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Archive for 4 mayo 2010

Demostrando muy poca originalidad en sus procedimientos para arrancarse de casa, Nacho hizo exactamente lo mismo que la vez anterior, pero  consideró  indispensable llevar un  registro de cada cosa. El encargado de eso sería el sub-comandante Fernando, a Nacho, creo que ya lo dije,  siempre le ha cargado  la redacción.  

Fernando, por el contrario, quería ser escritor y lo hizo bastante bien. El plan   comenzaba por un importante detalle:

Plan  de la Operación Ti-Rex

1- Portarse muy bien y acostarse temprano, sin rezongar, para no despertar sospechas.

Hecho.

2-Dejar la ropa lista debajo de la cama.

Hecho también.

3-Simular  que dormimos  profundamente.

Hechísimo.

4-Acumular comida y esconderla detrás de la despensa.

OK.

Todo salió a pedir de boca. Apenas  se escucharon los ronquidos  de misiá Panchita y don José,  Nacho y Fernando se deslizaron fuera de sus camas, agarraron los ataditos con sus ropas, se arrastraron como pieles rojas hasta la despensa, recogieron las bolsas con comida y agua y tan silenciosos como serpientes, salieron a la oscuridad de la plaza.

Aún no amanecía cuando  ambos niños treparon en el  viejo camión a manivela, otra vez escondidos entre la carga.  Esta vez, claro, con una pequeña variante en el plan: Nacho estaba decidido a bajarse de allí antes de que lo pillaran y lo dejaran botado  donde el diablo perdió el poncho, detalle importantísimo que olvidara planificar  cuando subió a la 4X4 de los gorilones. 

Continuación del Plan

5-Esconderse entre la carga del Chevrolet.

Hecho con gran sufrimiento.

Los pobres niños estaban casi asfixiados por el olor. ¿Qué llevaría don Dámaso allí atrás? Nacho se tapó la nariz con  la camisa, pero el olor se metía de cualquier forma, hasta por las orejas y el ombligo. Fernando, habitante de épocas más arcaicas, parecía llevárselo mejor.

Más puntos del Plan

6- ¡No dormirse en ningún momento!

Dificilísimo. Hecho.

(El olor de la carga fue de gran ayuda, era casi imposible dormirse soportándolo)

Al poco rato de estar allí, don Dámaso apareció en la plaza comiendo un pan con arrollado.  Le dio algunas vueltas a la manivela, pero surgió una complicación que no había sido considerada en ningún punto de la Operación Ti-Rex:  el Chevrolet no parecía muy decidido a  moverse.

Una y otra vez, don Dámaso daba vueltas la manivela. El Chevrolet gruñía su desagrado  por dos segundos y volvía a dormirse otra vez.

¡Qué lata, los chicos ya estaban que se bajaban a empujar! Finalmente, después de una sarta de maldiciones muy poco académicas, don Dámaso logró encender el motor.   El Chevrolet no ronroneaba, más bien,  jadeaba como gato asmático.  Don Dámaso  instaló no sin esfuerzo sus cien kilos de peso frente al volante y metió primera. La caja de cambios chirrió  tristemente y luego, lento, muy lento,  el camión se movió hacia la esquina; desde allí podía verse, a cuatro cuadras, el final de la calle principal  y el comienzo de la Pampa.

La Oficina Salitrera Nebraska no era un lugar muy grande que digamos, pero qué importaba, después de esta aventura, quedaría para siempre en los anales de la Humanidad. Fernando mojó el lápiz con la punta de la lengua y retomó el registro:

Lo mismo que lo anterior, pero diferente

7- ¡Tres, dos, uno, cero… partieron!

Parecía mentira.  

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