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Archive for the ‘hora del cuento en aracataca’ Category

Juan Lima se levantó antes de que cantara el gallo, encendió los braseros y avivó las brasas en el horno de barro, sacó lustre a todos los  pares de botas de su amo, escobilló cuidadosamente sus casacas de terciopelo y fue de un lado a otro de la cocina apurando a las criadas para que tuvieran el desayuno a la hora.  A las siete,  como cada mañana, trajo las toallas tibias y  el cántaro de agua fresca,  dispuso la vestimenta limpia sobre la silla  y  recordó a su amo que era hora de levantarse. Apenas había empezado el día y ya estaba  fatigado. Aún  debía esperar  que su amo estuviese listo antes de que pudiera comer algo; Juan Lima aprovechó un momento de descuido  y mordisqueó un mendrugo que había levantado en la cocina. Qué deliciosos se veían los platillos del desayuno de su señor. Algún día, Juan Lima estaba seguro, cualquier día de estos él sería un hombre libre y construiría su propia casa para guarecerse del sol y la lluvia. Cualquier día de éstos, él estaba seguro de eso. Especialmente  después de haberse pinchado el talón en el último paseo a la playa de su amo. 

 

Juan Lima es oscuro como el chocolate que tanto le gusta beber a doña Diamela, su ama. Es un hombre afortunado, usa las camisas viejas del amo, pero no sabe lo que son los zapatos, lo que a fin de cuentas,  también le es favorable. Juan Lima tiene los pies curtidos de tanto ir por el mundo sobre sus pies desnudos.  Zzummm, zzummm, para él, yo no soy ni siquiera hermosa. Me ve sólo como un montoncito de dinero.

Ya que su amo ha prometido  liberarlo en cinco años más, Juan Lima le sirve con especial dedicación. Él ya está preparado para ese día, nunca había estado tan  feliz y  tan  tranquilo como lo ha estado desde  que tiene escondido en un agujero del piso a ese maravilloso objeto que pagará el techo y la huerta del hogar que siempre quiso tener. Zzummm, zzummm, como un objeto, así me ve Juan Lima, pero yo no puedo si no encontrarle razón.

 

Cuando el hacendado parte a recorrer su tierra, Juan Lima se queda bajo el alero hasta que la polvareda que han dejado los caballos desaparece totalmente. Este será para él uno de esos días fáciles; cuando el amo sale,  la patrona se olvida de él y le proporciona alguno de los mejores días de su existencia. Como el esclavo  sabe que cuenta al menos con  la mañana, acaba  rápidamente sus deberes y corre al estero a sentarse a la sombra de los sauces.

Con las delicadas agujas de la hierba bajo la espalda, el esclavo observa las nubes. Algunas, piensa, semejan cóndores, otras, rebaños de ovejas. Un ramalazo de viento hace que  las ovejas  corran despavoridas, detrasito, los cóndores se retuercen, se rasgan, se amoldan y se convierten, repentinamente, en  un  feroz lobo que las acorrala hacia aquel rincón de la cordillera donde podrá capturarlas, devorarlas una a una hasta que de tan hinchado el lobo se convertirá en  terrorífico dragón de larga cola, con gran hocico lleno de afilados dientes.

Tanto esfuerzo, tanto viento, descomponen  y rearman la escena dejando las nubes convertidas en el mismo rebaño de ovejas que pace plácidamente bajo el sol estival. Sobre la hierba,  arrullado por  los pájaros, acunado por los tallos gráciles del azulillo, Juan Lima duerme profundamente.

 

Las campanas de la hacienda tocando a rebato  arrancan al esclavo del país de los sueños. ¡Algo ha ocurrido! Veloz como un rayo,  Juan Lima se pone de pie y corre por los campos en dirección a la casa patronal. Ya desde los corrales se pueden escuchar los ayes de dolor, los gritos de desesperación de las mujeres, los aullidos de los perros que olfatean el áspero olor de  la sangre y la muerte.

-¡Los bandidos, deben ser los bandidos! – grita Juan Lima sintiendo que el corazón se le va a escapar por la boca. -¡Los bandidos!-  Vuela más que corre hasta que la casa aparece delante de sus ojos.

 

La escena es dantesca: hombres y mujeres  dan vueltas enloquecidos entre los jinetes cubiertos de sangre, los caballos piafan sus pavores y se encabritan echando al aire nubes de tierra caliente, los niños lloran formando un apretado montón de carne palpitante, las quejas de los heridos desgarran el alma.

Y doña Diamela, Juan Lima no quiere ni mirarla; la señora, de rodillas en el suelo,  se arranca los cabellos loca de dolor,  lágrimas ardientes le borran de las mejillas la fina capa de polvos de arroz esparciéndola sobre su escote de tafetas. En su regazo, desmadejado e inerte, con los ojos vacíos y la boca abierta en un mudo grito de adiós, descansa  para siempre el  esposo que despidiera tan alegremente pocas horas atrás.

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-Muchos años atrás, cuando fray Joaquín   entregó su alma  al Señor, las tierras que alguna vez fueron conocidas como las Indias Occidentales   se abrían lentamente a la cultura hispánica. Uno tras otro, los navíos procedentes de Europa desembarcaban  en sus costas a aquellos que traían el último ingrediente necesario para constituir  la nueva raza criolla: la sangre española.

Esta noche la abuela parece algo melancólica.  A veces mira por la ventana hacia el rojo manchón del ocaso y suspira bajito. Como si comprendieran que algo ocurre, los niños no la presionan, se han adaptado al lento ritmo de sus palabras.

-Fray Joaquín se fue en paz, en esa misma paz que lo había acompañado  desde que abandonara el ejército de Su Majestad  para convertirse en un miembro más del ejército de Cristo. Poco y nada tenía  el fraile para legar a sus familiares, puesto que hacía ya muchos años que había hecho voto de pobreza. Cuando  fray Joaquín Martínez del Pedregal  se despidió del mundo sólo pudo dejar el recuerdo de su bondad y un hermoso broche de ámbar engastado en oro; en el centro del mismo, tan flamante y tan perfecta como aquella mañana que una gota de resina  la atrapó, se destacaba una  avispa de chaqueta anaranjada, que  de tan  real parecía a punto de dar un zumbido.

