Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts etiquetados ‘cuentos chilenos para niños’

peleagatos

Es verdad, lo juro, yo  estaba decidida a guardar esto como un secreto eterno. No conté nada de nada, evité cuidadosamente anotarlo en mi diario y a los interrogatorios de mamá sólo di respuesta con cosas como lo de la comida deliciosa –que ellos también habían probado antes de irse-, la belleza de los disfraces, la simpatía de los invitados, la música, los faroles chinos y cosas así. Ni pensé en mencionar la pelea de las gatas y mucho menos el vergonzoso chapuzón de don Miguel empujado por esas bandidas. Me había prometido que no expondría a las viejitas, después de todo, no me había sucedido nada, todo estaba bien. Quizás sólo se había tratado de mi imaginación, quería creer eso firmemente.

El lunes, al llegar a la cafetería, divisé a Lisístrata sentada en la caja, quien me hizo señas con su mano enguantada de negro, que correspondí desde la distancia. Decidí que no iría a verlas ese día, me tranquilizaba saber que ella estaba bien y no quería pensar en su lastimoso aspecto de la fiesta fatal. Todavía tenía que ordenar mis pensamientos, tranquilizar mis temores. Durante toda la tarde, las tres hermanas anduvieron de un lado a otro del local conversando animadamente. Yo también estaba pendiente de ellas, me temo, no podía dejar de espiar por el rabillo del ojo.

Pero no fui ese día, ni al siguiente y el miércoles, cuando mi alejamiento  empezaba a lucir un poco raro, le dije a mamá que no la ayudaría en la cafetería porque tenía que estudiar para la prueba de historia. Me aburrí como una ostra toda la tarde y lo peor  fue que esa materia ya  me la sabía.

Así llegó el jueves, ya no tenía excusas posibles y papá todos los días conversando de la nueva camioneta que estaba comprando, que ya la había ido a ver, que en dos días salía el financiamiento, que el trabajo estaba tan bien, que  el transporte de antigüedades era poco menos que el trabajo del futuro.  Me sentía pésimo, porque yo los había metido en eso y ahora lo único que quería era salir arrancando.

Entonces, como caído del cielo, apareció Sebastián a almorzar su tradicional sándwich de queso jamón caliente con jugo de naranjas.

Y no aguante más y se lo conté todo y lo que no le conté tal cual sucedió es casi seguro que estaba algo adornado. Sebastián  escuchó con la boca abierta y cuando terminé, comentó lapidario:

-¿No te dije yo? Aquí todos dicen que son brujas.

En ese momento tuve una ligera idea de que quizás había exagerado un poco al comentarle mis tribulaciones del sábado recién pasado.

-No quise decir eso, Seba. Lo que pasa es que me asusté mucho. Todas esas personas eran muy diferentes a mí y estaba tan oscuro.

-¿Y cómo explicas lo de don Miguel? Porque él venía todos los días a ver a Penélope y no se le ha vuelto a ver.

Tenía razón y de pronto supe que eso era lo que yo había estado esperando para ir a ver a mis amigas viejas: ver a don Miguel y saber que allí no había pasado nada, que las cosas seguían igual; con Lisístrata celosa, Penélope feliz y Gertrudis gruñendo su desaprobación en silencio en su sillón de tapiz encarnado.

Cuando Seba se fue me sentí mucho más calmada; sacar las cosas a luz me había hecho ver lo alharaca que estaba siendo. Si uno analiza las cosas con detalle. ¿Qué era lo que había visto?

 Dos gatas, un caballero tan asustado como para caerse a la piscina, una fiesta de noche de brujas muy animada…para la tercera edad y, lo más lamentable de todo, a la pobre Lisístrata quejándose de dolor porque la pobre se había dado tremendo porrazo por buscar a su gata regalona en la oscuridad.

Lamentablemente, yo había cometido un descuido fatal, que habría de echar mi tranquilidad por la borda mucho antes de lo que imaginaba: había olvidado decirle a Sebastián que todo lo comentado era secreto de estado sola y exclusivamente para él. Lo olvidé porque yo soy muy reservada, siempre me  he guardado las cosas para mí y solo las comento cuando ya han salido a luz, pero claro, Seba no tenía por qué ser como yo. Las personas somos diferentes y los niños también podemos serlo. Es por esa razón que no puedo culparlo por todo lo que ocurrió después, la culpa es mía y sólo mía, pero en todo caso acepto las mil y una disculpas que me ha dado desde entonces porque también es cierto que no tenía por qué ser tan boca floja.

Antes de irme a casa pasé a ver a mis amigas. Las tres estaban leyendo, aunque me pareció ver que Gertrudis se había dormido, tenía la nariz metida en él.

-Hola –dije a Lisístrata-, espero que ya estés bien del golpe.

-Sigo adolorida, pero al menos ya están todas las piezas en su lugar de nuevo –rió-, por suerte estoy bien acolchada, pero eso mismo hace que uno caiga con más fuerza. Estoy toda llena de verdugones.

Mañana pongo al día el inventario –avisé-, espero que las ventas hayan estado buenas.

-¡Estupendas, querida –intervino Penélope-, parece que nos has traído suerte, necesitábamos una racha de aire fresco circulando por aquí!

Me acompañó hasta afuera, de modo que aproveché de preguntar por don Miguel.

-No he sabido nada de él, ni siquiera por correo – confesó tristona-, creo que va a ser difícil que perdone el episodio de las mininas, con suerte no cogió un resfrío, pero fue una humillación totalmente inmerecida, Miguel sólo estaba tratando de ayudar. Y las gatitas, las pobrecitas están tan arrepentidas, no puedes imaginarte la pena que tienen.

 Nos despedimos con un abrazo. Yo estaba contenta porque todo había terminado y las cosas volvían a la normalidad. O al menos, eso creía yo.

Pues esa noche, cuando papá llegó a cenar, me quitó toda ilusión de la cabeza. Apenas si había cerrado la puerta  cuando soltó la andanada:

-¿Cómo fue eso de que las viejitas se convirtieron en gatas para pelearse por el gringo flaco ése?

Read Full Post »

images gato andino

En el amanecer de América, los Andes, asomados apenas unos millones de años antes, mostraban sus  dientes azul violáceos, agudos, retadores, a la capa azul del cielo más límpido de que se tenga memoria. Los ojos brillantes de las vegas reflejaban algunas nubes tímidas deslizándose por su vastedad.  La mañana era helada y seca y de haber habido  hombres respirando sin duda alguna les habría resultado agotador.

Mucho más arriba y siempre insomne en su fortaleza celeste, El Creador daba los últimos ajustes a la reducida gama de la fauna que se atrevería a dar la lucha diaria contra la puna, el frío y la sequedad.

-“Veamos”- pensó El Creador, y estremecido por la sola  idea del frío enumeró con los dedos y de mayor a menor: “Oso, puma, llama, alpaca, guanaco…”

Y fue así hilando el panorama andino con imaginación y destreza. Primero los mamíferos, después las aves y los reptiles para terminar. Cuando terminó, satisfecho, restregó sus manos generosas una contra otra; los habitantes de los Andes estaban listos para hacer su aparición en la historia.

-¿Y yo? –Se escuchó decir a una débil vocecilla.

El Altísimo buscó la voz, pero no podía descubrir de dónde venía. La Naturaleza misma fue llamada para colaborar en la búsqueda, pero no había caso: aunque la vocecilla continuaba reclamando atención, no podían descubrir su procedencia.

Esto, de ninguna manera era posible. Tanto El Creador como la Naturaleza estaban seguros de haber planificado todo hasta el último detalle. ¡No podía haber errores, hilos sueltos a pocos amaneceres del debut!

