-¡Señoría Pilesser, qué honor!
El abad Per venía hacia nosotros con sus brazos abiertos, balanceando su enorme barriga como si fuera una embarcación dando tumbos sobre las olas. Era un hombretón enorme, blanco como la harina, dueño de un rostro inexpresivo dotado de una ridícula nariz redonda y escarlata, que delataba su afición a algún alcohol sintetizado de quién sabe qué materia. Mientras así decía, abrazó a mi padre, cuya figura escuálida y principesca desapareció entre sus brazos.
– Haber sabido antes de su llegada, señoría Pilesser, habríamos preparado algo más digno de su importancia; no nos quedará más remedio que compartir con usted la magra cena de los hermanos…
Daba órdenes aquí y allá y los monjes corrían trayendo fuentes de gachas de dudosa reputación y panes cuyos bordes, aserrados con cuchillo, verdeaban sin disimulo. Después de escuchar el relato del paso de mi padre por Lu Man, sabíamos muy bien que el abad Per debía su exuberante figura a la dieta especial que le era preparada en sus propios aposentos, de manera que veíamos lo que se nos estaba sirviendo con espanto y repulsión.
Mordisqueamos con desgana la magra cena de los monjes condimentada con la retahíla de informaciones con que el abad informó a mi padre, la llegada de dos novicios procedentes de una Casa de Caridad, el lamentable fallecimiento del monje más anciano, la merma de la producción de la huerta a causa de los continuos ataques de los nefarios que no les dejaban trabajar en paz. Cuando los platos eran retirados, el abad insistió en que el akadémico Pilesser debía acompañarle esa misma noche a la biblioteca para ver un códice centenario recién descubierto, mi padre, que le había escuchado pacientemente y solidarizado con su triste relato sobre las dificultades de la vida monacal, declinó la invitación manifestando enfáticamente su deseo de descansar apenas terminó la frugal cena. A decir verdad, poco habíamos comido, yo no podía hacerme la idea del terrible hambre que debía tener un monje para no rechazar esa bazofia.
Nos retiramos los tres aduciendo que nuestro deber era utilizar hasta el último segundo para los estudios que se nos habían requerido y por lo tanto necesitábamos descansar, al día siguiente nos levantaríamos con el alba. Tropezando entre las tinieblas de los corredores bajamos algunos subterráneos hasta las dos celdas que se nos habían destinado, mi padre entró en el suyo tras darnos las buenas noches y cerró la puerta con un golpe seco. Fariah y yo entramos al que nos estaba destinado dando una ojeada desde la puerta al mobiliario, que se reducía a unos camastros de piedra sobre los cuales, gentilmente, nos habían dejado un par de mantas remendadas. Todo olía a polvo, humedad y verduras cocidas con grasa. Nos miramos con resignación y nos dispusimos a disfrutar las delicias del monasterio de Lu Man.
Así pues, nos acostamos vestidos y gracias al viaje agotador en el blindado me dormí como un tronco apenas puse la cabeza en la almohada. Apenas cerré los ojos fui atacado por toda clase de pesadillas en las que éramos perseguidos por nefarios, las tropas de Euleth y un monje obeso que esgrimía una amenazante cacerola de potaje hirviendo. Tras lo que pareció una eternidad, fuimos despertados por las manos de mi padre, descubriendo asombrados que sólo habíamos dormido un par de horas. Sin palabras, sólo con señas, el akadémico Pilesser nos hizo levantar y seguirle en medio de la más profunda negrura que jamás hubiera visto. Íbamos descalzos, tropezando con los escalones y con nuestras manos apoyadas en las gruesas murallas de granito para no quebrarnos el cuello al primer tropiezo.
Bajábamos y bajábamos en una oscuridad tan espesa que podríamos haberla cortado de tener las herramientas para ello. Finalmente llegamos al subterráneo correspondiente. Nos deslizamos en silencio por el corredor serpenteante; al fondo, apenas visible, titilaba una luz.
El hermano Seclusus estaba inclinado sobre sus libros. Era un hombre alto y delgado, de piel tan blanca como la de un fantasma. ¿Cuánto tiempo habría vivido entre las tinieblas? Sus cabellos grises no habían sido cortados en mucho tiempo y los ataba en una delgada coleta que caía más abajo de su cintura. Parecía absorto en su labor, pero, sin volverse, nos sorprendió diciendo:
– Esta vez traéis compañía, señoría Pilesser.