 

Zzummm, zzummm. ¿Qué otra cosa podía hacer aparte de zumbar y observar a esos  seres extravagantes?   Mi buen fraile se marchó con esa elegancia y bondad  que siempre le caracterizaron en vida. Nunca se desprendió de mí, pero si lo hizo no fue por contrariar sus votos de pobreza, sino para no olvidar el dolor y la gratitud en los ojos de aquel indio que me pusiera en sus manos. ¿Cómo se llamaba? Mucho   temo que lo he olvidado…ah, ya sé, Mayube. Nunca más supe de él

A la muerte de mi querido fraile  viví dieciocho años  en compañía de la señorita Augusta Mercedes  Martínez, su sobrina. Poco y nada recuerdo de ella, zzummm, zzummm, salvo  su capacidad para hacer una tormenta en  medio vaso de agua. Los arrebatos de mi ama eran famosos en Antigua Guatemala y debo admitir que cuando la señorita Augusta Mercedes  pasó a mejor vida la ciudad entera emitió un profundo suspiro de alivio. Zzummm, zzummm.

De una mano en otra fui pasando, no siempre de la mejor manera. Para mi sorpresa, con el correr del tiempo los caballeros ya no parecían interesarse en mí de la misma manera que antes, ahora eran las damas quiénes  se morían por prenderme en su escote. Ellos me buscaban para complacerlas, por ver asomarse una sonrisa a los labios de sus amadas. Más de una vez, alguno no pudo pagar mi precio y se apoderó de mí de forma que prefiero no  recordar. ¡Qué falta de decoro! Zzummm, zzummm.

El  año de 1811, yo vivía en Guayaquil, en casa de la distinguida familia  Ribera y Castro,  y eran las fiestas de carnaval cuando mi ama, la señorita Lucía, y yo,  nos  asomamos  casualmente a la ventana  en el preciso momento  que pasaba por allí un hacendado venido de Chile, llamado Francisco de Eyzaguirre. Bastó  que él posara sus ojos sobre nosotras para que se enamorara con locura, lo que cualquiera puede entender, en especial mis admiradores.

 Todo lo demás pasó como en un sueño: el romántico noviazgo, el compromiso,  los esponsales y el largo viaje por mar que nos llevó hasta las costas de ese lejano país. Zzummm, zzummm. Ni que decir tengo que por donde quiera me llevase  doña Lucía  todo el mundo quedaba deslumbrada de sólo vernos. Entre ellos, el famoso maestro Gil de Castro, quien me inmortalizó sobre el pecho de mi señora  en un hermoso retrato que, por desgracia, se destruyó en un  terremoto el año de 1905, muchos años después.

Doña Lucía se trasladó  al campo de su enamorado y vivió  los siguientes veinte años penando por ver el mar otra vez.  Una vez al año, en el mes de febrero, su marido, para consolarla, cargaba varios carros con todas las vituallas e implementos necesarios y recorría los largos ochenta  kilómetros que separaban la hacienda de la costa, donde se habían construido una casa de verano.

En esos tiempos,  cuando se iba de vacaciones  no se podía contar con el almacén, de manera que se arreaba con todo: las gallinas ponedoras, una vaca para la leche, corderos, pollos  y cerdos  para echar a la cazuela, legumbres y harina para amasar el pan, criadas y esclavos, aceite para las lámparas, mesas, sillas, catres y cobijas. No es necesario que me lo digan. ¡Qué incomodidad!  ¡Qué algarabía de bestias y hombres! En buena hora se viajaba poco o los atascamientos en los caminos  hubieran sido tremendos. 

Doña Lucía, como es lógico, sólo se preocupaba de verse bella y subir al  carro con mi personita luciéndose en su pecho. Zzummm, zzummm. ¡Qué bien nos veíamos una junto a la  otra; sin duda alguna fue su belleza la que mejor marco constituyó a mi perfección!

Fuimos tan felices las dos…el día que nos separamos, a doña Lucía se le rompió el corazón. Y eso que nunca más supo de mí, porque si hubiera tenido noticias de los terribles dos años que pasé enterrada en las arenas de la playa seguro que se habría culpado de ello. Aunque en realidad no fue responsable, mi querida ama, fue Etelvina, la criada, quién me dejó mal prendida en su corsé…qué dañina puede ser la envidia.

Dos días con sus noches estuvieron los hombres harneando la arena de la playa y registrando las rocas de la orilla. Todo en vano, porque mi señora, pajarito de cabeza hueca, nunca pudo recordar en qué momento trágico me había visto por última vez.

Ni siquiera habría sido  difícil dar conmigo, después de todo, sólo dos años después, al esclavo Juan Lima le bastó  con caminar descalzo  detrás de su dueño para sentir la punta de mi aguja en su talón. Cuando se agachó a ver su herida me encontró allí; bella, incólume, más tentadora que nunca. 

Un esclavo es más listo por viejo que por otra cosa, Juan Lima calló  inmediatamente sus  ayes de dolor. En el mayor de los secretos, me metió en su bolsillo y se marchó cojeando detrás de la comitiva, no fuera cosa que alguien se diese cuenta de lo que había ocurrido.

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La audiencia ha decrecido  esta noche. Tres de los primos se han marchado a Bogotá y la pequeñuela, a quien le han caído mal unas frutas verdes, se ha ido a la cama con las gallinas. No importa, opina Daniel, nosotros sí estamos aquí; y los ojos le brillan  como luciérnagas cuando dice estas palabras. La anciana sonríe, se acomoda y retoma el hilo de sus recuerdos.

            -El sol pegaba fuerte cuando el vigía dio la voz de alarma; un jinete se acercaba a  galope tendido. Los hombres de la guarnición corrieron a sus puestos y  tenían las armas en ristre cuando reconocieron que se trataba de Diego Cabrales, capataz y mano derecha de Juvencio Esquerra, dueño de unas labores de plata en Comayagua.

