tiempo pensó seriamente en  fugarse en  el vehículo de dos ruedas de Azul Pancho, pero sus piernecillas regordetas nunca podrían alcanzar los pedales.

 Nuevos reconocimientos le permitieron descubrir dos excelentes vehículos. Uno de tres ruedas perteneciente al  hijo menor de los vecinos y la plataforma rodante de  Azul Mari. La plataforma rodante  estaba mucho más a mano, pero un par de paseos en ella,  a los que fue  sometido por la niña,  terminaron por descorazonarlo. ¡Qué velocidad, Z*Amustaq;  algo  para perder el aliento!

Finalmente, el valiente oficial decidió confiscar el  vehículo  del pequeño Matías y una tarde  que los dueños de casa habían partido a la playa   le pareció el momento más apropiado.

El Capitán Z*Quq  oteó  cuidadosamente los alrededores y cuando estuvo seguro de que no había moros en la costa se encaminó resueltamente hacia el vehículo abandonado en el antejardín. ¡Estupendo,  qué maravilla, era justo lo que necesitaba! Hasta se subió en el aparato para probar el tamaño. Los pedales quedaban  perfectos para el largo de sus extremidades, casi como si los hubieran diseñado para un zédico*.

Un leve chasquido a su espalda lo sobresaltó, el Capitán  giró tan rápido como un relámpago. Allí, de pie, estaba el pequeño Matías:

-Name mi ticiclo.- exigió el niño.

Aterrado, el Capitán Z*Quq  hizo exactamente todo lo contrario, pedaleó rápidamente para alejarse de él.  Todo  lo veloz, claro, que puede ser el  triciclo de un niño de cuatro años. Finalmente, optó por echar el vehículo sobre su espalda y correr a todo lo que le permitieran sus piernecitas. Matías, desesperado al verlo marcharse con su triciclo empezó a gritar y a lloriquear.

-¡Name mi ticiclo, name mi ticiclo, mamá, mamá, en ñiño se lleva mi ticiclo!

            Unos pocos minutos después toda la familia estaba allí. El  padre salió a la calle en busca del ladrón. Ni un alma. Los hermanos mayores recorrieron el patio, nada. Matías continuaba llorando.

-En ñiñito se dobó mi ticiclo.

Los interrogatorios de la madre no dieron mucho resultado. Matías se empecinaba en repetir que un niño se había robado su triciclo.

-¿Cómo era el niño? -Preguntó el padre.

La respuesta los dejó intrigados. Según Matías, el niño tenía la cabeza muy grande, un  sólo pelo largo sobre ella,  era de color anaranjado  y  estaba  vestido de mujer.

 -Debe haber soñado, mami -dijo Tere-, Mari tiene un extraterrestre de juguete  que es así,  y seguramente  Matías  lo vio el otro día.

 La madre recordó al pequeño lo importante que era decir la verdad. Se  lo recordó tanto que finalmente Matías terminó por creer que lo había inventado todo  y no paraba de llorar a gritos su arrepentimiento. Para consolarlo, el padre prometió que al día siguiente le compraría un nuevo triciclo, no, mejor una bicicleta con ruedas auxiliares. Matías se sintió feliz de ser considerado grande, paró sus lágrimas y  se fue a la cocina a consolarse con un plato de cereales con leche.

 

Z*Quq, que ya había escondido el vehículo  bajo la colección de desechos de Papá Azul, contempló toda la escena desde la ventana de Mari. Cuando regresó la tranquilidad, se acomodó entre los cojines, se comió la nueva crema  facial antiarrugas con retinol-c de Azul Mamá untándola en las páginas del Manual de Historia de Chile de Mari  y,  después de deshacerse de las evidencias,  se dispuso a dormir una larga siesta. Los zédicos*, como ya habrán notado, son, además de golosos,  una especie bastante  remolona.

 

Por el momento, Tere  olvidó el incidente, pero al día siguiente, mientras veía televisión con  Mari y Pancho,  sus ojos se clavaron en el extraterrestre de juguete y las palabras llegaron sin esfuerzo:

-Tu muñeca extraterrestre se robó el triciclo de Matías.

Mari, que frente al televisor  pierde la mitad de sus facultades mentales, ni siquiera le puso atención, pero Pancho, como era de esperar, pescó el asunto al vuelo.

-¿El mono feo ése, qué quieres decir?

