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Archive for the ‘Autores invitados’ Category

1426689000_4518c352bfUn poema de Allegra Mayne-Nicholls

Te he traído una rosa,

La he traído para ti

En la puerta la he dejado

Allá cerca del jardín.

Descansa entre violetas

Jazmines y azucenas

En sus gotas de rocío

Tan brillantes como estrellas.

Iluminan en tus noches

A la hora de dormir

Para que en  tus bellos sueños

Nunca te olvides de mi.

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397839362_ed5956244e–  Nos veremos en la plaza… mañana… ¡a las 4!

A Mauricio le daba vueltas la cabeza, de pronto se encontraba frente a quién era posiblemente el peor matón de colegio de había conocido en su vida.  Pero claro eso no era todo, no sería nada que estuviese frente a él, sino que Mauricio, sin estar muy seguro de cómo había llegado a ese punto, estaba siendo retado a la pelea del año.

–    ¿Y tú le has pegado a alguien?, porque te informo que eso es como lo principal de una pelea.

–  ¡Estás loco!, mis padres me matarían, si no fuera porque no creen en la violencia.

Hay algo que tienen que entender acerca de Mauricio y su familia, ellos no son de lo más “tradicionales”, de hecho todo lo contrario, los padres de Mauricio son parte de una raza casi extinta: Son hippies.

Lo que la mayoría de la gente ve como muchas flores y colores, para Mauricio era una verdadera pesadilla. Es que no es fácil ser el chico nuevo en el colegio, más aún con costumbres familiares que rayan en la psicodelia.

Ya hacía un año que Mauricio, por primera vez en su vida, había emitido un juicio totalmente contrario a lo que sus padres esperaban de él y frente a todas las aprensiones que ellos podían tener, había decidido dejar el alma mater de papá y mamá, “El Instituto Kimeltu de las artes y la ecología”, para emprender un futuro sumamente corriente en el Liceo más cercano.

–  ¡Tanto potencial desperdiciado!, ¿y qué es eso tan especial que enseñan en ese liceo para que quieras cambiarte Mauricio?

–  Bueno… Matemáticas, Física, Gimnasia… No se, lo típico supongo.

–  Y todos los valores que te hemos inculcado, el amor a la naturaleza, el misticismo…

–  Si papá, eso es todo muy lindo, pero tú sabes que con misticismo no se llega a la universidad.

–  ¡¿Universidad?! Tú crees que la inspiración del pintor, la pasión del poeta, ¿tú crees que eso se enseña en una Universidad?

–  No, creo que no, pero Ingeniería…

En ese instante la respiración del padre de Mauricio se detuvo por exactamente 10 segundos, tiempo suficiente para que sus chacras terminaran por desalinearse.

–  Esto es el fin, ¡Quiere ser ingeniero!

Luego de mucho debatir – porque sus padres nunca discutían, ellos debatían, lo que significa un intercambio libre de ideas – por fin dieron su brazo a torcer, dando así paso a una larga lista de eventos que culminarían el día de la gran pelea.

–  ¿Yo soy o no soy tu amigo?

–  Claro que lo eres.

–  Pues como tal te recomiendo lo más sensato: ¡Escapa!, escapa lo más lejos posible, porque  te digo que Molina te va a pulverizar.

Por mucho que la opinión del Seba fuera por lejos la más pesimista del planeta, Mauricio no podía dejar de pensar que tenía toda la razón.  El no estaba listo para enfrentarse a un peleador profesional, si para algo no había sido preparado en su vida era para pelear; sobrevivir de la naturaleza en caso de perderse en el bosque o  clasificar las variedades de té de hierbas que se producen artesanalmente en Chile, para eso sí que estaba preparado.