Cabrales cayó del caballo exhausto y la pobre bestia estaba prácticamente reventada. Con su voz entrecortada, el capataz transmitió el mensaje que Juvencio Esquerra, analfabeto, no era  capaz de escribir .

– ¡Trescientos indios se han alzado en armas y vienen hasta las minas a rescatar a los indios de la encomienda de Don Juvencio!

La noticia no sorprendió a nadie, Juvencio Esquerra era ampliamente conocido como el más cruel de los encomenderos, pero el deber de los soldados de Su Majestad era mantener la paz en las tierras conquistadas.  El teniente organizó inmediatamente un  destacamento de hombres bien armados y  partió  a socorrer a la gente de Esquerra. Iban los hombres en silencio, con el oído atento a los sonidos de la selva, la mirada pendiente de cualquier movimiento.

Tras medio día de marcha divisaron a lo lejos una gran humareda, que  provenía de las labores mineras. El teniente se acercó con precaución, no era cosa de arriesgar  la vida de su gente. Sin embargo, a medida que se acercaban  al campamento se fueron tranquilizando.

Los hombres de Esquerra, armados hasta los dientes, salieron a recibirles con gritos de alegría. Nada, allí, todavía no había pasado nada. Seguramente  los indios lo habían pensado mejor y  no se atrevieron a atacarles.  La tropa del teniente fue atendida con comida y bebida y se les invitó a sentarse a la sombra para reponerse del terrible calor reinante. En todo caso, los causantes de la rebelión ya habían sido separados y  serían pasados por las armas a la mañana siguiente.

El teniente  no estaba para descansos. Ordenó a sus hombres dar una batida por los alrededores y recorrió el campamento para cerciorarse de que todo estaba seguro. El teniente descubrió con tristeza una  veintena de indios que aguardaban la muerte atados  y amontonados como  cerdos en el abasto. Entre ellos,  cubierto de polvo y hormigas, Mayube desfallecía de sed.

-¿Por qué está otra vez este indio en el cepo?-  El teniente estaba molesto, no podía ser que todas las veces estuviera el mismo indio allí, torturado y sangrante.

-Este indio es el culpable del levantamiento.   Azuzó  a los fugitivos para que pidieran la ayuda del   cacique Ñatubí. -Explicó Esquerra.- Le hemos juzgado y condenado a muerte, mañana se le ajusticiará, igual que a los otros rebeldes.

Los ojos mansos de Mayube le revelan a Martínez que el encomendero está mintiendo, pero el recién llegado no dice una palabra. Más tarde, cuando la tropa regresa, el teniente es informado de que no han visto un indio en leguas a la redonda. ¿Qué es lo que trama el encomendero?  El teniente no quiere volver a mirar los miembros sangrantes y los ojos atemorizados de los indios. ¿Qué le costaría a Esquerra tratarlos bien en vez de matarlos a golpes o hambrearlos hasta que no pueden más?  Lo más probable es que sí hayan existido algunos intentos de rebeldía, pero que Esquerra quiera darles una lección de terror matando a tantos hombres, eso es demasiado. Es inaceptable para un cristiano.

 

Zzummm, zzummm, hombre inteligente, el teniente, pero qué puede hacer él por estos desdichados. No hay día que no mueran indios aplastados por las rocas, devorados por las enfermedades y el hambre. Mayube es diferente, él morirá por no haber podido decir lo que Esquerra quiere escuchar. La muerte es mejor que esto  y Mayube lo sabe. Ya no teme, está resignado. Hoy se despidió de mí y me pidió perdón por haberme ofendido, el desdichado. ¿Cómo decirle que soy un simple trozo de resina petrificada, cómo podría yo decepcionarlo de esa manera? Mayube me ha pedido que lo lleve con los dioses del viento y la tierra, que le reúna con los restos de Tipa y de sus hijos. Zzummm, zzummm. Mañana al amanecer, Mayube y los demás serán libres al fin y  la carne de sus huesos alimentará la vegetación que cubre la tierra; a partir de ese momento Mayube será también el aroma de las orquídeas y la sombra de los árboles. Estará en el cristal de las aguas y en el aleteo de los pájaros que cantan la gloria del Altísimo. 

 

Esa noche, el campamento duerme profundamente cuando un hombre se arrastra sigiloso  hacia los indios.  Con  su cuchillo de acero,  corta las ligaduras de los esclavos y les hace señas para que se vayan sin ser notados. Algunos de ellos, el hombre lo comprende al tocar sus cuerpos rígidos y fríos, no se levantarán jamás. Uno por uno, los indios son liberados y se pierden en la noche sin siquiera el chasquido de una rama.

Mayube es el último; casi sin creer lo que está ocurriendo se echa a los pies de su salvador y le cubre las botas polvorientas con su llanto mudo. Nervioso, el hombre  le hace gestos de que se apresure, no puede entender qué hace el indio que no ha desaparecido todavía.

-Ve con Dios, hermano- susurra.

Mayube no comprende, las palabras del hombre tienen el metal de tierras lejanas y desconocidas, pero Mayube todavía tiene algo que hacer. Con sus manos doloridas y envaradas busca en su taparrabos y saca cuidadosamente un pequeño objeto que deposita en la mano del hombre.

-La Diosa de los Enjambres te protegerá donde tú vayas- murmura antes de huir.

Las palabras no significan nada para el conquistador blanco, pero el gesto de gratitud y amistad, ése, está claro para cualquiera. El hombre se arrastra de regreso a su choza con el pequeño objeto bien apretado en su puño. Algo suave, algo perfumado, algo con un borde de metal.

 

Temprano en la mañana los gritos de alarma levantan  violentamente  a todo el campamento. ¡Los indios han huído! Esquerra va de un lado a otro aullando  como un perro rabioso, el capataz se arranca los sucios cabellos, incapaz de dar crédito a sus ojos:  Salvo media docena de cadáveres, no hay un sólo indio para contar el cuento.

El teniente prepara la tropa para salir en  persecución de los fugitivos. Sorprendentemente, no parece  tener prisa. Ya es casi media mañana cuando salen al trote vivo a recorrer los alrededores.