Mi padre debía estar acostumbrado a la agudeza de sus sentidos, de manera que respondió con afabilidad.
– Buenas noches, hermano Seclusus. He traído a alguien que no podía esperar para conoceros.
Se volvió lentamente hacia nosotros; si era el padre de Fariah no había nada en su físico que lo delatase. Sus ojos azules, casi trasparentes, habían tomado un tono acuoso a causa de los años vividos en ausencia de luz natural. Sus mejillas hundidas acusaban los sufrimientos y carencias de la reclusión. ¿Qué diría cuando supiese que Fariah era su hijo? Se acercó a nosotros lentamente y a medida que lo hacía sus ojos se fueron frunciendo, una duda terrible se reflejaba en sus pupilas. Ignorándonos, fue hacia Fariah, lo agarró de los hombros y lo volteó hacia la luz de la lámpara. Palpó sus mejillas, observó su perfil. Fariah lo dejaba hacer sin abrir la boca. Finalmente, habló:
-¿Cuál es tu nombre?
-Fariah Mergalis –respondió mi amigo.
-Eres igual a ella –continuó el monje-; los mismos ojos, esa seriedad infantil, la forma en que te muerdes el labio inferior y la llamarada de tu cabello. Fariah…nosotros ni siquiera alcanzamos a darte un nombre, me gusta ése. Fariah…Fariah Deodato.
Su voz, temblorosa, terminó por quebrarse en un sollozo. Padre e hijo se fundieron en un fuerte abrazo, llorando en silencio. Lágrimas interminables resbalaban por sus mejillas, tersas las de Fariah, apergaminadas las de él. Mi padre y yo no nos atrevíamos ni a mirarlos, tan fuerte era la emoción que nos embargaba. El hermano Seclusus, Augern Deodato, llevó a su hijo hasta la mesa y se sentaron juntos tomados de las manos. Se miraban con el hambre de una vida de abandono, ansiosos, traspasados por el dolor, pero con la liviana alegría del reencuentro bailando en el fondo de sus ojos. Tras un rato de silencio, Seclusus recordó un importante detalle.
-¿Llevas el tatuaje? –preguntó.
-No está en mi espalda –respondió cauto Fariah.
-Lo sé –respondió su padre satisfecho-, yo mismo he pinchado tu pequeño glúteo sonrosado con la esperanza de que no fueras reconocido por la persona incorrecta.
-Ha sido Ragnar, mi único amigo de la Akademia, quien lo ha visto, padre. Ragnar es hijo del akadémico Pilesser.
-Ganes todopoderoso había planeado estas rutas tan largas, tan intrincadas, pero que a la postre nos traerían a todos a esta noche, a reencontrarnos en el último sótano de Lu Man –el hermano Seclusus parecía estar explicándole a un niño los designios del Todopoderoso -. Padre…-murmuró-, en el fondo de mí, siempre una voz me dijo que escucharía esa palabra. Padre…
El hermano Seclusus se había puesto de pie y daba vueltas por la pequeña habitación mientras evocaba su largo dolor.
-Ni siquiera pude despedirme de ella, arrojar un puñado de tierra sobre su fosa. Cuando me sacaron de la casa ya estaba esperando el blindado que me trajo a Lu Man. Era noche cerrada cuando llegamos, y fue entre tinieblas que entré a este mundo de tinieblas. Mientras bajaba, pensé que me ejecutarían en los subterráneos. No conocía Lu Man. Crecí escondiéndome en la profundidad de los desfiladeros y en los escasos bosques que todavía quedaban en nuestro planeta. Tenía dieciocho años cuando conocí a tu madre; mi padre quería que la sangre Deodato tuviera pronto un descendiente. Un heredero, decía él. ¿Heredero de qué, de la amargura de nuestro destino? Dos meses después de nuestro matrimonio, fuimos trasladados cerca de las minas de cristal cuántico, a Baj Laidan, pero no estuvimos mucho allí. Mi padre fue asesinado y yo debía tomar su lugar en la Resistencia. Por eso llegamos al bosque de Numser. Ya esperábamos tu llegada…
Volvió a sentarse junto a Fariah. Lo miraba como si quisiera grabar cada detalle de su rostro en su mente. Fariah era incapaz de hablar.