Intentaron ignorarla, pero la voz seguía allí, casi un gemido, casi  un … Un momento. ¿Acaso no era eso un maullido? Ah, eso ellos lo sabían bien, a los gatos les encanta esconderse, sólo era cosa de atisbar bajo la mesa, y  sí, cuando se inclinaron para ver bajo la mesa de trabajo del Creador, allí estaba: un gato ni tan pequeño ni tan grande, más bien enjuto de carnes, algo rayado, algo moteado, de cabello hirsuto, mechones de lince en las orejas, cola de  timón, aspecto decididamente modesto, menos pariente del puma que del ocelote. ¡Ambos habían ignorado su presencia, pero allí estaba, terco e insistente, valiente y osado, el gato Andino!

Fue de esta manera accidental que el Gato Andino se encontró encaramado en la cima de las grandes cumbres, correteando roedores y lagartos de poca monta que apenas alcanzaban a satisfacer su apetito, hecho que lo tenía siempre al borde de la hambruna.

Pero el Gato Andino ya había mostrado su temple y así como había reclamado su derecho antes los dos poderes se empeñó en sobrevivir a la evolución, la falta de comida y las exigencias de la vida por las alturas. Vivió, se aclimató, se sintió dueño de su destino y un día que se estiraba satisfecho bajo los tímidos rayos de un sol de invierno, se descubrió pensando en lo buena que era la vida y lo muy feliz que se sentía de ser quién era y de vivir donde vivía.

¡Y justo en ese momento, un cazador con menos sueño y más hambre que él  lo atrapó, mató y desolló y cuando llegó a su aldea, después de asar y comer su carne y pensando que no le había parecido ni tan buena, rellenó su pellejo con paja seca, le incrustó un par de ojos de obsidiana y lo encontró de lo más apropiado para ofrendarlo a los dioses, que sin duda alguna, agradecidos, le proporcionarían mejor presa la próxima vez.

El Gato Andino no estaba enterado, hasta ese momento, de la aparición de un nuevo habitante en Los Andes: el Hombre.

Así, de la misma triste manera y totalmente en contra de su voluntad, muchos gatos andinos fueron convirtiéndose en adorno de mal gusto en ceremonias religiosas de peor gusto aún. Vivían los pobres, a salto de mata, escondiéndose por aquí y por allá para escapar de la crueldad de sus asesinos.

Espantados, los Gatos Andinos decidieron elevar una solicitud de cambio de residencia ante El Creador, pero la respuesta fue lapidaria: no había espacio para cambios de ningún tipo y no sólo se trataba de espacio, había otra razón más importante: la incredulidad reciente y creciente de los hombres no estaba dejando espacio a la capacidad de maniobra del Creador, vale decir, que los decretos habían caído en un absoluto desprestigio y ya nadie los respetaba. Tratando de salvar sus vidas, las especies, incluida la humana, iban de aquí para allá asentándose como pudieran y  provocando el caos en el planeta

Tampoco la Naturaleza fue capaz de ofrecerles una solución. Aunque ella era la última en querer reconocerlo, lo cierto es que a los hombres la naturaleza les importaba un comino y no pasaba un día sin que se la pisotease y destruyese sin razón.  “Mejor, sugirió, traten de arreglárselas solos, a lo mejor si se ponen de acuerdo y se desplazan algo más arriba..”

¿MÁS arriba? El Gato Andino estaba indignado, si subían un poco más por los vericuetos de los Andes iban a terminar viviendo en el espacio sideral, y todavía no se había especificado nada al respecto. ¡Ni siquiera el hombre se había aventurado por el cosmos!

-¡Ya verán como sobrevivimos sin su ayuda! – maullaron antes de desaparecer entre los macizos de granito.

Y en eso están,  cada vez más escondidos, cada vez más lejos, cada día menos. No quieren ni aparecerse en las cercanías de los hombres. No sin sorpresa, han descubierto algún apoyo inesperado en los defensores de la fauna silvestre, aunque preferirían no tenerlo, porque odian los collares de rastreo y los dardos somníferos le ponen el pelo, ya de por sí tieso, parado como aguja. Pero nadie sabe cómo se las han arreglado para iniciar una campaña contra la superstición y cuentan para ello con el apoyo decidido de rinocerontes, tigres de Bengala, elefantes y ballenas. No falta un día en que una nueva especie los apoye decididamente y hasta se sabe de una carta enviada por el fantasma del Dodó, tildada de mito por los escépticos.

Los Gatos Andinos no se amilanan; de alguna manera, dicen, hemos llegado hasta aquí, y el hombre, este inquilino con pésimas costumbres, probablemente ni siquiera dure lo que Neanderthal. Ese, al menos, respetaba la naturaleza.

Read Full Post »

Lamentablemente, por mucho que madrugara Palomingo resultaba evidente que Zorzalo  se  levantaba antes. A Palomingo no le quedaba más remedio que posarse en la copa del acacio  para  espiar a su adorada en silencio. Zorzalo López, por su parte, no dejó de advertir las extrañas evoluciones de Palomingo  y de inmediato se abocó a organizar un plan de emergencia  para que las tropas enemigas no los pillasen de sorpresa.

¿Qué se traerían entre alas los esbirros de Tiuquemante?  Los pájaros del barrio estrujaron sus cabecitas tratando de responder esta y otras incógnitas. ¿Cuál sería el próximo movimiento de la Brigada Tiuque? ¿Estarían pensando atacar la despensa del nido de cuatro habitaciones de don Zorzalo? ¿Se atreverían a tanto?

-Yo estoy seguro de que planean tomarse el nido para hacer su cuartel general.- Dijo  Juanito Chincólez.

El corazón de Zorzalo cayó al suelo y se quedó allí sumido en la más profunda amargura.

Leotordo,  siempre más lógico, rechazó de plano esa afirmación.

-¿Y dónde iban a caber, si me quiere usted responder, Chincólez? Los más pequeños son los Gorriontínez, pero no los llevan ni de apunte, no ve que no le han dado jinetas a ningún gorrión…todavía.

El corazón de Zorzalo, que comenzaba a recuperarse con sus palabras,  volvió a caer asediado por esos puntos suspensivos.

-Basta -intervino Golondrisa-, aquí no se trata de estar especulando. Necesitamos información seria, creíble y responsable, y puesto que carecemos de un servicio de inteligencia, propongo que  contratemos los servicios de mi primo, el famoso  agente 00Bird. Él ha trabajado largo tiempo  al servicio de la Reina  Isabel de Alondraterra y, por pura casualidad, se encuentra pasando sus vacaciones cerca de aquí.

¡Qué bueno era contar con amigas como Golondrisa! Sus palabras distendieron el fúnebre ánimo de los presentes. Zorzalina estaba emocionada, James Swallow (Petrucciani por parte de madre) había protagonizado hacía algún tiempo grandes  éxitos de la pantalla,  convirtiéndose de inmediato en el galán alado  número uno del cine mundial. Ella  misma había visto su  película favorita, “Sólo se vuela dos veces”,   por lo menos en tres ocasiones.

-¡Tienes que presentármelo, chiquilla! -demandó.

Golondrisa accedió y, ni corta ni perezosa, le ofreció dos cajas de chocolate Hanstord con diez por ciento de descuento sobre las alzas provocadas por la escasez. Zorzalina no tardó en aceptar,  con la alada imagen de James Swallow todavía fulgurando en su cerebrito de zorzal.

Zorzalo, muy sentido,   preguntó qué tan efectivo podría ser un agente secreto que ha protagonizado por lo menos ocho largometrajes.