Tere explicó el asunto con pelos y señales; ya para entonces Mari había salido un poco  del trance televisivo, de manera que intercedió en defensa de su juguete favorito.

-Siempre me echan la culpa de las cosas que hace Pancho, pero que se la echen a Klik, me parece demasiado.

-¿Tu hermano había visto el mono antes?-preguntó Pancho.

-¡Claro que sí! -saltó Mari- Si no, de dónde iba a inventar esa tontera, además, deja de decirle mono, se llama Klik.

La conversación quedó allí, si bien  cada cierto rato Pancho  hacía preguntas a Mari sobre el nuevo juguete. Después de repetirlas tres veces, lograba que su hermana las respondiera y se quedaba tranquilo hasta que, un rato después, volvía a la carga:

-¿Dónde encontraste el bicho ése?

-¿Cómo diste con él?

-¿Y lo sacaste de la basura? ¡Guácala!

-¿Ladraba mucho?

-¿Dónde quedó el uniforme?

Mari terminó por aburrirse  y estaba por echarlo de su dormitorio cuando, aparentemente, Pancho  se dio por satisfecho  y se dedicó a observar al Capitán con lujo de detalles. Le abría y cerraba los ojos, le movía  el tentáculo superior de un lado para otro, le hacía  cosquillas en la panza, le levantaba los tentáculos  dorsales, le inspeccionaba los ocho dedos de las manos. El pobre Z*Quq estaba desesperado  por la situación y se aguantaba cómo podía los pellizcos y cosquilleos. Las cosas sin embargo, iban de mal en peor y cuando Pancho le jaló fuertemente el tentáculo superior,  el Capitán no pudo evitar un leve rictus de dolor  que,  por supuesto, Pancho captó inmediatamente.

Estaba a punto de  repetir la operación  cuando Mari le arrebató el juguete de las manos.

-¡Termina de hacerle  cosas a Klik, le voy a decir a mi mamá que ya estás tratando de rompérmela también!

Mari tiene fundadas sospechas de que los juguetes que desaparecen de su  habitación pasan por las manos de Pancho antes de  acabar destrozados en la cama de Bobby. Si no, ¿cómo es que Bobby nunca rompe los juguetes favoritos de Pancho? Además, que ella sepa, Bobby nunca se ha interesado en sus cosas cuando se queda a dormir con ella. Ah, casualmente, los juguetes destrozados nunca muestran marcas de dientes, sino de serruchos o martillos.

Pancho evaluó la situación y consideró oportuna una rápida desaparición.  Las  niñas se quedaron tranquilas frente al televisor. El Capitán Z*Quq  suspiró casi sin que se notara. Al  fin se había marchado el monstruo.  Se  interesó en la película y  se relajó un poco, es decir, lo poco que puede relajarse un zédico* que  contempla las horribles imágenes de una invasión extraterrestre sufrida antes por  el Planeta Azul, ocasión  en la que la mitad de las cabezas  de los Azules parecían haber volado por los aires en un terrible baño de sangre.

-Me encanta esta película- comentó Tere

-A mí también -dijo Mari atacando las ramitas de queso.

El Capitán, que se moría por la bolsa de las ramitas de queso,  mantuvo su silencio, pero para sus adentros,  reafirmó su convicción de que los Azules estaban locos. ¿Cómo, si no,  podían disfrutar con el espectáculo del  brutal exterminio de la especie Azul? 

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Mag  tok:

He vivido siete mags eternos bajo el poder de la niña Azul. Su nombre es Mari y para ser un Azul, no está tan mal. No puedo negar que me tiene sincero afecto, pero su amor me está volviendo loco. Todos los días me baña,  me pulveriza lociones aromáticas y me unta una cosa pegajosa en el tentáculo superior. Ya no lo soporto, tanto baño me tiene algo resfriado -¿nadie le ha dicho lo antihigiénico que es?- y me cuesta un mundo aguantar los estornudos cuando está conmigo. ¡Odio esa loción! Por lo demás, tantos mimos no me parecen correctos, me hace sentir como si fuera un  zédico*-objeto. ¡Cuándo se va a dar cuenta de que está tratando con un profesional serio, el Primer Explorador  Oficial para la Supervivencia de la Raza Zédica*,  y no con un juguete!