Camino a casa repasaba el día tratando de evitar al menos en su mente el fatídico instante en que él mismo se había sentenciado a muerte.  Desde su primer día de clases en el Liceo, Mauricio supo que se le haría difícil encajar, y no era sólo esa estela de olor a aromaterapia que lo seguía a todas partes, es que a cada momento le salía lo “hippie” de adentro.  Si no era el pan integral con tortilla de berro al almuerzo, era el chaleco tejido a mano con lana de alpaca.

– Chicos, hoy hablaremos de los ‘60. Una década repleta de eventos trascendentales…

Con esas palabras comenzó el final de los días de Mauricio.  La verdad al principio todo iba bien, el profesor habló de montones de temas relacionados con la década del ’60: Les contó a los chicos sobre las primeras exploraciones del espacio e incluso del surgimiento del feminismo – tema que para el porcentaje masculino de la asistencia, no resulto tan atractivo como el primero.  Mauricio estaba interesadísimo, le encantaba la historia y el profesor Rodríguez hacía las clases entretenidísimas representando los temas a manera de teatro.

–  Y como muchos de ustedes deben saber, a finales de los ’60 se realizó en EEUU un concierto que marca la manifestación más grande de un movimiento nacido en durante esta década.  “Woodstock” reunió a algunos de los artistas más importantes en torno a la congregación más grande de hippies que el mundo hubiera visto.

Mauricio había escuchado miles de veces del concierto del ’69, tanto que a veces sentía como si hubiese estado ahí y pese a que él, por susto, NUNCA hablaba en clases, no podía evitar en su cabeza interrumpir al profesor con correcciones y acotaciones al tema que hubiesen completado la narración de su maestro, mas de repente se alzó una mano a la mitad del relato interrumpiendo al profesor:

–  Profesor, disculpe, pero qué es ser “hippie”

Mauricio no pudo evitar ahogar una pequeña risa al escuchar la pregunta de su compañera.

–  Bueno Camila, de hecho iba para allá.  Este es un movimiento surgido durante la década del sesenta que postulaba la libre expresión y el amor por sobre la guerra entre otras cosas como…

–  ¡Vagos!

Todo el salón de clases quedó en absoluto silencio ante la categórica sentencia del Pancho – también conocido como el matón Molina.

–  ¿Qué dijiste Mauricio?  Dijo un profesor bastante desorientado.

–  Lo que escuchó.  Mi padre me ha hablado de esos tipos y dice que son todos unos vagos.

Algo apretó el pecho de Mauricio, el tenía claro que sus padres podían ser un poco locos y que esa locura lo exasperaba de tanto en tanto, pero ¡nadie los llamaba vagos sólo por ser diferentes! Fue entonces que Mauricio se dio cuenta que estaba de pie junto a su puesto con un ardor que le llenaba el pecho.  Nadie había visto nunca a Mauricio de pie frente a la clase. Su  mejor amigo, el Seba, ni siquiera se acordaba de la última vez que lo había escuchado dar una opinión en voz alta en alguna de sus clases, pero ahí estaba, fijando la mirada sobre el matón Molina, que se la devolvía sin temor.

–  ¿Se te perdió algo?

–  N…no deberías hablar a…a…así de gente que no conoces.  No tienen por qué ser vagos sólo porque tu papá lo dice, ¿qué sabe él?

El matón Molina se puso de pie sin dudarlo y se le paró delante con la nariz pegada a la de Mauricio, o por lo menos 20 centímetros por sobre la suya, es que era el más grande la clase.  Mauricio tiritaba completo al darse cuenta de lo que le había causado su gran bocota y ahora no quedaba nada más que aguantar como hombre.

–  Nos veremos en la plaza… mañana… ¡a las 4!

Y con esa sentencia comenzó el calvario de 26 horas de Mauricio.

La noche previa al encuentro fue terrible, no había como pegar un ojo y de sólo pensar en lo que podría hacerle el matón Molina se le aceleraba la respiración.  Incluso sus padres lo habían notado extraño a la hora de cena, pero habían atribuido su comportamiento a una gripe y determinado que lo mejor para esos casos era  un jugo de naranjas con jengibre.