-Seguro que ya está medio desplumado -esgrimió finalmente-, él ya era famoso cuando yo  todavía estaba en el huevo.

Indignadas por este comentario, las damas se negaron a dirigirle la palabra por los próximos diez minutos. Por fortuna, el tiempo volaba. En pocos minutos más aparecería  el enemigo,  de manera  que el castigo no tuvo oportunidad de aplicarse.

Para poner coto   a las extrañas idas y venidas de Palomingo, en cuanto éste partió para integrarse a su regimiento se solicitó la presencia del agente secreto vía bird-mail.

Se hacía tarde, en pocos minutos más la Brigada Tiuque reanudaría las acciones bélicas. Martín Escolibrí estaba aterrado porque   había sabido que los atacantes  disponían de bombas de gas  fabricadas con las plantas más desagradables y nauseabundas de las que se tuviera memoria. Mari Loica estuvo segura de que ellos eran perfectamente capaces de usarlas.

-No tienen dios ni ley. – argumentó lapidaria.

Leotordo, indignado por la cobardía de los atacantes, dio un último paseo  con el cogotito estirado y el pico apuntado hacia el cielo, como si pudiera pinchar con él  las alas del capitán Tiuquemante.

 -Última vez que nos hacen huir. Con la ayuda de Dios y de James Swallow (Petrucciani por parte de madre) y con el nuevo plan de ataque que estamos implementando, pronto recuperaremos la paz y el comedor perdido.

- Tan caballero  este Leotordo -dijo Zorzalo-,   se ha portado como un auténtico héroe.

A Leotordo, de puro orgullo, se le esponjó hasta el ala que llevaba en cabestrillo.

Read Full Post »

Supongo que todos tienen uno, un vecino raro quiero decir, ¿no lo crees? Es que cuando llegas a un lugar nuevo siempre puedes esperar de todo, desde la vieja copuchenta, de esas que empiezan el día temprano y lo terminan últimas para no perderse de nada.  El tipo huraño, ese es particularmente complicado cuando eres niño, porque lo molesta todo, los juegos, las risas, los gritos, siempre está a punto de explotar.

Verás yo se mucho de estos personajes, porque solía ser siempre el chico nuevo.  Mi papá era vendedor: el encontraba cosas en los lugares más extraños para venderlas a tiendas de antigüedades, siempre fue mejor en eso, a veces yo iba con él a casas de personas que habían muerto repentinamente y sus parientes realizaban ventas de garaje para separarse de sus pertenencias. Yo personalmente encontraba que la mayoría eran baratijas, pero el veía en algunos objetos cosas que la mayoría de nosotros no ve, veía lo bello que podía ser para alguien más, y eso les diré, si que es un talento.

Era debido al empleo de mi padre que debíamos viajar mucho, a mamá y papá no les gustaba la idea de que estuviéramos separados, por lo que cada cierto tiempo, partíamos a una nueva localidad buscando nuevos tesoros y por ende, una nueva vida.

Íbamos camino al norte ese verano, mamá cumplía 8 meses de embarazo y las molestias aumentaban, por lo que papá decidió parar en alguna ciudad hasta que mi hermano naciera.  Así llegamos a un balneario pequeño que mi papá encontró adecuado.  Era como diría mamá: Encantador.

No era una gran cuidad, pero según mamá era un buen lugar para que bebé comenzara su vida.  Aunque ella no lo dijera, la vida de nómades no era precisamente lo suyo, nuevas casas todos los años, nuevos colegios, nuevos recorridos, nuevo todo. Y para ella la idea de sentar cabeza en una pequeña ciudad como esa era simplemente un sueño, y por lo menos si un hijo suyo nacía ahí, un pedacito de nosotros siempre pertenecería a ese lugar.

¿Y yo dices?, a mi en realidad me gustaba esa vida. Había algo mágico en poder empezar de nuevo una y otra vez, no era fácil claro, pero me gustaba muchísimo.

Esa mañana mamá se encontraba desempacando junto a papá, se habían despertado tarde esa mañana y siendo que yo ya había ordenado todas mis cosas, decidí salir a caminar y conocer el lugar.  Parecía como si nadie viviera allí, nadie de mi edad por lo menos, toda persona que me encontraba en la calle parecía de la edad de mis padres o incluso mayor.  Es como que hubiéramos varado en una isla de retiro para parejas, ¿A qué lugar me habían traído.  Deambule por algunas horas hasta que por fin encontré un grupo de chicos que lucían de mi edad, así que me acerque a ellos para presentarme, cuando pasas tan poco en un lugar como nosotros lo hacíamos tenías que ser rápido haciendo amigos.

-          Hola me llamo Gonzalo, llegamos recién con mi familia.

-          Siiiii… mamá andaba parloteando de una carcacha que estaba estacionada en la casa del final de la calle, ¿supongo que esa es tuya?

-          La verdad ese es un error de apreciación.  Esa “carcacha” de la que hablas es en verdad un clásico.

-          Lo que sea. Hablas raro tú. Así como viejo.

Todos rieron a carcajadas.

-          Bueno como decía llegamos anoche y estaba dando un paseo para encontrar alguien con quién poder conversar.

-          Bueno, aquí no lo encontrarás, nosotros no hablamos con “clásicos”.

Las risas explotaron nuevamente, los chicos se pusieron de pie y se alejaron.

-          Pierdes tu tiempo.

-          ¿Cómo?, disculpa no te había visto ahí.

-          No te preocupes, nadie lo hace.  Te decía que pierdes tu tiempo con ellos, les gusta lo “exclusivo”.  Esta parte del balneario está llena de gente rica que pasa sus veranos en la playa, y se podría decir que no es del tipo de gente a la que le gusta lo diferente.

-          Así veo, pero tú pareces distinto. Un gusto, yo soy Gonzalo.

-          Pablo… mi nombre es Pablo.

Pablo fue un verdadero descubrimiento, de esos que hacía mi padre.  Por primera vez era yo el que veía eso tan especial que mi papá buscaba por todo el país.

Pasamos toda esa mañana caminando por el bosque.  Pablo me mostró unos lugares geniales.  Aún recuerdo el crujido de las ramas bajo nuestros pies, y el fresco en mi frente debido al sudor por la larga caminata.

Llegué a la hora de almuerzo a casa. Mis padres bailaban en la cocina, parecía que habían tenido una mañana tan buena como la mía.  Les conté sobre mi nuevo amigo y los lugares que había conocido y ellos parecían contentos de ver lo en casa que me sentía.  Con Pablo habíamos quedado de vernos esa tarde, ya que me llevaría a un lugar donde se podían ver peces espectaculares, así que devoré mi almuerzo y partí corriendo a su encuentro, fue cuando estaba en el umbral de la puerta que me detuve por algo que aún ahora no entiendo que fue.  ¿Un presentimiento tal vez?, pero no pude irme sin antes preguntarle a mamá que haría esa tarde:

-          Estaré aquí supongo, tu padre irá a revisar una feria en una pueblo cercano, no irás con el por lo visto, que lástima, adora que lo acompañes.

Cuando llegué al camino Pablo ya se encontraba ahí sentado junto a un árbol tomando el fresco.  El no era como los demás niños, y eso lo digo sabiendo que yo no era precisamente el chico más normal de la calle, de ninguna calle en verdad. Pablo era cómo decirlo, sereno, sí, esa es la palabra, no se agitaba con nada, incluso cuando se reía a carcajadas lo hacía con calma.  Hay algo acerca de los niños, como que siempre están ansiosos, no se cansan nunca de ver cosas nuevas y están expectantes todo el tiempo, sin embargo Pablo no era así, como si el ya no tuviera esas ansias, como si ya lo hubiera visto todo..