            ¡Odio este vestido que me obliga a llevar! ¡Me parezco a Mamá Azul con él! ¿Qué habrá hecho con mi uniforme? ¡Tanto que me había costado ganarme esas plumas de ortopliski y tan bien que se me veían!  Ya verá cuando recupere mis documentos, cuando sepa con quién está tratando. Se le va a  caer la cara de vergüenza. Claro que eso va a tener que esperar un poco, ya conozco bastante de los Azules, así que cumplo a la perfección con mi papel de juguete exótico.

Todas las tardes, la niña Azul observa en su pantalla  oscura los acontecimientos del mundo exterior y yo, sentado junto a ella,  aprendo cosas terribles sobre el planeta. No quiero ni pensar lo que sería de los zédicos* si  lo compartiéramos con los Azules.

Todos los mags, y a cada miltar, los Azules pelean. Pelean a patadas, pelean a gritos, pelean con armas espantosas, se asaltan, se quitan la vida -¡y viven poquitísimo, en Zdn nunca llegarían a la adolescencia!- se estrellan en sus vehículos de superficie,  se estrellan y se hunden en sus vehículos oceánicos y se estrellan y estallan  en sus vehículos aéreos, porque tienen algunos, bastante primitivos, pero los poseen. La  vida de los Azules es la violencia.

Sin embargo, no todo es tan malo,  los Azules tienen sus puntos altos, sólo que yo no he tenido ocasión de apreciarlos todavía.

Por ejemplo, me encanta que los Azules se levanten temprano, se disputen el baño -¡tienen una verdadera manía por el baño!-,  suban al vehículo de superficie y se marchen como un bólido a pasar  gran parte del día fuera de casa. Cuando ellos salen, dejan  fuera  al Azul que dice guau y la casa es muy agradable. Creo que podría acostumbrarme perfectamente a esta rutina.

He descubierto también que los humanos sintetizan una gran cantidad de cosas deliciosas: las velas, las pilas, las flores, los chicles, las cremas faciales y los papeles; entre estos últimos, mis favoritos son unos rectangulares llamados libros. ¡Qué deliciosos sabores tienen! El Quijote de la Mancha me pareció particularmente sabroso.

Esas son las cosas que más me agradan de ellos, cierto que no es mucho, pero quizás con el tiempo pueda descubrirles otras cualidades atractivas. 

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Mari  estaba aburrida esa tarde. Hay que entenderla, no es fácil para  una niña soportar una madre fanática del orden, un padre fanático del Colo Colo y un hermano troglodita fanático del  hip hop. En esas ocasiones,  lo único que puede hacer Mari es fingir que saca a pasear a Bobby, su labrador, y arrancarse de casa por lo menos un par de horas.

Bobby, que por desgracia es también fanático por oler las cosas menos olorosas del mundo, estaba en uno de sus peores días.  A Mari le costó un mundo sacarlo de toda clase de lugares asquerosos. Estuvo largo rato aguardándolo fuera de un callejón lleno de basura, hasta que no le quedó más remedio que entrar a buscarlo.

Bobby ladraba como si le pagaran por ello;  estaba parado en tres patas al lado  de uno de los tarros de basura y apuntaba con su nariz  detrás de él. A Mari le dio un poco de asco, seguro que se trataba de un ratón, pero como Bobby insistía con sus ladridos,  le entró curiosidad y fue a ver qué era lo que los originaba.

 

Así fue como el extraterrestre de plástico entró en la vida de Mari. Era tan mono que así, todo embarrado como estaba, daban ganas de  tenerlo. La niña lo tomó del tentáculo que tenía en la cabezota anaranjada, con mucho cuidado para no mancharse, y se lo llevó a casa. El extraterrestre hacía unos ruidos y muecas de lo más divertidas.

Tres veces debió lavarlo para que su aspecto fuera satisfactorio. Mari estuvo tentada de meterlo a la lavadora, pero a veces esos plásticos tan delicados  se estropean en la máquina, así que lo sometió a variadas sesiones de escobillado y enjabonado hasta que el refulgente color anaranjado brilló en todo su esplendor.  El  tentáculo necesitó de bastante gel para quedar en la posición que le pareció más atractiva, aunque siempre tenía una tendencia a caerse a la derecha. Mari solucionó el problema con un gran lazo de cinta azul, sobrante de los regalos navideños. Después lo perfumó, lo olió y volvió a perfumarlo dos veces más. Costaba un mundo quitarle el aroma a callejón o a plástico de juguete. El uniforme rotoso fue arrojado a la basura, pero, por suerte,  uno de los vestidos de la muñeca grande le quedaba perfecto. Se veía mucho mejor como una mujer extraterrestre, en realidad.