 Disfrutando  la caricia del sol en sus mejillas, Joaquín Martínez del Pedregal presiona los costados de su caballo con las rodillas mientras busca en su bolsillo y saca  un bulto de hojas que desenvuelve cuidadosamente. En su mano, brillante como una estrella,  hay un broche de oro y ámbar que ostenta una hermosa avispa petrificada en el centro.

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Desde su prolongada estadía en la sede episcopal de Chiapas – comienza la abuela esta noche-, el teniente Joaquín Martínez del Pedregal ya  no es el mismo. Eso,  cualquiera podría decirlo. Él, que era tan valiente, tan audaz, tan arrojado, se la pasa ahora protestando por el trato que reciben los indios.  Sus superiores ya no saben qué hacer con él. Apenas hace unos meses   atrás fueron llamadas las tropas para pacificar a los indios de Comayagua; qué más podría pedir un oficial que esa tremenda oportunidad de demostrar lo que vale,  pero el teniente ha cubierto de vergüenza a su regimiento al permitir que los indios se marcharan sin que se les tocase un pelo.

-Son los malos tratos los que les han hecho rebelarse. -Ha explicado a su regreso.

Dos años atrás, el teniente Martínez del Pedregal habría sido el primero en pasar a sangre y fuego sobre los indios, hasta forzarlos a volver a su trabajo en las minas.  Dos años atrás su espada hubiera impuesto la paz a rajatabla, dos años atrás se habría ganado fácilmente las jinetas de Capitán, en cambio, Joaquín Martínez sigue allí, pegado en su grado de teniente, aislado por sus superiores y la tropa que comanda. Nadie confía en él y nadie espera nada bueno de él.

¿Qué es lo que ha pasado?

Podríamos decir que el pobre muchacho no es del todo culpable. En un combate contra los indios  quedó  tan malherido que, dándosele por  acabado se le envió  a bien morir en la misión de fray Bartolomé de Las Casas. Los frailes hicieron un milagro al devolverle  la vida, pero también provocaron irreparable estropicio al sorberle el seso con las prédicas de ese  fraile retorcido, revolucionario y traidor que insiste en proclamar la igualdad de los cristianos con esas criaturas salvajes y a quien en malahora le han nombrado Protector de las Indias.

 

  Cada mañana, apenas amanece, parte el teniente a recorrer las labores mineras. ¡Ay de aquellos que tengan algún indio metido en el cepo o amarrado al poste con la espalda cubierta de sangre! Basta que el teniente les ponga un ojo encima para que se le nuble la vista y se le suba la sangre a las mejillas.

-¡Suéltenlo de inmediato! -Ordena.

En las minas de plata de Juvencio Esquerra,  por lo menos una vez por semana, el teniente encuentra en el cepo a un indio flaco que lleva la espalda toda cruzada con las cicatrices de los latigazos que ha recibido y la cara ennegrecida por los verdugones. El teniente no puede saberlo, pero hace seis meses que el capataz de Juvencio Esquerra intenta arrancarle del pellejo las señas del lugar donde encontró las pepitas de oro con que se había hecho un collar. El indio insiste en que lo rescató de los restos de un naufragio, que no sabe dónde  encontrar  más lágrimas del sol.

Se llama Mayube.

Hoy está la noche  especialmente grata, un airecillo fresco ha bajado de las montañas dando un respiro a la ciudad. Hace ya diez minutos que los niños esperan, la abuela se ha tardado disponiendo el menú de la semana y la impaciencia comienza a hacer estragos.

Alguno propone salir a jugar en la huerta y no faltan los que se entusiasman.

-Yo no voy. -Dice Daniel.

-No seas pesado.

-Quiero saber qué pasa hoy.- Se queja el aludido.

En ese preciso instante llega la abuela, que es recibida con entusiasmo por la parvada de chicos. Casi no la dejan respirar, apresurándola para que retome la historia. ¿Cómo se llamaba el indio? ¡Ya, ya recuerda!

 

Mayube es lo que podríamos llamar ingenuo, pero no tonto. Casi como un niño, el pobrecillo. Me echa encima el vapor de su boca y me frota delicadamente con hojas tiernas hasta que estoy bien abrillantada; después, me esconde bajo su taparrabos en el mayor de los secretos. Zzummmm. Mayube tiene miedo de que le ocurra conmigo lo mismo que con su bello collar de piedras amarillas.

Cuando Mayube regresó a la aldea con el valioso tesoro  regaló al cacique Campeya la mitad de las piedras doradas y el cacique, generosamente, le dio a su hija Tipa  como esposa. Mayube y Tipa tienen cinco hijos, pero hace mucho tiempo que Mayube no ha vuelto a ver a Tipa y a sus hijos, no desde que los  soldados blancos arrasaron la aldea provocando la estampida de los que pudieron; que fueron pocos, porque los demás, Mayube entre ellos, fueron amarrados como fieras y traídos hasta las minas de plata de Comayagua, donde son obligados a trabajar  entre latigazos hasta el día en que caerán muertos.

El mismo soldado que arrebató a Mayube su collar de lágrimas del sol arrancó del cuello del cacique los restos ensangrentados del que usaba. El soldado se los vendió a Juvencio Esquerra y desde ese momento, zzummm, zzummm, a Mayube  no han dejado de apremiarle en el cepo para qué diga de dónde sacó las pepitas de oro.

 Pobre Mayube, dentro de lo que podía, siempre me  trató con gran delicadeza. Dice que soy la diosa de los enjambres y me pide agua y alimentos, sombra y descanso, me duele en el alma no poder complacerle. Cuando podía, me traía deliciosas ofrendas: bananos maduros, orquídeas selectas, aguacates cremosos.  Tan bueno es, que no ha querido culparme por sus sufrimientos actuales, cree que hizo algo malo y debe ser castigado, sólo que todavía no sabe qué es lo que hizo.