–  ¡Buena suerte hoy, Mauricio!

–  Fue lindo conocerte, compadre.

Todos tenían algo que decirle a Mauricio esa mañana, pero él no hallaba que responder de vuelta. 2 horas después de la hora de salida de clases Mauricio tenía una cita con el destino y no estaba para nada seguro de que hacer al respecto.

Tal vez era el destino siéndole cruel, o tan sólo la ansiedad ante su encuentro con el matón Molina, pero parecía que las horas estaban pasando demasiado rápido ese día, hasta la clase de matemáticas, que solía ser eterna, pasó como si nada.  A la hora de almuerzo se sentó junto al Seba como todos los días, en una mesa junto a la ventana, todos en el comedor se le quedaron mirando con lástima, es que hasta los alumnos de los cursos mayores le temían a Molina y ver al chico nuevo horas antes de su enfrentamiento era como ver a un hombre muerto caminando.

–  ¿Y qué pretendes hacer?, no me digas que te vas a presentar a la pelea.

–  Y que quieres que haga, todos esperan que el chico nuevo se acobarde y no puedo darles en el gusto, estoy cansado de que me llamen cobarde y aunque me cueste un puñetazo en la cara, estoy dispuesto a aguantarlo.

–   Me alegra escuchar eso amigo, porque si algo te espera esta tarde es un puñetazo en la cara.

–  Gracias Seba, tú siempre sabes que decir.

–  Cuando quieras.

Sonó la campana de salida y todos en el salón de clases se dieron vuelta para ver a Mauricio, todos excepto a Molina, que tan sólo se puso de pie, se arremangó las mangas de la camisa y salió por la puerta.

Las 2 horas previas al encuentro pasaron aprisa, Mauricio se encontraba en cierto trance que anticipaba su final y el camino a la plaza lo caminó casi por inercia.

Al llegar se encontró con más concurrencia de la que esperaba, todos en círculo entorno a un Molina borracho de adrenalina, actuando como un animal salvaje, completamente irracional.  Al ver que Mauricio había llegado, los asistentes empezaron a empujarlo hacia el centro del circulo, sin que él pusiera demasiada resistencia, si había que terminar con esto, mejor que fuera rápido.

Al aparecer de entre la gente, el matón Molina lo miró con ojos desorbitados, como un león hambriento, pero carente de la astucia de aquel animal y Mauricio sintió como un soplo le hinchaba el pecho y los tiritones de sus manos se tensaban hasta hacer de toda la inseguridad corporal que le había acompañado durante el día, una cosa del pasado.

–  ¿Y “Mauricio”, estás listo para tu fin?

–  No.

–  Perdón

La respuesta descompuso a Molina, lo último que  esperaba escuchar era una negativa, esperaba llantos y súplicas como siempre, pero esta respuesta era nueva.

–  ¿Sabes que, Francisco?

Nadie llamaba a Molina por su nombre de pila, estaba fuera de discusión.

–  Tú no quieres hacer esto.

Nadie entendía nada, hasta que la presión había llevado al hippie a la locura.  El Seba miraba desconcertado a Molina que no hallaba qué hacer del camino que habían tomado los eventos.  Lo que nadie sabía, es que Mauricio, luego de meses de ocultar lo que era, se había dado cuenta que su única salida a este entuerto, era enfrentarlo de frente con todo su poder hippie: Paz y amor.

–  ¿De que me hablas tú, chico naturista?

–  No tienes que seguir haciéndote el fuerte, eso no te llevará a nada.  Y qué si me pegas, ¿acaso hará más verdad lo que dijiste ayer en clases?, no, para nada, lo único que hará es que todos los que están aquí te odien aún más de lo que ya te odian.

