Corrieron cerro abajo por un callejón, esquivando las recuas de bestias y las ancianas que iban hacia el mercado. Algunos niños que jugaban en la calle les abrían paso con expresión de asombro. En la carrera, Atao soltó la mano del niño y bajaba a grandes saltos, perseguido por Diego y Jeremy, que corría feliz de participar en este nuevo juego.
Sin saber hacia donde lo conducía, Diego siguió al Teniente Callpa hasta la torre donde estaba prisionero el Gran Magistrado. A lo lejos se escuchaban las carreras de los soldados que iban tras ellos, el griterío y el sonido metálico de las armas que cargaban.
Ya en el valle, el camino se ensanchaba y serpenteaba entre grandes árboles. Diego iba sin aliento detrás del teniente Callpa. ¡Había olvidado la puna que afectaba a los extranjeros! Atao Callpa tenía su organismo adaptado a la altura, pero Diego, que apenas llevaba un día en el lugar, sentía que su cabeza iba a reventar y que sus pulmones eran incapaces de tomar aire.
Llegaron finalmente a una explanada pavimentada con lajas de piedra. Al fondo, guardada por un grupo de guerreros incas, estaba la torre prisión.
Atao Callpa detuvo su carrera y le hizo señas al niño de que hiciese lo mismo. En realidad, no era necesario, el pobre Diego se había dejado caer de rodillas sobre el polvo del camino y acezaba ruidosamente. El teniente comprendió que Diego ya no podía dar un paso por su propia cuenta, de manera que fue hasta él y le ayudó a ponerse de pie. El guerrero y el niño avanzaron con falsa calma mientras el corazón les latía fuertemente.
Les habían visto venir. Un guerrero dio la voz de alarma. Casi de inmediato, los guardias los enfrentaron con sus lanzas en ristre, pero eso no desanimó a los fugitivos; Diego y Atao siguieron avanzando hasta que ya estaban a pocos metros de la guardia, ese fue el momento que escogió Atao Callpa para levantar el diamante sobre su cabeza y moverlo trazando una cruz en el aire con la piedra preciosa.
El Diamante Secreto comenzó una vez más a girar en el aire, pero esta vez las luces que emitía eran sólo de dos colores: azules y verdes.
-¡No mires el Diamante, Diego Herreros! -Advirtió Atao Callpa cerrando sus ojos.
Diego bajó su vista al suelo y pescó a Jeremy para taparle los ojos. Mientras estaba en esta posición, escuchó el sordo ruido de los cuerpos de los guardias que caían desmayados sobre el empedrado. ¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho! ¿Habrían caído todos?
Atao callpa no quiso arriesgarse, si exponía por más tiempo a los hombres podrían perderse algunas vidas, ese no era el objetivo. Encerró el diamante entre sus manos y abrió los ojos para mirar en derredor.
Ocho hombres yacían sin sentido a sus pies. Era el momento de rescatar al Gran Magistrado. Atao levantó una gran estatua de piedra de su pedestal y golpeó con ella la puerta de la torre, hasta que ésta cedió y cayó al suelo con gran estrépito.
Cuando el polvo se disipó, Diego, el teniente y Jeremy se acercaron y miraron hacia el interior. Allí, sentado ante una mesa, con los ojos cerrados y sus manos cruzadas sobre el pecho, estaba el Gran Magistrado.
El anciano abrió los ojos y se levantó sin dificultad. Se veía algo más delgado que la primera vez que Diego lo viera, pero estaba fuerte, sano y alegre. Y cuando les dirigió la palabra sonrió cálidamente.
-¡Que el Gran Inti te acompañe, Atao Callpa, guerrero fiel; bienvenido seas, Diego Herreros! Casi pensaba que no llegarían a tiempo para comer en mi compañía.