 

¡Cómo le gustaría a Mayube que los extranjeros de piel blanca se dieran cuenta de que él no les está engañando! Todos los días, Mayube le pide a la Diosa de los Enjambres que le revele el lugar donde  nacen las  Lágrimas del Sol, pero ella está tan disgustada con Mayube que no quiere saber nada con él. Es cierto que hace mucho tiempo que Mayube no la agasaja con los mejores frutos de la selva, que hace muchas lunas que la obligó a acompañarle hasta estas montañas resecas y crueles, pero también es verdad que Mayube vino aquí contra su voluntad, que fueron ellos, los guerreros de piel blanca,  los que le forzaron a venir como esclavo.

No importa, Mayube es fuerte, un valiente cazador que ha luchado con serpientes y jaguares, puede soportarlo todo por más largos que sean su prisión y su destierro. Mayube puede soportarlo todo si la Diosa de los Enjambres protege a Tipa y a sus hijos. No hay día que Mayube no ruegue  para que su familia haya podido escapar de los crueles extranjeros. Algún día, cuando Mayube sea libre otra vez, podrá traerle a la Diosa de los Enjambres los más bellos y deliciosos regalos, entonces, ella le perdonará y todo volverá a ser como antes.

Con todo, las cosas no están tan mal, porque Mayube tiene un amigo entre los guerreros de piel blanca. Mayube no entiende una palabra de lo que él dice, pero sabe que cuando él viene hasta las minas  hace correr a los blancos malvados con sus órdenes y todavía no muere el eco de sus palabras cuando  Mayube y los demás esclavos son liberados y se les da agua y algo de comer.  Mayube está seguro de que el guerrero de piel blanca que les ayuda es un enviado de la Diosa de los Enjambres.

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3300101568_59e3973c82La noche siguiente, la abuela  retoma su historia con entusiasmo y de un tirón mete por la ventana todas las inclemencias del Mar Caribe:

-Toda la noche bramaron los vientos mientras la  María del Carmen surcaba las aguas del Caribe con Cuba como destino. La noche fue de pesadilla; la tripulación no pudo darse cuenta de que había amanecido por dos motivos: los negros nubarrones  que el ventarrón había arrastrado desde el Atlántico  para negarles la luz  y la dura lucha que les imponían  las aguas,  golpeando cada vez con  mayor violencia el viejo casco del galeón.

A la misma hora que debió haber asomado el sol,  se rajaron las nubes para dejar caer un aguacero como Alvarado no había visto nunca. Arreciaron los vientos y la María del Carmen se escoró tanto que el capitán ordenó que se arriase parte del velamen para impedir que el viento  volcase la embarcación.  Todo en la nave volaba de babor a estribor: los escasos muebles, los barriles de vino, los restos de los platos destrozados y la bazofia que el cocinero servía como comida.  Llovía tanto en el castillo de proa como sobre la cubierta, pero sobre esta última, al menos, el agua caía limpia.

José Alvarado nunca había sido marinero,  él se había enrolado para conocer mundo, para hacer fortuna y para sacarse de la nariz el olor del chiquero que su padre había puesto a su cargo. Poco sabía de navegación. Tampoco sabía que la María del Carmen se había cruzado en la ruta de un huracán, puesto que no existía un servicio meteorológico que lo anunciara, de manera que  corrió a esconderse en la sentina,  lejos de las olas que lo aterraban  y los agudos ojos del capitán, que exigían la colaboración de Pedro, Sancho y Diego.

El huracán y los mares desbocados arrastraron la María del Carmen cada vez más lejos de su ruta.  Al no poder llegar hasta la borda para alimentar los peces con el contenido de su estómago, José Alvarado se vio forzado a alimentar las ratas de la sentina, que por el momento no tenían ni la más mínima posibilidad de abandonar la nave o ya no se hubieran encontrado allí. Nuestro anti-héroe tenía bien agarrada la bolsa con las monedas del hidalgo Campomanes y  si bien la penumbra le impedía ver las  hermosas alas de la avispa, siempre encerrada en su sarcófago de ámbar, todavía podía oler el delicado aroma de la resina petrificada. Por si acaso, José Alvarado prendió el broche por el interior de su camisa, así, en caso de un naufragio, no correría riesgo de perderla. La bolsa con las monedas la ató Alvarado dentro de sus calzones, que no estaba él dispuesto  a perder la riqueza que tanto le había costado conseguir.

Entretanto, el rumbo del María del Carmen  cobró bríos inimaginados.  Perdió  la ruta de Cuba, pasó  sin percatarse   por las cercanías de la isla de Jamaica y se encaminó sin titubeos hacia la Costa de los  Mosquitos,  siguiendo la enloquecida trayectoria del huracán. Si  el capitán  hubiese podido darse cuenta de ello,   habría sabido  que la nave estaba perdida. Si lo hubiese sabido Alvarado, difícilmente habría podido tener más miedo del que ya le atenazaba los huesos.

 Lamentablemente, dentro de todos sus preparativos de escape y salvación,  José Alvarado no tomó en cuenta  detallitos que sin duda alguna le hubieran sido muy útiles cuando la proa del María del Carmen  tuvo la mala idea de incrustarse en unos arrecifes que la tormenta impedía ver. Esas minucias vitales eran dos: primera, el hecho de que un huracán no es cosa fácil,  y  segunda,  la circunstancia  de que, enemigo como era Alvarado del baño, nunca se había tomado la molestia de aprender a nadar. Así pues, ocurrió que cuando la María del Carmen zozobró aparatosamente,  José Alvarado fue el primer miembro de la tripulación en morir ahogado.

 

Zzummm, zzummm, y como supondrán ustedes,  mi experiencia en las arenas del Báltico no fue suficiente para salvar la vida de los dos. Aunque con humildad les expreso que hice todo lo posible, bien pronto me dí cuenta de que Alvarado había dejado de luchar contra las olas, porque su cuerpo iba de aquí para allá como un monigote de trapo y en menos que canta un gallo nos fuimos a pique aún más pesadamente que los restos del galeón, lo que no es poco decir. ¡Cómo bramaba el viento allá arriba, como rugían las olas! ¡ Cómo, ayayay, se quejaban los hombres a gritos antes de que la borrasca les tapara la boca con agua salada! ¡Qué noche aquella… qué noche! Ni un alma sobrevivió para contar sus negruras.