Luego de encontrarnos el me llevó a la costa, más lejos del pueblo de lo que esperaba.  La bajada de tierra y rocas era empinada y el sol golpeaba en nuestras espaldas como que estuviera enojado por algo aquel día, pero Pablo conocía todos los pasos y los trucos para bajar, se notaba que los habían hecho cientos de veces.  Ya se sentía humedad y debido a los roqueríos gozábamos de un poco de sombra.

-          Ese es el lugar Gonzalo, mira esos colores.

En verdad era impresionante, aquellos peces parecían frutas tropicales de tantos colores que lucían.  Pablo conocía todos sus nombres, hablaba del mar como si lo estudiara por años, esos contenidos ciertamente a mi no me los habían pasado en la escuela.  Luego nos sacamos los zapatos y nos remangamos los pantalones para adentrarnos en el mar.  El agua estaba heladísima, pero Pablo no parecía verse afectado, en cuanto a mí, los labios me tiritaban.  El simplemente se reía, debe haber pensado que era un citadino tonto, traté luego de contener el frío.  Paso el rato y decidimos tirarnos en la arena y Pablo tomo una actitud distante, se incorporo y mirando el mar apoyó sus brazos en sus rodillas flectadas.

-          ¿Pasa algo?

-          Lo he pasado muy bien esta tarde Gonzalo.  Hace mucho que no tenía tan buena compañía.

-          Si lo se… deberíamos continuar por la costa hacia el norte a ver que encontramos.

-          Creo que ya es hora de que vuelvas a casa.

-          Pero si es muy temprano, mi madre sabe que estoy aquí y no me espera hasta tarde.

-          Por eso mismo deberías volver, puede que necesite algo.

-          Mmmm… bueno si, podría ser. Podrías ir a casa mañana en la tarde, ¿Qué te parece?

-          Allí estaré.

-          ¡Genial!, te espero entonces.

Corrí a casa como nunca, me sentía lleno de vida, como si nada ni nadie pudiera contra mí.  Pero al llegar a la calle de mi casa un dolor invadió mi pecho y un sudor frío se caló por mi espalda. No se como recorrí los últimos metro, sentía como si algo me llevara a la casa.  Todo pasó tan rápido: mamá estaba tendida en el piso, cuando me acerque me estrechó la mano y con lágrimas en los ojos agradeció a Dios de verme.  Salí de la casa gritando y toqué la puerta de la casa del al lado, salió un hombre junto a su hija y al ver el estado en que estaba me siguieron a la casa.  El hombre asustado fue a hacer partir el auto mientras su hija y yo nos quedamos junto a mamá.

-          ¿Cuántos meses tiene?

-          Esta finalizando el 7° mes.

El hombre nos condujo hasta el hospital y su hija llamo a alguien para que trajera una camilla, ella junto con un doctor se llevaron a mi madre.

-          Chico, ¿dónde está tu padre?

-          En una feria en otro pueblo.  ¿Y si llega a casa y no nos encuentra?

-          No te preocupes, yo volveré y esperaré a tu padre.

Cuando papá llegó al hospital parecía estar fuera de si, me estrechó entre sus brazos y corrió a la recepción para saber de mamá.  Pasaron un par de horas antes de tener noticias.  Entonces salió a nuestro encuentro la hija del hombre de al lado, resultó ser que ella era enfermera en el hospital.

-          Su esposa está bien, debimos adelantar el parto debido a unas complicaciones, pero no se preocupe, todo salió bien.

Tomó a papá del brazo y nos guío hasta un ventanal que daba a una sala, allí dentro de una incubadora se encontraba un pequeño bebé, el más pequeño que hubiera visto nunca. Por fin mi papá soltó un suspiro largo y me tomo con fuerza de la mano.

-          Ahí esta tu hermano, Gonzalo.

Paso una semana antes de que mamá y mi hermano pudieran volver a casa.  Papá estaba muy ansioso y cuando la vio bajar del auto del vecino estalló en risa.  Ambos corrimos a su encuentro y la abrazamos fuerte al llegar a ella; Se veía hermosa, brillaba como nunca esa mañana y el pequeñito en sus brazos dormitaba con calma al ritmo de su respiración.

Entramos a casa acompañados del vecino y su hija que habían traído a mamá desde el hospital.  Todos hablaban y reían, nos sentamos a comer y la alegría nos siguió a la mesa.

-          Es afortunada, si Gonzalo no hubiera llegado a esa hora,  no estaríamos celebrando ahora.

-          Fue mi amigo… o no lo creo, lo olvidé por completo, el vino y no estuve aquí, todos esos días en el hospital.

-          Gonzalo,  hijo, qué es lo que murmuras.

-          Que yo estaba con Pablo abajo en los roqueríos donde termina el camino, lo pasábamos tan bien y el de repente me dijo que volviera a casa, que mamá podía necesitar algo, sólo por eso volví antes.

-          ¿Disculpa, Pablo dijiste?

-          Si mi amigo.

Pasaron los días y Pablo no aparecía por ningún lado, así que decidí bajar a los roqueríos para ver si lo encontraba allí, ya que no sabía donde vivía. Caminé el largo trecho y baje la empinada bajada hasta el lugar donde mi amigo me había mostrado su pequeño mundo marino.  Fue una sorpresa cuando en vez de encontrar a mi amigo, encontré sentada en la orilla, a la hija del vecino, la enfermera.

-          Gonzalo, que alegría verte.

-          Si, no esperaba… es que creí que encontraría a alguien aquí

-          Si, yo también pensé que podría encontrar a alguien aquí.  Ese amigo tuyo, Pablo era su nombre ¿no?

-          ¡Si!, a él esperaba, es que le dije que lo vería al día siguiente de lo ocurrido a mamá, pero lo olvidé, creo que está enojado.

-          Es extraño, pero yo tenía un hermano que se llamaba Pablo. Era un chico como de tu edad cuando solía venir para acá, nunca creímos… no sé, hay cosas que uno no se espera.

-          ¿En serio?, y donde está el ahora, no lo hemos conocido desde que llegamos.

-          Bueno, paso que… el murió cuando niño. Era un niño tan bueno, así como tú.  El se resbalo en unas rocas un poco más allá.  Se suponía que yo vendría con el ese día, pero decidí salir con unas amigas

-          Lo siento tanto.  Pero estuviste ahí cuando mamá te necesitó.

-          Si, tienes razón

Creo que la niñez no me dejó ver entonces, puede que haya sido nada más que una coincidencia, pero gracias a mi amigo, es que aquella chica estuvo ahí para salvar a mi hermanito y es gracias a él que yo estuve ahí para encontrarla.

Paso el verano de forma agitada, el bebé, una nueva mudanza, todo paso tan rápido.

Nunca más supe de mi amigo, pero lo recuerdo todos los días cuando veo a mi hermano menor, Pablo.

Por: Miranda Mayne-Nicholls Verdi

Read Full Post »

Pocas  cosas  pueden ser más aburridas que pasar  la noche de Halloween en casa de los abuelos, o al menos eso le parecía a  David. Su abuela  ni siquiera necesitaba  maquillaje para asemejarse a una bruja,  andaba por la casa chancleteando en sus pantuflas como una  locomotora descompuesta, despeinada,  con la ropa  tan  arrugada como su cara.  Además, era avara. Es casi seguro que esa  noche no tendría dulces para los niños que llamarían a la puerta y por la  mañana todo estaría manchado de pasta dental, huevos y frutas avinagradas. Peor  aún, era casi seguro que a David le tocaría limpiar las evidencias y los mismos  niños que las arrojaran le verían allí, haciendo el ridículo, confesando ante  todo el mundo que era nieto de la peor abuela del  mundo.