Cuando finalmente estuvo satisfecha, tomó su nuevo juguete, lo acomodó entre los cojines de la cama y  se sintió totalmente feliz.  Se echó junto a él y encendió  la tele. 

Dos adolescentes se sacudieron frenéticamente en la pantalla al ritmo de un estruendoso tema tropical mientras ella reflexionaba sobre su nueva adquisición. ¿Cómo lo llamaría? ¿E.T.? No, claro,  ya estaba trillado, además, ahora era una extraterrestre niña. ¿Algo creativo y simpático,  como Yoli? Hmm, no, mejor no. ¿Puchi? No, definitivamente fuchi. Claro, cómo no se le había ocurrido: Klik, se llamaría Klik.

-¡Mari, anda a comprar  pan para el té!

¡Oh no, pillada in fraganti! Era demasiado tarde para arrancarse a la casa de  Tere,  ¿qué podía hacer?

-¡No te  hagas la sorda, Mari, baja!

Resignada, la niña salió de su dormitorio envuelta en  la misma nube de pesimismo que la atacaba cada vez que recibía algún encargo de su mamá.

 

En cuanto la niña abandonó la habitación, el Capitán Z*Quq saltó de su lugar entre los cojines y corrió a espiar por la ventana. Obviamente, no veía nada. Qué altas eran las ventanas de los azules, cómo no se les ocurría hacerlas bien.  Saltó sobre  la cama y se inclinó a observar  el exterior. En ese mismo instante Mari salía de la casa arrastrando la bolsa del pan por  las losas de la entrada. Un vehículo cruzó con estruendo la calzada. El Capitán se estremeció.

-¡Bang, bang!

¡Ratatatatatatá!

-¡Acabaré contigo, Mingo Slak!

Sólo después de estas palabras el Capitán comprendió que los sonidos provenían de la extraña cajita oscura que la niña Azul había dejado funcionando. Haciendo gala de audacia, salió de debajo de la cama donde se había arrojado y espió  cuidadosamente la programación. ¡Dos Azules se atacaban con armas, pies y puños, qué horror! El  barullo de la pelea lo tenía casi sordo. ¿Qué sería eso, una ventana de observación? En realidad se parecía a las pantallas de información que unían a los habitantes de Zdn, pero las imágenes trasmitidas eran  completamente  diferentes, una sucesión de  cosas espantosas.

Muerto de hambre, el Capitán  revisó el velador de Mari. Encontró dos chicles, una vela con aroma a limón, una pastilla de menta y un loly chupado,  todo pegoteado de pelusas, cosas que devoró en una fracción de micmilstar, de puro hambre que tenía.  ¡Qué alivio! Ahora sí que podía pensar y prepararse para la tarea que se le había encomendado.

Anotó los siguientes puntos en su bitácora:

 

Mag zik:

Punto goom: el Planeta Azul NO es el lugar más apropiado para la raza zédica*.

Punto sud: debo arrancarme a como dé lugar, recuperar el vehículo de superficie, regresar a la nave y  encender los fogs para regresar a Zdn a la brevedad.

Punto dreiw: comida, necesito mucha comida antes de que el tentáculo se me termine por venir abajo de pura inanición. La habitación de la niña no está nada de mal, pero tendré que hacer una pasada rápida por algún punto más atractivo de la casa.

Punto wolf: por el momento, necesito dormir.

 

  Lo mejor parecía ser  regresar a los mismos cojines donde  lo  había instalado la extraña criatura infantil azul  (que, dicho sea de paso, era definitivamente rosa y castaño)

Z*Quq se acomodó entre los cojines, qué descanso, qué bien se estaba allí.

Snorr, snorr

Un micmilstar después roncaba sonoramente.

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Mag  mink:

Yo sé que mi relato les parecerá aterrador, pero es necesario que el pueblo zédico* conozca toda la verdad acerca del Planeta Azul. Mis últimos mags han sido terribles; he vivido saltando de un peligro a otro, sin apenas tiempo para cuidar  la integridad  de mi tentáculo superior. Espero que el mariscal Z*Yaiq pueda perdonar el estado de mi uniforme,  no ha sido culpa mía y tampoco lo del vehículo de superficie; yo hice todo lo posible para que el vehículo de superficie se mantuviera intacto, tendrán que creer que no miento,  que fue un accidente del cual no soy responsable.