 

Cinco días permanecí en el fondo del mar  en  la triste compañía de quien fuera mi amo por el más breve lapso de tiempo.  Seamos sinceros, yo  ya había preparado mi ánimo para otros cinco millones de años observando las evoluciones de la fauna marina. Zzummm, zzummm.

Al sexto día los tirones de algunos peces maleducados acabaron por liberarle de las rocas que lo tenían atrapado, de manera que ascendimos rápidamente en busca de la luz del sol. Arriba reinaba la calma, nadie hubiera dicho que  por allí había pasado un huracán. Amistosamente, las olas nos invitaron a tierra y mi antiguo amo no se hizo de rogar.

 Debo reconocer que yo era la más perdida de los dos. Escondida dentro de su camisa, no me dí cuenta de nada, salvo quizás que de pronto el agua que nos empapaba comenzó a evaporarse y un calorcillo agradable entibió mis extremidades. Zzumm, zzumm. Yo siempre trato de estirarme, por costumbre y para que no se me atrofien las alas; lo hice,  la vida corrió por mi cuerpo y el perfume del ámbar llegó mezclado con el de la vegetación.

Un día entero estuvimos allí, tomando el sol sobre la arena. Luego vino la noche y los cangrejos corrieron por la orilla mojando sus patas torcidas.  No me dejaron dormir tranquila.

Más intranquila habría estado cuando amaneció otra vez si hubiera podido ver los marabúes contemplándonos desde las copas de los árboles, pero por gracia del Altísimo seguía yo allí bien escondida en la camisa rotosa de José Alvarado,  tan sumida en las sombras que casi quedo ciega cuando de pronto se me pone el mundo de cabeza y un cuchillo de sol se cuela entre los ojales hiriéndome estos bellos ocelos que Dios me dio. ¡Qué cataclismo, pensé yo, y pudo  haberlo sido, pero se trataba de  un indio  que pasaba por allí con su piragua, quien, viendo lo que quedaba de Alvarado,  vino a toda prisa a ver que podía rescatar.

 

Mayube no se decidía a poner las manos sobre el cadáver. Con la ayuda de su lanza escarbó entre los restos de José Alvarado y el tintineo de las pepitas de oro le impulsó a ser más detallista. Cuando derramó el contenido de la bolsa sobre la arena el resplandor del oro lo cegó momentáneamente.

¡Qué hermosas piedras, lágrimas del sol! Feliz como un niño, Mayube saltó una y otra vez sobre la arena para expresar su dicha a los dioses de la tierra;  luego  puso dos piedras redondas sobre su cuello y corrió hasta el agua para ver como relucían sobre su piel morena. En el espejo de las aguas cristalinas se encontró con sus ojos admirados y una sonrisa de oreja a oreja.  ¡Qué bello, Mayube era un gran guerrero!

¿Y si había más? No podía perder nada de eso. Mayube  regresó a donde estaba el  cadáver,  cogió su cuchillo de piedra y rasgó lo que quedaba de las ropas de Alvarado. Entre  las hilachas,  relumbrante, saltó un bello broche de oro y ámbar,  en su corazón, casi tan viva como cinco millones de años atrás, Mayube vio una avispa anaranjada, que parecía guiñar con sus ocelos una dulce y perfumada invitación: Tómame, llévame contigo, yo haré tu fortuna; tú, Mayube,  harás mi destino.

 

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2661966785_1fe2f987fa-¿Qué vas a contar hoy, abuela?

-Yo quiero saber qué le ocurrió al hidalgo

-¿Le cortan la cabeza a alguien? -Es la voz de la pequeñuela.  Los niños ríen estrepitosamente.

-¿Por qué no? -interviene la abuela que ha visto temblar el labio inferior de su nieta- Vamos a ver si hoy le cortan la cabeza a algún personaje.

Un no general cruza la audiencia: nadie quiere que la cabeza del hidalgo sea cortada. Cuando la abuela logra que los ánimos se calmen reanuda inmediatamente su relato:

¡Qué noche negra he pasado, Dios mío. No quisiera yo tener que contarles de  los disturbios ocurridos, pues acontece  que las rencillas entre Diego Colón y el alcalde Francisco Roldán han pasado de castaño a oscuro, de manera que el adelantado Bartolomé, el hermano de menos seso,  lo ha hecho detener y condenado a muerte. Así pues, no  han podido llegar los Colones a la mesa de juego, dicen que casi no salen a la calle para no recibir las  miradas de odio de la población; se rumora que tarde o temprano deberá embarcar don Cristóbal para España,  a rendir cuentas ante  su Majestad.

Como si ello fuera poco, el capitán del Doña Inés apenas ha alcanzado a presentarnos a otros jugadores  y ya estaba el más malencarado de ellos   tratando de acaparar toda la mesa para sí. Ha  dejado   sin blanca a mi amo, el muy calavera. Algunos de sus ardides bien los conocía yo de antiguo, que no hay quien no haga esas trampas en las tabernas de Cádiz, ¿mas qué podía yo hacer, rodeados como estábamos  de  sus compinches y toda clase de aventureros de mala calaña? Si el hidalgo  no ha perdido la camisa es porque ha dejado antes  la capa en manos de este tal Alvarado,  marinero de poca monta y menos escrúpulos,  que no ha parado hasta arrebatarme de sus manos. ¡No ha debido mostrarme tanto, pobre de mí! Ya sabía yo que mi belleza le pondría en apuros. ¿Quién podría resistirla?

¡Qué dolor, qué pena!  Muy cretino habrá sido Campomanes, pero lo de hidalgo, eso no se lo quitaba nadie, no como éste, que parece salido de una porqueriza.

¡Bien lo decía yo, zzumm, zzumm, que el hidalgo Campomanes era un mentecato de primera! Ha dejado fácilmente su oro en las faltriqueras del tramposo y en cuanto se ha visto desplumado   se ha jugado  la  capa y mi persona. ¡Y ha perdido!

José Alvarado se llama mi flamante poseedor, el canalla  que se luce con mi elegancia sobre el pecho y los terciopelos de Campomanes sobre los hombros.