Tampoco le gustaba su habitación. La  casa de la abuela, de por sí, era terrible. Demasiado grande, demasiado oscura, demasiado vieja.  La abuela siempre había usado las bujías  de menos amperaje para ahorrar electricidad, a causa de ello era usual  que uno se tropezara en la escalera o se diera de bruces contra alguna puerta  mal cerrada, pero la habitación que le había tocado era la peor de todas, porque  era la habitación de la tía Silvia.

Tía Silvia era una mujer  esquelética, de ojos grandes y oscuros,  vestido negro y sombrero con pluma que  aparecía en todas las fotografías familiares  muy anteriores a su nacimiento. A David no le  gustaba. Además, tía Silvia era La pariente que había desaparecido un día
cualquiera sin que nunca jamás se hubiese vuelto a tener noticias de ella. La  abuela decía que se había fugado  con su  novio, pero a David le costaba creer que las tías Silvias de cualquier niño  fueran capaces de conseguir novio.  Era  cosa de mirar las fotografías.

Por fortuna, su madre se había  acordado de traer  un disfraz. Apenas  oscureciese David tenía programado salir a la calle. Hasta se había traído una  gran bolsa para recoger dulces. Ojalá fuera un buen disfraz, su madre no era  muy creativa que digamos. Quizás sería mejor que lo revisara temprano, de esa  manera, si necesitaba arreglos,   había  tiempo para ello.

Y  tal como él había imaginado, nada peor que pasar Halloween casa de la abuela.  Tan malo era que su madre le había traído un traje de hombre araña, qué lata,  como si él fuera un niñato tonto.  David  reclamó, alegó, pataleó, pero no hubo caso. Su madre no estaba dispuesta a
procurarle otro disfraz. Furioso, David corrió al cuarto de tía Silvia y se  encerró con llave. Esta vez, no iba a perdonárselo a su madre.  Ah, y de paso, aunque no comiera un caramelo,  no saldría de allí, no usando el traje de hombre araña.

Largo  rato estuvo tendido en la cama rumiando su desventura. Este iba a ser el peor  Halloween de su vida, eso estaba claro. Seguramente se quedó dormido sin darse  cuenta porque de pronto despertó y la habitación estaba casi a oscuras.

Se  levantó y fue por allí revisando los rincones del closet, atiborrado de  vestidos viejos, cartas amarillentas y retazos de tela. Por si acaso, revisó
concienzudamente, pero no  encontró nada  que pudiera servirle.

Los  veladores sólo tenían libros desportillados, botones y cosas por el estilo,  pero lo peor era la cómoda, vieja, grande y pesada. Los cajones se habían  hinchado por la humedad y costaba un mundo abrirlos. David debió hacer uso de  toda su fuerza para revisar sus contenidos

El  último cajón resultó el más duro de todos.  David estuvo largos minutos tratando en vano de abrirlo, hasta que  finalmente, con un chirrido espeluznante, el cajón se abrió. El esfuerzo no  parecía haber valido la pena, porque el cajón estaba vacío. No, un momento. David
se agachó y manoteó dentro del cajón hasta que sus manos agarraron algo. Una  tela. David tiró de ella, que parecía estar atrapada en una esquina,  hasta que finalmente, con un chasquido, la  tela cedió y David cayó de espaldas sosteniéndola.

David  se puso de pie. Era un gran pedazo de tela blanca, parecía, no,  era una sábana. Una sábana, eso podría ser un  disfraz de fantasma estupendo. David la estiró sobre la cama y vio que la  sábana tenía dos agujeros. Justo lo que necesitaba, los ojos. Se echó la sábana
encima y de inmediato le calzó a la perfección, cierto que era un poquito  larga, pero ni le molestaba, caminaba muy bien dentro de ella, como si flotara.
Qué divertido, quizás la tía Silvia, con  su cara de fantasma, se había disfrazado con esa misma sábana. David  estaba exultante de felicidad. Ya no tendría que hacer el ridículo con el traje  de hombre araña. Se acercó al espejo del tocador y se observó en él. ¡Qué onda,  estaba genial! Los ojos parecían dos agujeros negros en la sábana, nunca había  visto algo así. David pensó que en poco rato comenzarían a salir los primeros  niños, se sacó la sábana, fue hasta la ventana y la abrió. Nada, era demasiado  temprano.

En  espera del momento indicado, descorrió el pestillo de la puerta. Volvió a  vestirse con la sábana y tomó la bolsa con que saldría a pedir dulces. El  disfraz  le quedaba tan bien que parecía  haber sido cortado para su tamaño y le permitía caminar y sentirse tan liviano  como si flotara. David notó que la noche ya había caído, estaba cansado y  aburrido y sólo quería que dieran las diez para salir. Se tumbó en la cama a  esperar. Abajo, en la sala, el reloj de la abuela tocó las nueve. David dormía.

-¿David,  David, dónde estás?

Su  madre  abrió la puerta descubriendo,  sorprendida, que David no estaba en el cuarto de tía Silvia. Disgustada, vio  que su hijo tenía todo el cuarto en desorden. No había caso con este niñito,  qué desconsiderado. Cerró las puertas del closet, metió los cachureos en los  cajones y luego pensó que debía estirar la cama. David había dejado encima su  bolsa para dulces, que puso en el velador. Había algo más: estirada como una
persona sobre la cama, David había dejado  una sábana blanca, con dos agujeros negros para  los ojos. La  madre de David la estiró,  la dobló en dos, en cuatro y en ocho partes, la metió en el último cajón de la  cómoda y lo cerró con dificultad. Ahora ya todo estaba en orden.

Antes  de salir, apagó la luz.

Read Full Post »

Para todos aquellos que leyeron  la segunda  entrega de Diego Herreros en este blog y para aquellos que quieran conocerla ahora, les cuento que ya apareció, publicado por Editorial MN Chile,  en una linda edición con dibujos de Francisco Ramos La Sociedad del diamante secreto.

¿Qué pasará esta vez cn Diego? Se enterará finalmente de lo que en verdad sucedió en la Cordillera de los Andes o seguirá convencido de que  tuvo un sueño muy extraño?

Esta vez, junto al ex-niño de plomo -no del Plomo- nos vamos a tierras muy lejanas, a una nueva ciudad secreta y en compañía de la Sociedad del diamante Secreto trataremos de salvar a los hombres.

Los invitamos a encontrarse con él en Librerías Antártica y Ferias del libro. Que lo disfruten

Read Full Post »

Persiguiendo al niño que llamaban Fernando, Nacho salió al exterior y dos  cosas sorprendentes   lo dejaron pasmado.

La primera era el sol, un sol fuerte y  brillante que lo golpeó como una cachetada y que parecía iba a devorarse todo.

La segunda  fue  una plaza  reseca y polvorienta salpicada por frondosos árboles de pimiento,  por la cual,    una gran cantidad  de obreros y señoras de vestidos largos  circulaban  lentamente de un lado a otro. En las veredas  se sentaban otras señoras, diferentes.  Señoras con amplias faldas multicolores y sombreros de fieltro;   rodeadas por  sacos de  naranjas olorosas, especias, charqui y cereales inflados que ofrecían a grito pelado.

-¡De Bolivia son, de Bolivia son!