Es que los Azules -que por lo demás son más bien rosados o tiraditos a café-   conducen como locos,  a velocidades tremendas, más apropiadas para  naves espaciales. Al interior de las franjas  negras nadie esquiva a nadie, sólo se arrojan a ellas presionando sin parar el acelerador y  el aparato productor de sonidos histéricos, de los cuales poseen una variedad increíble.

El Capitán Z*Quq  elaboraba mentalmente la retahíla de excusas y justificaciones que le presentaría al Mariscal Z*Yaiq. Todavía no estaba seguro de que fueran lo suficientemente creíbles.

-¿Cómo decirlo? A ver:  iba yo pendiente del camino,  esta es la estricta verdad,  cuando ese asesino me embistió rugiendo y me pasó por encima  sus  ocho o doce ruedas  con las que de milagro no me aplastó. Él tuvo la culpa de todo, yo estaba tan aterrado que perdí la dirección y me estrellé contra un aparato metálico  lleno de desperdicios.  También los desechos son un problema;  los  azules  los coleccionan por todas partes, tienen envases especiales para poder conservarlos por tiempo indefinido;  los azules más fanáticos, los riegan por el suelo para sentirse mejor. En cuanto al vehículo de superficie,  acepto  que  arruiné todo el capot, pero todavía funciona, eso puedo garantizarlo.  Lo escondí entre unos árboles del parque  -¡son verdes! ¿podrán  creerlo?- y lo protegí con el disimulador visual. Era el sitio más seguro, nadie se interesa en los jardines públicos y los jardineros, menos que nadie.

  Contar todo lo que me ha ocurrido sería superior a mis fuerzas, yo creo que ninguno de nuestros grandes poetas ha reunido tantas tragedias en un sólo volumen. Resumiendo, debo  decir que seguí mi camino a pie hasta que ya no podía dar un paso. Debí proseguir escondiéndome en cada resquicio  para no ser atrapado por los Azules (algunos son  especialmente peligrosos y no creo que sea conveniente entrar en contacto con ellos).  En dos mags, no había probado más que una ración de emergencia y moría de hambre.

Atraído por el olor de los alimentos llegué a un lugar que parecía ser un  almacén de  distribución; a pesar de mis esfuerzos, no pude ingresar, pero buscando la puerta trasera  me encontré   con una excelente colección de desperdicios a la que habían arrojado algunas cosas estupendas. Qué derroche.

Me  pregunto  cómo pueden los Azules comer todas esas cosas tan extrañas.  Deben comer mucho, porque los Azules son enormes, todo en ellos es grande, excepto los diminutos  tentáculos superiores  que  les crecen por miles sobre la cabeza y a veces incluso sobre los brazos y la cara.

Hay  Azules de varios tipos: de los que caminan en dos patas, lampiños, en cuatro, lampiños, en cuatro,  peludos,  que dicen guau, en cuatro que dicen miau, en dos con plumas (como los nefertiles, pero de diferentes colores y tamaños),  peludos con manchas y dibujitos en colores, dobles, con cuatro patas, un tentáculo trasero y otra parte superior que también tiene dos brazos, dos patas. Ésos son extraordinarios, desmontables, cada una de las partes puede funcionar por separado y los Azules simples les tienen mucho respeto, especialmente cuando conducen.

Lo peor que tengo que decirles, es que son caníbales. Sí, aunque cueste creerlo, los azules comen  todo tipo de Azules de dos y cuatro patas. Sus favoritos son los blancos de manchas negras y los de pellejo rosado lampiño. También les encantan los Azules emplumados, aunque les quitan las plumas antes de guisarlos. Según  mis observaciones,  los grandes de dos patas se dejan en paz entre ellos,  seguramente por razones de seguridad. Por lo demás, parece que hay Azules femeninos, masculinos e infantiles, exactamente igual que en Zdn, aunque, claro, la belleza y superioridad innata de nuestra  especie difícilmente podrán alcanzarla.

Me protegí   durante el día y por  la noche salía a buscar alimento. Los Azules que dicen guau y  miau no me dejaban en paz. Fuí  mordido, rasguñado, mojado y revolcado en un sinfín de ocasiones.  Al final, ya no daba más, me escondí entre unos desechos y me recosté a esperar la muerte, pero Z*Amustaq, nuestro Dios bienamado, no tuvo piedad de mí. Sigo con vida para cumplir con mi deber.