¡Miente este Alvarado con una soltura que ya me quisiera yo para abandonar mi prisión! Le ha jurado por su santa madre al de Campomanes que le daría esta noche la revancha en la mesa de la taberna,  pero ha resultado ser huérfano y apenas salimos de allí se reía a gritos de mi antiguo amo por haberle creído.

Nos hemos venido raudos hasta el puerto, donde ha embarcado de inmediato en esta batea maloliente, llena hasta el tope de los individuos más terroríficos que haya visto yo en mi vida, piratas,  tenedlo por cierto,  zzumm, zzumm, y conste que he visto muchos,  nunca  peores.

 

Vamos, según parece, camino de las nuevas colonias en la isla de Cuba. Alvarado, quien nunca ha trabajado un día a nadie,  no ha visto mejor modo de hacerse rico que sentarse a la puerta de su casa  con una botella de vino mientras los pobres indios se desloman abriendo  la tierra en su nombre a punta de latigazos.

Zzumm, zzummm, qué mala suerte la mía, de las joyas polvorientas  a las manos de aquel tonto de Campomanes y seguir de mal en peor hastar caer   en  poder del porquero (bien segura estoy  de que no pudo haber sido otra cosa) ¿Es que no hay bien ni honestidad entre los hombres de esta tierra?  Mis antepasados no tenían más que su colmena y un par de alas, pero puedo jurar que jamás le hicieron mal a nadie. Ni de casualidad. Es cierto que a veces enterramos nuestros aguijones en algunas partes blandas, pero  siempre fue en defensa propia, de eso estoy segura.

 

La anciana calla. Daniel la mira preocupado y pregunta:

-¿No irás a dejarlo aquí, verdad abuela? Es mucho más corto que ayer. Una buena historia no puede terminar tan brevemente.

-¿De veras? Bueno, por hoy es suficiente, mañana veremos cómo fue que  José Alvarado desembarcó inesperadamente.

-¿Desembarcó, dónde?

-Si quieres el final de la historia vas a tener que esperar  hasta que llegue. Nunca empiezo por  los finales.

-¡Al final, nunca le cortaron la cabeza!

Las  carcajadas coronan las palabras de la  pequeñuela.

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3071390764_df543d57c1Los niños llegaron un poco más temprano hoy, piensa la anciana. ¿Qué podría contarles?  Casi como un relámpago, una idea cruza su mente. La abuela se acomoda en la poltrona, aclara la voz  y  comienza:

-El  hidalgo Juan Alonso de Campomanes y Gutiérrez   bajó lentamente la escalerilla del galeón  Doña Inés. Como la ocasión lo ameritaba, vestía don Juan Alonso  terciopelos de Francia y sedas de la China, bellas botas de tafilete guarnecidas con botonadura de plata y gran sombrero de ala pretenciosa,  coronado con cinco plumas de avestruz de las sabanas de África. Al  cinto, deslumbrante y temeraria, llevaba el hidalgo una hoja toledana con puño de marfil  sobre el  cual relucían   tres grandes zafiros coronando las iniciales de su nombre graciosamente grabadas en oro.

  Deslumbrado por el sol de la mañana, don Juan Alonso se detuvo  en la mitad de la escalerilla; frente a sus ojos,  exhuberante  y adormilada, se extendía la isla de La Española, verde y lujuriosa como un manto de terciopelo bordado. El hidalgo Campomanes apoyó su derecha en la empuñadura de la espada y acarició con la izquierda el gran broche de oro que que ajustaba su capa, en cuyo centro destacaba una bella pieza de ámbar. Allí, con sus alas desplegadas y los pequeños ocelos brillantes, descansaba una avispa de chaqueta anaranjada, tan perfecta, tan intacta, que cualquiera podría haber jurado que  estaba viva..

 

Daniel se agacha hacia su prima Rosita y murmura apenas:

-¿Viste? ¡Es Mignon!

 

¿Podrían? ¡Júrenlo, truhanes, que bien viva estoy! Zzummm, zzummm, zzummm. Triste destino el mío, triste, gris y aburrido, pero que no les quepa duda, vivita estoy, aunque no tenga cola que mover ni espacio para hacerlo; considerad que este es un trozo de ámbar bastante estrecho. Viva, eternamente viva. ¿Quién dijo que la inmortalidad es maravillosa? ¡Cinco millones de  años durmiendo en las arenas del Báltico, once mil años corriendo por el mundo y veintidós más de insoportable monotonía en  la vitrina de un joyero toledano. ¿Se imaginará alguien cuán poco atractiva puede ser la compañía de treinta anillos de brillantes y  media docena de guardapelos esmaltados?

No se trataba siquiera de joyería de calidad. Regularcita, diría yo. Ninguna de aquellas piezas me hacía la más mínima sombra. ¡Cómo me he aburrido yo ahí, entre esos vulgares trozos de metal amarillo! En buena hora pasaba mi amo por un lapso de repentina solvencia y me rescató de de ese infierno polvoriento. En  el Báltico, a lo menos, contaba uno con las pulgas de mar y los cangrejos para entretenerle los días. Todo lo demás, un aburrimiento; olas que van, olas que vienen, algún resto de sargazo o algunos pececillos ribereños chismorreando sobre el último naufragio. 

¡Otro gallo me habría cantado si me hubiese quedado aquella mañana en la colmena, infausta mañana aquella en que el aroma de las frutas me invitó a revolotear alrededor de ese tonto árbol, resinoso y traidor,  que me encapsuló para la eternidad en este trozo de ámbar!  Llevaría cinco millones de años muerta, es cierto, pero lo libado y lo zumbado no me lo habría quitado nadie!

Nada podía hacer al respecto. Estaba escrito que mi destino era ser testigo de los tiempos.

Como si todo eso fuera poco, me cae en suerte este presuntuoso, caballerete endomingado, hidalgo de mala muerte que pierde cada tres noches la camisa en la mesa de juego. No espero mucho de él, lo confieso. De milagro me ha pinchado en su capa permitiéndome disfrutar del paisaje y mayor  milagro aún que todavía no me haya puesto sobre la mesa al quedar desplumado…zzumm zzumm, dice que le traigo suerte. ¡Suerte para mí, que al menos,  paseo!