Esto era cómo Davis y Goliat, versión hippie, Mauricio le estaba dando con todo lo que tenía a Molina y eso era con la razón, no sabía si funcionaría, pero aunque no sirviera de nada, se iría con todos los honores del que pelea de vuelta.  Molina lo miraba con cara de quién no entiende nada, y aunque Molina ciertamente no era el chico más brillante, muchos de los que estuvieron ese día, tampoco entendían nada.

–  Es que mira a tu alrededor, me tienes aquí porque eres simplemente un intolerante y eso no va a cambiar nunca.  Tienes suerte de que aquí nadie es más grande que tú y por eso dejamos que nos asustes, ¿pero, acaso pretendes responder así a todo lo que no entiendes, aportillándolo?

La multitud se estaba aleonando, el discurso del hippie estaba funcionando y por fin su público estaba respondiendo a la matonería de Molina.  Pero cuando Mauricio ya se estaba dando por vencedor con su discurso pacifista Molina respondió con todo lo bruto que podía ser.

–  A ver si de una vez te callas.

Las luces se apagaron y lo siguiente que Mauricio supo, fue que se encontraba tendido mirando al cielo con una multitud a su alrededor, a su lado se encontraba su amigo.

–  Eso fue increíble, creo que un record, te noqueó en menos de 10 segundos.

–  ¿Qué? ¿Que no sirvió de nada?

–  ¡Estás loco, eres un héroe! Luego del embarazoso detalle del puñetazo que te dio Molina pasó lo inesperado…

Y Sebastián tenía razón.  El discurso de Mauricio había surgido efecto, sólo que no exactamente en la persona que él esperaba.  Mientras el bruto de Molina había respondido con lo único que sabía, con violencia, el resto de los espectadores habían caído en cuenta de que la presión que ejercía Molina sobre ellos no era nada más que fuerza bruta, y que por muy fuerte que fuera Molina, no había como le diera una golpiza a todos ellos juntos.

–  Todos te defendieron, y ninguno tuvo que levantarle un brazo, le dijeron exactamente lo que era y que nadie aguantaría más sus abusos, fue increíble Mauricio, tú, de todos nosotros el que menos nos esperábamos… ¡Tú te enfrentaste a Molina en tus propios términos!

Luego de ese día, el matón Molina pasó a ser un mito en el Liceo, ya nadie estaba dispuesto a tener miedo y de hecho al ver a un hippie enfrentarse a Molina, ya nadie parecía encontrar razones para tener miedo en absoluto.  Sin embargo mientras Molina pasó a ser un distante mito, Mauricio se convirtió en una leyenda, fue el hippie que se enfrentó al más terrible de los matones, y esto a Mauricio lo llenaba de orgullo.

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Un caso para las agentes Korokokó3063364001_f1cb9c0c39

Por Alida Mayne-Nicholls

Uno no esperaría encontrarse con un altamente entrenado y perfeccionista grupo de agentes como las Korokokó. De hecho, las gallinas no suelen ser vistas como un animal que sepa defenderse, aunque si alguna vez te has atrevido a tomar un pollito en presencia de su madre, te habrás dado cuenta de que la gallina no escatima fuerzas y picotazos en defender lo que es suyo. Esa es la tendencia natural de las gallinas, pero no las convierte en forma automática en una agente Korokokó, eso sería demasiado simple.

Las agentes Korokokó son elegidas desde que apenas son unos polluelos de dos semanas de vida, de manera que hayan completado su entrenamiento la misma semana que estrenan en sociedad su plumaje de adultas. Para el ojo humano es prácticamente imposible distinguir cuáles fueron las cualidades que los reclutadores vieron en esos polluelos, pero lo cierto es que nunca se equivocan. Cuando escogen un polluelo ten por seguro que se convertirá en una agente perfecta y que su plumaje no solo las protegerá del frío y el calor excesivos y de los picotazos de las gallinas que quieren mostrar su superioridad,  sino de los peligros más extremos a los que se ven expuestas gallinas como las Korokokó.