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El vehículo de superficie era una maravilla,  hacía  un buen rato que el Capitán  dejara atrás la nave y continuaba  avanzando hacia el  sur. Hasta el momento, no había trazas de vida. Este era, según los estudios de los sabios, uno de los continentes más desérticos del Planeta Azul, por eso había sido escogido: se evitaban así encuentros peligrosos o accidentes al posarse sobre vegetación  abundante. El Capitán se había detenido cada cierto trecho para recoger ejemplares rocosos y  efectuar algunas mediciones; por desgracia, los aparatos seguían malos,  no le resultaban confiables, según las lecturas debería estar  por encontrarse  con una multitud de seres vivos, pero nada, todo lo que tenía ante su vista era desierto, dunas, rocas, montañas, planicies.

Pero, un momento, ¿qué era eso? El Capitán Z*Quq  escudriñó el horizonte con sus doce ojos agotados por el sol. Sí, ahora lo veía perfectamente: una larga cinta negra atravesaba el desierto hasta perderse de vista. ¿Una brecha rocosa? Podía ser. Quizás era un sendero dejado por el paso de algunos animales, algo así ocurría en Zdn antes de que la Estrella Madre entrara en supernova. Las grandes manadas de esklemtiles se desplazaban una y otra vez por la superficie hasta dejar la roca viva. Al Capitán tampoco le gustaban mucho los sklemtiles, para los zoológicos estaban  bien, pero…

Ojalá no tuviera nada que lamentar de esa cinta negra.

 

El vehículo de superficie se aproximó poco a poco hasta la cinta negra. Nada a la vista; Z*Quq estacionó cuidadosamente el vehículo de superficie en medio de la franja. Después   abrió la escotilla, asomó la redonda cabeza anaranjada, volvió a meterla adentro, buscó en el interior y sacó una ración de emergencia y la bandera de Zdn. Había llegado el gran momento. La bandera se vería mucho mejor  clavada sobre la superficie negra. A él le gustaba hacer bien las cosas, por eso, antes de ser captado por las cámaras  se puso su  gorra de oficial, peinó el tentáculo superior con  su bufanda  de poflin (tenía que verse guapo en la grabación, todo Zdn lo vería) y se dirigió orgullosamente hasta el centro de la cinta negra. Ahora, viéndola de cerca, podía ver que era bastante ancha, por lo menos unos doce cartumelis, de más podrían caber ocho  vehículos de superficie a su ancho. Sólida, algo granulosa, uno que otro agujero por aquí y por allá. En todo caso, parecía excelente para desplazarse.

Con su mano derecha, el Capitán Z*Quq levantó el asta de la bandera, que flameó orgullosamente bajo el sol;  después, con voz tonante, exclamó:

-¡Reclamo este planeta en nombre del pueblo zédico* y lo llamo…

¡Brrrrrroooooooooooom!

¡Piiiiiiiiiip, piiiiiiip!

-¡Quítate de ahí, imbécil!

 

Si el Capitán hubiera entendido estas palabras podría haberse sentido muy ofendido, pero en ese momento estaba todavía dando tumbos por la carretera con su cabeza magullada y su tentáculo superior dolorido; medio sordo, además, con los bocinazos y los rugidos del inmenso vehículo que acababa de sobrepasarlo. Cuando pudo ponerse de pie corrió hacia el arenal. Un nuevo rugido le hizo volverse a mirar. ¡Otro,  y  dos más se acercaban! Lo peor era que había olvidado la bandera de Zdn en medio de la franja negra. ¿Cómo la recuperaría? ¡No podía volver sin la bandera, su familia quedaría deshonrada para siempre!

 

Dos kilómetros más allá, todavía indignado, el conductor del pequeño automóvil que casi atropellara al Capitán Z*Quq todavía no lograba reponerse del todo:

-¡Cómo se le ocurre, justo después de una curva, en medio del desierto, sabe Dios cómo no lo maté!

-¡Yo te dije que ibas muy rápido, te lo dije mil veces, Roberto!

-Nunca tanto, además, en todos estos años que viajamos a La Serena jamás nos había pasado algo así. Qué idiota.

-¿Y te fijaste el disfraz que tenía puesto, papá? Era como de extraterrestre.