 Esta noche juega con unos que llaman los Colones,  amos y señores de La Española,de quiénes se cuentan pestes y glorias. Que es belicoso, dicen del menor,  osado  como pocos y hasta algo deshonesto. El mayor es otra cosa: hombre bravo, genovés, navegante de primera, aunque ligeramente desubicado; algo he oído de que cree haber llegado a las Indias Occidentales. ¡Yo misma podría aclararle un poco la situación! ¡Ah! Está el hijo del navegante, también, que se lo debe todo a su padre,  ni hablar de la vida.

 Por el momento, como les decía,  este tal  Colón considera haber llegado a las Indias y le ha llenado con ello las arcas al rey de España, quien no le pagado mal. ¡Riquísimo, el hombre, y poderoso!… si bien no por mucho tiempo, si lo que he oído yo resulta cierto! El capitán del Doña Inés, hombre de pocos escrúpulos, por no decir que ninguno, ha puesto al tanto a mi amo de sus debilidades en la mesa de juego y como le gustan a  Don Juan Alonso las cosas fáciles, cuenta con desplumarlo en tres manos de cartas (único arte que se le presta)  antes de la medianoche. ¡Dios lo quiera! Mi hidalgo dice que si se llena bien la bolsa con el oro de los Colones por la mismísima mañana nos vamos de regreso a España,  a vivir como Dios manda, por todo lo alto.  Sinceramente,  no merezco nada menos.

 

Con similares razones se  congratulaba también Don Juan Alonso de Campomanes.  ¡Cuándo se iba a  imaginar que  conseguiría  una partida con los amos de La Española! Estaba contento el hidalgo; sin duda alguna, la suerte no lo había abandonado  desde el  día aquel  en que encontrara el broche de ámbar con la avispa en la vitrina del joyero toledano. ¡Un regalo, qué baratura! Inesperada ayuda que había traído de rebote una prolongada racha de extraordinaria fortuna.  Como, si no,  explicar este viaje, que le había venido  del cielo. Había bastado  con que le cayera en gracia al capitán del Doña Inés para que le trajera casi de balde desde Cádiz, no sin antes  prometerle que le dejaría en Cuba después de que se hubieran repartido el oro de las bolsas de los Colones;  qué hombre más agradable era el Capitán,  un caballero,  sin duda.  Al hidalgo poca y nada de pena le daban los héroes de La Española. ¡Ya tendrían ellos tiempo de sobra para recuperarse de las pérdidas, hombres tan poderosos como eran!

Los primeros días de viaje,  el hidalgo estaba decidido a retornar a España, pero,  poco a poco, la visión de esos mares color turquesa le había hecho cambiar de idea. Una vez en   Cuba, eso ya lo tenía decidido,  invertiría  sus ahorros en alguna tierra cultivable y no habría quién lo  moviera de allí.  Decían  que  allí podría darse bien el azúcar, dulce isla ésa. Que las tierras eran fértiles, las noches frescas y la fruta tersa y aromática. Todo lo que siempre había soñado. ¿Qué mas podía uno pedir de la vida, salvo una bolsa atiborrada de oro, por supuesto? La mano de obra la ponía la naturaleza, siempre generosa. Contaba el capitán que las Indias estaban llenas de nativos ociosos que no esperaban otra cosa que ser asignados a algún hombre valiente que supiese hacerles producir.

Pero esta noche, la noche tan esperada,  preocupaciones menos trascendentes desvelaban a don Juan Alonso. ¿Qué traje llevaría? ¿Qué sería más apropiado,  el terciopelo azul o su vieja chaqueta de los Dragones de Su Majestad? Era mejor no verse demasiado rico, para no provocar ambiciones desmedidas, pero de ninguna manera lucir como pobretón, ni pensarlo. Un  buen traje elevaba las apuestas, eso por descontado. ¡Claro, cómo no se le había ocurrido, el uniforme y el broche de ámbar  sobre la capa! Seriedad y dispendio a la vez. Eso sí que los impresionaría.

Llegada la hora, don Juan Alonso  atusó bien su barba, cepilló la chaqueta y cerró uno a uno los alamares dorados. Una gorguera de encaje proporcionaba un toque de delicadeza al conjunto. ¡Todo un caballero! ¡Nadie podría decir que no dejaba bien puesto el nombre de Campomanes y Gutiérrez!.

 

Zzumm, zzumm. ¡Caballero… lelo será este zopenco, que de tan engreído  no alcanza a ver las caras patibularias de estos hombres! Zzummm, zzummm, si no me arrancan de su capa  de un tirón será porque  lo han hecho con una cuchillada. ¡Vaya hidalgo éste  que me vino a tocar en suerte!  No tiene dónde caerse muerto, no pudo haber escogido peor posada para pasar la noche y va por allí con la azotea más vacía que monedero de pobre. Ya  hubiera querido Atila en su séquito a los marineros que  beben en la taberna donde jugará su bolsa,  y él tan tranquilo.

Lo que es yo, me iré con cuidado. Algo se siente en el aire, perfume de traición, de malas sangres.

 

Esta noche, el hidalgo Campomanes de Gutiérrez no ha querido  cenar. Nada peor que jugar con el estómago pesado, bien decía su padre que entorpece el juicio. Nerviosamente, su memoria repasa   las instrucciones que le ha proporcionado el capitán sobre el estilo de juego de los Colón.  El perfume tibio y dulce de la vegetación tropical se mete por los ojos de buey mezclado con aquel ligeramente agrio y salobre del mar y los hierros oxidados. Anochece con esa profusión de sonidos y colores que la noche caribeña despliega sin medida. Don  Juan Alonso de Campomanes y Gutiérrez saca de su bolsa  el pequeño espejo que heredara de su padre  y explora su superficie tratando de reconocer su  rostro en la penumbra. Hmm, qué bien se ve, ya lo decía su respetada madre. Tú, hijo, llevas tu futuro en la cara…tan grabado como ustedes tienen el  sueño, vamos, todo el mundo a la cama.

Nadie discute estas  últimas palabras. Antes de contar tres,  todos los niños se han marchado.

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