Y en la esquina, ¡oh prodigio!,  sus ojos descubrieron un letrero azul algo desteñido, en que, escrito con grandes letras blancas,  decía:

OFICINA SALITRERA NEBRASKA

POBLACIÓN : 1203  HABITANTES

Todo esto lo vio Nacho mientras corría detrás del  hijo de misiá Panchita.  Recién muchos metros más allá,  cuando Nacho ya estaba sin aliento y lo perseguía a duras penas, Fernando se detuvo bruscamente, esperó que el recién llegado lo alcanzara  y apuntando con su mano derecha, dijo:

- Bienvenido a oficina Nebraska.

- ¿Nebraska?  ¿Estás seguro? – Preguntó Nacho.

- ¡Cómo no voy a estarlo, nací aquí!

Nacho lo miró con toda la compasión que esa triste confesión justificaba. ¡Era increíble que algunas personas pudieran nacer en la punta del cerro y, peor aún, fueran capaces de reconocerlo públicamente.  Luego  lo pensó mejor y recordó un pequeño detalle que le estaba molestando desde que abriera los ojos en el salón de miss Rachel.

- Oye, esta Nebraska, ¿es la misma que queda cerca de Pozo Empinado?

-Claro, qué otra va a ser. No  es el estado de Nebraska, capital Omaha.

¿Y eso qué quería decir? ¡Qué niño más loco!

(No queda más que reconocerlo: Nacho es pésimo en geografía y otras cosas  que considera sin importancia como la matemática, el inglés y el lenguaje)

- Es que no puede ser, yo estuve allí esta mañana y eran puras ruinas.

Esta vez, el turno de ser compasivo correspondía a Fernando. Ya está, al pobre afuerino, de tanto asolearse en la Pampa, se le habían secado los sesos.

- Bueno, ¿y ahora cómo  ves  a Nebraska,  muy ruinosa?

- No, pero…

- Pero qué, mi papá pintó la casa de miss Rachel el mes pasado y  hace sólo  unas semanas terminaron de  reparar los bancos de la plaza.

¡Quién lo hubiera dicho! De creerle a Fernando, la Oficina Nebraska estaba casi recién inaugurada. De pronto, Nacho tuvo una magnífica idea.

-¿Cuándo?

- Hace  tres semanas.

- Sí, pero cuándo, dime la fecha.

Esas eran palabras mayores, Fernando no tenía muy claro aquello de las fechas.  Trató de contar con los dedos, pero no le eran suficientes.

- No me acuerdo.

-¿Y qué fecha es hoy?

- Martes 7 de  enero.

-¡Sí, pero de qué año! – gritó Nacho, perdida ya la paciencia.

Y Fernando, con toda tranquilidad, lanzó la bomba que trastornaría todo:

-¡De 1935, de cuál otro!

Su respuesta golpeó a Nacho como un rayo.  Todavía aturdido, el niño se sentó en una piedra y se tomó la cabeza a dos manos.

-¡No puede ser!

- Claro que puede ser, qué es lo que te pasa.

Nacho guardó silencio.  Pensó largo rato mascullando para sí.

Escúchese Grabación N° 3

-¿Y si le digo? ¡Jamás me… pensará que estoy… claro, yo también lo creo, es imposible… pero si es verdad, ¿cómo voy a regresar? ¡Mi mamá va a matarme si tardo demasiado!  Además, imposible… no puede ser cierto,  son cómo setenta años, eso sí que es demasiado demorarse… a menos que, claro, un agujero de gusano, un portal en el tiempo,  estaba en la casa, de ahí mismo salieron, claro… ¡DE AHÍ MISMO SALIERON LOS DINOSAURIOS!

Cuando Nacho gritó esa barbaridad, a Fernando casi se le cayó el pelo. El niño raro  estaba más loco  de lo que había creído. Nacho se dio cuenta y entonces le tomó la mano y lo hizo sentarse a su lado.

- No te asustes, no estoy loco, pero tengo algo que mostrarte.

Se metió la mano en el bolsillo y sacó de allí un  atado  de papeles que empezó a estirar con mucho cuidado.

- Mira;  tienes que leer esto.

Fernando  tomó uno y las palabras saltaron  ante su vista

EXTRAÑOS SERES SERIAN AVESTRUCES FUGITIVOS

Fernando  devoró todos y cada uno de los recortes; cuando terminó, estaba casi sin aliento.

-¡Fantástico, ¿de dónde sacaste esto? ¿Es de H.G Wells?

- No  creo, ahí dice que el reportero se llama  Fructuoso Barrera.

- Es un escritor buenísimo, a mí me encanta leer libros de misterio. Miss Rachel me regala uno todos los años. Tengo “Viaje al Centro de la Tierra”, “De la Tierra a la Luna” y  “La Guerra de los Mundos, ése es de H.G. Wells.

- Esto no es de un libro, salió en el diario, en la Estrella de Puerto Seguro- dijo Nacho con toda la seriedad que la prensa portosegurana merecía-, y  salió después de que yo llegué ahí, mira, hay uno que tiene fecha.

Este era su momento,  puso el recorte casi en la nariz de Fernando y el niño, asombrado, leyó “Puerto Seguro, martes 7 de enero de 2006”

-¡Imposible!

-¡Claro que es posible, yo lo leí allí esta mañana!

 

Es muy difícil que dos niños de diez años se pongan de acuerdo  en  lo que quieren hacer para no aburrirse, así que ya se pueden imaginar ustedes  cuán difícil resultó que Nacho y Fernando se pusieran de acuerdo en el hecho increíble de que ambos  habían nacido con  setenta años de diferencia, pero,  pequeño detalle, estaban juntos  conversando como si nada.

También ocurre que las cosas más increíbles son las que un niño cree con más facilidad. Cuando Nacho terminó de explicarse,  por supuesto, todo marchó sobre ruedas.  Fernando estaba feliz  viviendo su propia novela de Julio Verne y  Nacho se sentía el protagonista de la próxima  película de  Steven Spielberg.  Y si consideramos lo entretenido que resultaba todo eso, el compartir  tan  tremendo secreto terminó por hermanarlos. 

 

            De tan sencilla que era,  Fernando  le contó a  Nacho  en muy pocas palabras la historia de su vida,  pero como   Nacho le puso  al día  sobre los sorprendentes cambios que había sufrido el planeta,  el resto del día se fue volando.  Los niños regresaron a la casa, cenaron y  se fueron a la cama sin ver televisión, porque ni siquiera había sido inventada.  Nacho no podía creerlo;  trató de explicarle a Fernando todo lo que se estaba perdiendo con la ausencia del televisor, pero su nuevo amigo   apenas tenía una vaga idea de  lo que era el cinematógrafo.

- El año próximo, cuando  bajemos a Puerto Seguro, mi papá me llevará a  conocer el Biógrafo- aseguró.

Nacho quedó  marcando ocupado, no tenía idea de qué había querido decir su nuevo amigo, pero como a este le ocurría lo mismo con lo de la televisión, quedaron empatados.

Los niños parecían no tener tiempo suficiente para contarse las maravillas de sus respectivos mundos.  Hablaron hasta que fue hora de acostarse y en cuanto misiá Panchita apagó la vela del dormitorio, se  quedaron con los ojos muy abiertos en la negrura de la noche y siguieron conversando hasta que el papá de Fernando les llamó la atención.

-¡Hora de dormirse!

Tan  obedientes como todos los niños, Nacho y Fernando  continuaron la charla informativa en susurros, pero algo de soporífico había en esas tres palabras; pronto los ojos les pesaban como piedras y finalmente, casi al mismo tiempo, se quedaron dormidos. 