 -Seguro que se trata de alguna tonta teleserie o de comerciales para bebidas cola. En cuanto sepa,  hago la denuncia, esto no debe repetirse.

Y la familia García se perdió en el horizonte  olvidando totalmente lo ocurrido.

 

El Capitán Z*Quq se acercó a la larga franja negra observando cuidadosamente hacia uno y otro lado. Temblaba. Se sentía, además, terriblemente apenado. ¿Cómo se iría a ver esa vergonzosa escena en las pantallas zédicas*? ¿Pensarían que era un cobarde? Se sobrepuso, estiró una vez más su tentáculo superior tratando de eliminar las arrugas dejadas por las volteretas y luego caminó lenta,  pero cautelosamente hacia la pobre bandera Zdn. Cuando llegó junto a ella la recogió en un micmiltar, saltó dentro del vehículo, encendió el fog  y después aceleró como un loco  hacia la orilla.

Muy buena idea, justo en ese momento un tremendo vehículo terrestre, más grande que un edificio,  cruzó rugiendo la cinta negra en medio de estruendosos bocinazos.

¡Tuuut, tuuut, tuuut!

Nuestro  héroe ya se encontraba a salvo. Oculto en el interior del vehículo estrujó su redonda  cabeza hasta que el tentáculo humeó sobre ella.

Debía tratarse de una vía, pensó. Algo así como los corredores aéreos que ocupaban las naves de Zdn, pero como en el Planeta Azul las cosas eran primitivas, todavía no lograban despegarse del suelo. Al Capitán le parecía recordar que unos gmil quárkums atrás, cuando recién se comenzaba a popularizar el cohete personal, se habían producido numerosos accidentes en los cielos de Zdn. ¿Dónde habría leído eso? Probablemente se lo había escuchado al Profesor Z*Asmuq.

 ¿Tendrían vida propia esos monstruoso vehículos o los pobladores del planeta viajarían dentro de ellos? Quizás sus residencias eran así, móviles. Porque claro, ya tenía algo importantísimo que contarle al Mariscal Z*Yaiq: el Planeta Azul estaba habitado por algo más que fieras salvajes. Los indicadores nunca habían estado locos, simplemente, habían comunicado la realidad.

Largos miltars permaneció tratando de llegar a una decisión. O más bien, de decidirse a ponerla en práctica. El Capitán sabía perfectamente que debía sumarse a los vehículos que transitaban por la franja negra, pero le aterraba meterse allí con su pequeño vehículo para toda superficie. De sólo pensar en circular junto a esas monstruosidades se le descamaba totalmente la redonda y anaranjada cabeza. Finalmente, el sentido del deber lo venció: encendió el fog, pisó el acelerador  y a la aterradora velocidad de tess micmlgans se introdujo  en la franja de terreno negro. ¡Qué bien se circulaba por ella! Cierto que había que esquivar los hoyos que aparecían regados por aquí y por allá, pero qué placer.  De alguna manera al Capitán le parecía que debía abrir la escotilla izquierda, apoyar en ella su brazo y izquierdo y mirar por un espejo lo que venía detrás. ¿Por qué no se les había ocurrido poner un espejito? ¡Hacía una falta! Además, tampoco le habría venido mal  un salumín que le permitiese escuchar su concierto favorito. Tomó nota mental  para los especialistas, después de todo, cuando se mudaran al Planeta Azul iban a necesitar miles de vehículos para toda superficie. Por lo menos,  uno por zédico*.

 

El Planeta Azul no parecía tan peligroso, era cosa de esquivar los vehículos y listo, qué tan grandes o feroces podían ser los Azules… qué tan horribles y pendencieros. Sudó frío. Eso era algo que mejor ni pensar. Lejos, muy lejos, apareció  una extraña silueta que lentamente fue creciendo en  la ventanilla  principal hasta que el Capitán  distinguió un gran rectángulo verde decorado con extrañas figuras blancas, clavado por dos largas varas de metal en el suelo. Interesante. ¿De qué se trataría? ¿Monumentos para honrar a los antepasados, cosechadores de viento solar, intercomunicadores estelares? Quizás los Azules no eran tan primitivos como los sabios pensaran originalmente.

 

El Capitán pasó zumbando junto al objeto  sin enterarse de que exactamente a ciento veinte  kilómetros de allí lo esperaba la ciudad de   La Serena.

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