La gallina Marla se había convertido en agente hacía un par de días. Se había emocionado mucho con la ceremonia de graduación, ya que había sido la mejor de la clase y su madre, una gallina ponedora que le había dado un sinnúmero de hermanas, no cabía en sí de orgullo.

La ceremonia de graduación siempre era un gran evento y teniendo como invitadas a gallinas de diferentes granjas y en grandes cantidades, no se trataba de un acontecimiento muy silencioso. Por el contrario, no había forma que las gallinas dejaran de cacarear todo el rato, comentando quién se veía mejor, quién tenía más invitados o cuál de las agentes se veía más perfecta y marcial.

Por supuesto, todos concordaron en que era la agente Marla la que mejor se veía, con su pecho bien expuesto y la cola y la cabeza bien en alto. Durante su entrenamiento había sacado las más altas notas siempre. En los combates no había zorro ni gallo que hubiera salido libre de la humillación de la paliza que Marla les había dado. Y además se había convertido en una experta en código morse y en desciframiento de mensajes secretos.

Ahora se encontraba en la oficina del mayor Tricho lista para recibir su primera asignación. El mayor, un gallo de pocas palabras y un kikirikí que era famoso en toda la región, le extendió un sobre lacrado y le pidió que saliera de su despacho. Marla sabía que debía abrir el sobre estando sola. Estaba ansiosa, pero lo disimuló bien mientras pasaba junto a las otras agentes y se encerraba en uno de los cuartos seguros. Cerró la puerta con pestillo y abrió el sobre. Leyó el mensaje bien unas cinco veces, para asegurarse de que no estaba malentendiendo nada, y después agarró el papel a picotazos. En pocos segundos había convertido el mensaje en un confeti diminuto, no habría forma de recuperarlo.

Lo que no era un secreto era la inundación que el huerto de la granja venía sufriendo cada semana desde los últimos dos meses. Había habido otras agentes investigando el caso, pero no habían logrado averiguar nada al respecto. Marla comenzó de inmediato. Primero revisó la zona del huerto en busca de pistas, y estableció puestos de vigilancia; ella misma encabezó el turno de noche.

De ambas actividades reunió las siguientes pistas: tres plumas de color café dorado, dos pelos rojizos, una huella parcial posiblemente de un animal, un grano de maíz y una botella de plástico con un poco de agua dentro. Analizó las pistas obtenidas en el laboratorio y decidió mantener su puesto de vigilancia durante una noche más y luego dedicarse a observar el movimiento de la casa grande, donde vivían los humanos de la granja. Concluidos cinco días de investigación, análisis y tanta reflexión que hizo que se le pararan dos plumitas rebeldes de su cabeza, redactó su informe y se lo llevó al mayor Tricho: el caso estaba resuelto.

El mayor Tricho leyó el reporte con seriedad extrema, revisó las pruebas, los resultados de laboratorio y las conclusiones de la agente Marla y sonrió. Esa noche él, Marla y el grupo de detención de las Korokokó esperarían en el huerto la llegada del culpable. Tal como lo había previsto Marla, cuando ya no había luces en la casa grande, se abrió la puerta y vieron una sombra salir. Era una persona que iba descalza y arrastraba los pies. Llevaba una botella de plástico en la mano derecha. La oscuridad de la noche protegía su identidad, pero ya todos sabían de quién se trataba. El mayor dio la orden y todas las agentes Korokokó se abalanzaron sobre la persona. Desde atrás Marla veía una nube de humo y plumas.

Al día siguiente, el capataz de la granja se asomó al huerto y se sorprendió al encontrar al hijo mayor de la casa grande, un adolescente colorín, atado en el medio de la vega, con la botella en la boca y un papel pescado en la chaqueta del pijama. El capataz tomó el papel y supo que tenía entre sus manos al culpable, aunque no se explicaba cómo había quedado atado de pies y manos. Pronto todos en la granja se enteraron que el hijo mayor salía de la casa sonámbulo en busca de agua para llenar su botella de plástico, la llenaba afuera y olvidaba cerrar la llave, por lo cual el huerto amanecía completamente inundado.