Read Full Post »

Read Full Post »

Era un caluroso 23 de diciembre, tan sofocante como suelen ser las vísperas navideñas en esta parte del globo y tan ajetreadas como siempre. Miguel se encontraba recostado en el césped de la plaza cercana a su hogar como solía hacerlo en espera de su mejor amigo. Caminó desde su casa por la vereda norte y cruzó el paso de cebra dando la vuelta a un farol para llegar ahí, y como de costumbre escogió tenderse junto al mismo árbol que le daba sombra a todas sus tardes de verano. Cómo pueden ver, no era sino otra tarde como cualquiera, sin sorpresas ni sobresaltos. Pero a diferencia de otros 23 de diciembre, este en particular guardaba una preocupación muy grande para Miguel, por mucho que al parecer de otros no fueran más que niñerías. Toda su preocupación claro, partió algunos días antes, para ser exactos el 12 de Diciembre: Miguel se encontraba haciendo las compras navideñas con su madre, como ya era una tradición, todos los segundos sábados de diciembre por la mañana. Desde que el podía recordar; la familia de Miguel era muy estricta cuando de costumbres y hábitos de trataba, sus rutinas eran seguidas al pie de la letra, semana tras semana y los detalles de último minuto ni siquiera existían para ellos, todo tenía su tiempo y lugar. En fin, como iba diciendo, pasaban por la sección de perfumería a eso de las 11.30, para que Josefa, la madre de Miguel, hiciera su ronda habitual para ver los perfumes que tanto le gustaban, todo en orden, todo como cualquier segundo sábado previo a navidad, sin embargo, fue entonces que los más inesperado pasó, Josefa emocionada encontró su perfume favorito en oferta, nunca en la vida habían visto aquel perfume en oferta, más en ese día en particular y sucedía que debido a la terrible bancarrota de la marca del perfume en cuestión, la tienda estaba rematando los últimos ejemplares de la fragancia. En un frenesí femenino, muy poco común en Josefa, decidió en aquel momento salirse del exacto presupuesto mensual – debía comprar este perfume en mes y medio más – y comprarlo en ese mismo instante, Miguel se sintió extrañísimo, como si la música de la orquesta desafinara o si la película se saltara una escena. Lo siguiente pasó muy rápido: Josefa tomó el perfume y quiso ir a la caja donde siempre compraba, pero cómo no, no era el día en que ella siempre compraba su perfume, la caja no estaba ni siquiera abierta a esa hora, una vendedora le indicó que bajara un piso, así que a trompicones tomó de la mano a Miguel y lo guió a las escaleras. Cómo nunca pasaba, se devolverían un piso para realizar la compra, y entre anaqueles y góndolas, Josefa logró divisar una cajera libre. Corrieron a su encuentro y en un descuido de un minuto, Miguel se soltó de su mano y siguió caminando por el pasillo. Rumas de cajas se elevaban a ambos lados del pasillo y al final de este una luz rojo cegaba a Miguel, quién pese a darse cuenta de que se alejaba más y más de su madre, siguió caminando hasta el final. Era hermosa, no, era sublime, era la bicicleta más perfecta que podría haber imaginado Miguel. Un raro espécimen en rojo metalizado con el manubrio en cuero blanco y una palanca de cambio cromada con la bandera de Francia grabada en la superficie, una edición limitada que celebraba el aniversario de no sé qué, aunque para Miguel ese detalle no tenía ni la más mínima importancia, porque era simplemente una belleza. Miguel ya levitaba hipnotizado por aquella sirena de dos ruedas cuando Josefa lo bajó de un tirón dándole una palmada en la cabeza. - ¿Y tú donde te habías metido?, ya, vámonos, que las compras están listas y debemos regresar a casa. - Es que… ella… Francia… - Por Dios niño, ¿Qué estás balbuceando?… Aaaaah, ya entiendo. Miguel sabes perfectamente que con tu padre ya tenemos tus regalos, no podríamos hacer tal desarreglo a estas alturas. - Pero mamá, ¿no podrías consultarle?, a fin de cuentas, la fiesta es por dos. - Está bien, pero no te prometo nada. El camino a casa fue sin duda silencioso, Josefa recorrió las calles de siempre y Miguel observaba las ya conocidas vistas del viaje, mas su cabeza esa mañana estaba en otro planeta. Para todos nosotros la navidad es una fecha especial sin duda, sin embargo para Miguel, tenía otro significado paralelo que vale la pena considerar para entender su predicamento: Otros padres podrían considerar dejar el obsequio ya comprado para su cumpleaños y colar la bicicleta en navidad, pero el asunto es que para Miguel su cumpleaños y navidad, bueno, es que son el mismo día. Josefa y Carlos – padres de Miguel- se escapaban cada año durante la hora de colación de Carlos, el primer miércoles de diciembre del año, y compran un regalo grande y otro pequeño para celebrar ambas festividades, luego Miguel acompaña a su madre a ver los regalos de los demás. Dos regalos, eso era todo los que repetía en su cabeza, dos regalos que desde hace días se encontraban acomodados bajo el árbol de navidad en su casa, y dos regalos que sin lugar a dudas no parecían un bicicleta por ningún ángulo visible. ¿Era todo?, ¿Había conocido el amor en aquella belleza demasiado tarde?, ¿Es que acaso este cuento iba a ser así de amargo? - Pero Miguel, tú tienes suerte, mis padres todos los años me dan un regalo para navidad y la mayoría de las veces apesta, ¡corrección!, apesta todas las veces. - Es que no entiendes Pablo, el asunto que no hay otra oportunidad, tus padres tienen tiempo de resarcirse entre festividades, lo mío es lo que hay ese día y nada más. - Cómo digas, pero creo que exageras, ¿Y si tus papás te dan algo aún mejor? - Ya veremos. Al llegar el 23 de Diciembre los nervios de Miguel ya llegaban a estado crítico, seguía sin aparecer señal de la bicicleta soñada y su madre no parecía tener ningún interés en salir a comprar algún regalo de último minuto. Pero claro que Miguel no dejó las cosas al azar, no podía esperar que su futuro quedara en las manos de sus padres, en especial con lo poco sorpresivos que solían ser Carlos y Josefa. Las señales no fueron para nada sutiles, folletos marcados en rojo en el baño, fotos de bicicletas pegados al espejo retrovisor del automóvil de su padre y qué decir de la repentina obsesión de Miguel por Francia, había banderas por todos lados e incluso, en un ataque lingüístico, Miguel comenzó a saludar a todos en casa por “madame” y “monsieur”, únicas dos palabras en francés que conocía. La mañana del 24, Carlos, el padre de Miguel, no trabajaba así que la familia completa se sentó junta a la mesa para tener un desayuno de víspera de navidad. El desayuno iba viento en popa, la hermana mayor de Miguel estaba relatando una divertida anécdota de la universidad y todos escuchaban atentos, todos excepto Miguel que había decidido hacer una ridícula huelga justamente en nochebuena, no hablaba, no comía y peor aún, miraba con desdén la mesa como si tuviera algo mejor que hacer y su familia lo estuviera reteniendo a la fuerza. Su padre, cansado de aquella actitud, posó su tasa en el platillo con cierta fuerza y lo miró directamente. - Miguel, ya deja esa actitud que no te llevará a ninguna parte. Con tu madre nos esforzamos muchos para comprarte los regalos que están bajo el árbol y este comportamiento nos hace sentir cómo que eso no te importa. - ¡Pues claro que no me importa, yo quería la bici! Miguel soltó aquella bomba y salió corriendo fuera de casa y calle abajo, su padre lo siguió la primera cuadra y media, pero siendo un hombre grueso, no pudo seguirle el paso. Corrió y corrió, corrió más que nunca antes lo había hecho y por calles que no sabía que existían en la cuidad, eso hasta llegar a un barrio que no conocía en absoluto, un lugar gris y sucio, lleno de casas pequeñas que parecían estar a un segundo de colapsar. Miguel se detuvo exhausto en una tranquila esquina donde un niño jugaba con una pelota. Por algunos minutos Miguel se le quedó mirando; Parecía un niño como cualquiera, pero vestía diferente, su ropa le quedaba grande y parecía que no era lavada hace días. Al poco rato el chico se sentó junto a Miguel y lo observó con mirada inquisidora. - Parece que estás lejos de casa. - Eso creo, corrí mucho, creo que nunca había estado por aquí. ¿Vives cerca? - Aquí junto. El chico señaló una casa pequeñísima, aún en comparación a las demás de la calle. Continuó preguntando: - ¿Y tú, por qué corrías? - Quería alejarme de casa. Discutí con mi padre, tenía tanta rabia que no aguanté más. - ¿Rabia?, ¿Por qué? - Es que hay una bicicleta fabulosa, es la mejor del planeta, pero mis padres ya me compraron mis regalos de este año así que no quieren comprármela. - ¿Y por eso te enojaste? El chico parecía no entender la razón que le daba Miguel. - ¡Claro que sí!, obvio, no entiendo porque son tan injustos, si mis otros regalos pueden servir para otra ocasión. - Sabes que no te entiendo, estás enojado cuando deberías celebrar. - ¿Ah? - Claro que sí, tus papás te tienen regalos hechos con todo su cariño y tú reclamas por una tonta bici. Mi mamá no tiene para hacernos regalos a mí y a mis hermanos, ni siquiera pasará la navidad con nosotros, porque debe trabajar. - ¿Cómo, pero entonces quién hará la cena de navidad? - No tenemos cena, mañana mamá llega con la comida que sobre en el restorán y comeremos juntos. - No sabía que te la llevabas tan pesada. - Así es para algunos, no todos tenemos la suerte que tú tienes y más encima ni te das cuenta de ello. El muchacho se levantó de golpe y entró rápido a su casa, al abrir la puerta Miguel vio a 3 niños más en una pequeña salita sentados en un colchón tirado en el piso. La puerta se cerró y Miguel quedó solo. Un gusto amargo subía por su garganta, que parecía apretarse en un grito inaudible. Miguel se puso de pie y corrió en dirección a casa. Ya era de noche cuando se detuvo frente a su puerta, la luz de la sala estaba prendida y se escuchaba alboroto a dentro y la voz de su madre que discutía con alguien por teléfono. Cuando se abría la puerta, toda la familia se dio la vuelta de inmediato y Josefa corrió donde Miguel que la abrazó con todas sus fuerzas. Su madre lloraba mientras le besaba la cara y sus hermanos y padre se abrazaban al ver que Miguel había vuelto sano a casa. - Mamá, papá, lo siento tanto… fui un tonto… estuve con un niño… todo era tan triste… no quise… - Más lento mi niño, no te preocupes, lo único que importa es que estas aquí, nos tenías tan preocupados. Miguel pasó los siguientes minutos contando lo que había ocurrido, mientras toda su familia escuchaba expectante. Les dijo que había conocido a un niño, les habló de su casa y de su madre. Al terminar el relato, guardó silencio, su madre extendió su mano y acarició la frente de Miguel. - No debí actuar como lo hice, ustedes son geniales y yo fui muy egoísta. Lo siento, yo no necesito esa bicicleta, no necesito ningún regalo y el berrinche de esta tarde, bueno… fue eso, una tontería. Lo único que quiero esta Navidad es estar con mi familia. - Hijo, estoy orgulloso de ti. - ¿Cómo es eso papá? - Es que a tu madre y a mí nos has dado el mejor regalo de navidad. Todos hacemos tonterías y actuamos egoístas de vez en cuando, pero esta nochebuena entendiste lo que significa la Navidad. No son los regalos, ni la comida, es disfrutar en familia y dar amor sin querer nada a cambio. Esa noche de navidad, Miguel y su familia se sentaron en la sala y contaron historias y rieron toda la noche. Miguel nunca olvidaría esa Navidad, la mejor de todas.