Tu madre había empeorado cada vez más. Estaba mal alimentada, el embarazo había sido demasiado para ella, pero fingía estar tranquila para que yo no me percatara de su deterioro. Dos noches antes de que nacieras alguien envió a una partera leal. Pese a todo su empeño, ella no resistió, una terrible hemorragia acabó con su vida. Yo estaba deshecho, no sabía qué hacer; te hice el tatuaje sólo porque la partera me lo recordó y habíamos terminado apenas de hacerlo cuando las tropas botaron la puerta y bajaron la escalera. El oficial revisó mi espalda y supe que estaba perdido, por suerte no te arrancaron el pañal. Nunca más vi a la mujer, ni supe dónde sepultaron a mi amada.
-Esta vez, las cosas serán distintas, hermano Seclusus –era mi padre quien hablaba-, todo está preparado para que regreséis con nosotros a Askandir, pero antes debemos preparar una presentación científica para el Consejo. Ese fue el pretexto para venir acá: en una semana, el Regente enfrentará al Consejo buscando la ratificación del Delfín como sucesor. Vos estaréis allí, señor; importantes miembros del Consejo os respaldan y esta vez daremos la pelea para ganar, no para que sigáis escondido en los vericuetos de Lu Man.
-Tú, sabes, Pilesser, el riesgo que corremos, supongo.
-La supervivencia de todos nosotros está en juego, señor. El Regente quiere invadir el planeta en una época pretérita y robar todos los recursos posibles para convertirse en el hombre más poderoso del mundo, no entiende que eso sólo acelerará nuestro fin, mientras más rápido se empobrezca el pasado, más pronto será nuestro fin. Hasta ahora, Tyerra ha evitado el enfrentamiento, pero esconder a los legítimos herederos del Imperio no nos ha sido de utilidad alguna. Está bien, es probable que seamos traicionados y en ese caso, la muerte es nuestro fin, pero el planeta está muriendo, Tyerra no podrá sobrevivir mucho más. Al tomar la decisión de traicionar el acuerdo con el presidente de los Estados Unidos, el Regente le ha puesto fecha de término a Tyerra. Si no damos esta pelea, la muerte será el fin de todos, incluso del Regente y su estúpido hijo. No tenemos nada que perder.
-Pero hay una vida por ganar, un futuro para nuestros hijos, y yo estoy cansado de esperar, Pilesser. Ahora que he reencontrado a mi hijo puedo enfrentarme a todo, incluso a mi fin. Sin embargo, no he recuperado a mi hijo para entregarlo en los brazos de la muerte. Nada se sabrá acerca de él hasta que no tengamos segura la victoria. Esa es mi condición.
-No es necesario, padre, yo no soy un niño… –comenzó a decir Fariah.
-Ya no eres un niño, pero apenas si has vivido, y tienes el derecho de hacerlo. Y no encerrado en las mazmorras de Askandir o en los subterráneos de Lu Man. Si soy derrotado, tu destino será la Akademia.
-¿Pero por cuánto tiempo, padre? Ya has escuchado al akadémico Pilessser.
-El tiempo que sea será suficiente. Sólo puedo darte esto: una oportunidad. Nadie me va a impedir que lo haga.
Fariah acató su decisión con una tranquilidad sorprendente, no era el Fariah al que yo estaba acostumbrado a ver.
-Todo está planeado, señor –intervino mi padre-. Ellos, aparentemente, no estarán involucrados. No hemos evadido la lucha tanto tiempo para empujar a nuestros hijos a hacer lo que sus padres no supieron. Ragnar –ordenó a continuación-, ve afuera y encárgate de que no seamos escuchados. Nosotros tenemos mucho que hablar.
Así es su señoría, el akadémico Bilath Pilesser, mi padre. Cierto es que no conoce los deportes de la Tierra, pero sabe muy bien como dejar fuera de juego al jugador que le ha pasado la pelota para que pueda anotar.