La agente Marla recibió su primera condecoración y otra vez su madre, la gallina ponedora, no cabía en sí de orgullo. Marla también estaba radiante de felicidad.

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Una aventura a la medida de Rena

3065774685_d8946652d3_oRena es la regalona de Ani y Pepe. Ellos la quieren, la visten y cuidan; la acuestan cuando tiene sueño y la sientan en el sillón recién retapizado cuando quiere tomar un poco de sol y mirar por la ventana.

Rena también quiere a Ani y Pepe, por eso se pone un poco triste cada mañana que ellos salen de casa para ir a trabajar. Ella se queda tranquila, durmiendo sobre la cama, bien tapadita, con su cabeza apoyada sobre su cojín favorito, el verde con dibujos, y sus suaves cornamentas bien peinadas y estiradas por las manos de Ani.

Cada vez que se cierra la puerta del departamento, Rena escucha el “pórtate bien” de Pepe y sonríe pensando en lo feliz que es con el hogar que los tres comparten.

Sin embargo, pasar parte del día sola no la emociona. En las mañanas intenta ver televisión, pero los programas no están pensados en una pequeña Rena, ella poco entiende de los comentarios de la prensa y las copuchas. Preferiría saber qué sucede con los otros renos que habitan el mundo o ver qué están haciendo Ani y Pepe fuera de casa en eso que ellos llaman trabajo.

A veces pasa un rato en el notebook de Ani, jugando solitario o viendo las fotos digitales que sus padres adoptivos han acumulado y que los muestran de vacaciones, en fiestas familiares y tardes de picnic. Esa sí que es diversión y no los días que Rena debe esperar a que Ani y Pepe regresen del trabajo.

Por eso un día martes simplemente Rena se aburrió de esperar. Ani y Pepe no lo saben, pero los renos no suelen esperar eternamente, no son de esos animalitos de peluche que se quedan de brazos cruzados. Tarde o temprano –y más temprano en el caso de Rena- la aventura los llama.

En este caso la aventura era descubrir qué cosa tan importante era lo que mantenía a Ani y Pepe fuera de casa. El plan original de Rena era esconderse en el bolso de Ani, pero los planes no siempre resultan como uno espera. Esa mañana Ani llevaba dos bolsos, una cartera más pequeña que había usado toda la semana anterior y un bolso grande y lleno de ropa y fue en ese bolso que Rena prefirió meterse, porque iba a estar más cómoda y sus cornamentas no se saldrían por los lados de la cartera.

Ani tomó los dos bolsos y los metió al auto. El viaje fue relativamente corto, lo que sorprendió a Rena. Siempre pensó que si salían de casa, viajaban muy lejos. El problema fue que Ani se bajó con el bolso grande, entró en una tienda y dejó el bolso ahí luego de hablar con la encargada. Rena no entendía mucho, unos calcetines se le habían colgado de sus orejas, lo que le dificultaba escuchar. Le costó trabajo abrirse paso a través de la ropa, pero cuando lo hizo y deslizó el cierre, se dio cuenta de que Ani no estaba y que en su lugar había una mujer mayor que nunca había visto. Rena pensó que Ani había regalado toda esa ropa a la señora mayor, lo que era un poco extraño, porque le parecía haber visto el pantalón favorito de Pepe. No quiso perder más tiempo, ya que temía que no podría ver hacia dónde iba Ani, así que saltó del bolso y corrió hacia la puerta del local, la empujó con fuerza y salió a la calle justo para ver el auto de Ani perderse en la esquina.

Si Rena hubiera escuchado en vez de adornar sus orejas con calcetines usados, se habría dado cuenta de que estaba en una lavandería y sabría que Ani volvería esa misma tarde a buscar la ropa para llevarla a casa. Le habría bastado esperar junto al bolso, incluso podría haber ayudado a doblar la ropa. En vez de eso, llegó corriendo a la esquina y no vio por ningún lado el auto de Ani.