Por Miranda Mayne-Nicholls V.

Diciembre 2009

¡Feliz Navidad!

Read Full Post »

2974275589_5f7cfa9a40Hace mucho, mucho tiempo, los cormoranes sufrían viendo saltar las lisas en el mar.  ¡Qué deliciosas se veían, qué frescas y sabrosas debían ser!

Lamentablemente, estaban destinados a no probarlas, porque les era imposible bucear en el mar.  Cada vez que intentaban sumergirse,  la fuerza del agua los sacaba a flote de nuevo. Es que los cormoranes son muy buenos nadadores y flotan como corchos cuando están sobre las olas. ¿Alguna vez han sabido de un cormorán  que haya muerto ahogado?   Jamás, se morirían de vergüenza   si tal cosa llegase a suceder.

Pero he aquí que su  talento natatorio les impedía comer esos peces  que  parecían burlarse de ellos  cada vez que saltaban  mostrando  su vientre blanco y brillante.

Llenos de amargura, los cormoranes se iban flotando hasta la orilla y picoteaban pulgas de mar hasta que no les cabía una más en la barriga.

Algunas veces intentaron bajar en picada al estilo  de las gaviotas, pero no había caso, apenas tocaban la superficie del mar, salían a flote  con  las man…perdón, el pico vacío y  una tremenda desilusión.

Cuando ya tenían el ánimo por los suelos,  Moran, el padre de la patria cormoránica,  decidió que  no se detendría hasta lograr que los cormoranes pescasen tan bien y mejor que las otras aves marinas.

Moran experimentó  todo. Imitando a los hombres,  usó  brazaletes de plomo…y los descartó porque casi se convierte en el primer cormorán del mundo en morir ahogado.

Después probó  con una red hecha de huiros…pero los peces resbalaban en ella, se le escurrían y para más remate se  reían hasta que les daba hipo.

Sin darse por vencido, consiguió lienza, anzuelo y carnada y perdió tardes enteras  sentado en las rocas alimentando a los peces con bocaditos de cangrejo escogido. Moran ignoraba que el cangrejo era demasiado blando para ser una buena carnada.

Hasta que una tarde, sintiéndose fracasado, decidió que ya no quería vivir.  Bajó volando a la playa y se puso a comer guijarros hasta que sintió la guatita pesada.

-Ahora sí que me ahogaré –pensó.

Y  tomando vuelo, se remontó en el cielo y picó elegantemente en dirección al agua.  A  medida que se acercaba al agua,  Moran estaba aterrado, había cobrado  más velocidad  que nunca antes.

Por pura casualidad, paseaba por allí un cardumen de sardinas  despistadas y Moran  entró al agua violentamente en medio de ellas. Justo antes de decidir que  nunca se había sumergido tan bien, Moran divisó una sardina gorda que  pasaba ante sus ojos tentadora como  ninguna.

De inmediato la atrapó y salió volando  antes de que  cambiara su suerte. Poco rato después, mientras devoraba su almuerzo, Moran cayó en cuenta de que finalmente había solucionado el problema de los cormoranes para siempre.

Por eso, desde ese día,  para poder hundirse mejor, todos los cormoranes tragan algunos guijarros, y gracias a eso  nunca más les faltó el pescado.

La familia Cormoránica lo nombró Héroe Nacional y le hubiera  elevado una estatua si supieran como hacerla con sus patas palmeadas. Las más felices eran las pulgas marinas, tanto cormorán  persiguiéndolas las tenía hasta la coronilla.

Nota: en el norte de Chile, al cormorán se le conoce como pato guanay.

Huiro es el nombre que se le da a una  variedad de algas pardas.

Read Full Post »

Older Posts »

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 117 seguidores