Hace mucho, mucho tiempo, los cormoranes sufrían viendo saltar las lisas en el mar. ¡Qué deliciosas se veían, qué frescas y sabrosas debían ser!
Lamentablemente, estaban destinados a no probarlas, porque les era imposible bucear en el mar. Cada vez que intentaban sumergirse, la fuerza del agua los sacaba a flote de nuevo. Es que los cormoranes son muy buenos nadadores y flotan como corchos cuando están sobre las olas. ¿Alguna vez han sabido de un cormorán que haya muerto ahogado? Jamás, se morirían de vergüenza si tal cosa llegase a suceder.
Pero he aquí que su talento natatorio les impedía comer esos peces que parecían burlarse de ellos cada vez que saltaban mostrando su vientre blanco y brillante.
Llenos de amargura, los cormoranes se iban flotando hasta la orilla y picoteaban pulgas de mar hasta que no les cabía una más en la barriga.
Algunas veces intentaron bajar en picada al estilo de las gaviotas, pero no había caso, apenas tocaban la superficie del mar, salían a flote con las man…perdón, el pico vacío y una tremenda desilusión.
Cuando ya tenían el ánimo por los suelos, Moran, el padre de la patria cormoránica, decidió que no se detendría hasta lograr que los cormoranes pescasen tan bien y mejor que las otras aves marinas.
Moran experimentó todo. Imitando a los hombres, usó brazaletes de plomo…y los descartó porque casi se convierte en el primer cormorán del mundo en morir ahogado.
Después probó con una red hecha de huiros…pero los peces resbalaban en ella, se le escurrían y para más remate se reían hasta que les daba hipo.
Sin darse por vencido, consiguió lienza, anzuelo y carnada y perdió tardes enteras sentado en las rocas alimentando a los peces con bocaditos de cangrejo escogido. Moran ignoraba que el cangrejo era demasiado blando para ser una buena carnada.
Hasta que una tarde, sintiéndose fracasado, decidió que ya no quería vivir. Bajó volando a la playa y se puso a comer guijarros hasta que sintió la guatita pesada.
-Ahora sí que me ahogaré –pensó.
Y tomando vuelo, se remontó en el cielo y picó elegantemente en dirección al agua. A medida que se acercaba al agua, Moran estaba aterrado, había cobrado más velocidad que nunca antes.
Por pura casualidad, paseaba por allí un cardumen de sardinas despistadas y Moran entró al agua violentamente en medio de ellas. Justo antes de decidir que nunca se había sumergido tan bien, Moran divisó una sardina gorda que pasaba ante sus ojos tentadora como ninguna.
De inmediato la atrapó y salió volando antes de que cambiara su suerte. Poco rato después, mientras devoraba su almuerzo, Moran cayó en cuenta de que finalmente había solucionado el problema de los cormoranes para siempre.
Por eso, desde ese día, para poder hundirse mejor, todos los cormoranes tragan algunos guijarros, y gracias a eso nunca más les faltó el pescado.
La familia Cormoránica lo nombró Héroe Nacional y le hubiera elevado una estatua si supieran como hacerla con sus patas palmeadas. Las más felices eran las pulgas marinas, tanto cormorán persiguiéndolas las tenía hasta la coronilla.
Nota: en el norte de Chile, al cormorán se le conoce como pato guanay.
Huiro es el nombre que se le da a una variedad de algas pardas.