Qué puede hacer una Rena sola en la calle, sin conocer a nadie. Eso era lo mismo que se preguntaba Rena con sus cornamentas caídas, por la tristeza de haberse separado de Ani. Si tan solo se hubiera quedado calientita en casa, durmiendo hasta tarde y sin pasar ningún peligro… Rena estaba dado rienda suelta a sus pensamientos, cuando pasó junto a ella Pepe en su bicicleta. Pepe se detuvo al verla ahí en la calle. Al principio no entendía nada. Luego de pensarlo un poco, siguió sin entender qué hacía Rena en la esquina de la lavandería. La tomó, la puso dentro de su chaqueta y se la llevó con él al trabajo.

Rena no podía creer su buena suerte. Le gustó eso de andar en bicicleta. Asomaba su nariz redonda por la abertura de la chaqueta de Pepe y dejaba que el viento moviera sus cornamentas. Esto del trabajo le parecía de lo más divertido. Aunque pronto descubrió que se trataba solo de una parte de la historia. Pepe llegó a la oficina al poco rato y escondió bien a Rena para que ninguno de sus compañeros se diera cuenta de que estaba llevando a su monito de peluche al trabajo.

Cuando llegó a su escritorio, se quitó la chaqueta y puso a Rena sobre la mesa, junto a la pantalla del computador y le pidió que se quedara tranquila mientras él trabajaba en sus diseños y llamaba a Ani para ponerla al corriente de las novedades. Pero Rena había estado tranquila por mucho tiempo, y al ver lo bien que había resultado su excursión matutina, ya no sentía deseos de detenerse. Además ahora que sabía a dónde iba Pepe cada mañana, quería familiarizarse bien con el lugar. Así que apenas Pepe le sacó los ojos de encima –solo por un par de segundos para servirse un café-, Rena había bajado de un salto del escritorio y comenzado a recorrer la vieja casona en la que trabajaba Pepe junto a otro grupo de diseñadores, que tomaban café en el escritorio, escuchaban música y reían contándose historias unos a otros. ¿Y esto es trabajar?, se preguntaba Rena. Porque eso era exactamente lo que Pepe hacía en casa, pero con ella y Ani, que ciertamente eran más queridas por Pepe que sus amigos del trabajo.

Aunque la visita había descolocado a Rena, no había sido lo suficiente como para desanimarla. Todo lo contrario. Trabajar le encantó. Aunque no le permitieron probar ni siquiera un sorbo de café –“no es para las pequeñas Renas”, le dijeron-, bailó y tarareó sobre los escritorios y escuchó historias sobre lugares de los que Pepe y Ani jamás le habían hablado y a los cuales tampoco la habían llevado, como el metro, la nieve y el Parque Forestal. Ahora quería ir a todos y ese mismo día si era posible.

A la hora de almuerzo, Pepe llevó a Rena a almorzar con Ani. Se juntaron en un pequeño restorán a medio camino entre sus respectivos trabajos. No fue un largo almuerzo, pero Rena nunca se había sentado en una silla de madera como esa ni visto meseras y meseros llevar comida en bandejas ni llevar cuentas a la mesa. Cuando terminaron, Rena se fue con Ani a su oficina. El lugar no se parecía en nada a la vieja y divertida casona de los diseñadores. Era una oficina grande y moderna, con poco colorido. La pobre Rena no sabía si podía tocar las blancas y pulcras superficies, temía dejar las marcas de sus manos por todas partes y meter a Ani en problemas. Mientras Ani trabajaba muy tranquila en su escritorio –ordenado en vez de sobrecargado como el de Pepe-, dejó que Rena recorriera el piso. Aquí no había música ni historias sobre lugares desconocidos y atractivos. Los compañeros de Ani trabajaban calladitos y descubrió que en la oficina más grande y que siempre tuvo la puerta cerrada, se encontraba el jefe, pero no le vio ni la punta de la nariz.

A Rena le dio pena que Ani tuviera que pasar su día en ese trabajo y pensaba que sería mejor que Ani aprendiera un poco de diseño y se fuera a trabajar con Pepe. Así ella podría ir también y ya no se separarían en las mañanas.

Rena estaba apoyada contra el notebook de Ani, y los ojos se le cerraban solos, cuando Ani comenzó a apagarlo. “Vamos, Rena, es hora de volver a casa”, le dijo. Se levantó y se metió dentro de la cartera de Ani. El día no había tenido tantas aventuras como ella pensaba y no todo lo que conoció le había gustado, pero estaba feliz. Feliz y con un sueño tan grande como el que no había sentido jamás. Eso de las aventuras estaba bien, pero tal vez no todos los días.

Alida Mayne-Nicholls

Periodista y Licenciada en Estética de la Pontificia U. Católica, la autora es miembro de la tripulación del Platillo Volador.

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gatosBernardita es profesora de lenguaje, escritora y poetisa; también   es encargada de la Biblioteca CRA. Vive en Palena lo que significa que, cualquiera sea la ruta que tome, llegar a Puerto Montt le significan  12 horas de viaje.

Cuando Chaiten era nuestro pueblo…

(Para Roberto y Mariana)

Manchita es mi hermana, ella es la mayor y me enseñó  a correr sobre los tejados de alerce sin resbalarme bajo la lluvia .Juntos recorríamos la costanera para visitar la pescadería, donde la dueña   siempre descuidaba alguna merluza , de esas que los pescadores traían desde Talcán .

También visitábamos el muelle cuando llegaban las lanchas desde Buil, en esas mañanas de verde y sol .En las  tardes, jugábamos  entre los coigües y arrayanes, esperando que los niños volvieran de la escuela.

La Manchi-  así le decía yo a mi hermanita – era muy precavida, ella siempre estaba advirtiéndome que  no fuera más allá del río Blanco, donde me gustaba saltar entre las piedras, esas tan blancas que parecían panes escondidos en el agua.

– ¡Cuidado hermanito!- gritaba siempre la Manchi- mira que allá viene el perro de la esquina- pero yo me alejaba porque   me gustaba aventurarme por esas calles tan anchas y al atardecer subir  al techo de la casa, para quedarme allí muy quieto esperando que salieran las estrellas,  tal vez por eso mi nombre es  Cósmico, extraño nombre para un gato.

Ella, mi hermana,  prefería las mañanas de lluvia y se quedaba viendo desde la ventana, el apacible volcán Corcovado y  los aviones que a esa hora llegaban a Chaitén.

Una mañana, todos en la casa se levantaron muy temprano, porque la tierra se movía y se escuchaban ruidos extraños, yo creía que eran  los rugidos de un monstruo, porque en la noche antes de bajar de mi azotea, alcancé a divisar como relumbraban sus ojos más allá del pueblo.

No sé que ocurrió,  a veces creo que ha sido un dragón de esos que los niños miraban en sus libros, o  tal vez era una guerra, porque  todos huyeron en los barcos cuando el pueblo se puso oscuro y parecía que  mi bosquecito de arrayanes estaba triste, muy triste por esa lluvia de ceniza que parecía ahogarlo.

No sé donde estará mi Manchi, sólo recuerdo  que ese día me subieron a un camión que iba a la cordillera.

Ahora, tengo una nueva casa, un patio de manzanos y  un amigo labrador grandote y amistoso, que da coletazos para invitarme a correr tras las liebres. A veces, en la noche, me pierdo en el cerro y  subo al ciprés más alto, allí espero que caiga alguna estrella para pedir que un día la lluvia, nos reúna a  jugar con mi hermanita.

Bernardita Hurtado Low

Mayo-2oo8-  En Palena, cuando el viento hace remolinos en la hojarasca.

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